Atención al final de la vida
y a la muerte
La
atención al duelo
Introducción
Vivimos sometidos
a flujos violentos y desproporcionados sin mecanismos suficientes de
retroacción ni tiempo para corregir las desviaciones. Los valores
de nuestra sociedad están trastocados y así, palabras
antropológicamente insustituibles como ahorro, responsabilidad,
honor, familia, trabajo, castigo, están desapareciendo del vocabulario
útil, como consecuencia de una actitud egocéntrica.
De todo ello es un espectador privilegiado el médico y especialmente
el médico de cabecera, que actúa en comunidades a las
que conoce y con las que convive. Actualmente, el hombre no sólo
piensa de forma diferente, sino que enferma y vive la enfermedad absolutamente
perplejo por no llegar a comprender su enfrentamiento con el dolor,
la incapacidad y la muerte, con las que tiene y no quiere convivir.
Vive al día en una sociedad que niega la enfermedad y quiere
la felicidad aquí y ahora, en forma de consumo, diversión,
ausencia de sufrimiento y juventud permanente.
La muerte de un ser querido, se siente como perdida de un pedazo de
la vida propia, como si con él se fuera parte de uno mismo, se
vivencia como fragmento de la propia muerte. Estas vivencias son proporcionalmente
mas acentuadas cuanto mayor son los lazos con el fallecido, o la pérdida.
Es en muchos casos, el comienzo de una nueva etapa, en ocasiones muy
difícil. En el caso de la persona amada, del cónyuge,
de la persona con la que se ha vivido mucho tiempo y a la que se ha
entregado dedicación y esfuerzo, produce el efecto de fraccionamiento
vital es como una parte de la misma muerte.
Aunque las respuestas emocionales ante una pérdida afectiva tienen
componentes culturales que dependen de dónde se producen, en
los países desarrollados han surgido situaciones nuevas con una
entidad relevante. Es el caso de los jóvenes que fallecen tras
accidente de tráfico más frecuente en fines de semana,
la muerte de un recién nacido, que a diferencia de hace algunas
décadas por inesperada y tras embarazo deseado e incluso programado,
ofrece respuestas emocionales muy intensas, la muerte de enfermos de
sida tras larga enfermedad, o los de enfermedades degenerativas cerebrales,
progresivamente originan una medicalización de los problemas
para dar soporte y apoyo emocional a los mismos.
Sensaciones similares se pueden sentir por pérdidas como las
del ser amado por separación, divorcio, encarcelamiento o emigración,
por pérdida de objetos con un valor sentimental, posesiones,
trabajo, status social y laboral, amputaciones, mastectomias...
El duelo patológico además del sufrimiento que produce
puede complicarse con dependencias de todo tipo, con aislamiento social
y pérdidas económicas que complican más las sensaciones
negativas, con patologías del espectro ansiedad depresión
y hasta el suicidio como complicación mas grave, sobre todo en
ancianos viudos y solitarios. Tras la muerte de un ser querido, no es
fácil diferenciar la tristeza y pena normal, del estado de aflicción
patológico. En un primer momento las diferencias no están
claras ni tampoco son definitivos los factores condicionantes para determinar
la población de riesgo.
Los profesionales médicos somos un producto de la cultura que
nos ha tocado vivir y en consecuencia no estamos libres de estos condicionantes
y hasta en algunos casos, más mediatizados por ellos que la población
normal. Sin embargo, no es la única obsesión, se pueden
crear sistema de evitaciones, obsesiones y angustias que garantizan
y dan soporte a lo que denominamos economía de la muerte y de
su antesala, haciendo que la vida gire a su alrededor.
Concepto
de duelo
Atendemos una reacción ante la muerte de una persona querida,
con un sentimiento subjetivo, con lo cual, algunas personas sufrirán
episodio depresivo mayor. Desde Freud en 1917, han sido muchos los autores
clásicos que han ofrecido interpretaciones que han ayudado en
el conocimiento de la reacción de duelo y las sensaciones que
lo acompañan
Con el termino duelo,
Freud se refería a un afecto normal de los seres humanos provocado
como "reacción frente a la pérdida de una persona
amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria,
la libertad, un ideal, etc." El duelo no sólo sería
una respuesta ante la muerte de un ser querido, también podía
ocurrir como consecuencia de otro tipo de pérdidas que no es
posible recuperar. Pérdida de trabajo, del domicilio, partida
de amigos, de hijos, de objetos o bienes heredados con valor afectivo.
Incluso la respuesta ante la pérdida irrecuperable del tiempo
vivido, con resultados poco o nada satisfactorios, desalentadores respecto
a los previstos, seria la respuesta ante lo que el paciente considera
fracaso de su proyecto vital.
En consecuencia, el duelo estaría constituido por el conjunto
de respuestas psicológicas y afectivas de una persona, ante una
situación traumática, como la muerte de un ser querido
o la de otro tipo de pérdida significativa para el paciente.
La mayoría de los afectados presentan una serie de síntomas
característicos, y siguen, para la elaboración del acontecimiento,
un conjunto de etapas que repasaremos mas adelante.
