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PROGRAMA ANUAL 2000-2001
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

  

Hiperuricemia y gota 

Epidemiología

Hiperuricemia

Tradicionalmente se ha considerado como hiperuricemia el valor por encima de 7,0 mg/dl en varones y de 6,0 mg/dl en mujeres, en referencia a la distribución normal de los niveles de AU en plasma según el sexo. Teniendo en cuenta que, hasta donde sabemos, la saturación de urato no depende del sexo, parece más razonable emplear una definición homogénea tanto para varones como para mujeres. Por ello debiéramos definir como hiperuricemia los niveles de concentración de AU plasmático superiores a 7 mg/dl, independientemente de la edad o del sexo.

Los estudios epidemiológicos muestran que la edad, el sexo y la comorbilidad son factores que influyen de forma considerable en la uricemia. Así, los niveles prepuberales de uricemia son más bajos que tras la pubertad, tanto en los varones como en las mujeres. Tras la misma, los niveles de uricemia muestran un moderado ascenso en las mujeres y un marcado incremento en los varones. Estos mantienen, como grupo, niveles relativamente estables de uricemia durante su vida, mientras que en las mujeres se produce un incremento en las cifras de AU durante la menopausia y tras el climaterio. Los niveles hormonales parecen relacionarse directamente con el manejo renal de AU, disminuyendo su excreción con el climaterio.

La comorbilidad, es decir, la aparición de enfermedades concomitantes, influye en los niveles de uricemia: la hipertensión arterial, la pérdida progresiva de función renal con la edad, el empleo de fármacos que inducen hiperuricemia (salicilatos como antiagregantes, diuréticos para el tratamiento de la hipertensión arterial o la insuficiencia renal o cardiaca, etc.), contribuyen al aumento de la uricemia en grupos de población de edad avanzada.

Gota

Los estudios epidemiológicos sobre la incidencia de artritis aguda gotosa adolecen de un defecto fundamental: el método diagnóstico por excelencia, esto es, la visualización de cristales de monourato sódico en muestras de líquido sinovial, no es generalmente factible en el contexto de estos estudios. Teniendo esto en consideración, varios estudios han aportado datos sobre la incidencia y la prevalencia de gota.

El estudio Framingham (EEUU) mostró, durante un seguimiento de 12 años, que la incidencia acumulada de gota variaba con los niveles de uricemia. La incidencia acumulada en esos 12 años fue del 2 por ciento en sujetos con uricemia menor de 7,0 mg/dl, del 12 por ciento en individuos con uricemia entre 7 y 8 mg/dl y del 36 por ciento en aquellos con uricemia superiores a 8 mg/dl. Al llegar a la sexta década de la vida, un 1,5 por ciento de los sujetos había sufrido al menos un ataque agudo de gota. Además, cuanto mayor era el grado de hiperuricemia, antes aparecían las manifestaciones clínicas.

En el "National Health Interview Survey" realizado en los EEUU y llevado a cabo entre 1983 y 1985, con 100.000 participantes, un 1,4 por ciento de los varones y un 0,65 por ciento de la mujeres comunicaron padecer o haber padecido gota, aumentando la frecuencia en aquellos con edad superior a 65 años.

En el "Normative Aging Study", también procedente de EEUU y basado en el seguimiento de una cohorte de 2.046 individuos sanos previamente a su entrada en el estudio, la incidencia anual de artritis gotosa fue de 0.1 por ciento con niveles de uricemia menores de 7, del 0.5 por ciento con niveles entre 7 y 8 y del 4.9 por ciento con niveles superiores a 9 mg/dl. La cuarta parte de los sujetos con uricemia superior a 9 mg/dl padecían gota a los cinco años de iniciarse la hiperuricemia.

Un estudio epidemiológico realizado a mediados de los años 90 en el Reino Unido, mostró una prevalencia de gota del 2 por ciento de los adultos. Otros estudios han mostrado que ciertas etnias (polinesios, asiáticos, afroamericanos) podrían tener una mayor incidencia de hiperuricemia y de gota, pero estos datos no son de relevancia para la práctica clínica en la Unión Europea, dada la escasa presencia de estas etnias en nuestra población.

La prevalencia de tofos es aún más difícil de establecer, por la necesidad de confirmación diagnóstica. En diversos estudios epidemiológicos, su rango se encuentra entre el 7 y el 23 por ciento de los pacientes con gota. En las series basadas en poblaciones diagnosticadas en unidades hospitalarias de reumatología en España o México, se ha comunicado la presencia de tofos en el 40-50 por ciento de los pacientes gotosos. Factores como el mal control de la uricemia, la comorbilidad que dificulta el empleo de fármacos hipouricemiantes o la autoadministración de corticosteroides por parte del paciente, contribuyen probablemente a la alta incidencia de tofos en estas series.

Procesos asociados a hiperuricemia

La obesidad y las dietas hiperprotéicas, así como la ingesta de etanol, se han asociado a una mayor frecuencia de hiperuricemia y gota. Estas asociaciones se describirán con mayor detalle en el epígrafe dedicado a gota secundaria. La intoxicación crónica por plomo también se asocia a mayor incidencia de gota, aunque en la actualidad la incidencia de esta llamada "gota saturnina" es anecdótica. La hipertensión arterial ha mostrado una fuerte asociación con hiperuricemia. La elevación de los niveles de uricemia en estos casos, se ha relacionado directamente con la reducción del flujo renal en los pacientes hipertensos, así como con el empleo de diuréticos y con la presencia de insuficiencia renal de origen hipertensivo. La hiperlipemia, especialmente la hipertrigliceridemia, se ha asociado a una disminución de la excreción renal fraccionada de AU.

Otro tema debatido es la relación entre hiperuricemia y enfermedades vasculares. Diversos estudios han obtenido resultados dispares, especialmente cuando se realizan análisis multivariantes que tienen en consideración la presencia de alteración de la función renal, hiperlipemia, hipertensión, edad, etc. Por el momento se podría concluir que la asociación entre enfermedades vasculares e hiperuricemia existe, pero probablemente representa un marcador de comorbilidad existente en el paciente, es decir, más una consecuencia que una causa.

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