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PROGRAMA ANUAL
2001-2002
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

  

OBESIDAD

Etiopatogenia de la obesidad

Etiopatogenia de la obesidad

La patofisiología de la obesidad, en un cierto sentido, es clara: la ingesta energética es crónicamente mayor que el gasto energético, pero las causas y los mecanismos que producen esta alteración en el balance energético están menos claros. En teoría este desequilibrio puede ser debido a un aumento en la ingesta energética, a una disminución en el gasto energético o a una combinación de ambos. De una forma breve, la obesidad es una manifestación de una alteración en la función del sistema de control de peso corporal.

Niveles de ingesta en individuos obesos: Los individuos obesos siempre piensan que ingieren sólo unas pocas calorías mas que las personas no obesas, no obstante en estudios realizados en personas obesas y no obesas donde tuvieron que escribir un diario de la ingesta, se encontraron que los obesos no anotaron de un 34 a un 54 por ciento de los alimentos ingeridos. Por lo tanto la ingesta calórica en la mayoría de los individuos obesos con un peso estable parece ser mayor que en aquellas personas también con peso estable y no obesas. Las bases para esta alterada regulación de la ingesta energética todavía no están bien definidas y parece ser compleja.

La ingesta energética está regulada tanto por señales externas como internas. Las primeras se refieren a aspectos como la disponibilidad de los alimentos y a su atracción; las segundas reflejan los indicadores fisiológicos de hambre y saciedad. Estos dos tipos de señales no son independientes ya que eventos metabólicos pueden alterar la respuesta emocional, y factores emocionales puede disparar o modular el control fisiológico de la ingesta de alimentos. Como se comentó en el apartado anterior, alteraciones en la concentración y/o acción de la leptina juegan un papel importante en la regulación de la ingesta de alimentos, y por lo tanto en la etipopatogenia de la obesidad

Gasto energético en obesos: Los pacientes obesos a menudo creen que son personas que ganan peso con las mismas cantidades de alimentos que no causan obesidad en otras, implicando esto una mayor eficiencia en cuanto al uso de las calorías en las personas obesas. Esta cuestión ha sido estudiada ampliamente, y tras la realización de estudios del gasto metabólico con el uso de diferentes técnicas, la conclusión es que en términos absolutos los individuos obesos gastan mas energía que los individuos magros, por lo tanto la obesidad no puede ser atribuida a un descenso en el gasto metabólico. La principal razón de la positiva relación entre el peso corporal y el gasto energético es el hecho de que la obesidad está también relacionada con un aumento en la masa corporal magra (MLG).

Otra posibilidad es que los obesos presenten diferencias en la termogénesis postprandial, es una cuestión que todavía sigue sin aclararse de una forma completa, como lo demuestra el resultado obtenido en la revisión de más de 40 estudios que examinaron el efecto térmico de varios alimentos, observándose que alrededor de un 60 por ciento de los estudios encontraron un efecto térmico reducido de los alimentos, y el 40 por ciento restante no encontró diferencia. Si existiesen diferencias en la termogénesis postprandial, ésta sería secundaria a la obesidad, antes que primaria, y las pequeñas diferencias en el gasto energético postprandial probablemente no juegue ningún papel de importancia en la patogénesis de la obesidad. En cuanto a la termogénesis inducida por el ejercicio físico, aunque una incrementada prevalencia en la obesidad corre en paralelo con una incrementada vida sedentaria, así como que la acividad física está inversamente relacionada con la edad y adiposidad, la termogénesis inducida por el ejercicio físico no está alterada en la obesidad establecida, dudoso sería lo contrario, ya que para mover una incrementada masa corporal se necesita una mayor energía.

Los cambios que se producen en el peso corporal tienen un claro impacto sobre el gasto energético. Efectivamente, aunque medidas realizadas en el gasto energético de las personas magras vs. obesos mostró que la obesidad establecida está asociada con un incremento en el gasto energético y por lo tanto, por necesidad, a una incrementada ingesta de alimentos, cambios en la cantidad de ingesta de alimentos de una manera crónica también puede tener efecto en el gasto energético, y este efecto a su vez influenciará la habilidad de regular el peso corporal. Cuando un individuo aumenta su ingesta calórica de una manera crónica, se produce un incremento en el balance energético que causará obesidad y un aumento en el MLG, este incremento en el peso corporal y en especial en el MLG causará un aumento en el gasto energético diario.

