Avances en el manejo
de la patología urológica.
Secuencia
diagnóstica y tratamiento del cáncer renal
El carcinoma de células renales es el tercer tumor en
frecuencia del tracto genitourinario, tras el cáncer prostático y vesical y representa
aproximadamente el 3 por ciento de todos los tumores sólidos del adulto.
El tratamiento del carcinoma de células renales localizado
es quirúrgico. Una vez que alcanza el desarrollo de metástasis, la supervivencia
raramente alcanza o supera los 2 años. Sólo el 10 por ciento de los pacientes con un
tumor renal metastásico sobreviven 1 año. Estos malos resultados dependen de que otros
tratamientos distintos de la cirugía son ineficaces.
La extensión del uso de la ecografía y el TAC ha conducido
al aumento en el diagnóstico incidental de carcinomas renales de pequeño tamaño, lo que
a su vez ha resultado en un incremento en la tasa de curación de los mismos con cirugía
en estadíos tempranos.
Diagnóstico por imagen de las lesiones renales
Se ha asistido en los últimos años a un incremento en la
detección y diagnóstico temprano de tumores renales como consecuencia del amplio uso de
técnicas diagnósticas, tales como la ecografía y la tomografía axial computerizada
(TAC), de tal forma que actualmente hasta el 45-50 por ciento de los tumores renales son
diagnosticados de forma incidental.
En general, cualquier masa renal que se realza tras la
administración de contraste yodado durante la realización de un TAC se debe considerar
un carcinoma renal. Las masas renales cuyo diagnóstico es más complejo están
constituidas por las lesiones quísticas complejas, pseudotumores, tumores renales de
pequeño tamaño y aquellos tumores renales que no requieran tratamiento quirúrgico y que
incluyen linfomas, oncocitomas y angiomiolipomas.
La ecografía es la técnica más comúnmente utilizada en la
detección inicial de las masas renales. Permite una diferenciación precisa de las
lesiones quísticas frente aquellas otras con componente sólido y así mismo permite el
diagnóstico exacto de los quistes simples, lesiones anecoicas, bien delimitadas del
parénquima y con refuerzo acústico posterior sin precisar otras exploraciones. Por el
contrario toda lesión que no cumpla los criterios estrictos que definen un quiste simple
debe ser evaluada mediante TAC. La captación de contraste por la lesión en el TAC es uno
de los hallazgos radiológicos más determinantes traduciendo la existencia de una lesión
hipervascularizada y es interpretado como un signo de malignidad.
El TAC permite una valoración adecuada del grado de
complejidad de una lesión quística permitiendo la toma de decisiones terapéuticas
respecto a su manejo conservador o quirúrgico. Así se consideran 4 categorías:
Tipo I. Corresponde al quiste simple renal; una lesión bien
delimitada, con una pared fina y contenido de densidad agua con coeficientes de
atenuación de 0-20 UH (Unidades Housfield) sin realce tras la administración de
contraste.
Tipo II. Quistes mínimamente complicados que incluyen la
presencia de septos, y finas calcificaciones. Son lesiones primordialmente benignas aunque
puedan requerir seguimiento.
Tipo III. Estas lesiones muestran hallazgos presentes en
neoplasias como hemorragia, engrosamiento de tabiques o calcificaciones groseras que
recomiendan su exploración quirúrgica.
Tipo IV. Es el conocido como carcinoma quístico, presenta
realce de componentes sólidos en su seno.

Un problema creciente está constituido por el diagnóstico
incidental de lesiones renales de pequeño tamaño, inferior a 3 cm. La mayor parte
corresponden a quistes simples que presentan coeficientes de atenuación en torno a 20-25
UH que pueden llevar a confusión por un problema de detección de volumen parcial (medida
del coeficiente de atenuación del parénquima adyacente). El siguiente paso debe ser la
evaluación ecográfica de la lesión que permite un correcto diagnóstico del componente
líquido. Si el diagnóstico no fuera posible debe repetirse el TAC sin y con contraste,
con el objetivo de poner de manifiesto el realce de la lesión en cuyo caso se
considerará un tumor renal con las consecuentes implicaciones terapéuticas.
