Atención al final de la vidad
y a la muerte
El
enfermo terminal
Definición
En las últimas
décadas estamos asistiendo a un envejecimiento progresivo de
la población y un aumento manifiesto de la prevalencia de algunas
enfermedades crónicas. Los avances en el tratamiento de patologías
como el cáncer, han aumentado la supervivencia de muchos pacientes.
Sin embargo, la mejora de su calidad de vida durante las fases avanzadas
de estas enfermedades depende fundamentalmente del esmero en los cuidados
paliativos y el tratamiento integral del paciente terminal.
Aunque existen muchas definiciones, podemos considerar que el enfermo
terminal se define fundamentalmente por:
- Padecer una enfermedad avanzada, progresiva e incurable.
- Falta de posibilidades razonables de respuesta al tratamiento específico.
- Pronóstico conocido y fatal a corto plazo (como orientación
se estima que es inferior a seis meses).
Además, es característico de los enfermos terminales:
- Que exista un gran impacto emocional en el paciente y el entorno familiar.
- Que se necesiten atenciones específicas.
El cáncer es el diagnóstico que se asocia con más
frecuencia al enfermo terminal. Aunque es la atención psíquica
el principal objeto de atención de este trabajo, la misma no
debe estar disociada del resto de cuidados que debe incorporar la atención
integral del enfermo terminal, por lo cual insistiremos en aquéllos
más relevantes aunque sin pretender ser exhaustivos, misión
que cumplen espléndidos manuales al uso. Es difícil encontrar
una enfermedad crónica evolutiva que no genere sufrimiento en
el paciente y en la familia o responsable de su cuidados. El principal
responsable de ese sufrimiento en un 70 por ciento de los enfermos casos
es el dolor. Estas situaciones generan un gran impacto en la calidad
de vida y una gran necesidad y demanda de atención y de apoyo.
Objetivos
de la atención en las fases avanzadas y terminales
La necesidad sociosanitaria de definir con claridad los objetivos que
deben enmarcar cualquier actuación asistencial adquieren una
relevancia especial con el fin de evitar tanto la obstinación
terapéutica como el abandono del paciente. Por lo cual se trascriben
los contenidos de la Declaración sobre atención medica
al final de la vida de la Organización Médica Colegial
y la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (febrero 2002)
y que pueden verse en la Tabla III.
Conceptos
sobre atención médica al final de la vida
La declaración sobre la atención medica al final de la
vida ya mencionada también aporta la revisión conceptual
actualizada de los términos de uso más frecuente en el
manejo y prestación de cuidados a enfermos terminales y moribundos.
Realiza la revisión sobre dos grandes apartados, "situaciones
más frecuentes al final de la vida" (Tabla I) y "Aspectos
terapéuticos y Eticos" (Tabla II).


La necesidad de un tratamiento integral
La atención integral y la promoción de la calidad de vida
en las fases más avanzadas de las enfermedades crónicas
evolutivas y de los enfermos terminales, deben ser consideradas como
un derecho fundamental de las personas y una prioridad para las Administraciones
y organizaciones sanitarias y sociales.
Los tratamientos específicos o curativos y los cuidados paliativos
no son excluyentes, sino que se complementan. El énfasis sobre
unas u otras medidas depende en gran parte del estadio evolutivo de
la enfermedad (Figura 1).

El tratamiento del enfermo terminal debe contemplar no sólo al
paciente sino al entorno del mismo. Como médicos, debemos utilizar
todos los recursos de que dispongamos, especialmente los de apoyo social,
y prestar apoyo emocional a los familiares.
Además de las razones éticas, existen importantes motivos
de carácter socioeconómico para desarrollar específicamente
los tratamientos paliativos. Un informe de un comité de expertos
de la OMS, en 1990, indica que más de la mitad de los enfermos
de cáncer en todo el mundo residen en países en vías
de desarrollo. Sin embargo, menos del 10 por ciento de los recursos
destinados al cáncer se encuentra a disposición de esos
países. En los países africanos situados al sur del Sahara
(excluyendo a Sudáfrica), hay menos de 100 cancerólogos
de todas las especialidades (enfermeros, radioterapeutas, quimioterapeutas,
etc.) para una oblación de 300 millones de personas.

