Avances en el manejo
de la patología urológica.
Estado actual del tratamiento del
cáncer de próstata
El cáncer de próstata es el tumor más prevalente en el
varón y la segunda causa de mortalidad por cáncer en el mismo tras el de pulmón. Se
pueden distinguir dos formas clínicas: carcinoma latente, histológicamente presente como
hallazgo hasta en el 70 por ciento de los varones mayores de 80 años, y carcinoma
clínico que puede llegar a afectar a uno de cada 6 varones a lo largo de toda la vida.
Desde el punto de vista etiológico, mutaciones genéticas,
delecciones cromosómicas, mutación de receptores androgénicos, factores de crecimiento,
aspectos raciales y dietéticos han sido implicados en su desarrollo.
Histológicamente se trata de adenocarcinomas que en el 85
por ciento de los casos se localizan en la glándula periférica y en el 15 por ciento en
la glándula central (transicional). Existen lesiones displásicas intraepiteliales
situadas en los acinis o ductus prostáticos denominadas lesiones tipo PIN. La existencia
de PIN de alto grado (II y III) se asocia al desarrollo de carcinoma. De hecho, el 50 por
ciento de los pacientes con un PIN de alto grado desarrollan un cáncer prostático en los
años siguientes. La malignidad histológica del tumor se define por el Gleason que
evalúa los patrones arquitecturales glandulares más prevalentes en la muestra de
biopsia, expresándose por un valor numérico que va de 2 a 10 y que es la suma de los dos
patrones más frecuentes. Se consideran Gleason bajos los menores de 6, intermedios los
grado 7 y altos los 8 a10.
La extensión del cáncer de próstata se hace por invasión
capsular a través del espacio perineural, hasta alcanzar la penetración de la cápsula.
Posteriormente pueden verse afectadas locorregionalmente las vesículas seminales, el
recto y la vejiga. Las metástasis a distancia se sitúan en cadenas linfáticas
ilio-obturatrices, hueso, pulmón e hígado.
La mayoría de los cánceres prostáticos son asintomáticos,
ya que al crecer en la glándula periférica no generan sintomatología hasta que la
enfermedad está localmente avanzada o ha desarrollado metástasis. En la actualidad la
generalización en el uso del Antígeno Prostático Específico (PSA) ha aumentado la tasa
de detección, ha adelantado el momento del diagnóstico del tumor y consecuentemente ha
aumentado el número de tumores organoconfinados subsidiarios de curación. Sin embargo,
no está claramente establecido que el uso del PSA como técnica de screening reduzca
globalmente en la población la mortalidad asociada al cáncer de próstata.
El PSA es una proteasa segregada por el epitelio prostático
que viaja en el suero ligada a antiproteasas o en forma libre, siendo inmunodetectable y
aclarándose por el hígado. La cifra normal de PSA es menor de 4 ng/ml, pero ésta ha de
adecuarse al volumen prostático calculado por ecografía y a la edad. Por otra parte
procesos inflamatorios prostáticos pueden elevar el PSA, por lo que si bien una
elevación del PSA permite detectar precozmente un cáncer prostático, la misma no es
absolutamente específica de la existencia de cáncer.
La combinación del tacto rectal y el PSA parece la mejor
combinación en la detección precoz del cáncer de próstata. Puede existir un cáncer de
próstata en presencia de cifras de PSA normales, bien porque el tumor no marque para PSA
o bien porque el crecimiento del mismo esté en fase muy inicial y aún no haya alcanzado
los 4 ng/ml. Por ello, si existen velocidades de progresión del PSA mayores de 0,75
ng/ml/año, éstas son sugestivas de un posible desarrollo de tumor.
Las indicaciones de biopsia prostática son: tacto rectal
anómalo, PSA > 4 ng/ml no justificado por volumen prostático o actividad
inflamatoria, velocidad de progresión de PSA elevada, existencia de PIN de alto grado en
biopsias previas. La biopsia prostática se hace dirigida mediante ecografía transrectal
y por sextantes, incluyendo muestras de la base, glándula media y apex prostáticos de
ambos lóbulos.
La ecografía transrectal es la mejor técnica para estadiar
localmente el tumor y la existencia de un PSA <20 ng/ml y un Gleason <7 en un tumor
órgano-confinado hace improbable la existencia de metástasis. La realización de un TAC,
una gammagrafía ósea y una Rx de tórax están justificadas en la detección de
enfermedad diseminada si los parámetros citados superan esas cifras.
Los factores pronósticos en la evolución de la enfermedad
son el Gleason, el PSA, la enfermedad localmente avanzada, la afectación ganglionar y la
existencia de márgenes positivos tras la cirugía.
En cuanto al tratamiento hay que diferenciar dos formas
clínicas: la enfermedad órgano-confinada y la enfermedad diseminada.
La enfermedad órgano-confinada tiene tres alternativas
posibles: prostatectomía radical, radioterapia externa y braquiterapia prostática. La
prostatectomía radical aporta posibilidades teóricas de curación próximas al 80 por
ciento en tumores órgano-confinados de bajo riesgo (PSA <10 y Gleason <7),
conllevando una mortalidad en torno al 2 por ciento, disfunción eréctil en el 80 por
ciento, incontinencia urinaria del 5-12 por ciento y necesidad de trasfusión en 30-50 por
ciento.
La radioterapia externa conformada tridimensional alcanza
cifras de 70-80 Gy en la próstata con posibilidades de curación a largo plazo algo
inferiores a la cirugía y con el inconveniente de que el estadio clínico de la
enfermedad no coincide con el anatomopatológico obtenido tras la cirugía en hasta el
30-40 por ciento de los casos.
La braquiterapia prostática consiste en la implantación de
semillas radiactivas en la próstata mediante ecografía transrectal deI 125 o Pd 103 que
permiten alcanzar tasas de 135-145 Gy, lo que conlleva una mayor eficacia y una reducción
de los efectos indeseables de la radiación. La disfunción eréctil está próxima al 20
por ciento, la incontinencia es excepcional en pacientes sin cirugía previa y sin
diabetes y la clínica obstructiva miccional postimplantación es transitoria en la
mayoría de los casos. Los porcentajes de curación son semejantes a los de la cirugía en
pacientes muy seleccionados de bajo riesgo de progresión.
En la enfermedad diseminada el bloqueo androgénico:
incompleto (análogos LHRH) o completo (análogo + antiandrógeno habitualmente flutamida
o bicalutamida) constituye una alternativa eficaz con reducción de la sintomatología y
del PSA en el 85-90 por ciento de los casos durante un periodo de tiempo variable, que es
tanto más prolongado cuanto mayor es la edad del paciente. En general el tiempo medio
está próximo a los 2 años.
En los pacientes con enfermedad diseminada que han escapado a
bloqueo androgénico en progresión, el tratamiento es paliativo excepto en pacientes con
buen estado general que se puede llevar a cabo poliquimioterapia con mostazas
nitrogenadas, estrógenos y taxoles.
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