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PROGRAMA ANUAL
2002-2003
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

 

 

  

Alcoholismo

Opciones terapéuticas

La bibliografía sugiere que cuando se selecciona una modalidad de intervención para un paciente determinado, éste suele tener mejor pronóstico que cuando no se ha realizado o se ha realizado inadecuadamente. No obstante, los resultados sobre la selección de una determinada técnica en el alcoholismo son todavía escasos.

Intoxicación Etílica Aguda

Se trata de un tratamiento puntual, a realizar en la consulta médica, habitualmente en urgencias, sintomático y en función de la situación del paciente.
Si la intoxicación es leve, es decir con alcoholemias inferiores a 200 mg/ 100 ml, no requiere de ningún tipo de tratamiento, salvo el reposo.

Cuando se evidencia riesgo de coma etílico, el tratamiento consistirá en mantener las constantes vitales y en evitar complicaciones como la depresión respiratoria, aspiraciones, hipoglucemia y el choque. En prevención de una posible encefalopatía de Wernicke o de una hipoglucemia, es obligada la adminidstración de tiamina y soluciones glucosadas, respectivamente.

Cuando sea posible recabar información sobre la presencia o no de otros tóxicos, fármacos o enfermedades, y actuar en consecuencia. Es preciso realizar el abordaje con actitud y entorno relajado, evitando espectadores inútiles o personas ajenas a la intervención o innecesarias en caso de precisar ayuda.

Abrigar y mantener temperatura corporal por peligro de hipotermia. Ofrecer bebidas estimulantes, azucaradas, no frías, controlando constantes e hidratación. El paciente no debe dormirse hasta estar seguros, para lo cual colocar en posición de seguridad, decúbito lateral para evitar la aspiración en caso de vómito.

Dependencia Grave

El objetivo óptimo y por principio es conseguir el abandono total y definitivo del consumo de alcohol en el paciente, o cuando no fuera posible, su reducción al menor nivel del mismo, mínimo riesgo, y hacerlo de forma que el paciente sufra el menor número e intensidad de efectos secundarios debidos a la abstinencia y no tenga que abandonar su vida ordinaria ni sus tareas. Se recomienda tratamiento escalonado o secuencial, para lo cual se debe recordar el esquema del tipo de consumidor, y debe ser integral debiendo aplicarse medidas sociales, psicológicas y médicas y multidisciplinar. En el caso de que el paciente no se encuentre muy motivado y la familia no desee colaborar activamente, la desintoxicación deberá llevarse a cabo en un centro hospitalario.

En esta fase los abordajes psicosociales son efectivos para disminuir el consumo y mantener la abstinencia, pero en el primer año entre el 40-70 por ciento reanudan el nivel de consumo indeseable deteriorándose su eficacia progresivamente. Por ello es cada día mayor la importancia de la terapéutica farmacológica para el tratamiento de la dependencia alcohólica, aunque sigue siendo motivo de diferencias entre los autores. El tratamiento farmacológico facilita la retirada del consumo pero no elimina la dependencia. En resumen, la acción conjunta de los dos tipos de tratamiento mejora los resultados.
El tratamiento de la dependencia comprende dos fases: Fase I de desintoxicación y Fase II de deshabituación.

Fase I: Desintoxicación

La finalidad de esta fase del tratamiento, cuya duración es de 7-12 días, es suprimir el consumo de alcohol provocando el menor número de consecuencias indeseables para el paciente, y previniendo las complicaciones del síndrome de abstinencia. Puede ser una urgencia médica cuando como consecuencia de la retirada el paciente o sus familiares demanden asistencia por presentar sintomatología de abstinencia, cuando existan otras situaciones médicas que así lo aconsejen, por ejemplo paciente alcohólico que ingresa en centro hospitalario.