Las manifestaciones del duelo no son exclusivas del mismo, los síntomas
pueden ser muy similares a los de un episodio depresivo. Así
tristeza, insomnio, inhibición con pérdida de interés
por el mundo exterior y disminución de rendimientos laborales
e intelectuales, pensamientos reiterativos sobre la imagen del fallecido;
sentimientos de culpa; reacciones de hostilidad e irritabilidad. Es
un entramado complejo de sensaciones ajustadas a la personalidad y situación
personal de cada individuo doliente.
Aunque todos los duelos suelen tener elementos comunes, cada uno constituye
una respuesta adaptativa individual, mediatizada por las circunstancias
y personalidad especifica del doliente y en consecuencia tiene sus peculiaridades
propias y probablemente irrepetibles.
En ocasiones, angustia, ideas de culpa, crisis de pánico, desesperación,
apatía y desesperanza, forman un conglomerado de sensaciones
después de las cuales pueden existir deseos de muerte, ideación
suicida, o tentativas para llevarla a cabo.
Los síntomas anteriores pueden acompañarse de síntomas
físicos, como pérdida de apetito y peso, sensación
de ahogo, opresión, laxitud, migraña, epigastralgias,
colitis, problemas respiratorios, palpitaciones, sudoraciones.
Recientemente, hay autores (Bourgeois, 1996) que conciben el duelo como
"la pérdida de un familiar y/o un ser querido con sus consecuencias
psicoafectivas, sus manifestaciones exteriores y rituales y el proceso
psicológico evolutivo, consecutivo a la pérdida",
a lo que denominan "trabajo o elaboración del duelo".
En el Trabajo del Duelo la persona afectada pasa por una serie de pasos,
en un intento por enfrentar y elaborar la situación traumática
(ver fases del duelo). Diferenciando dos componentes en la reacción
de pesar: las consecuencias de la pérdida y las acciones del
individuo encaminadas a la adaptación y superación de
la misma.
Biología
del duelo
La muerte parece siempre inesperada, produce sorpresa permanente y respuestas
de inadaptación, tanto de comportamiento como emocionales, llegando
en ocasiones a ser patológicas. La familia se queda paralizada,
no sabe que decir, que hacer, como comportarse ante la realidad de la
muerte cuando por una causa u otra la tiene cerca. El duelo es la respuesta
a un trauma intenso muchas veces inesperado y siempre inaceptado, muy
doloroso pero que a la vez es un proceso de curación si tras
reconocerlo, se le acepta y se permite su expresión.
Constituye tanto la respuesta adaptativa ante la pérdida de un
ser querido, como la demostración del horror por la descomposición
del cadáver. Es el estado de sufrimiento, aflicción y
dolor, ocasionado por la muerte de un ser querido, en las personas que
le sobreviven.
El duelo describe e incluye todas las reacciones emotivas o de comportamiento
que se manifiestan tras la pérdida de un objeto, función
vital o ser querido. Respondería a una conducta de apego, en
el sentido de función evolutiva, en tanto que ha proporcionado
protección y seguridad favoreciendo la supervivencia. Ofrece
el soporte necesario, la fuerza de donde salir a explorar lo que nos
rodea y nos permite asumir riesgos.
La pérdida en cualquiera de sus múltiples caras desencadena
reacciones emocionales que funcionan con el fin de restaurar la figura
protectora desaparecida. Si la pérdida, quebranto o abandono
se mantiene en el tiempo, el individuo se entrega en un primer momento
a la desesperación y al retraimiento.
Posteriormente a una lucha por recuperar lo perdido que dejaría
de tener sentido cuando la perdida es irreversible, en cuyo caso el
duelo sería la respuesta cuya función tendría por
objeto recuperar la pérdida al no disponer de otra respuesta.
Sería como si evolutivamente la perdida irreversible no estuviera
prevista, sería como un error de aprendizaje por el cual el ser
humano no tiene bien aprendido que su existencia es limitada. Pero también
puede considerarse como un acto de soberbia al no aceptar esa condición
que sin embargo el impone prematuramente a todo lo que le rodea, incluso
a sus semejantes.
Estas emociones universales son ofrecidas por todo tipo de culturas
. Y no son sólo del hombre pues según diversos autores,
ira, desesperación y desesperanza provocadas por la pérdida
también ocurren en otras especies Debe existir algún entramado
biológico subyacente que explique todo lo anterior y en consecuencia
existirán circuitos cerebrales que les den soporte y justificación.
Criterios
diagnósticos de los trastornos adaptativos
Criterios DSM-IV,
Subtipos clínicos DSM-IV (1994)
Emplea el código V62.82, no atribuible a trastorno mental.
Criterios CIE-10,
Subtipos clínicos según CIE-10 (1992)
Se emplea el código Z63.4, para el duelo normal y se utiliza
los trastornos de adaptación F.43, para el duelo patológico.
Magnitud
del problema
Se estima una prevalencia para los trastornos adaptativos, de hasta
un 20 por ciento de la población general, según las evaluaciones
diagnósticas. Un 85 por ciento de personas mayores de 60 años
sufren episodios depresivos desencadenados por acontecimientos vitales
(Busse, 1970).