Si bien el tratamiento paliativo constituye la única opción
realista para la mayoría de los enfermos cancerosos, son relativamente
escasos los recursos destinados al mismo. La mayor parte de los fondos
disponibles se destinan al tratamiento curativo, a un costo comparativamente
elevado y con limitada eficacia. Podría mejorarse considerablemente
la calidad de vida y el bienestar del enfermo terminal, mediante la
aplicación de los conocimientos actuales acerca del tratamiento
paliativo. En las Figuras 2, 3 y 4 se representa la situación
actual de la distribución de recursos contra el cáncer
y las propuestas de un comité de expertos de la OMS para la distribución
de los recursos.
Principios
generales para el control sintomático
Los pacientes terminales pueden presentar una amplia variedad de síntomas.
Su control no radica exclusivamente en el empleo de fármacos,
sino en la observación de normas generales de actuación,
como las siguientes.
1. Anticiparse a los síntomas siempre que sea posible.
2. Investigar clínicamente la causa de los síntomas. Esto
no quiere decir que no tratemos los síntomas del enfermo terminal,
sin haber realizado exploraciones exhaustivas, sino que, de forma razonable,
consideremos todas las posibilidades relacionadas con el síntoma.
Los síntomas que presenta un enfermo con cáncer terminal
pueden estar en relación, por ejemplo, con los fármacos
administrados y no necesariamente con el proceso tumoral.
3. Explicar al paciente "lo que ocurre" y el porqué,
empleando un lenguaje adecuado y comprensible. Las explicaciones del
médico reducen el impacto que ejercen los síntomas en
el paciente. Si no se dan explicaciones, el paciente pensará
que su enfermedad y deterioro escapa del control médico y que
nadie será capaz de aliviar su situación.
4. Comentar con el paciente y los familiares los pros y contras de diferentes
opciones terapéuticas cuando sea posible. No obstante, hay que
tener cuidado en no incrementar su angustia, empujándoles a que
tomen decisiones para las que no se consideran adecuados. No debemos
delegar en el paciente o sus familiares decisiones que no estén
dispuestos a asumir, aumentando innecesariamente su angustia.
5. Hay que dar siempre a los familiares una información suficiente
sobre los síntomas del paciente. Los familiares merecen nuestro
apoyo ante la repercusión emocional que supone para ellos la
cercanía de la muerte de un ser querido. Además de ello,
tenemos que tener presente que son parte activa en los cuidados básicos
que recibe el paciente terminal y su colaboración es fundamental
para el tratamiento del paciente.
6. No podemos "tirar la toalla" y, menos aún, manifestar
sentimientos de impotencia ante el paciente o sus familiares. Frases
como "que quiere usted que yo haga", "lo he intentado
todo", "no hay nada más que yo pueda hacer", solo
expresan nuestra frustración o nuestra intención de desentendernos
del problema. Debemos procurar mantener la esperanza del paciente y
su entorno sobre nuevas posibilidades de actuación.
7. Si los resultados no son los esperados, debemos buscar la opinión
de otros compañeros, expertos en el tratamiento de pacientes
terminales.
8. Hay que supervisar los tratamientos prescritos. Es preferible establecer
pautas posológicas precisas (aunque se permita cierta flexibilidad)
que indicar el empleo de fármacos "a demanda del paciente".
9. Debemos asegurarnos de que el plan terapéutico ha sido entendido
por el paciente y/o sus familiares (Feed Back comprensivo). Es una buena
costumbre dejar escrito con claridad el tratamiento, sobre todo cuando
se empleen (como es habitual) varios fármacos.