El vademecum actual permite abordar cada problema en función de las características del paciente que atendemos. Aunque hay autores que aconsejan siempre el tratamiento farmacológico, en la dexintoxicación hay una serie de casos en los que está indicado y otros en los que pudiera prescindirse del mismo, aunque cualquier caso requiere una respuesta ajustada al mismo. En todo caso siempre tener presente que el mal mayor es el alcohol, no un fármaco durante un tiempo determinado.



Cuando los pacientes refieran necesidad imperiosa de beber por las mañana o presenten temblores matutinos, y cuando refieran con anterioridad o presenten síntomas de abstinencia, debe realizarse la desintoxicación incorporando tratamiento farmacológico. Sin embargo se considera innecesario, aunque este criterio puede considerarse en cada caso, el tratamiento farmacológico cuando sean pacientes que beben intermitentemente, que nunca hayan presentado síndrome de abstinencia, cuando lleven más de tres días sin beber, y cuando y sobre todo si el paciente lo rechaza o no acepta la retirada total del alcohol.
Consiste básicamente en la supresión brusca del consumo de alcohol, en el contexto de un marco terapéutico ambulatorio u hospitalario y de acuerdo con las características y situación del paciente. En el caso de que el paciente no se encuentre muy motivado y la familia no desee colaborar activamente, la desintoxicación deberá llevarse a cabo en un centro hospitalario. Los tratamientos residenciales se han demostrado más útiles en sujetos con mayor deterioro psicológico y escasos apoyos sociales. La utilización de uno u otro marco terapéutico no parece arrojar diferencias significativas en cuanto a eficacia, a los seis meses de tratamiento, sí en cuanto a los costes, siendo mayores los hospitalarios, lo que permite aconsejar cuando sea posible tratamientos ambulatorios por ser seguros, efectivos y menos costosos o realizar un tratamiento inicial en hospital y posteriormente un seguimiento diario posterior que resultaría igual de eficaz y menos costoso.

En todo caso, la derivación o no del paciente dependerá de factores como la intensidad de la intoxicación o del síndrome de abstinencia, de que existan complicaciones o comorbilidad del cuadro, de la aceptación o resistencia del paciente y la familia, de si se trata o no de una recaída, de que el ambiente y contexto donde vive el paciente favorezca o no la recuperación, etc...

En general, los tratamientos ambulatorios deberán reservarse para individuos con un nivel suficiente de recursos sociales y sin serias complicaciones médico-psiquiátricas. Los tratamientos ambulatorios intensivos se reservarán para aquellos en los que han fracasado las intervenciones breves o para quienes necesitan una intervención más intensa sin llegar a las del tipo residencial. Se debe utilizar el ingreso en centro especializado cuando el paciente tenga un escaso apoyo social, viva en ambientes con pocos estímulos para la recuperación o tenga complicaciones médicas o psiquiátricas importantes.

En primer lugar, es preciso considerar la necesidad de rehidratar y reponer electrolítos, ya sea en forma de sueros o de bebidas específicas como té, limón y azúcar, ya que contiene los electrolítos e hidratos de carbono necesarios. A todos los pacientes con alcoholismo crónico y con signos de desnutrición se les deben aportar complejos vitamínicos B con dosis de tiamina en torno a los 300 mg por día, a los que se puede incoporar acido fólico si fuera necesario y una dieta rica en hidratos de carbono.

Los fármacos más utilizados para facilitar la desintoxicación son: benzodiacepinas a dosis más altas que las utilizadas para la ansiedad, el tetrabamato, tiapride y clormetiazol (Tabla VIII) también la clonidina ó los bloqueadores beta. Todos ellos se han demostrado eficaces en el manejo del síndrome de abstinencia, aunque las benzodiacepinas sean el grupo de mayor aceptación también depende la elección, de los antecedentes, estado actual y comorbilidad de otros cuadros en cada paciente. Como en la mayoría de los casos el tratamiento se realizará en régimen ambulatorio, se deberá elegir un fármaco que potencie mínimamente los efectos sedativos del alcohol. Otros tratamientos con carbamazepina, clonidina y atenolol pueden ser útiles pero cuentan con menor experiencia.