Aunque la prevalencia del duelo complicado, varía de unos autores
a otros situándola entre el 5-20 por ciento, se calcula que aproximadamente
un 16 por ciento de las personas que han padecido la pérdida
de un ser querido, presentaran un cuadro de depresión durante
un año o más después del fallecimiento.
En nuestra cultura, aunque puede variar de unas comunidades a otras,
la respuesta adaptativa normal ante la muerte de un ser querido puede
llegar a durar hasta dos años. En consecuencia se puede considerar,
si cada duelo puede durar hasta dos años y si como término
medio cada fallecimiento puede provocar al menos un duelo, que en un
momento determinado en España, existe el doble de duelos que
de fallecimientos al año. Un médico de cabecera con cupo
asistencial entre 1.000-2.500 personas puede tener dentro del mismo
entre 30-70 duelos. A los que habría que realizar algún
tipo de seguimiento, sobre todo en personas mayores que viven solas,
para localizar aquellos que pueden ser patológicos y promover
el apoyo necesario.
El problema en el caso de los ancianos, adquiere una relevancia social
y sanitaria mayor al acumularse en poco tiempo un sin número
de pérdidas y la sensación de soledad, además del
dolor por la perdida del ser querido, por lo cual se le dedica una atención
especial en el último apartado.
Las sensaciones en el duelo
Se consideran conceptos que engloban todas las sensaciones. Sentimiento
de pérdida, aflicción, pena y luto.
Sentimiento de pérdida: Sentirse privado de algo muy querido
insustituible definitivamente y para siempre, "Nada volverá
a ser igual" "Que vamos a hacer ahora" "Todo el
tiempo anterior es insuficiente".
Aflicción: Se acuñó el término aflicción
para definir la respuesta, el estado emocional del individuo ante la
pérdida. En este término se engloban todos los sentimientos
generados y que algunos autores acertadamente engloban: pena, preocupación
con la imagen de la muerte, culpabilidad en relación con la pérdida,
hostilidad con las personas más próximas a las que no
se quiere ver, pérdida de normas de conducta y ritmos vitales.
Pena: La pena es descrita como una sensación displacentera donde
se mezclan: tensión en cuello y garganta, respiración
entrecortada, sensación de ocupación interior sobre todo
en pecho y abdomen, pérdida de energía, de fuerzas para
cualquier cosa y sobre todo para vivir, cansancio, rigidez, bloqueo
mental y una sensación de malestar intenso, imposible de concretar
en ningún lugar del cuerpo, ni de comparar con cualquier otro.
Luto: El luto, llorar lamentarse, exteriorizar la pena, vestir, comer,
acudir a la iglesia, visitar diariamente la tumba, automarcarse socialmente
y hacer notar los sentimientos, es una necesidad para mantener el dolor
abierto y en algunas culturas hasta una exigencia social.
Tipos de duelo
La forma de expresar el duelo está muy relacionada con la cultura
a la que pertenece el paciente (obligaciones, vestirse de negro) y a
una serie de factoresque se repasan mas adelante: circunstancias que
rodean a la pérdida, edad, situación vital, tipo de muerte.
En función de la respuesta, pero teniendo en cuenta el entorno
cultural donde se produce, el duelo puede ser normal ó patológico,
al considerar la respuesta normal o excesiva tanto en intensidad de
síntomas como en duración. En todo caso, el problema tiene
asociada una importante morbimortalidad.
Duelo normal

Estamos ante un duelo normal (Tabla VIII) cuando la respuesta a la pérdida
es considerada proporcional a la misma y con una duración que
no suele superar los dos años, aunque hay autores que dependiendo
del entorno cultural consideran que no debe superar el año -aniversario-.
Sería el tiempo que transcurre desde que se considera la pérdida
hasta que la respuesta adaptativa desaparece.
En un duelo no complicado, los sentimientos depresivos pueden considerarse
"normales" en las primeras semanas, incluso durante los dos
primeros meses. Ocasionalmente, se presentan dificultades que frenan
la respuesta adaptativa, pero que pueden ser superadas con indicaciones
y apoyo profesional y emocional.
La depresión psicógena es una consecuencia frecuente,
y es la respuesta de una personalidad previa, en unas circunstancias
determinadas, ante un acontecimiento vital como la pérdida de
un ser querido. Acontecimiento que en ocasiones no ocurre aislado, coinciden
con otros y conllevan frustración y decepción.
Las ideas de muerte pueden aparecer pero como deseo de haber muerto
"en lugar de", o acompañando al ser querido. Incluso
el paciente puede presentar trastornos sensoriales transitorios, simples,
escasos y de corta duración y así referir ver o escuchar
la voz de la persona fallecida. La Asociación Americana de Psiquiatría
(APA) considera que cuando el cuadro depresivo se prolonga más
de dos meses después de la pérdida, sin signos evidentes
de recuperación, debe valorase el diagnostico de trastorno depresivo
mayor.
