Tuberculosis
Tratamiento
de la enfermedad tuberculosa
El tratamiento de
la TBC de los casos iniciales de tuberculosis (aquellos que no han sido
tratados previamente o que, de haberlo sido, recibieron tratamiento
durante menos de un mes) sin patología asociada, podrá
realizarse desde Atención Primaria. Los criterios de derivación
a la Atención Especializada se enumeran en la Tabla XIII. El
objetivo del tratamiento es lograr la curación de la enfermedad
en el menor tiempo posible para controlar su transmisión; evitando
a su vez, la creación de resistencias a los fármacos empleados,
utilizando de forma simultánea varios tuberculostáticos
con gran capacidad bactericida y esterilizante y el menor número
de efectos secundarios posible.

En el tratamiento existen una serie de medidas de carácter general,
como son: el reposo relativo en función de la afectación
del estado general, normas higiénicas y de aislamiento respiratorio
(en general, tras dos semanas de tratamiento, el paciente deja de ser
contagioso aunque las baciloscopias continúen siendo positivas),
desaconsejar la ingesta de alcohol y otros tóxicos hepáticos,
etc.
FÁRMACOS
ANTITUBERCULOSOS
En el enfermo tuberculoso existen poblaciones bacilares intra y extracelulares
con distintas características en su grado de actividad y velocidad
de multiplicación, así como en su resistencia a los tuberculostáticos.
La resistencia a los quimioterápicos puede ser de 3 tipos:
- Resistencia natural: debida a mutación cromosómica espontánea,
al azar, y en relación con la densidad de la población
bacilar, sin existir contacto previo con el fármaco.
- Resistencia primaria: aparece en pacientes que se infectan con cepas
previamente resistentes.
- Resistencia secundaria ó adquirida: se debe a la selección
de una cepa resistente por la utilización inadecuada de una pauta
terapéutica.
La asociación de varios fármacos pretende solucionar este
problema, así como eliminar a las distintas poblaciones bacilares.
Los antituberculosos se dividen en fármacos de primera y segunda
línea según su eficacia, potencia, efectos secundarios
y tolerabilidad (Tabla XIV). Las dosis habituales se recogen en la Tabla
XV.

Isoniacida
Tiene acción bactericida tanto sobre bacilos intra como extracelulares
y actúa interfiriendo la síntesis de ADN de las micobacterias.
Presenta buena absorción oral, difundiendo a todos los tejidos.
Se metaboliza en el hígado por acetilación, lo cual, condiciona
parte de su toxicidad; eliminándose por vía renal. La
hepatotoxicidad es el efecto secundario más frecuente e importante,
hasta en un 10 por ciento de los pacientes puede producir elevación
de transaminasas (al triple de su valor normal).
No es necesaria la retirada del fármaco salvo que exista clínica
compatible con hepatitis ó elevación de transaminasas
por encima de cinco veces su valor normal. La afectación hepática
es más frecuente en acetiladores lentos, hepatopatía previa,
ingesta de alcohol, y su riesgo aumenta con la edad (mayores de 35 años).
La polineuropatía periférica puede evitarse asociando
suplementos de vitamina B6. Otros efectos tóxicos son: neuritis
óptica, pelagra, anemia hemolítica, artralgias, síndrome
lupus-like, urticaria, reacciones psicóticas, erupción
cutánea. Existe interacción farmacológica con rifampicina,
hidantoínas, carbamacepina, anticoagulantes orales, paracetamol
y disulfiram.
Rifampicina
Tiene acción bactericida al modificar la síntesis de ADN
de las micobacterias, actuando tanto sobre bacilos intra y extracelulares
como sobre los contenidos en el caseum. La absorción oral es
buena, con adecuada distribución a todos los tejidos, eliminándose
a través de las vías biliar y renal. Produce coloración
rojo anaranjada de la orina, las lágrimas, el sudor, otros fluídos
corporales y las lentes de contacto. Entre sus efectos secundarios se
encuentran: erupción cutánea, fiebre, trastornos gastrointestinales,
colestasis, síndrome pseudogripal, púrpura trombocitopénica;
aunque el más grave es la hepatotoxicidad, que es más
frecuente si existen: hepatopatía previa, ingesta de alcohol
o uso concomitante de isoniacida. Presenta interacciones con: metadona,
morfina, anticonceptivos, anticoagulantes, digoxina, anticonvulsivantes,
antidiabéticos orales, corticoides, ketoconazol, antiarrítmicos,
itraconazol, inhibidores de la proteasa, delavirdina, nevirapina y ciclosporina.
Pirazinamida
Tiene acción bactericida tanto sobre bacilos intra como extracelulares;
actúa interfiriendo el metabolismo de la nicotinamida. La absorción
oral es buena, con adecuada distribución a todos los tejidos,
es metabolizada en hígado y eliminada por vía renal. Entre
sus efectos secundarios destacan la hepatotoxicidad, hiperuricemia,
reacciones cutáneas, artralgias, alteraciones gastrointestinales
y fotosensibilidad.