Se conoce como síndrome de abstinencia prolongado o tardío, cuando la sintomatología ansiosa supera el tiempo previsto (7-12 días), y persiste durante algunas semanas, en cuyo caso debe ser tratada.

Fase II: Deshabituación

Se realiza a continuación de la fase anterior y pretende prevenir la vuelta al consumo. Es preciso insistir de nuevo en el abordaje multidimensional del paciente, desde lo psicosocial a lo fisiológico, con especial atención a lo que cada paciente presenta como factor o elemento especial de vulnerabilidad o de mayor riesgos de recaída, pues no hay un tratamiento único ni definitivo. En esta fase, la medicación es sólo un soporte que carece de sentido si no se completa con el resto de las intervenciones. En los últimos años se están produciendo avances espectaculares en el conocimiento de las bases y cambios neurofisiológicos que justifican o se producen en torno al alcoholismo, lo que está permitiendo y permitirá avances importantes en el tratamiento farmacológico. Se utilizan los clásicos fármacos antidipsotrópicos, aversivos o interdictores como el disulfiran y la cianamida cálcica, y fármacos que disminuyen el efecto reforzador del alcohol y, en consecuencia, serían útiles contra la compulsión a beber y la pérdida de control. Entre estos últimos encontramos acamprosato, naltrexona fundamentalmente, aunque también los ISRS petenecerían a este grupo.

Antidipsotrópicos, aversivos o interdictores

Su mecanismo de acción es el de inhibir la aldehidodeshidrogenasa, de modo que se acumula el aldehído que se produce en el metabolismo del alcohol. Su paso a sangre es altamente tóxico, produciendo la reacción aldehídica con ruborización excesiva, palpitaciones en la cabeza y cuello, taquicardia, náuseas, debilidad, visión borrosa, dificultad respiratoria, dolor torácico y, en casos graves, colapso cardiorrespiratorio. La intensidad de la reacción tiene relación con la cantidad de alcohol ingerida y, en consecuencia, provoca efectos indeseables con el consiguiente efecto aversor.

Han sido los farmacos mas utilizados y aún hoy tienen plena vigencia. Hay otros de uso común que tienen también este efecto "antabús", como el metronidazol, ketoconazol y cefotaxima. La eficacia de estos tratamientos es contradictoria, ofrecen resultados muy buenos en unos pacientes y desalentadores en otros, y los estudios realizados son escasos, contradictorios y presentan fallos metodológicos y estadísticos. El tratamiento con implantes de disulfirán ocupa el tercer lugar en efectividad, detrás de aplicación de tecnicas de aprendizaje de habilidades sociales y de refuerzo comunitario, pero también es cierto que no siempre es posible la aplicación de estas técnicas. Por otra parte, la experiencia diaria pone de manifiesto que en ocasiones resultan de gran utilidad, porque permiten amplios períodos de abstinencia, durante los que se pueden abordar otras medidas rehabilitadoras. No modifican la dependencia y en consecuencia su eficacia es baja a largo plazo.

En el caso del disulfiram, es preciso tener en cuenta sus posibles interacciones con diferentes fármacos y además está contraindicado en casos de psicosis, enfermedad cardiovascular o cerebrovascular, epilepsia o en el caso de embarazo. La cianamida está contraindicada si coexiste enfermedad tiroidea, por su efecto antitiroideo, se debe evitar su uso en el caso de procesos médicos graves, en cuyo caso la aparición de una reacción aldehídica suponga un riesgo añadido.