Duelo patológico
Cuando fracasa el proceso mental de adaptación, para hacer frente
a una pérdida irremediable considerada fundamental, aparece el
duelo patológico (Tabla IX), imprevisible en cuanto a duración,
consecuencias y secuelas. Puede ser desde la intensificación
de la respuesta adaptativa o un alargamiento del tiempo de resolución,
hasta la aparición de cuadros psiquiátricos complejos.
En el primer caso hablamos de duelo complicado o no resuelto y en el
segundo de duelo psiquiátrico .

Debemos considerar
la existencia de trastorno depresivo mayor cuando el cuadro se prolonga
y existen ideas de culpa por las cosas recibidas o no del difunto en
el momento de morir, pensamientos reiterativos de deseo de muerte, sentimientos
de profunda inutilidad, enlentecimiento psicomotor, deterioro funcional
severo, alucinaciones complejas y persistentes de las que se excluyen
las relacionadas con la voz e imagen del fallecido.
El duelo patológico es más intenso en relación
directa con una personalidad alterada o premórbida, con la sorpresa
que provoca la pérdida que lo genera, con la consideración
de evitable que pudiera tener, con la edad del fallecido y con la situación
familiar y económica que origina. El problema surge cuando la
elaboración mental de la situación de pérdida o
de ruptura no es adecuada y provoca un cuadro patológico o agrava
otro previo. No es posible establecer una relación entre intensidad
del estímulo o circunstancias de la pérdida y la respuesta.
Puede resultar imprevisible porque existen numerosos factores y mecanismos
dinámicos que posibilitan en mayor o menor grado la integración
de un psiquismo convulsionado y sus consecuencias.
El duelo patológico puede ser un aumento de las respuesta psicológica
o retraso del tiempo de resolución (Tabla X) podemos hablar de
trastorno del duelo, o además ir acompañado de un verdadero
trastorno psiquiátrico, cumpliendo todos los criterios para su
diagnóstico específico (Tabla XI) y requiriendo especial
atención por su gravedad en relación al riesgo de suicidio.
Hay autores que consideran que "casi todos los trastornos mentales
pueden encontrarse como manifestación del duelo patológico,
en personas que no habían sufrido ninguna patología psiquiátrica
previa" (Hanus).


Aunque ya se ha comentado que depende de múltiples factores sociales,
culturales, económicos, o relacionados con el acontecimiento
que desencadena el duelo, las personas narcisistas tendrían mayor
riesgo, relacionado con una mayor sensibilidad ante la pérdida
o abandono de los seres amados, les resulta mas inaceptable la perdida
de los objetos amados o queridos.
Duelo primario
Sería la respuesta originada por la pérdida afectiva sin
mediar en la respuesta otras consecuencias más que la desaparición
del ser querido. En el duelo primario gana preponderancia la adaptación
en función de la pérdida de un ser querido. En él
se distinguen dos fases claras: duelo anticipado y duelo propiamente
dicho.
El duelo no siempre es posterior al fallecimiento, puesto que en múltiples
casos se conoce con antelación que el resultado del estado del
ser querido es la muerte en un tiempo previsible, lo cual provoca una
reacción emocional que se conoce como "duelo anticipado".
En el duelo anticipado comienza realmente la adaptación y aceptación
de la pérdida evidente, en ocasiones aminorada por la atención
y cuidados al enfermo terminal, por lo que se considera últimos
servicios o última oportunidad para demostrar sentimientos. Y
facilitar la resolución posterior del duelo tras el fallecimiento.
Formaría parte del complejo de atención al enfermo terminal
que interactúa con la agonía del paciente. Pero también
puede ocurrir que la situación estreche la relación y
el vínculo con el moribundo intensificando el posterior sentimiento
de pérdida y complicando la correcta evolución del duelo
propiamente dicho.
En esta fase toman relevancia las aptitudes de ocultación, negación,
las creencias y los rituales propios de la cultura, que en torno a la
muerte, tiene nuestra sociedad. Y de ella depende la calidad del apoyo
psicológico al enfermo incurable. Por otra parte, el profesional
medico no puede considerarla solamente desde el plano teórico,
porque en ella los esfuerzos y aptitudes de las personas próximas
pueden estar por encima de sus posibilidades reales y generar sufrimientos
evitables (Síndrome del cuidador quemado).
Se diferencia el duelo secundario a una pérdida intempestiva,
de aquel primario, "socialmente normal" (Avery y Weisman),
producido tras enfermedad crónica o en personas que por edad
o condición, la sorpresa disminuye progresivamente de intensidad.
Duelo secundario
El duelo secundario a una pérdida imprevisible, prematura o inesperada,
sería la respuesta global a la pérdida afectiva y a las
pérdidas ocasionadas por la misma. Es la reacción a una
pérdida imprevisible donde además del dolor generado por
la misma, se añade la sorpresa intensa para todo el entorno afectivo
del fallecido, que no tiene respuesta para el vació provocado
por la pérdida, que no tiene tiempo de adaptación y se
ve invadido por la impotencia o angustiado por las consecuencias.
Fases
del duelo
El duelo propiamente dicho, el trabajo del duelo, la respuesta adaptativa
después de la pérdida, aunque tiene una duración
muy variable según los autores, la media estimada es de dos años
durante los cuales presenta una serie de manifestaciones.