10. Hay que considerar y tratar todos los síntomas del paciente,
procurando obtener el máximo alivio de los mismos. El estreñimiento
o el insomnio, por ejemplo, pueden afectar significativamente el bienestar
del paciente y deben ser tratados enérgicamente. No tiene ningún
sentido estimular al paciente a que "aguante un poco", "colabore
poniendo de su parte" (ver apartado otros tratamientos sintomáticos
etc...).
Tratamiento
del dolor en el enremo terminal
El dolor es un síntoma importante en el 60-80 por ciento de los
enfermos terminales. Varios estudios epidemiológicos indican
que sólo la mitad de los enfermos terminales con dolor reciben
tratamiento correcto, encontrando que entre un 25 a un 30 por ciento
de los pacientes mueren con dolor intenso.
El empleo de derivados opioides en el tratamiento del dolor en enfermos
terminales depende en gran medida de aspectos culturales e incluso de
la legislación sanitaria de cada país. Un estudio realizado
en 143 países reveló que el 75 por ciento del consumo
mundial de morfina y derivados (en 1987) se realizó en sólo
10 países. El otro 25 por ciento correspondía a 133 países
de los que existían datos (España entre ellos). Para dar
una idea de las diferencias existentes, en España sólo
se consumían 60 dosis diarias definidas (30 mg) por millón
de habitantes. En USA (10º país en consumo) se consumen
404 DDD, en el Reino Unido (3º país) 988 y en Dinamarca
(país con mayor consumo) se consumen 1630 DDD por millón
de habitantes. Aunque un estudio realizado en 1991 revela que el empleo
de morfina y derivados ha aumentado algo en España, en este año
(1991) seguimos consumiendo menos morfina que la mayoría de países
de la CEE (sólo por encima de Grecia e Italia).
Una encuesta realizada en la provincia de Sevilla en el año 1993,
reveló que el 37 por ciento de los médicos de Atención
Primaria no empleaban nunca morfina. El bajo consumo de morfina o derivados
en los enfermos terminales no tiene justificación médica
en nuestra opinión. El consumo de morfina en nuestro país
se refleja en la Figura 5 (datos correspondientes a 1990-1991). Esta
situación ha cambiado en los últimos años con la
aparición de preparados de fácil aplicación por
vía oral y transdérmica, además de cómoda
posología por la liberación o absorción retardada,
aunque estamos lejos todavía de la situación deseada.
Manejo del dolor.
Principios generales
Lo primero que se
debe hacer, aunque parezca algo evidente, es tomar en consideración
las quejas del paciente. Todavía es frecuente que se intente
minimizar la queja del paciente. Hay que recordar aún aquella
vieja frase: "cuando el enfermo dice que le duele, quiere decir
que le duele".
El objetivo del tratamiento del dolor en el enfermo terminal debe ser
controlar totalmente el dolor. No tiene sentido "animar" al
paciente a que "aguante un poco" o restringir el empleo de
opiáceos a fases muy avanzadas de la enfermedad, si el dolor
es intenso. El dolor no controlado junto con otros síntomas de
los que destaca el espectro ansiedad depresión junto con el bajo
apoyo social, provocan en el paciente el deseo de suicidio o la petición
de suicidio médicamente asistido (PAS: Physician Assisted Suicide).
Es necesario investigar las causas del dolor, pues no siempre es debido
al proceso tumoral en el enfermo con cáncer. Sin embargo, esto
no significa que demoremos el empleo de analgésicos en espera
de exploraciones diagnósticas exhaustivas.
Hay que explicar al paciente y sus familiares cuáles son los
planes terapéuticos y qué se espera de ellos así
como las consecuencias desagradables y efectos secundarios de todas
las intervenciones que se le vayan a practicar.
Una vez realizado el tratamiento del dolor y junto con las medidas que
empleemos no se obtenga los resultados esperados, el mejor servicio
que podemos ofrecer al paciente, es derivarle sin demora a los servicios
especializados.
Recomendaciones
generales de la OMS para el alivio del dolor

Excepto en estos últimos casos, en que conviene consultar con
un especialista, lo más útil en el alivio del dolor es
seguir las recomendaciones generales de la OMS, que señalamos
en la Tabla IV.