Los efectos de las diferencias en el MLG (que refleja los cambios en la grasa corporal) sobre el balance energético están bien establecidos, de manera que un 10 por ciento de pérdida en el peso corporal causa una disminución de un 15 por ciento en el gasto energético total diario, el cual es debido a la caída tanto de la masa libre de grasa como la del gasto energético por unidad de MLG. De la misma manera un 10 por ciento de ganancia de peso corporal causa un aumento del 16 por ciento en el gasto energético total, debido a una incrementada MLG y a un incrementado gasto energético por unidad de MLG. No obstante, las bases celulares y bioquímicas de los cambios en el gasto energético en la masa corporal no grasa que sigue a las alteraciones en el peso corporal, todavía no están bien definidas. Dado el hecho que los niveles de leptina disminuyen con la pérdida de peso y aumentan con la sobrealimentación, es posible que esta hormona juegue un papel en los cambios del gasto energético. Otro posible mecanismo podría ser una incrementada actividad del sistema nervioso simpático o en la función del tejido adiposo marrón.

El tejido adiposo marrón, que en roedores se considera como un principal acivador de los procesos termogénicos, en humanos adultos, pero no en recién nacidos, es dificil encontrar masas diferenciadas de este tejido. No obstante la presencia de proteínas desacopladoras nos permite la identificación bioquímica del tejido adiposo marrón. La proteína UCP-1 desacopla el gradiente de protones derivado de la cadena respiratoria de su aprovechamiento en la síntesis de ATP, haciendo esta proteína responsable de la disipación de energía en forma de calor. Otras proteínas de estructura similar, UCP-2 y UCP-3 han sido descritas, siendo la UCP-3 la que mas evidencia ha mostrado de su papel termogénico en el músculo esquelético, de forma que ratones transgénicos que sobre-expresan esta proteína UCP-3 presentan, una marcada hiperfagia y una menor ganancia del peso corporal.

Cualquiera que sea el mecanismo, los cambios en el gasto energético que acompañan a los cambios en el peso corporal inducido por la dieta tienen importantes implicaciones en el manejo de la obesidad. Por ejemplo, si un individuo que ingiere 2500 cal/día y mantiene un peso estable, un 15 por ciento en la caída del gasto energético debido a un 10 por ciento en la caída del peso corporal provocará un balance energético inicial positivo de 375 cal/día en el nuevo peso corporal reducido si la ingesta calórica no es reducida. Mas aún si los disminuidos niveles de leptina debido a la pérdida de peso causa un incremento en el hambre, tal desfavorable desarrollo tenderá a promover la ganancia del peso perdido.

Genética de la obesidad: Aunque existen familias de obesos, la influencia del genotipo sobre la etiología de la obesidad puede exacerbarse o atenuarse por factores no genéticos. Aparte de los raros síndromes asociados a obesidad y que después comentaremos, la influencia genética de la obesidad parece actuar a través de genes susceptibles, aunque tales genes incrementan el riesgo de desarrollar una determinada característica, estos no son esenciales para su expresión o, suficientes por sí mismos para explicar el desarrollo de una enfermedad. La hipótesis de los genes susceptibles está apoyada tras los hallazgos en estudios realizados en gemelos, los cuales fueron expuestos a diferentes periodos de balance energético positivos y negativos, observándose que las diferencias en la frecuencia de ganancia de peso, la proporción del peso ganado y el lugar de deposición grasa mostró una mayor similitud en una pareja de gemelos que entre diferentes parejas de gemelos. Esto sugiere que las diferencias en la susceptibilidad genética dentro de una población determina aquellos que son más probables a volverse obesos en unas circunstancias medioambientales adecuadas.

La herencia puede, posiblemente, representar hasta un 40 por ciento de los factores relacionados con la obesidad tales como inactividad, deposición regional del tejido adiposo, frecuencia metabólica basal, frecuencia de lipolisis, alteraciones en el metabolismo energético en respuesta a la sobrealimentación, preferencia de alimentos, actividad de la lipoproteín lipasa, máxima lipogénesis estimulada por la insulina, y varios aspectos del comportamiento alimentario. Si tenemos en cuenta que un gen candidato es definido como la parte de la molécula de ADN que dirige la síntesis de una cadena polipeptídica específica asociada con una enfermedad particular, los genes candidatos para la obesidad pueden ser elegidos por sus posibles efectos sobre los factores relacionados con la obesidad anteriormente citados.

Los modelos de roedores monogénicos de obesidad se caracterizan todos por un comienzo temprano de ésta, hiperinsulinemia y resistencia insulínica. La etiología genética de la obesidad, en ratones de laboratorio conocidos como ob, está bien definida. El gen ob es expresado exclusivamente en el tejido adiposo del ratón normal, y su producto es llamado leptina, la cual, en ratones con mutaciones homocigóticas para el gen ob (ob/ob) no es funcional. Cuando a estos animales se les administra intraperitonealmente leptina, se produce una disminución del peso y grasa corporal, así como de la ingesta de alimentos y de la insulina en suero, de la misma manera, su inyección en el tercer ventrículo o lateral del cerebro es efectiva en reducir el peso, indicando un probable efecto central. Por el contrario, la administración de leptina a ratones db/db (ratones diabéticos obesos caracterizados por altos niveles de leptina) no tiene efecto sobre el apetito, ni sobre el peso y grasa corporal, observándose una mutación en el gen del receptor de la leptina, lo cual da lugar a un receptor para la leptina no funcionante.