Hay unanimidad en distinguir tres fases bien diferenciadas que se pueden
clasificar según el momento de aparición: inmediatas,
intermedias y tardías, cada una de las cuales vendría
determinada por un sentimiento que sobresale por encima de los demás
y así se caracterizan (Tabla XII). El orden de estas etapas no
es rígido, de tal forma que el sujeto podría omitir, o
repetir una etapa una y otra vez, especialmente cuando el lapso de tiempo
es muy largo.

Lo que si debe ocurrir al finalizar, es que termine con éxito
el proceso del duelo que permite recuperar a aquellas personas que han
vivido un acontecimiento traumático. Cada individuo, de acuerdo
con la magnitud de la situación, con la personalidad previa que
posea, además del apoyo de otros, llevará a cabo el proceso
de manera particular. Su terminación permite a aquellos afectados,
volver a su vida normal, reconstruyendo su cotidianidad y utilizando
esa energía liberada ahora del objeto perdido para emprender
nuevos retos, nuevas relaciones, nuevos sueños.
Fase I. Inmediata:
impasividad, incredulidad
y shock

La fase primera estaría definida por los sentimientos derivados
de la "negación o incredulidad, el rechazo y el autorreproche"
(Tabla XIII). Caracterizada por la incapacidad para comprender qué
ha ocurrido y en consecuencia responden de manera inadecuada, alejándose
de la realidad, distanciándose de las personas próximas,
con respuestas frías e incluso inadecuadas.
Lo intelectual y lo emocional se disocian, el individuo está
como perdido, parece un autómata al que todo da igual, "como
si tuviera un sueño terrible". El estado de confusión
protege contra la aflicción y la pena que está sufriendo.
Son propios el ensimismamiento, la apatía, el automatismo en
las respuestas. Esta fase puede durar desde unos días a varios
meses.
Es cuando se producen los ritos familiares, sociales y religiosos en
torno a al muerte y al difunto que facilitan la resolución de
esta fase, en la que predomina la ansiedad y una baja percepción
de la realidad originada por un embotamiento que protege y aisla de
la dureza inicial del trauma.
Fase II. Intermedia:
ira, rabia, depresión y dolor
Aparece generalmente varias semanas después de la pérdida,
durando varios meses e incluso puede superar el año. Es la fase
de repliegue donde predomina la depresión primero inhibida, luego
con expresión de sentimientos como rabia e ira, siendo difícil
de tratar e incluso comprender por los demás. Las manifestaciones
son reiterativas y se desarrollan entre "la aceptación del
sino y la invasión de los recuerdos" y marcada por "la
necesidad de creer en algo para seguir viviendo." (Tabla XIV).

Abundan las sensaciones contradictorias, donde la vida anterior con
el ser querido, la personalidad del paciente y sobre todo lo que rodeó
a su muerte y últimos momentos, parece definitivo en la elaboración
de la reacción de duelo. Pueden dejar sensación de culpa,
inutilidad, las ausencias, crisis de rabia, manifestaciones constante
de descontento, desagradecimiento con dudas nunca resueltas "si
hubiera hecho, si no hubiera hecho, si el médico..., si no le
hubiera llevado, operado". Es definitivo el papel de la atención
sanitaria y de las experiencias generadas por los profesionales.
Se caracteriza por la aparición de una depresión reactiva
con gran componente ansioso y un intenso dolor. Inquietud, el paciente
responde irritado con facilidad y hacia las personas más próximas,
médicos e incluso hacia Dios. A la vez que presenta apatía
e indiferencia. No le merece la pena nada y las cosas que antes le provocaban
interés son indiferentes e incluso odiosas. El vivir diario pesa
como una losa y lo cotidiano le produce ya no sólo indiferencia,
sino displacer. Todo lo ve negro y la vida pierde su sentido, abandonando
lo anterior, bien actividades, ocupaciones, relaciones. El paciente
se recluye en casa, tiene la necesidad de vivir solo para el recuerdo
de la persona querida y de aquello que lo representa, así como
de serle fiel con tal intensidad que todos los momentos y acciones del
dia deben evocarle.
Se mezclan los sentimientos de injusticia, culpabilidad personal o compartida,
e ira, que puede expresar contra las personas y objetos que le rodean,
con anorexia, perdida de peso, insomnio. El abuso de ansiolíticos
es frecuente y a tener siempre en cuenta por el profesional.
Hay autores que dividen esta fase en dos incorporando una fase definida
por depresión en la cual comienza el proceso de aceptación
de la pérdida despegándose progresivamente del ser querido,
liberándose de las disciplinas impuestas por la percepción
constante de su imagen.
En esta fase el apoyo del medico de cabecera al que probablemente frecuente
por otros motivos, es fundamental, ya que el paciente se siente incapacitado
para pedir ayuda. Prestar el apoyo emocional necesario, facilitándole
al paciente momentos y oportunidad para que exteriorice sus emociones
y preocupaciones, incluso sus problemas sociales o económicos,
facilitando su comprensión y ofreciéndole ayuda personal
o dirigiéndole a los servicios de asistencia social.
