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AULA ACREDITADA
  
ACTIVIDAD ACREDITADA
POR LA COMISIÓN DE FORMACIÓN CONTINUADA
Sistema Nacional de Salud
Ministerio de Sanidad y Consumo
PROGRAMA ANUAL 2003
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA
  
Los médicos inscritos podrán alcanzar la acreditación del Programa.
La cumplimentación de los cuestionarios de evaluación para cada tema del Programa se hará por soporte electrónico. La evaluación de los cuestionarios-respuestas se llevará a cabo por una agencia independiente especializada.

Teléfono de atención a los médicos participantes: 91.749.95.13 (Srta. Emma Fernández).

 

Terapia Familiar Breve en Atención Primaria (IV)

Consideraciones sobre los diagnósticos

Desde el punto de vista de la Terapia Familiar Breve (TFB), los diagnósticos que se refieren a problemas de tipo psicológico o de relación constituyen construcciones de la realidad -véase capítulo I-, realidades de segundo orden, puntos de vista de la situación, "etiquetas" que pueden ser más o menos afortunadas para ayudar a conseguir que los problemas de los pacientes y/o sus familiares se solucionen o para contribuir a que se cronifiquen. La Historia de la Medicina aporta ejemplos que invitan a pensar que estos diagnósticos no deben ser considerados como realidades de primer orden -véase capítulo I-. Por citar uno, a principios del siglo XX el manual "Los niños mentalmente anormales" (Lafora GR, 1917) recoge -según se lee en su prólogo- "los excelentes trabajos e investigaciones extranjeras", e incluye -entre otras cosas- la siguiente clasificación diagnóstica de estos niños: "idiotas, imbéciles, débiles mentales, histéricos, epilépticos, psicopáticos, dementes precoces, amorales, perversos sexuales, disglandulares, adenoideos, depauperados, y falsos anormales"; este manual también contribuye con subclasificaciones, como "idiota encefalítico de tipo pasivo o apático, idiota erético, imbécil de grado superior y medio..." Más avanzado el estado de la Ciencia, otro ejemplo que estimula a reflexionar sobre si los diagnósticos actuales sobre este tipo de materias se deben contemplar o no como realidades de primer orden lo compone el hecho de que el DSM-IV recoja diagnósticos que no se encuentran en la CIE-10 -y viceversa-, que ambos denominen de distinta forma a circunstancias similares, que las pautas o criterios para el diagnóstico de patologías que denominan ambos de la misma forma sean en ocasiones diferentes y que las revisiones periódicas de estas clasificaciones varíen de una versión a otra -así, Watzlawick señala que la desaparición de la homosexualidad como patología en el DSM es el caso de curación masiva más espectacular de toda la historia-.¿Causarán estupor dentro de un siglo los diagnósticos actuales?

En el terreno de lo psicológico y de las relaciones humanas... ¿Qué es lo normal y qué lo patológico? ¿Son adecuados algunos diagnósticos? ¿Cuántos pacientes se benefician de un diagnóstico precoz y a cuántos se perjudica con dicho diagnóstico? ¿La mayor atención que muestran los profesionales para realizar determinados diagnósticos es beneficiosa para los pacientes y contribuye a que "se curen" antes o sirve para tenerlos mejor contabilizados, clasificados y cronificados? ¿Cuándo hay que tratar y cuándo no? ¿Cuándo un tratamiento es adecuado y cuándo no? No existe una respuesta uniforme a estas preguntas en la que todos y cada uno de los profesionales sanitarios estén completamente de acuerdo. Y es bien conocido que las expectativas del profesional -en cuanto a que el paciente o familia puedan o no mejorar- influyen en que, finalmente, estos mejoren o no, así como que la manera en la que se "tilda" a cualquiera de ellos puede condicionar la relación terapéutica -congelando el problema, favoreciendo su cronicidad o cargándolo de connotaciones negativas- (Ben Furman, MD; Tapani Ahola, MA 1989). Así, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud -autora del citado CIE 10- aconseja cautela a la hora de establecer un diagnóstico final de Trastorno de la Personalidad (TP), debido a que las categorías de TP no han demostrado ser válidas para establecer una etiología, curso o respuesta al tratamiento predecibles, a que muy pocos pacientes con TP cumplen criterios de una sola categoría, y a que no existen, por el momento, tratamientos específicos de comprobada eficacia para los TP. Por otro lado, hay trabajos que, tras medir la agudeza diagnóstica del médico general para definir con exactitud los trastornos psiquiátricos, concluyen que perfeccionarla no implica necesariamente mejorar los efectos terapéuticos (Andersen SM, Harthorn BH, 1990; Goldberg D, 1992). Los autores pensamos que conceptos como "disfunción familiar" o "familia disfuncional" deberían considerarse útiles si logran contribuir en algo para conseguir que se resuelvan los problemas que presentan las familias que describen, e inútiles si sólo resultan un calificativo de éstas.

En suma, la TFB considera que los diagnósticos son "mapas provisionales" sujetos a debate y a modificación según los avances de la Ciencia. Opina que dar categoría de realidad de primer orden a los diagnósticos disponibles en la actualidad limita con frecuencia las posibilidades terapéuticas, fundamentalmente cuando el "rótulo" que se pone al paciente o familia resulta un "mal resumen" de lo que le pasa, de lo que quiere conseguir, de lo que ya hace con éxito para conseguirlo, de las soluciones que intenta en vano para ello y de lo que puede resultar útil para resolver la enfermedad o el conflicto que define. Y piensa que cuanto menos invasiva y más corta sea una intervención psicoterapéutica, resultará menos probable que sea dañina; cuanto más prudentes y apegadas a los datos sean las afirmaciones de los científicos, menos probable será que yerren; y cuanto más respetuosos sean los profesionales con los deseos de los pacientes, más fácil les resultará ayudarles a alcanzar sus objetivos.












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