Fármacos Anticraving

Se utilizan contra el tratamiento de la compulsión a beber y la pérdida de control (craving). El alcohol comparte con otras sustancias de abuso la capacidad de actuar sobre el sistema biológico de recompensa, aumentando la actividad dopaminérgica en el núcleo accumbens. Ello da lugar al refuerzo, que determina que la conducta tienda a repetirse en el futuro, y a la pérdida de control o deseo imperioso de seguir bebiendo tras iniciar el consumo; este fenomeno es conocido como efecto craving, por el cual la primera consumición produce un aumento del deseo de seguir consumiedo y debilita la capacidad de resistirse al mismo.

El craving es un concepto inexacto por la dificultad para medirlo, pero con el cual hablamos de una serie de sensaciones que provocan un deseo irrefrenable a beber, con pérdida de control en la persona afectada por la dependencia y en cuya causa intervienen una serie de fenómenos intermediados por varios sistemas de transmisión y en relación a déficit de aminoácidos esenciales, que no sólo van a estar implicados en la dependencia alcohólica sino en su tratamiento. Destacan el GABA y el glutámico, los sistemas opioide, dopaminérgico y serotoninérgico, que se alteran en consumidores de alcohol, pero además podrían estar geneticamente alterados en individuos predispuestos al alcoholismo. Todo lo cual tiene utilidad terapéutica, puesto que la intervención sobre esos sistemas, con fármacos selectivos para cada uno de ellos, denominados fármacos anticraving, ayudarían a recuperar la abstinencia, puesto que se actúan contra la compulsión de beber o sobre el deseo imperioso de beber (fármacos anti-craving). Son especialmente útiles en personas con escasa voluntad o motivación para no beber, o en dependencias graves; pero es necesario que a su vez no provoquen dependencia ni interacciones importantes con el alcohol.

Naltrexona

Es un antagonista puro de los receptores opioides, fundamentalmente mu, que bloquea de forma reversible los efectos de los narcóticos; actúa como antagonista competitivo de los mismos, aunque no de forma selectiva, pues también lo hace sobre los receptores kappa y delta.

La naltrexona reduce en todos los estudios el deseo imperioso y la pérdida de control; en el caso del alcohol, la naltrexona no parece afectar de forma relevante a las sensaciones subjetivas que se experimentan con el consumo, sino que afecta, sobre todo, a la tendencia a la repetición; disminuye las recaídas en pacientes que prueban el alcohol, disminuye el número de días de consumo y las cantidades totales de alcohol. El alcohol en pequeñas cantidades provoca un aumento de la actividad opioide, lo que, a su vez, provoca un aumento de la actividad dopaminérgica en el núcleo accumbens. Este último factor es el que da al alcohol su capacidad de producir refuerzo y con ello inducir en el organismo la motivación para intentar repetir la experiencia en el futuro. Además, la estimulación dopaminérgica inicial provoca instantáneamente un aumento del deseo de seguir consumiendo, lo que los pacientes perciben como pérdida de control tras las primeras consumiciones ( "calentarse la boca").

La naltrexona bloquea los receptores opioides, al hacerlo sobre todas las acciones de los agonistas opiaceos y de los péptidos opioides endógenos; y consecuentemente evita el efecto reforzador del alcohol tras su consumo. Por ello, los pequeños consumos de inicio perderán su capacidad de refuerzo, y la conducta de consumo acabará por extinguirse. Además tras una primera consumición, el paciente no perderá el control lo que a su vez provocaba el consumo masivo. Por tanto, la naltrexona es eficaz, tanto para mantener la abstinencia, como para bloquear el descontrol sobre el consumo y la progresión de la recaída, en aquellos pacientes que inician de nuevo la ingesta, tras hacerlo con una pequeña cantidad -durante una celebración o con cualquier otro motivo- y al confiar que la misma no va a provocarles la vuelta al consumo. Se permite en suma que no ocurran estas situaciones durante el tratamiento de deshabituación, facilitando la adherencia y mejor cumplimiento del mismo. Será útil en aquellos casos en los que se prevea riesgo de reiniciar el consumo o en los que el descontrol tras el inicio del consumo sea más evidente. En programas de reducción de daños, donde el objetivo es reducir la intensidad del consumo en pacientes alcohólicos, pueden obtenerse con la naltrexona buenos resultados.