Controversias en el tratamiento
La técnica quirúrgica generalmente aceptada es la conocida
como nefrectomía radical, introducida por Robson en 1963 y que incluye la exéresis del
riñón y la glándula suprarrenal ipsilateral contenidas por la fascia de Gerota previa
ligadura del pedículo vascular. Actualmente, uno de los aspectos más controvertidos del
tratamiento quirúrgico del carcinoma renal es la extensión de la cirugía conservadora o
preservadora de nefronas de forma electiva a aquéllos pacientes con tumores de pequeño
tamaño (<4-5 cm) en estadio temprano con el mismo índice de curaciones alcanzado por
la cirugía radical. La cirugía conservadora ha sido utilizada tradicionalmente en
aquellas indicaciones conocidas como imperativas: afectación tumoral de riñón único,
tumor renal bilateral sincrónico o tumor renal en paciente con insuficiencia renal
crónica de otra etiología. La tasa de recurrencia local del tumor en estas
circunstancias ha sido en torno a un 7,5 por ciento.
Incluso los tumores renales de menor tamaño tienen potencial
metastásico. Sin embargo también se sabe que no todas las lesiones renales corresponden
a tumores de células renales y que su diagnóstico preoperatorio presenta importantes
dificultades. El argumento fundamental para proponer una cirugía conservadora electiva
reside en los resultados obtenidos por diversos estudios, en los que se han comunicado
tasas de recurrencia en torno al 0,8 por ciento lo que representa la selección exquisita
de los pacientes.
La controversia nace del conocimiento de la potencial
multifocalidad del tumor en el parénquima renal, que puede pasar desapercibida en el
momento de la cirugía o desarrollarse posteriormente. El riesgo comunicado de
multicentricidad alcanza hasta un 25 por ciento. La discrepancia con la tasa de
recurrencia demostrada podría explicarse porque las lesiones secundarias, cuya historia
natural no se conoce, podrían no desarrollarse en tumores clínicamente significativos.
El papel de la linfadenectomía en el tratamiento del tumor
renal no está bien definido. Aunque sabemos que la supervivencia a largo plazo de los
pacientes con metástasis ganglionares está en torno a un 20 por ciento, la disección
ganglionar podría tener potencial curativo en aquellos pacientes con metástasis
limitadas a los ganglios regionales. Los estudios más amplios, sin embargo, no han
demostrado una mejoría de la supervivencia a 5 años tras linfadenectomía lo que indica
probablemente que la presenacia de metástasis ganglionares expresa enfermedad sistémica.
La glándula adrenal puede afectarse bien por crecimiento en
contiguidad del tumor o por diseminación hematógena, y esto ocurre en el 6-10 por ciento
de las piezas de nefrectomía, la mayor parte de los casos como una extensión directa de
un tumor del polo superior del riñón. Los resultados favorables de la cirugía
conservadora que preserva la glándula adrenal justifican la no excisión de la misma
salvo que se sospeche su afectación por extensión directa desde un tumor de polo
superior o cuando la adrenal es asiento de una metástasis única.
El carcinoma de células renales puede progresar por
extensión directa a los vasos renales y hasta en un 4-10 por ciento de los casos alcanzar
la vena cava desde la vena renal sin evidencia de afectación ganglionar o metástasis a
distancia debiendo considerarse potencialmente curable quirúrgicamente. El trombo tumoral
puede, en ocasiones, invadir la pared de la vena cava dependiendo la supervivencia en este
caso de la extensión de la afectación y de la resecabilidad quirúrgica.
El diagnóstico preoperatorio de la trombosis cava y de su
extensión es fundamen tal para el diseño de la aproximación quirúrgica del paciente.
La prueba de imagen que se ha demostrado más eficiente es la RNM que permite demostrar la
patencia de la vena cava sin el uso de agentes de contraste, permite imágenes obtenidas
en los planos axial, sagital y coronal y delinea perfectamente la extensión craneal del
trombo. Cuando se sospecha la afectación de la aurícula derecha (1 por ciento) las
exploraciones de elección serán la ecocardiografía y la ecografía transesofágica.
Las opciones terapéuticas del paciente metastásico son muy
limitadas. Independientemente de los avances logrados en inmunoterapia la mayoría de los
pacientes mueren en un corto periodo de tiempo tras el desarrollo de metástasis.