Etambutol
Tiene acción bacteriostática, alterando la síntesis
de ADN de las micobacterias. La absorción oral es buena, eliminándose
por vía renal. Como principal efecto secundario produce neuritis
óptica, requiriendo controles oftalmológicos periódicos;
también puede producir hiperuricemia y neuropatía periférica.
Está contraindicado en niños y pacientes en los que no
se pueda realizar el control visual.
Estreptomicina
Aminoglucósido con acción bactericida sobre las micobacterias
extracelulares al interferir su síntesis proteica. No tiene absorción
oral, por lo que se utiliza por vía parenteral; su eliminación
es renal. Es nefrotóxico y produce ototoxicidad (dosis-dependiente),
principalmente a nivel vestibular.
PAUTAS
DE TRATAMIENTO
En general, el tratamiento de los casos iniciales de TBC se realizará
mediante una fase de inducción de 2 meses de duración
en la que se asociarán 3 fármacos: isoniacida, rifampicina
y pirazinamida; y una fase de mantenimiento con isoniacida y rifampicina
hasta completar 6 meses. En las zonas donde la resistencia primaria
a isoniacida sea mayor del 4 por ciento, será preciso añadir
un cuarto fármaco en la fase de inducción (en la mayoría
de los casos etambutol). La toma de la medicación se realizará
en dosis única, matinal, con el estómago vacío,
siendo recomendable para mejorar el cumplimiento -y evitar la monoterapia
que generaría la selección de cepas de bacilos resistentes-
el uso de preparados comerciales que contengan asociaciones farmacológicas
fijas de los principios activos necesarios.
Situaciones especiales
Intolerancia
o contraindicación
de isoniacida o rifampicina
Se reemplazará por etambutol manteniendo el tratamiento durante
12 meses. En el caso de necesitar sustituir la pirazinamida por etambutol
(o estreptomicina) la pauta a empelar será de nueve meses.
TBC extrapulmonar
Se realizará la misma pauta y con las mismas consideraciones
que en el caso de la TBC pulmonar, salvo en el caso de TBC meníngea
en la que se utilizarán 4 fármacos en la fase de inducción
(procurando incluir pirazinamida), y se prolongará el tratamiento
hasta 9-12 meses.
Sospecha de resistencia
Se utilizarán 4 fármacos en la fase de inducción.
Deberán ser valorados y controlados en centros especializados.
Pauta intermitente
Es útil en pacientes con dificultades para realizar un completo
y correcto tratamiento. Se administra el tratamiento 2-3 veces por semana,
a las dosis adecuadas (ver tabla XIII), y generalmente, de forma supervisada,
o directamente observada.
TBC en paciente con infección
por VIH/sida
Las pautas de tratamiento son las habituales, manteniéndolo durante
9 meses. Habrá que tener en cuenta las posibles interacciones
medicamentosas, en especial de la rifampicina, que en ocasiones tendrá
que ser sustituida por rifabutina.
Gestación
y lactancia
Isoniacida, rifampicina y etambutol no tienen efectos teratógenos;
alargándose la pauta a 9 meses; existe poca experiencia con pirazinamida.
Se evitará la utilización de estreptomicina por su ototoxicidad.
La lactancia no está contraindicada.
Infancia
Ajustar las dosis al peso del niño, evitando la utilización
de etambutol.
Hepatopatía
Se evitará la utilización de pirazinamida de forma conjunta
con isoniacida y rifampicina, sustituyéndola por etambutol, y
alargando el tratamiento hasta los 9 meses.
TBC en paciente
con silicosis
Se utilizará la pauta habitual prolongando el tratamiento 9-12
meses.
Insuficiencia
renal
Se evitará la estreptomicina, y se ajustará la dosis de
etambutol. La isoniacida y la rifampicina no precisan modificación
en su dosis.
Abandono del
tratamiento
Se considera cuando el paciente interrumpe toda la medicación
durante más de un mes. Se valorará el tiempo que realizó
el tratamiento correctamente, si presenta baciloscopia ó cultivos
positivos se reiniciará la misma pauta de tratamiento (se recomienda
estudio de sensibilidades a antituberculosos); si los cultivos son negativos
y ha pasado más de un año del abandono, sólo se
realizarán controles microbiológicos trimestrales durante
un año. En caso de retratamiento se valorará un tratamiento
directamente supervisado (TDS).
Recaída
Ocurre cuando finalizada correctamente una pauta terapéutica,
y habiéndose dado por curado al paciente, reaparecen al menos
dos cultivos consecutivos positivos. Se recomienda estudio de sensibilidades,
alargando la duración del nuevo tratamiento a nueve meses.