La distribución de papeles en nuestra sociedad clásica
hace que esta fase sea más llevadera por la mujer que por el
hombre. El marido tras el fallecimiento de la esposa se puede sentir,
incapacitado, desvalido, impotente para soportar el peso del hogar y
las obligaciones domésticas.
Los sentimientos no coinciden con los de los familiares y amigos próximos,
incluso puede ser motivo de reproche al impedir que exterioricen reiteradamente
sus sentimientos en el entorno afectivo más próximo. Los
hijos vuelven a sus hogares con sus familias, existiendo una huída
de la situación de duelo y lo que conlleva: ruptura de ritmos,
silencios, tristeza, llantos. La música, televisión, diversión,
sonrisas, están prohibidas y hasta resultan ofensivas, insultantes,
por simbolizar el olvido o representar una ausencia de cariño
hacia el ser querido. La disculpa de "los niños no entienden
y tienen que divertirse", es en ocasiones motivo de ausencias o
alejamientos en los momentos más difíciles, que pretenden
forzar una recuperación inadecuada del duelo. En esta situación
el doliente tiende a aislarse y la actitud familiar puede aumentar sus
sentimientos de culpa o inutilidad de la vida.
Fase III. Estable
o tardía: "recuperación"
Suele aparecer hacia el segundo año de la pérdida, es
la fase de sedimentación y de adaptación a la nueva situación
(Tabla XV). Comienza la aceptación y tranquilidad con la nueva
situación, acepta la pérdida como algo irremediable, asimila
la evidencia, se adapta a la pérdida y comienza a organizar y
planear, en consecuencia, vuelve a las antiguas relaciones, ocupaciones
y actividades abandonadas. Comienza a pensar que vivir solo del pasado
no tiene sentido e incluso lo manifiesta, reorganizando su vida sobre
la anterior o con nuevas actividades amistades, etc.

La persona puede experimentar un estado temporal de narcisismo. La atención
se centra entonces en el sí mismo, en detrimento del mundo exterior
y de las demás personas. Se acepta ahora aquella situación
de ausencia que no es posible cambiar, a partir de lo cual, se vive
una sensación simultánea de tristeza y serenidad. Luego
de cierto tiempo, el sujeto vuelve a sus actividades cotidianas. De
igual forma, las capacidades mentales del doliente vuelven a su estado
normal.
Factores
condicionantes
Como ya se había adelantado, una serie de factores y circunstancias
predisponen a la aparición de reacciones de duelo patológicas.
La respuesta va a depender de factores:
Anteriores a la pérdida
La biografía anterior puede predispone a tolerar el dolor. La
persona que ha vivido algún duelo más, desarrolla una
tolerancia hacia la muerte, mejor que aquella otra que se encuentra
con ella por primera vez y que además le coge desprevenida.
La relación con el fallecido influye en la respuesta adaptativa.
Origina que sea más intenso el dolor cuanto mayor fuera la relación
y unión con la persona fallecida. Si el fallecido es el cónyuge,
sobre todo si es la esposa y si la relación entre ambos era de
gran dependencia, aumenta el riesgo y gravedad de las respuestas patológica.
La dependencia de la persona con el fallecido, genera además
de la sensación de perdida afectiva, la del status, económico,
social, e incluso incapacidad e impotencia para cubrir necesidades básicas.
El estado físico y psíquico anterior y así las
personas mayores están mas preparadas y suelen estar acompañadas
de otras personas de su misma edad y condiciones, que han pasado por
situación similar. También porque entre las personas de
edad avanzada existe la costumbre de acompañarse tras la muerte
de un ser querido, más que entre las personas jóvenes,
que suelen huir de esas situaciones displacenteras.
La personalidad del individuo y su salud mental previa, la baja autoestima
con sentimiento de poca capacidad de control interno, la cultura y costumbres,
las dificultades en las relaciones previas con los padres y las pérdidas
repetidas en el pasado. Es más probable el duelo patológico
en personas con antecedentes de enfermedad mental o con personalidad
mórbida. El código de creencias juega un papel definitivo,
siendo un punto de apoyo fundamental para seguir viviendo.
Circunstancias
que coinciden con la pérdida y condicionan la respuesta
- Más intenso ante muertes inesperadas, imprevistas no anticipadas,
bien tras aborto de embarazo muy deseado, en recién nacidos,
niños y jóvenes. Los casos inesperados por accidente,
suicidio o asesinato, entorpecen la evolución del duelo. En ocasiones
por ocultación y desconocimiento del diagnóstico y pronóstico
del fallecido o por estar lejos en el momento de la muerte. Por el contrario,
cuando el final ha sido anunciado y la muerte esperada, en pacientes
terminales tras enfermedad crónica de larga evolución,
incluso puede suponer un alivio si aquella fue larga y dolorosa para
el fallecido.
- Las creencias religiosas son una ayuda inestimable. Este apoyo moral
esta desapareciendo entre los mas jóvenes por la pérdida
progresiva de creencias religiosas en nuestra sociedad actual.