El empleo de analgésicos debe ser racional. La OMS propone una
"escalera analgésica" (Figura 6) que es una buena guía
para el manejo del dolor. El empleo combinado de analgésicos
puede ser útil, así como el uso concomitante de otros
fármacos (ansiolíticos, antidepresivos, etc.). Sin embargo,
el uso simultáneo de dos opiáceos no tiene sentido. En
algunas ocasiones (p. ej. codeína y morfina) son compatibles
entre sí, pero es más correcto farmacológicamente
emplear uno solo de ellos, lo que facilita el ajuste posológico.
En otras ocasiones, las combinaciones de opiáceos son incompatibles
y su uso combinado constituye una auténtica aberración
además de innecesaria (p. ej. morfina y pentazocina o bien morfina
y buprenorfina).
El empleo de la vía oral es preferible en la mayoría de
las ocasiones, puesto que la morfina también es eficaz por esta
vía. A pesar de que se absorba mal, se puede lograr el mismo
efecto analgésico que por vía parenteral, siempre que
se empleen dosis adecuadas (entre el doble y el triple de la que se
emplearía parenteralmente). Los preparados de acción prolongada
como la dihidrocodeína (contugesic) o la morfina de liberación
prolongada (MST continus) son más cómodos para el enfermo
y evitan las interrupciones del sueño para la toma de analgésico.
En cualquier caso, la dosis analgésica debe ajustarse en función
de la respuesta de cada individuo. La llegada de fentanilo en parches
de absorción lenta (durogesic) que permiten posologías
cada 120 horas, con presentaciones de 2,5, 5 y 10 mg, que permiten el
ajuste progresivo ante cualquier paciente y necesidad, han supuesto
un cambio radical tanto en la terapia del dolor severo, como en las
actitudes de los profesionales en el manejo del mismo.
Inicialmente, se deben emplear analgésicos no opioides. El ácido
acetilsalicílico, el paracetamol y los AINE son los medicamentos
a emplear en este primer escalón analgésico (Tabla IV
y Figura 6). La respuesta puede variar de un paciente a otro. Por tanto,
si un paciente no responde al analgésico elegido, tiene sentido
intentar el tratamiento con otro analgésico de este nivel. La
administración de estos analgésicos no tiene por qué
interrumpirse cuando se inicia tratamiento con opioides.
Cuando el tratamiento anterior sea ineficaz, se pasará al segundo
escalón, que lo constituyen los opioides débiles, como
la codeína y dihidrocodeína. Inicialmente, se emplean
30 mg de codeína cada 4 horas o la misma dosis de dihidrocodeína
cada 12 horas. Esta última resulta más cómoda para
el paciente con idéntica potencia analgésica. En función
de la respuesta se puede aumentar las dosis hasta 60 mg de dihidrocodeína
(contugesic) cada 12 horas. Pueden mantenerse los analgésicos
del primer escalón pues su mecanismo de acción es diferente
y el poder analgésico es mayor cuando se emplean combinadamente.
Cuando este tratamiento resulte ineficaz, se pasará al tercer
escalón, constituido por los opioides fuertes como la morfina.
La solución oral de morfina no está comercializada y debe
prepararla el farmacéutico. Su efecto dura 4 horas, siendo esta
duración independiente de la dosis administrada (no tiene sentido
dar solución oral de morfina cada 6 u 8 horas y pedir al paciente
"que aguante un poco"). Se recomienda comenzar el tratamiento
con 10 mg. cada 4 horas e ir aumentando en función de la respuesta
terapéutica. Una vez estabilizada la dosis, se puede cambiar
a comprimidos de liberación retardada (también se puede
iniciar directamente con esta presentación), empleando los mismos
mg. de morfina pautados cada 12 horas. Cuando se están administrando
comprimidos de liberación retardada, los ajustes sucesivos de
dosis deben ser aumentando un 30 por ciento la dosis anterior. Debemos
aumentar las dosis tanto como sea necesario. No existe techo analgésico
para la morfina. Las náuseas y vómitos son muy frecuentes
al inicio del tratamiento con morfina y conviene anticiparse a ellas
con medidas específicas.