Tuberculosis
crónicas resistentes
Se controlarán en centros especializados. Precisan tratamiento
con fármacos de 2ª línea.
Fracaso del tratamiento
Si no se consiguen cultivos negativos después de tres meses de
tratamiento correcto, ó la reaparición de dos cultivos
consecutivos positivos después de dos cultivos consecutivos negativos.
Es preciso realizar estudio de sensibilidades y derivar a centro especializado.
La utilización de corticoides es controvertida, debe ser valorada
por un experto, y se reservaría para casos con deterioro clínico
severo como TBC diseminada con insuficiencia respiratoria aguda, pericarditis
TBC, y meningitis TBC con focalidad neurológica y/o hipertensión
intracraneal.
En las TBC iniciales se valorará la hospitalización en
caso de mal estado general y/o deterioro clínico, insuficiencia
respiratoria, hemoptisis importante, neumotórax, sospecha de
afectación de SNC, tuberculosis miliar, patología asociada
grave o descompensada, intolerancia grave al tratamiento, dificultad
para la vía oral, alto riesgo de toxicidad o interacción
medicamentosa, sospecha de enfermedad por M. tuberculosis resistente,
patología social que dificulte la adherencia y el control del
tratamiento.
SEGUIMIENTO
Y CONTROLES
Se realizará control clínico quincenal durante la fase
de inducción, y posteriormente mensual hasta completar el tratamiento,
valorando la evolución clínica, la aparición de
efectos secundarios y la adherencia al tratamiento. El control microbiológico
ideal consiste en la realización de cultivo mensual hasta su
negativización repitiéndolo de nuevo al final del tratamiento.
En la práctica parece más rentable la realización
de cultivos al final de los meses 2º, 4º y 6ª e incluso
si el resultado fuera negativo al final del 2º mes, la evolución
clínica favorable y la adherencia al tratamiento buena, bastaría
con repetirlo al final del tratamiento.
El control analítico se realizará al iniciar el tratamiento;
no están recomendados controles de rutina salvo antecedentes
o factores de riesgo de hepatotoxicidad; en el resto de los casos se
vigilará su presentación mediante anamnesis mensual y
se instruirá a los pacientes sobre los signos y síntomas
de hepatotoxicidad para que consulten ante su aparición. Se suspenderán
los antituberculosos si se produce una elevación de transaminasas
5 veces por encima de su valor normal, o de 3 veces en el caso de la
fosfatasa alcalina. El control radiológico se efectuará
al inicio y al final del tratamiento; ya que la curación de las
lesiones radiológicas es, por lo general, más lenta que
la mejoría clínica y microbiológica, no aportando
información relevante su repetición sistemática.
ADHERENCIA
Y TRATAMIENTOS DIRECTAMENTE SUPERVISADOS
Desde hace años, se ha puesto de manifiesto la necesidad de un
diagnóstico precoz, una terapia adecuada, y una correcta y completa
cumplimentación del tratamiento para conseguir el control de
la tuberculosis, tanto desde un punto de vista individual (curación
del paciente) como colectivo (Salud Pública). Esto ha hecho que
cada día se trabaje más en la adherencia al tratamiento,
y que surjan las terapias ó tratamientos directamente supervisados
(TDS).
El concepto de adherencia incluye la participación activa del
paciente, no sólo en la cumplimentación farmacológica,
sino también en todas aquellas medidas que le ayudan a mejorar
su estado de salud. Este hecho supone que el paciente tiene que disponer
de la suficiente información sobre su proceso como para poder
colaborar activamente con los profesionales sanitarios.

La no adherencia al tratamiento impide la curación del paciente,
favorece las recidivas, y con ello la selección de cepas resistentes;
y por tanto, dificulta el control de la enfermedad a nivel de la Salud
Pública. Existen una serie de predictores de no adherencia al
tratamiento que se enumeran en la Tabla XVI.
La medida de la adherencia es complicada y las estimaciones son poco
fiables, por que habrá que utilizar distintas medidas que se
complementen: revisiones clínicas programadas, control de medicación
(unidosis, coloración de la orina con la toma de rifampicina,
etc.), pautas cortas, educación sanitaria, facilitar el acceso
a los programas terapéuticos (ej: billete para transporte, disponibilidad
de los fármacos), servicios integrales adaptados a la situación
del paciente (diagnóstico y tratamiento de patologías
asociadas, drogodependencias, etc.), y tratamientos directamente supervisados.
El tratamiento directamente supervisado es aquel en el que un profesional,
sanitario o no, observa la toma del medicamento. Esta medida aumenta
la adherencia y disminuye los fracasos terapéuticos. Serían
recomendables en todos aquellos pacientes que presenten factores predictores
de no adherencia, y obligatorios en los previamente no adherentes; siempre
adaptados a las características de los pacientes y a su entorno
para facilitar su aceptación.
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