Aunque la obesidad común no es heredada por un patrón mendeliano simple, no obstante los niños obesos tienden a tener padres obesos. En una serie de estudios que cubrieron 2.002 niños, en un 70 por ciento de los casos uno o los dos padres eran obesos, presentando una media de madres obesas mayor que padres. También se observa que los familiares de primer grado de individuos con obesidad de comienzo infantil tienen dos veces más posibilidades de desarrollar obesidad que aquellas personas familiares de obesos de comienzo adulto, no obstante la agrupación de obesidad en familias no distingue entre lo puramente genético y lo genético-ambiental.

La mejor evidencia para la influencia genética en el desarrollo de la obesidad viene de los estudios realizados en los países nórdicos, donde gemelos suizos fueron criados aparte con familias que los adoptaron en Dinamarca. El IMC de los niños adoptados estaba mas íntimamente relacionado con el de sus padres biológicos que con el de sus padres adoptivos, al mismo tiempo los gemelos monocigóticos se asemejan mucho mas que los dizigóticos ya sean o no criados separadamente. En un estudio en 93 pares de gemelos idénticos criados aparte, la correlación del IMC intra-pareja fue de 0,7 para los varones y 0,66 para las mujeres. Es también posible que la herencia de las grasas en diferentes regiones del cuerpo sea también diferente, como lo demuestra el hecho de que la contribución genética en la cantidad de grasa subcutánea es baja, mientas que sobre la cantidad de grasa visceral es alta.

De cualquier manera, una etiología genética para la obesidad humana común es difícil de reconciliar con la marcada variación existente en la prevalencia observada en función de los factores socioeconómicos y/o demográficos, por lo que es importante tener en cuenta la interrelación "genética-medio ambiente". La obesidad es, en gran medida, una enfermedad de la sociedad postindustrial, en la cual todavía existen diferencias suficiente en la prevalencia de la obesidad como para dirigir la mirada hacia factores culturales, por ejemplo, en Suecia la prevalencia de obesidad es menor de la mitad que en Estados Unidos donde la adiposidad está aumentando de forma alarmante, especialmente en niños.

Hasta cierto punto, las conclusiones basadas en los estudios genéticos y epidemiológicos están limitadas a las regiones donde se llevaron a cabo, y por lo tanto es posible que el relativo papel de los factores ambientales se exagere en poblaciones donde la obesidad es especialmente prevalente. Diferentes estudios en animales han demostrado que un grupo de genes controla la eficiencia de la utilización calórica, mientras que otros genes –no necesariamente excluyentes– son reconocidos por su efecto en la obesidad inducida por la dieta. Estas consideraciones apoyan el modelo en el cual la susceptibilidad a la obesidad está considerablemente determinada por factores genéticos, pero que el medio ambiente determinará la expresión fenotípica, por ejemplo, en un ambiente donde la disponibilidad de calorías es limitada, individuos con alta susceptibilidad genética pueden tener un alto grado de adiposidad, grado que será bajo si emplazamos al mismo individuo en un ambiente repleto de alimentos altos en calorías y en grasa, situación esta última que producirá en ellos una obesidad mórbida, de manera que una alta susceptibilidad tendrá poco efecto en la adiposidad a menos que ambiente sea predisponente. Por lo tanto, el concepto de que "nurture" opera sobre un grupo de genes que contribuyen a la susceptibilidad y a la obesidad, tiene importantes implicaciones para nuestro acercamiento a la prevención y tratamiento de la obesidad, de manera que si algunas de las variables ambientales sólo se manifiestan en ciertos genotipos, el reconocimiento de estos genes y el consejo genético para individuos susceptibles es de gran importancia.

La mayoría de las mutaciones humanas que dan lugar a obesidad reconocidas por un patrón mendeliano de herencia son síndromes donde la obesidad es una más de las características que definen el síndrome. En el humano existen algunas formas genéticas de obesidad que acompañan a fenotipos específicos que identifican la enfermedad, estos síndromes son:

• Síndrome de Prader Willi. Caracterizado por obesidad infantil de aparición temprana, hipotonía, deficiencia mental, estatura corta, pequeñas manos y pies e hipogonadismo. En el 70 por ciento de los pacientes existe una delección de longitud variable en el cromosoma 15.

