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Propuestas de mejora en la docencia de postgrado
 
 
La docencia médica no es un elemento decorativo de un hospital o del curriculum de un facultativo. Al contrario, es una herramienta básica para el buen funcionamiento de unidades y servicios y para la vertebración de equipos y profesionales, actividad que, con el traspaso de las competencias sanitarias, parece haber sido algo descuidada. El papel del tutor, eje de la formación de especialistas sanitarios, debe ser, por tanto, redefinido de cara a las nuevas funciones gestoras de las comunidades autónomas, y por ello deben realizarse planes estratégicos de mejora que eliminen los fallos del actual sistema de formación.
 
Mamen Rivas  

Con el fin de mejorar la calidad de la docencia y, por ende, la calidad del personal y de los servicios del sistema sanitario público español, y tras la culminación del proceso de transferencias sanitarias a las comunidades autónomas, se ha puesto de manifiesto, en las recientemente celebradas I Jornadas de Comisiones Asesoras y de Docencia de la Comunidad de Madrid, la necesidad de una revisión de la estructura docente que resuelva los actuales problemas de los tutores responsables de la formación de especialistas. 

Según los expertos, los tutores no disponen de tiempo suficiente para desempeñar su labor de docencia, que deben realizar con unos medios técnicos y económicos nulos en muchos centros hospitalarios. Se trata de una labor complicada que, a pesar de no ser reconocida, requiere una gran dedicación y preparación, y que puede generar conflictos con las unidades asistenciales, con las comisiones de docencia y con los propios residentes. 

Los tutores deben proponer a la comisión de docencia los planes individuales de formación para cada uno de los residentes a su cargo -lo que obliga al tutor a un conocimiento del programa de la especialidad-, supervisar directa y progresivamente la realización de los programas señalados, controlar la actividad asistencial, fomentar la participación en actividades docentes e investigadoras de la unidad acreditada y ser responsables de la evaluación continuada de los especialistas en formación. 

 
Se ha puesto de manifiesto la necesidad de una revisión de la estructura docente que resuelva los problemas de los tutores  

Para poder llevar a cabo todas esas funciones como corresponde, sería necesario reforzar la figura del tutor mediante la formación continuada, la especificación del tiempo dedicado a la tutoría dentro de su trabajo y el reconocimiento por ley de sus funciones. A ello contribuiría también poner un mayor énfasis en la función docente de los hospitales, a través de un presupuesto económico específico y de la inclusión de objetivos docentes entre los asuntos globales del hospital, realizar una evaluación periódica más frecuente de unidades asistenciales y hospitales con el fin de seleccionar a los que mejor lo hacen, y cambiar la manera de evaluación de los especialistas en formación. La mayoría de los tutores coinciden en afirmar que la evaluación continuada es mucho más efectiva que el examen final de residencia, que debería ser desterrado definitivamente como prueba única de evaluación. Por otra parte, se debate la necesidad de establecer sistemas de evaluación comunes a los países de la Unión Europea, pero esta unificación al parecer, tendrá que esperar. 
  

El tutor de Medicina Familiar y Comunitaria 

La figura del tutor de Medicina de Familia, que acompaña al residente durante los tres años que dura su formación, es distinta a la del resto de especialidades. Para ayudar al residente debe tener, además de competencia clínica, un perfil biopsicosocial, pues al médico de familia no sólo le preocupa la enfermedad, sino también todo lo que la rodea. Por ello, la familia debe ser siempre tenida en cuenta, para lo que es fundamental la comunicación, tiene que saber comunicar y sobre todo, enseñar a comunicar. El perfil de un tutor de Medicina Familiar y Comunitaria es el de una persona dialogante, empática, receptiva, asertiva. Además debe saber trabajar en equipo, tener capacidad de organización de espacios y tiempo, y fomentar la inquietud de la investigación en el residente. 

Esa condición de médico de familia obliga al tutor a empapar al residente en la accesibilidad, así como a llevar a cabo una adecuada gestión de los recursos disponibles, en cuanto a utilización de la derivación especializada, uso de medicamentos, administración del tiempo, etc. Por tanto, la labor del tutor no se ciñe solamente a la enseñanza de conocimientos, sino también de habilidades, y no puede olvidarse de que todo se basa en la comunicación, con la población, con el paciente y con el residente. El apoyo personal al residente por parte del tutor es fundamental durante ese período de tiempo que comprende su formación; el tutor debe ser, según los expertos, "facilitador"; debe individualizar los conocimientos del residente, sus aptitudes, cualidades, fallos y actitudes, para incentivarle, dirigirle y formarle como un profesional competente, responsable, autónomo y emprendedor. 