Puede combinarse con otros fármacos que tengan capacidad de modular el consumo de alcohol, como ISRS, tiapride o acamprosato. La naltresona es además más eficaz asociada al tratamiento psicosocial. En casos de hepatopatía grave, la naltrexona no puede ser metabolizada, por lo que pierde su eficacia, de ahí que no esté justificada su utilización en dichos casos. Se han descrito elevaciones de transaminasas asociadas al empleo en dosis altas en obesidad y adición a opiáceos, pero es raro observarlos en los pacientes alcohólicos a las dosis recomendadas. Es preciso prestar especial atención en caso de utilización por pacientes diabéticos con tratamiento con insulina, al reducir sus efectos hipoglucemiantes. Es preciso ajustar la dosis en caso de insufciencia renal. Puede presentar en una de cada cuatro personas tratadas, insomnio, ansiedad, dolor abdominal, calambres, astenia, náusea y molestias musculoesqueléticas, cefaléas, así como otros efectos secundarios con menor entidad. Su uso en el embarazo está contraindicado al haberse demostardo su embriotoxicidad en ratas, desconociéndose si es excretada por leche materna y los efectos que produciría en el lactante.

Acamprosato

La administración puntual de alcohol produce una disminución de la actividad glutaminérgica que es excitante. Hay una serie de sensaciones extraordinariamente importantes en relación al deseo de beber, inducidas por una serie de acontecimientos que se van a producir en el organismo. Con el consumo repetido, el organismo aprende a predecir cuándo se va a consumir alcohol, por medio de señales condicionadas que le "avisan" de la proximidad del suceso. Ante estas señales (entrar en un bar, ver a alguien bebiendo...) el organismo reacciona produciendo un aumento de la actividad glutaminérgica, para contrarrestar el descenso que producirá el alcohol. Esto daría lugar a la sintomatología ansiosa y disfórica asociada al deseo que los pacientes experimentan ante la exposición a estímulos que recuerdan el consumo, y que tiene capacidad de inducirles una recaída.

El acamproxato es el ácido acetilhomotaurínico, es decir un derivado del aminoácido esencial taurina. Aunque queda mucho por determinar, además de actuar sobre el sistema de recompensa, el alcohol actúa sobre otros sistemas del SNC, entre los que destaca como agonista del GABA; también bloquea el efecto de un exceso de glutamato, inhibiendo los receptores glutamatérgicos tipo NMDA, y evitando la cadena de sucesos descrita.

Hay diferencias individuales pero en general su biodisponibilidad es del 10 por ciento, su absorción es lenta, moderada y prolongada lo que provoca que las concentraciones estables se alcancen a los siete días de iniciar el tratamiento. Se desconoce una actividad específica en los circuitos de recompensa y aprendizaje, donde se sabe que el glutamato y GABA tienen un papel fundamental. Tiene escasos efectos secundarios, en ocasiones molestias digestivas, con diarrea, náuseas, dolor abdominal, y dermatológicas con picor y exantema leve; en algunos pacientes (menos del 1 por ciento) produce pérdida de la líbido, frigidez o impotencia. No tiene interacciones importantes, ni está contraindicado en caso de hepatopatía, salvo que ésta sea grave, pero sí, en caso de insuficiencia renal. Aunque no se conocen efectos indeseables en el embarazo, tampoco está demostrada su inocuidad, por lo que su uso sólo es aconsejable si no dispusiéramos de otra terapia más segura. Es preciso suspender la lactancia en las madres sometidas a tratamiento porque se desconoce si se excreta por leche materna y sus efectos sobre el niño.

No produce pues aversión por el alcohol, ni inhibe sus efectos gratificantes, ni reemplaza o potencia sus efectos. Se ha observado que su combinación con el disulfiram es más eficaz.