Otros
tratamientos sintomáticos
La actitud de los enfermos terminales muy deprimidos, disminuye el deseo
de recibir tratamientos médicos de soporte vital al sobreestimar
los pacientes los riesgos e infraestimar los beneficios. En consecuencia
el efecto del tratamiento de la depresión de los pacientes ancianos,
clínicamente mejora el deseo de recibir tratamiento de soporte
vital. Lo que parece no variar en la depresión de leve o moderada
severidad.
Disminuir el componente ansioso del dolor es fundamental en el control
del mismo, es el tratamiento adyuvante del dolor. Otro motivo que genera
ansiedad son las propias actuaciones profesionales, la espera diaria
de nuevas intervenciones que nunca terminan, el miedo a las mutilaciones,
a los efectos secundarios de los tratamientos -quimioterapia y radioterapia
fundamentalmente- y a la propia muerte. El tratamiento de elección
en estos casos, son las benzodiazepinas de acción larga como
el diazepan y el clordiacepoxido a dosis bajas inicialmente, que se
ajustan en relación a la necesidad y respuesta. También
son útiles las de acción intermedia.
Los antidepresivos forman parte del tratamiento sintomático habitual
del enfermo terminal al ser la depresión un síndrome psiquiátrico
frecuente en la población oncológica y una consecuencia
de las mismas situaciones que generan ansiedad. La depresión
en el enfermo terminal está ligada al frecuente deseo de muerte
del paciente, por lo que está indicado su tratamiento. Son cuadros
que combinan ansiedad y depresión variando la intensidad de unos
casos a otros, presentándose con otros problemas del paciente
terminal que requieren ajustes del tratamiento, para lo cual el arsenal
terapéutico ofrece soluciones a cada caso.
El insomnio asociado a ansiedad y depresión es un cuadro que
genera mucho sufrimiento y desesperación en el paciente terminal.
Por el contrario, el manejo acertado del mismo aminora el dolor físico
y moral. El tratamiento del insomnio dentro del cuadro global de ansiedad
y depresión en grados variables, incide favorablemente sobre
el control del dolor del paciente sin variar el tratamiento analgésico.
Son útiles las benzodiazepinas aunque en este caso, si no va
acompañado de ansiedad importante, se recomienda las de acción
corta.
Los corticoides tienen frecuente utilidad para luchar contra los vómitos
provocados por la quimioterapia, contra el edema frecuente y los efectos
de las infecciones concomitantes. Es frecuente el derrame pleural y
las infecciones respiratorias y urinarias, que requerirán el
tratamiento oportuno en cada caso y que a menudo complican las frecuentes
insuficiencia cardíaca y respiratoria (Tabla V).

Son enfermos polimedicados, por lo que con frecuencia es útil
la protección gástrica en la cual juegan un papel destacado
los inhibidores de la bomba de protones.
La
atención a la agonía y muerte
La muerte parece siempre inesperada, produce sorpresa permanente, respuestas
de inadaptación, tanto de comportamiento como emocionales, que
en ocasiones son patológicas. La familia queda paralizada, no
sabe qué decir, qué hacer, cómo comportarse ante
la realidad de la muerte cuando por una causa u otra, la tiene cerca.