Distintas series han mostrado supervivencias en torno al 35
por ciento a los 5 años tras resección quirúrgica completa del tumor primario y de
depósitos metastásicos de poco volumen, proponiendo el tratamiento quirúrgico agresivo
del paciente con metástasis única
Los factores teóricamente beneficiosos de la nefrectomía en
el contexto de enfermedad metastásica incluyen en primer lugar la posibilidad de
regresión espontánea de las metástasis que se ha descrito en el 0,7 por ciento,
mientras la mortalidad global de la nefrectomía en estos pacientes alcanza el 1-5 por
ciento. La nefrectomía, asi mismo, mejoraría la respuesta al tratamiento sistémico,
afirmación que ha sido motivo de amplia controversia.
El segundo objetivo de la nefrectomía sería mejorar la
calidad de vida del paciente haciendo desaparecer síntomas tales como hematuria, el dolor
o manifestaciones sistémicas. La hematuria puede controlarse primariamente mediante
embolización, el dolor generalmente se debe a infiltración ósea y nerviosa por un tumor
localmente avanzado y la nefrectomía no asegura su control, finalmente la sintomatología
sistémica sólo mostrará mejoría tras nefrectomía en ausencia de metástasis.
En el paciente metastásico disponemos de 4 opciones de
tratamiento:
Nefrectomía y cirugía de las metástasis aisladas
Cirugía citorreductora seguida de inmunoterapia
Inmunoterapia seguida de la nefrectomía en aquéllos
pacientes que responden al tratamiento sistémico
Inmunoterapia aislada
Las variables favorables de supervivencia incluyen a la
afectación metastásica de un solo órgano, resección completa de la metástasis, un
intervalo libre de enfermedad superior a 12 meses o la recurrencia local.
La opción terapéutica que ha demostrado mejores índices de
supervivencia ha sido la administración sistémica de inmunoterapia seguida de la
nefrectomía en aquellos pacientes que demuestran respuesta a la inmunoterapia por
reducción objetiva de los lugares metastásicos. Algunos autores sugieren incluso que la
cirugía deprime el sistema inmune del enfermo haciendo menos eficaz el tratamiento
inmunoterápico.
El curso clínico del carcinoma renal metastásico es
heterogéneo e impredecible en el paciente individual.
La diseminación metastásica puede aparecer después de los
5 años hasta en un 10-15 por ciento de los pacientes tras la nefrectomía, por el
contrario se ha asistido a supervivencias prolongadas e incluso a la remisión espontánea
de las metástasis.
El único tratamiento sistémico que ha demostrado tasas
consistentemente superiores al 10 por ciento de respuesta ha sido la inmunoterapia
representada por el interferon alfa (IFNalfa) y la interleukina 2 (IL-2).
El IFNalfa consigue
1. La modulación de la respuesta inmune del huésped.
2. La modulación antigénica de las células tumorales.
3. Muestra un efecto citotóxico sobre las células tumorales
y un efecto anti-angiogénesis así como capacidad de inducir la diferenciación de las
células tumorales y la modulación genética.
Las tasas de respuesta han oscilado estre el 7,5 y el 44 por
ciento, fundamentalmente en los depósitos metastásicos pulmonares y ganglionares y una
tasa de supervivencia a los 2 años del 20 por ciento.
IL-2 es una citokina con una potente capacidad de
inmunomodulación mediante la inducción de mediadores secundarios y reacciones celulares
con actividad antitumoral. La tasa de respuestas objetivas medias alcanza el 14 por
ciento. Las pautas de administración descritas, han sido los bolos intravenosos de altas
dosis de IL-2, la infusión continua de dosis medias o la inyección subcutánea a bajas
dosis con tasas de respuesta similares.
La terapia génica actualmente en desarrollo se basa en la
trasferencia a las células tumorales de fragmentos de DNA modificados. Las denominadas
vacunas autólogas se basan en el aislamiento de células tumorales obtenidas de la pieza
de nefrectomía y mantenidas en cultivo donde se lleva a cabo la transferencia de un gen
capaz de inducir la secreción de citokinas inmunoestimuladoras. El cultivo es
posteriormente irradiado para prevenir el desarrollo tumoral tras la reinyección en el
paciente. La citokina producida es capaz de activar células con capacidad inmune
antitumoral representadas por células T, células natural killer y células presentadoras
de antígeno que así pueden erradicar o enlentecer el crecimiento de micrometástasis.
Simultáneamente se encuentran en desarrollo vacunas alogénicas
| Sumario |