• Síndrome de Alstrom. Obesidad infantil (la cual puede desaparecer en la edad adulta), ceguera infantil relacionada con degeneración de retina, sordera, diabetes mellitus con resistencia insulínica, acantosis nigricans, nefropatía crónica e hipogonadismo en hombres pero no en mujeres. El fallo testicular parece ser primario debido a que los testículos son de pequeño tamaño, los niveles de testosterona en plasma son bajos y los de gonadotropinas altos.

• Síndrome de Bardet-Biedl. Se presenta con obesidad, retinitis pigmentosa, retraso mental, polidactilia e hipogonadismo, este síndrome, al contrario del anterior, está relacionado con bajos niveles de gonadotropinas. Diabetes mellitus, sordera y enfermedad renal también pueden ocurrir en este síndrome.

• Síndrome de Carpenter. Caracterizado por obesidad, retraso mental, hipogonadismo masculino, acrocefalia, polidactilia y sindactilia.

• Síndrome de Cohen. Cursa con obesidad moderada, anormalidades faciales, corta estatura, retraso mental severo, microcefalia.

• Enfermedad de Blount. En esta patología, aunque la obesidad es común, no tiene porque ser intrínseca a la enfermedad. Otros síntomas son piernas arqueadas y torsión tibial.

Factores medioambientales: Implícito a la hipótesis de los genes susceptibles está el papel jugado por los factores ambientales que desenmascararán una tendencia latente a desarrollar obesidad. Las predicciones sobre posibles interacciones entre genes y el medio ambiente son difíciles porque el momento de la exposición del individuo al ambiente "obesogénico", y/o una alteración en el estilo de vida relacionado con circunstancias de vida no es conocido, y por lo tanto no es posible acertar sobre el preciso momento en que la ganancia de peso va a comenzar. Incluso los individuos predispuestos genéticamente a la obesidad no desarrollarían ésta si tuvieran que afrontar una situación de limitación en la obtención de alimentos, por lo tanto los factores culturales van a influir en la prevalencia de la obesidad. Aunque una obesidad seria puede ocurrir en personas de cualquier capa social, en los países desarrollados, las personas pertenecientes a niveles socioeconómico más bajos tienen mas probabilidad de ser obesos, mientras que en países en vías de desarrollo, las mujeres con un alto poder adquisitivo tienen más tendencia a desarrollar obesidad. En la sociedad actual diversos factores ambientales van a influenciar la aparición de obesidad, factores como el sedentarismo, el cual está siendo desarrollado en la actualidad desde la niñez con el excesivo tiempo que se transcurre viendo la televisión o con el ordenador, el aumento del número de snacks que conlleva este sedentarismo, y la alta exposición a publicidad de alimentos ricos en grasa, contribuyen de forma importante.

Evidencias de que los factores ambientales juegan un papel clave en el desarrollo de la obesidad provienen de los estudios realizados en emigrantes y la occidentalización de las dietas y de los estilos de vida en los países en vías de desarrollo. El incremento marcado en la prevalencia de la obesidad en poblaciones de Micronesia y Polinesia en el oeste de Samoa va íntimamente en paralelo con las alteraciones en la dieta y en el estilo de vida. Al mismo tiempo, un aumento considerable en el IMC es observado en los estudios realizados en emigrantes que, perteneciendo a etnias con un bajo índice de obesidad, incrementan dicho índice en circunstancias ambientales diferentes. Un claro ejemplo es el mostrado por los indios Pima residentes en EEUU, los cuales presentan una media de 25 kg mas de peso corporal que los indios Pima que residen en México, la misma tendencia se ha visto en los africanos emigrados a EEUU. Este incremento en la prevalencia de la obesidad está relacionado con un impacto negativo en la salud, como lo demuestra el hecho de que la prevalencia de hipertensión arterial en los adultos nigerianos residentes en Africa es de un 15 por ciento, y la de los que viven en EEUU es de un 30 por ciento.

Tanto en hombre como en mujeres la prevalencia de sobrepeso y obesidad incrementa con la edad hasta los 50-60 años, siendo particularmente aparente entre los 20 y 40 años. Existen también diferencias, usualmente difíciles de explicar, entre los diferentes grupos étnicos, estas diferencias son particularmente evidentes en las mujeres de EEUU, especialmente y en concordancia con lo que se comentó anteriormente, en mujeres pertenecientes a niveles económicos bajos (22 por ciento de la mujeres caucasiana son obesas, 30 por ciento de las africano-americanas y 34 por ciento de las mexicano-americanas). Existe también una tendencia a la obesidad tras el matrimonio y con el aumento del número de partos.

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