El médico de nuestros días huye del moribundo, de la constatación
de la muerte, del abordaje de los problemas que origina tanto al enfermo
como a su familia, como si se tratara de un fracaso; incluso retrasa
hablar de la misma o participa de su ocultación. No se realizan
los contenidos más propios del médico de cabecera. Hay
mucha población que, teniendo un médico para cada uno
de sus problemas, no tiene médico de cabecera: pueden sufrir
y vivir en soledad sin el apoyo emocional necesario y sin alguien que
les comprenda de forma integral. El profesional mal preparado o desconocedor
de los aspectos relacionados con los cuidados al final de la vida y
a la muerte no actuará como profesional, lo hará como
persona y en consecuencia, el riesgo de realizar un intervención
incorrecta es alto. La mala preparación convierte al profesional
en mal consejero. Los médicos deben recibir formación
de pregrado, postgrado y continuada que les capacite para atender a
enfermos en fases avanzada y terminal, tanto en el control de síntomas,
como en los principios de la comunicación, el apoyo emocional
y la ética clínica.
La actitud del profesional sanitario debe ser serena y estimulante,
confirmando progresivamente la gravedad de la enfermedad, al ritmo que
cada paciente requiera y ofreciendo explicaciones suficientes ante las
pruebas que le esperan, sobre todo si son cruentas. Pensar que el desconocer
los inconvenientes de una prueba ayuda al paciente es un error. Precisamente
conocer lo que le espera ayudara a construir un paciente colaborador,
mientras que la sorpresa, puede provocar rechazo, desconfianza, falta
de colaboración o rechazo de la próxima prueba, aunque
no fuera cruenta. De estos aspectos depende la actitud del paciente
para afrontar las pruebas y medidas necesarias para su diagnóstico
y tratamiento.
Las reacciones
ante la muerte inminente
La reacción de los pacientes cuando el médico les informa
de que padecen una enfermedad incurable que les conducirá a la
muerte en un plazo relativamente corto, es muy variable. De hecho, una
primera cuestión que se nos plantea, es la de si debemos decir
al paciente "la verdad" y cómo hacerlo.
En una encuesta realizada en nuestro país, el 73 por ciento de
los familiares declararon que no querían que se comunicara al
paciente el diagnóstico de cáncer o "la verdad".
Sin embargo, al ser preguntados si ellos desearían ser informados
en caso de padecer una enfermedad similar, el 63 por ciento manifestó
su deseo de que se le dijera "la verdad" en tal situación.
Probablemente, no se deben adoptar posturas rígidas y la mejor
actitud es la de intentar comprender qué es lo que el enfermo
quiere saber. La información no debe en ningún caso limitarse
a una definición diagnóstica. Tras una noticia impactante,
el paciente tiende a olvidar lo que se dice a continuación. Por
ello, es bueno que visitemos nuevamente al paciente poco tiempo después,
respondiendo a las nuevas preguntas que realice, muchas de las cuales
manifestarán sus temores ante la agonía ("¿tendré
dolores?", "¿perderé la cabeza?", "¿sufriré
mucho?"...).
Comunicar la cercanía de la muerte es un trago amargo que los
médicos debemos pasar. La asistencia al enfermo terminal supone
también para el médico un proceso dinámico, en
el que se movilizan sus propias creencias y actitudes ante la enfermedad
y la muerte. Para algunos médicos, la asistencia al enfermo terminal
supone un nivel considerable de ansiedad y gran parte de las reacciones
de mutismo o huída ante las demandas del paciente terminal por
parte de los médicos, se deben a su propia incapacidad para afrontar
la ansiedad que le genera el contacto con el enfermo terminal. Curiosamente,
al enfermo terminal, es al que menos se mira a los ojos cuando se le
comunica algo acerca de su dolencia. Probablemente, el enfermo terminal
agradezca como pocos una mirada franca.
Tras un comienzo con respuestas variables y a medida que se agotan los
argumentos de negación y duda donde apoyarse, a menudo nos encontramos
con un paciente replegado sobre si mismo que vive en otro mundo, con
el que es muy difícil comunicarse. No desea comunicarse ni responde
a estimulo alguno mostrándose inexpresivo a cualquier requerimiento
del médico o de la familia. Cansado, abandonado, somnoliento
sólo mira fijamente a algún punto no bien definido, cuando
se le pregunta responde en ocasiones, con movimientos de la cabeza o
monosílabos. La situación puede empeorar a medida que
se acerca la muerte a lo largo de las últimas semanas y días
de vida.