Tiapride

Además de utilizarse en la desintoxicación, puede usarse en esta fase, al bloquear el efecto dopaminérgico, responsable del refuerzo. El tiapride podría además disminuir el deseo que se produce al encontrarse con estímulos que evocan el consumo de alcohol. En diferentes estudios se ha evidenciado su eficacia en la prevención de la recaída.

ISRS

Son muchos los estudios que apuntan hacia una alteración en los neurotransmisores serotoninérgicos en los alcoholismos que cursan con sintomatología depresiva. En ellos se ha descrito una disminución de un metabolito de la serotonina en el líquido cefalorraquideo de los alcohólicos, concretamente el 5HIAA. Además de la depresión, la disminución de serotonina puede condicionar otros fenomenos como impulsividad o ansiedad, que presentan algunos alcohólicos.
En la actualidad se tiende a considerar que los ISRS son eficaces en aquellos pacientes con síntomas depresivos relevantes que se mantienen tras la abstinencia o en los que tienen antecedentes de depresión o ansiedad. No disminuyen la dependencia, lo que ocurre es que además de controlar la sintomatología depresiva, tendrían un efecto positivo sobre el mantenimiento de la abstinencia, redu-
ciendo el craving y actuando contra el riesgo de recaídas.

Dependencia Leve

En lo que se refiere a la intensidad del tratamiento, las intervenciones breves son mejor que la no intervención y cuando se aplican las mismas horas de intervención son tan eficaces como las técnicas basadas en el incremento de la motivación. La mejor indicación de las interevenciones breves son los alcohólicos dependientes leves, que viven en contextos sociales que favorecen el tratamiento y sin importantes déficits psicológicos.

Otras Consideraciones TerapÉuticas

En cualquier caso, toda intervención terapéutica en el alcoholismo es insuficiente si no se completa con estrategias de apoyo psicosocial tanto al enfermo como a su familia, lo que obliga a un abordaje multidisciplinar que como hemos adelantado no siempre es posible. Son útiles, aunque es preciso elegir en función de cada caso, las terapias psicodinámicas individuales, terapia familiar de tipo sistémico, psicodinámico y conductual, que ayudan tanto a los miembros de la familia como al enfermo -una relación de pareja positiva se asocia con un mejor pronóstico del alcoholismo- , auque de resultados contradictorios terapias conductuales que utilizan la recompensa de la abstinencia o de otra conducta deseable, terapias grupales o aquellas de orientación cognitiva como la prevención de recaídas, técnicas de autocontrol, entrenamiento en diferentes tareas, la desensibilización sistemática y las intervenciones motivacionales.

En Atención Primaria son útiles y utilizables por sus características las intervenciones motivacionales basadas en técnicas cognitivo-conductuales, y de persuasión psicosocial. Se caracterizan por un enfoque de empatía en el que el terapeuta ayuda a motivar al paciente preguntándole sobre las consecuencias de su consumo, analizando sus resistencias y ayudándole a avanzar en la consecución de sus objetivos. Las más usadas son las llamadas breves o muy breves o consejo médico (ver apartado "Consejo Médico"). Los pasos a seguir en una intervención breve son: identificación, información, asesorar/ pactar y seguimiento (Tabla IX). Estas técnicas estan basadas en el "Modelo de motivación para el cambio" de Prochaska y DiClemente. En ellas el terapeuta debe tener la habilidad para: a) reconocer en qué estadio de disposición al cambio se encuentra su paciente y b) manejar los fundamentos de la entrevista motivacional para propiciar estos cambios. Se consideran bastante eficaces, incluso comparándolas con otras técnicas y suelen incrementar la eficacia de tratamientos posteriores. Suelen realizarse en el contexto de Atención Primaria y se utilizan en individuos con problemas por el uso de alcohol, consumidores de riesgo, mujeres embarazadas, otros usos perjudiciales y la dependencia leve.





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