Acontecimientos
posteriores que condicionan la reacción
Las escasas expectativas, el no encontrar salida, la pobreza, la soledad,
la enfermedad el abandono de hijos y parientes, constituyen estrés
secundario a la pérdida. La falta de soporte social, la ausencia
o abandono de hijos o de familia cercana y la carencia de apoyo familiar,
complican el proceso de duelo en los ancianos.
La presencia o no de personas a quien confiarse, con quien compartir
la pena y el dolor.
La atención al duelo normal y patológico
El sistema sanitario nunca se ha ocupado del apoyo al duelo, ni del
estudio de sus respuestas, menos aún de su prevención.
Se actúa sobre hechos consumados e incluso en el caso de petición
expresa de apoyo, el profesional sanitario está acostumbrado
a diferir esa responsabilidad. De otra parte el paciente tampoco espera
el apoyo que precisa porque culturalmente no lo identifica con ayuda
médica y sí con religiosa en el caso de que sea creyente.
Hasta hace poco tiempo la profesión médica tampoco conocía
el tipo de apoyo que tenía que prestar, ni definidas las necesidades
de los pacientes cuando de forma prevista o imprevista entraban en crisis.
Cada día son mas selectivas las respuestas y así se han
formado grupos de profesionales multidisciplinarios que comienzan a
intervenir en crisis colectivas provocadas por accidentes masivos, actos
terroristas, o accidentes naturales, para ofrecer la ayuda y el apoyo
inmediato, así como la respuesta necesaria y ajustada a cada
momento y situación.
En nuestro medio, la atención al duelo ha tenido siempre un carácter
religioso, realizada por el entorno de vecinos, familia y amigos. La
atención prestada por la comunidad era muy importante. Podemos
asociar un cierto estereotipo de respuestas adaptativas en función
de qué comunidad o grupo de población estudiemos.
Como se comenta en la introducción, nuevas situaciones bien por
imprevistas, por presentar una larga agonía, o por las dificultades
de su atención, progresivamente originan una medicalización
de los problemas para dar soporte y apoyo emocional al entorno familiar.
A la par se produce, para buena parte de la población predominantemente
de ámbitos urbanos, un vacío en la atención que
ofrecían los dispositivos tradicionales mencionados, tanto los
religiosos como los comunitarios, que aún se mantienen en el
medio rural.
Abordaje psicoterapéutico
Es comúnmente aceptado que el duelo normal es necesario acompañarlo,
facilitarlo pero no interferirlo. Por el contrario, en caso de duelo
patológico es preciso intervenir terapéuticamente en función
de la morbilidad generada, prestando especial atención a los
duelos con sintomatología depresiva grave ó ante la presencia
de trastornos psicóticos, alcoholismo u otra drogodependencia,
todas agravan la mayor complicación: el suicidio. Para el abordaje
psicoterapéutico del duelo es preciso tener en cuenta las recomendaciones
de la Tabla XVI.


Son coincidentes todos lo autores y nuestra experiencia personal, que
sólo el interés por la vida emocional del paciente, el
respeto a la misma, el permitir y animar a exteriorizar sin prisas y
continuadamente sus sentimientos, el pautar entrevistas periódicas,
donde además abordemos su estado de ánimo, sabiendo escuchar
y comprender sin prisas, son medidas de alivio y consuelo potentísimas.
Si además esto ocurre con un profesional al que conoce, en el
que tiene confianza y que a su vez es conocedor de buena parte de los
condicionantes de su vida afectiva actual y anterior, de su familia,
hijos y vecinos, constituye la única medida efectiva profiláctica
sobre las consecuencias indeseadas del duelo patológico.
Son efectivas la terapia de reminiscencia de Butler (1963) también
llamada de "revisión de la vida" dirigidas a facilitar
la superación del duelo, mediante el reconocimiento de lo positivo
de la vida anterior y posterior. Precisa cuidado especial, el manejo
del enfermo paranoide, así como el cuidado de la situación
social y económica precaria del anciano viudo, arbitrando medidas
que faciliten su vida posterior integrado en su medio.
Como en el caso de la exploración del riesgo suicida, es necesario
acabar con la idea, aún extendida entre los profesionales sanitarios,
de que recordando podemos suscitar una reacción emocional no
deseada del paciente. Estas posiciones responden a los propios miedos
personales, difíciles de superar, que son también un reflejo
de los de nuestra sociedad. Parece necesario tomar medidas en este sentido
que permitan a los profesionales liberarse de sus propias interpretaciones
psicopatológicas de la muerte (Tabla XVII).
Tratamiento psicofarmacológico
La prescripción
de ansiolíticos puede provocar ansiolisis excesiva e interferir
la elaboración de la pérdida en los primeros momentos
y provocar sentimientos de culpa posteriores, en consecuencia su uso
no esta recomendado, salvo de forma aislada, con dosis pequeñas
de benzodiazepinas, para limitar respuestas iniciales llamativas, bien
insomnio o ansiedad excesivas.