El paciente para no angustiar a los de su alrededor y evitar su alejamiento
puede no desear su conocimiento de la muerte y aparentar desconocimiento
o absoluta enajenación, que parece increíble a los que
le rodean, lo que a su vez justifica montar una situación de
desconocimiento general.

Aunque las reacciones ante la muerte son variables, creemos que puede
ser útil comprenderlas como una secuencia de estadios, tal como
propone la tanatóloga Elisabeth Kubler-Ross (Tabla VI), si bien
estos estadíos no siempre se presentan en la secuencia indicada,
ni se dan necesariamente en todos los pacientes.
Fase I: Shock
y negación
La reaccion inicial en la mayoría de los pacientes es un impacto
psíquico fuerte (shock) que casi invariablemente, es seguido
de un mecanismo de negación de tal evidencia, "tal situación
no puede ocurrirme a mí". Se aferra a la esperanza del error,
muchos pacientes tienden a pensar que algo puede estar mal, intentan
agotar cualquier posibilidad de error en el diagnóstico. Algunos
pacientes no superan esta fase y peregrinan de un médico a otro
o buscan alivio en curanderos o sanadores, rechazando la ayuda médica.
El enfermo puede dar la sensación de que vive en un mundo aparte,
donde no llegan razonamientos, con el que es difícil comunicarse
y al que no interesa todo lo que ocurre alrededor.
Fase II: Irritación
e ira : "¿Por qué me ocurre ésto a mí?"
El conocimiento de la enfermedad causa frustración, irritación
y enojo. El paciente se pregunta "¿por qué a mí?".
A menudo, la ira se desplaza hacia cualquier responsabilidad con la
que pueda establecerse una relación causa/efecto, a médicos,
personal sanitario o la familia. Si es creyente y lo relaciona con un
castigo por una acción u omisión, dirige la ira y el enojo
contra él mismo. En este estadío pueden existir dificultades
en la relación entre médico y paciente. Debemos tener
en cuenta este mecanismo para no entrar en una escalada de rechazo hacia
el paciente.
Fase III: Negociación
Los pacientes pueden intentar superar su angustia "negociando"
con médicos, con la familia o incluso con Dios. A cambio de una
curación, prometen que cumplirán una o muchas promesas.
En las personas con creencias religiosas, estas "negociaciones"
son frecuentes. El enfermo intenta con ellas escapar de una realidad
que le resulta insoportable. En este estadio pueden aparecer comportamientos
desaprensivos que abusan de la situación del paciente, a lo que
hay que prestar atención e incluso intervenir adecuadamente.
Fase IV: Depresión
Cuando se hace evidente el fracaso de los anteriores mecanismos psicológicos,
los pacientes pueden sumirse en un estado depresivo importante. Muestra
signos clínicos de depresión. Los sentimientos depresivos
pueden estar en relación con las repercusiones de la enfermedad
sobre sus vidas, y la de su familia (pérdida del trabajo, abandono
de obligaciones, pérdidas o deudas económicas, aislamiento
de amigos y familia...). Puede ser la anticipación de la propia
muerte o ser incluso un efecto directo del cáncer o de la enfermedad
sobre su vida, que ocurrira en un breve espacio de tiempo y tambien
puede ser consecuencia de alguno de los tratamientos recibidos.
Presentan retraimiento, retardo psicomotor, minusvalía de la
vida, más acusada si el proceso se acompaña de dolor físico,
sentimientos de soledad o abandono, alteraciones del sueño, desesperanza,
ideación suicida...
Fase V: Aceptación
Aceptan y reconocen que la muerte es inevitable, acepta su universalidad
e, incluso, realiza actuaciones que facilitan las cosas a su entorno
familiar y social.
¿Qué
hacer y qué no hacer con los pacientes agónicos?

