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PROGRAMA ANUAL
2002-2003
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

 

 

  

Tuberculosis

Patogenia

Para una adecuada comprensión de la tuberculosis y de su manejo clínico, es necesario el conocimiento minucioso de su etiopatogenia, la cadena epidemiológica que lleva a la infección y las situaciones de riesgo para el desarrollo de la enfermedad tuberculosa, así como la clara diferenciación de los conceptos de infección y enfermedad.

Está suficientemente aceptado que la tuberculosis es una enfermedad crónica, transmisible, prevenible y curable producida por las micobacterias que forman el complejo Mycobacterium Tuberculosis (M. tuberculosis, M. bovis, M. africanum y M. microti). Para el desarrollo de la enfermedad es necesaria, como en el resto de las enfermedades infecciosas, la interacción entre un microorganismo causal y un receptor o huésped susceptible. Si bien el contacto con el M. tuberculosis actuará como causa necesaria pero no suficiente. Para comprender este particular basta con observar las siguientes cifras epidemiológicas: el número estimado de personas infectadas por el M. tuberculosis a escala mundial es de 1.900 millones mientras que la incidencia de la enfermedad tuberculosa se estima en unos 8 millones de personas y año; situación que parece sugerir que los mecanismos defensivos con los que cuenta la especie humana son altamente eficaces. Este razonamiento se verá reforzado si tenemos presente la historia natural de la enfermedad tuberculosa en la era prequimioterápica cuando el resultado era letal sólo en un 50 por ciento de los casos, mientras evolucionaban a la cronicidad un 30 por ciento y a la curación el 20 por ciento restante.



El reservorio del M. tuberculosis es fundamentalmente humano y está representado por los 1.900 millones de personas infectadas distribuidas por el planeta; el ganado bovino juega un papel como reservorio del M. bovis; otras especies animales participan más anecdóticamente como reservorio, p. ej el perro. Sin embargo, la fuente de infección para el ser humano está constituída principalmente por el hombre enfermo capaz de expulsar bacilos. Podríamos por tanto equiparar los conceptos de reservorio/infección por un lado y fuente de infección/enfermedad tuberculosa activa por otro.

La transmisión del M. tuberculosis se produce en la gran mayoría de los casos, de persona a persona y por vía aerógena aunque existen otras vías de transmisión menos frecuentes, como la cutánea, la digestiva -capaz de transmitir el M. bovis a través de la leche de vaca- y la transplacentaria. El vehículo necesario para la transmisión del Micobacterium hasta el huésped susceptible, son las microgotas eliminadas por el enfermo al hablar, reír, cantar, toser o estornudar; en concreto los núcleos goticulares de Wells, producidos por la evaporación parcial de estas microgotas a escasa distancia de la boca, y que son capaces de permanecer suspendidos en el aire, de transportar en su interior al M. tuberculosis y, por su pequeño tamaño, en torno a 1-2 micras, de penetrar por inhalación hasta el alveolo donde encontrarán las circunstancias adecuadas para reproducirse. Los factores que favorecen o dificultan la transmisibilidad del M. tuberculosis aparecen reflejados en la Tabla III. El número de bacilos que expulsa un enfermo es normalmente bajo; además la intensidad y frecuencia de la tos es variable; todo ello obliga a que sean necesarios contactos íntimos y prolongados para que se produzca la transmisión. Son más contagiosas formas anatomoclínicas como la laríngea, la endobronquial o las formas cavitadas. La presencia de baciloscopias positivas en las muestras debe hacernos pensar que el enfermo es altamente contagioso; del mismo modo, la esterilización del esputo mediante tuberculostáticos viene a ser efectiva aproximadamente 15 días después de iniciado el tratamiento correcto, pudiendo asumir que la mayoría de los enfermos dejan de ser contagiosos para entonces.

La ventilación adecuada está considerada como la medida más eficaz para reducir la infecciosidad del ambiente, y la luz ultravioleta es capaz de destruir a las micobacterias haciendo improbable el contacto en la calle a la luz del día. La susceptibilidad del ser humano sano para infectarse por el M. tuberculosis es mayor durante las edades más tempranas de la vida. Los hombres se infectan más que las mujeres, lo que parece estar en relación con factores sociales. Por último, la presencia de determinados factores de riesgo o de enfermedades inmunodepresoras, facilita la infección tuberculosa.

Tras la primoinfección, llegada del bacilo hasta los alvéolos, se produce una respuesta inflamatoria inespecífica, que se inicia con la fagocitosis del Micobacterium por los macrófagos alveolares, que no logran contener al bacilo pues éste se multiplica en su interior logrando la destrucción del macrófago. El resultado es la diseminación sistémica por vía hemática y el drenaje de los monocitos infectados y de los bacilos extracelulares a los ganglios linfáticos, donde se va a producir la activación de los linfocitos CD4, cuyas consecuencias más relevantes son las siguiente:

1.- Desencadenan una respuesta de hipersensibilidad retardada que permitirá detectar a los individuos infectados por M. tuberculosis mediante la inoculación subcutánea de tuberculina. Este fenómeno se produce a las 2-8 semanas siguientes a la primoinfección.


2.- Control de la infección. Los linfocitos activados se desplazan al foco inicial y a los focos secundarios de infección y desencadenan una cascada de acontecimientos inflamatorios, con la formación de un granuloma, e inmunológicos cuyo eslabón final es la activación de los macrófagos y la destrucción de la mayoría de la población bacilar, consiguiendo el control aunque no la esterilización del foco. En un 90 por ciento de los casos se produce la destrucción de la población bacilar del granuloma, aunque en un proceso que requiere años.

La enfermedad tuberculosa se produce en el 5-10 por ciento de los casos en los que la respuesta inmunitaria del huésped no logra contener la infección (tuberculosis primaria) o en aquellos casos en los que se produce la reactivación de la población bacilar latente en una lesión antigua (tuberculosis postprimaria) que tiene lugar generalmente en los últimos años de la vida.



Las formas primarias ocurren en edades tempranas de la vida, situaciones de inmunodepresión o ante la exposición a cepas de extraordinaria virulencia. La mayoría (80 por ciento) de las tuberculosis primarias tienen lugar en los dos primeros años tras la infección, asumiéndose en la actualidad que un 10 por ciento de las personas infectadas van a desarrollar la enfermedad a lo largo de su vida, distribuyéndose el 5 por ciento en los dos primeros años y el otro 5 por ciento a lo largo de la vida. Pero el riesgo de enfermar no es el mismo para todas las personas sino que se modifica en función de la presencia de determinados factores de riesgo, el más poderoso de los cuales es la coinfección por el VIH y la inmunodepresión por sida. En la Tabla IV se presentan los factores de riesgo para el desarrollo de la enfermedad tuberculosa y el riesgo relativo de cada uno de ellos.


 


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