El duelo patológico requiere tratamiento ajustado a los problemas
y síntomas asociados. La prescripción de un antidepresivo,
deberá esperar a que el cuadro clínico cumpla criterios
de episodio depresivo. En este caso, como primera elección, son
aconsejables los ISRS dentro de los cuales son recomendables los que
tienen mayor poder ansiolítico como la paroxetina. En caso de
insomnio prestar especial cuidado a las fáciles dependencias
inducidas por el uso de benzodiacepinas, sobre todo de acción
corta, al prescribirlas por tiempo superior a 1-2 semanas. En el caso
de precisar ansiolíticos, siempre son recomendables asociar los
de vida media larga.
El
Duelo En El Anciano
En el caso de los ancianos la muerte de un ser querido se añade
a una situación previa con otras pérdidas acumuladas en
la vejez: salud, fuerza física, movilidad, económicas
y poder adquisitivo, consideración social, agudeza visual y auditiva,
etc., además de enfermedades físicas o deterioro intelectual
asociado. Todo predispone a responder mal a una nueva y difícil
situación. En consecuencia, en la reacción de duelo, las
respuestas adaptativas, dependen de la pérdida y de factores
previos, además de la propia personalidad del paciente. Si la
depresión en los ancianos se estima que afecta a un 10 por ciento,
cuando se añade a la perdida del ser querido, la respuesta es
más acusada.
La ancianidad presenta más dificultades para elaborar el duelo,
tienen una capacidad especial para somatizar las respuestas emocionales
manteniendo el sufrimiento psicológico en niveles poco llamativos
y así reaccionan con manifestaciones somáticas que pueden
empeorar o descompensar procesos previos, provocar otros nuevos, incluso
con resultado de muerte.
El duelo en el anciano es similar al del niño, debido a que en
la senectud se produce una vuelta a la dependencia. Esto produce una
disminución de la capacidad para el duelo. La dependencia que
presenta el anciano, le lleva a desarrollar conductas no patológicas
y adaptativas a la pérdida, pues necesitan alguien que les ofrezca
seguridad. Al mantener bajo el sufrimiento psicológico, puede
parecer que no sienten dolor alguno ni tampoco se produce esa búsqueda.
Sin embargo pueden aparecer conductas autodestructivas, en un intento
de reunión con la persona perdida, que sorprenden por no ir precedidas
de muestras de dolor por la pérdida. El anciano dependiente de
su ser querido fallecido, parecería estar más preparado
para su propia muerte que la del objeto de su dependencia.
No es infrecuente lo que algunos autores denominan reacción de
duelo involutiva, secundaria, no a una perdida afectiva, sino al fracaso
en la obtención de ideales, incluso tras un progreso personal
y carrera profesional suficiente, pero no habiendo satisfecho otras
expectativas afectivas o familiares. Es la respuesta a la visualización
del propio final después de una vida, a los ojos del afectado,
tan intrascendente como incompleta.
La mayor parte de los ancianos superan la pérdida y se adaptan
a las nuevas circunstancias a las que en buena parte se han adaptado
previamente. Puede aparecer hiperactividad sin sentido de pérdida,
como mecanismo de negación. Se alteran las relaciones con amigos
y familiares. También pueden aparecer reacciones de hostilidad
hacia personas concretas y abandono de actividades sociales. Si con
el soporte familiar no alcanza para un posible restablecimiento, se
indica el tratamiento psicoterapéutico.
En ocasiones, la recuperación de los ancianos es difícil,
no llegan a la etapa de aceptación y paz, pues al dolor, se añade
la soledad. Se quedan solos en sus casas, todos los rincones rememoran
recuerdos, situaciones vividas, objetos personales del ser querido,
pero el espacio ahora esta vacío. En la ciudad esta situación
se agrava, mientras en el medio rural es más llevadera por la
proximidad física, facilidad de encuentros diarios, comunicación
fácil, costumbres protectoras de vecinos y familiares, con situaciones
similares que además le prestan apoyo. Lo contrario ocurre en
la ciudad. El riesgo de suicidio aumenta y el de muerte por causa natural
también, porque el paciente se abandona, baja la guardia y pierde
el interés por vivir, hasta le resulta una liberación
el morir.
Suicidio
El riesgo de suicidio se incrementa con la edad. Los ancianos son el
grupo de edad con mayor tasa de suicidios consumados por intentos de
suicidio, especialmente entre los varones. Entre los factores sociales
relacionados con el suicidio, el matrimonio aparece como un factor protector,
mientras que la separación y la viudez son predisponentes. El
estatus socioeconómico correlaciona inversamente con la tasa
de suicidios consumados. El aislamiento es el factor sociodemográfico
que con mayor frecuencia se asocia al suicidio, aunque la calidad de
las relaciones del anciano son un factor pronóstico más
preciso que el hecho de vivir solo.
El 20 por ciento de los ancianos que cometen suicidio o intento de suicidio
presentan consumo abusivo de alcohol y el 10 por ciento problemas de
alcoholismo crónico. La dependencia, la pérdida de capacidad
para adaptarse a los cambios, el sistema de valores del paciente y el
sentimiento de desesperanza, son también indicadores de riesgo
suicida en los ancianos. Algunos ancianos consultan por primera vez
con los especialistas tras un intento de suicidio.
|Sumario
|