La presencia física, acompañar al paciente un tiempo que
le permita exteriorizar sus sentimientos después de comunicarle
el pronóstico, puede ayudarle (Tabla VII). Es importante alentarle
a formular preguntas tras los primeros momentos de shock y responderle
sinceramente; hay que ofrecerle la posibilidad de nuevas visitas donde
responder a lo que tanto él, como la familia, quieran preguntar.
Resulta interesante volver a verlo al cabo de unas horas para comprobar
su reacción, responder a nuevas preguntas y demostrar interés
por sus aspectos emocionales
El mejor servicio que podemos prestar a nuestros pacientes, además
de apoyarles psicológica y emocionalmente, es evitarles el dolor.
Debemos combatir enérgicamente el dolor y otros síntomas,
empleando para ello todos los medios de que dispongamos. En consecuencia,
no ofrecer el tratamiento antiálgico más enérgico
o esperar acontecimientos durante varios días para hacerlo, no
solamente es criticable sino que se convierte en conducta éticamente
reprobable. Sólo el desconocimiento o la ineptitud pueden justificar
negar o retrasar el tratamiento con opiáceos en un paciente agónico.
Debemos concebir el tratamiento del enfermo terminal integralmente,
atendiendo especialmente al alivio de su sintomatología y al
apoyo emocional. Si aparecen manifestaciones de ansiedad debemos valorar
la prescripción de ansiolíticos a dosis bajas durante
2-3 días.
El tratamiento debe considerar el entorno familiar, estimulando a los
familiares a colaborar en los cuidados del paciente y ofreciendo nuestro
apoyo ante sus propias necesidades. Comprobar sus respuestas, detectar
necesidades, para poder orientar adecuadamente, asesorar sobre cuestiones
médicas, posologías, cuidados, movilizaciones... Hay que
animarles a visitar al paciente, a no huir de él, que le permitan
hablar de sus temores.
El enfermo tiene derecho a saber la verdad. Comunicar la existencia
de una enfermedad terminal requiere habilidad por nuestra parte. Es
necesario transmitir siempre un mensaje de esperanza y enfatizar sobre
los aspectos beneficiosos del tratamiento. Nunca hay que adoptar actitudes
rígidas o protocolizadas. No se debe olvidar que tratamos con
seres humanos que requieren respuestas ajustadas a cada uno de ellos
y su situación personal. Cada caso debe guiar las respuestas
en cada momento, para detectar y respetar lo que quiere y lo que no
quiere el paciente.
La mejor actitud es intentar comprender cuáles son las inquietudes
del paciente en relación a su enfermedad y responder en función
de lo que él quiere saber. Es preciso averiguar qué interpreta
el paciente de la información que se le ha ofrecido y sobre su
pronóstico. No se debe interferir y forzar el estadio en que
se encuentre ni tampoco sus respuestas: no conviene apagar bruscamente
su esperanza ni romper su negación, porque actuamos negativamente
sobre su respuesta adaptativa, a no ser que ello le impida buscar asistencia
necesaria y fundamental.
No conviene dar una explicación somera y excesivamente técnica.
Muchos pacientes no reaccionan inicialmente ante el conocimiento de
que tienen una enfermedad incurable en estado avanzado. Debemos visitar
nuevamente al paciente en un tiempo breve, para brindarle la oportunidad
de que nos comunique sus inquietudes.
Resulta fundamental preguntar por los deseos formulados por el paciente
o los de sus familiares. El médico debe respetar y hacer cumplir
los deseos del paciente referidos a las medidas de última hora,
aplicación de tratamientos, hospitalizaciones... Si el paciente
manifiesta su voluntad de no recurrir a procedimientos diagnósticos
o terapéuticos agresivos, debemos hablar abiertamente de ello
y respetar sus deseos.
Conviene tener presente que muchas manifestaciones del paciente hacia
los médicos, pueden ser fruto de su reacción ante la muerte.
No debemos "tirar la toalla" por desesperantes que parezcan
los resultados de nuestros tratamientos, nuestro deber médico
es aliviar el sufrimiento del enfermo hasta el final.
|Sumario
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