Por otra parte, el tutor, a veces, se siente acomplejado ante el residente, tiene miedo de no mantener la competencia, ya que a menudo, éste, gracias a su reciente formación, posee unos conocimientos específicos de ciertas materias que en determinadas circunstancias pueden superar a los de su tutor. Para hacer frente a esta situación, los tutores necesitan de una permanente actualización de sus conocimientos, a través de la formación continuada. Sin embargo, en el contexto de una gran cantidad de bibliografía mal organizada y de una acuciante falta de tiempo, se hace patente la dificultad de mantener dicha calidad de formación. 

En el caso de la Medicina de Familia, las unidades docentes otorgan en los cursos la prioridad a los tutores respecto a otros facultativos que no ejercen la docencia. Otros de los apoyos con que cuentan los responsables de formación son los que proporciona la Sociedad científica (encuentros, jornadas docentes, cursos a distancia, manual del tutor, etc.), el apoyo de otros tutores y, como no, el feed-back con el residente, la retroalimentación que proporciona a su vez al tutor extensos y variados conocimientos. Junto a estos elementos, su experiencia profesional, madurez, capacidad de reflexión y autocrítica deberían ser suficientes para sortear cualquier dificultad que se les presentara en el ejercicio de su labor de tutoría. 

La mayoría de los tutores están de acuerdo en que la evaluación continuada es más efectiva que el examen final de residencia 

Acreditación 

Tanto en Medicina Familiar como en el resto de especialidades, no existen unos criterios homogéneos de acreditación de tutores para la docencia, sino una serie de recomendaciones. Tras las reflexiones de varios grupos de trabajo, se ha llegado a la conclusión de que son las unidades y centros docentes los que deben establecer los criterios de acreditación de sus tutores, criterios entre los que se encuentran la excelencia profesional, la estabilidad en la plaza (aunque sea variable, debe coincidir al menos con el tiempo que va a durar la formación del residente), la competencia, la organización y la experiencia en investigación.  

En Medicina de Familia existe un proceso de acreditación de los responsables de formación claramente definido: el facultativo, por voluntad propia, rellena una solicitud que le ha proporcionado el centro de salud; el coordinador del centro supervisa este documento, y su veredicto, junto a un informe de evaluación que llevan a cabo compañeros de plantilla del posible tutor, es llevado a la comisión asesora de la unidad docente en la que figuran el coordinador de dicha unidad y un representante de cada centro de salud docente. Una vez dado el visto bueno, el gerente del área de Atención Primaria realiza el nombramiento oficial. 

Muchos hospitales están trabajando para reconocer la función de los tutores de médicos residentes, pues no todos los centros hospitalarios disponen de un sistema propio de acreditación, similar al de los tutores de Medicina Familiar. El objetivo es el de profesionalizar la labor de estos facultativos que, en numerosas ocasiones, trabajan sin ninguna compensación económica y carecen de tiempo para ejercer su función docente. 

ORDEN MINISTERIAL SOBRE COMISIONES DE DOCENCIA 

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La entrada en vigor de la Orden Ministerial del 22 de junio de 1995, facilitó el procedimiento de formación de especialistas sanitarios, por cuanto quedaron reguladas las funciones y la organización de las comisiones de docencia, así como de la jefatura de estudios y de los tutores del programa de formación, que hasta ese momento carecían de una definición clara en sus funciones. No obstante, a pesar de estar definidas en la Orden Ministerial las funciones de los tutores, este reconocimiento se limita a un esbozo de la línea general de su actividad dentro del programa formativo. Esbozo que hace referencia a la propuesta de planes de formación, supervisión, fomento, evaluación y elaboración de memoria anual del programa de formación. Esta enumeración de funciones, aunque limitada, permite inferir una serie de tareas y responsabilidades más amplias que carecen del soporte adecuado para garantizar su cumplimiento. A ello ha contribuido también la ambigüedad con que la orden ministerial reconoce estas funciones, y la aparición de una resolución posterior en la que centraban el debate las normas de evaluación anual de residentes en formación y el proceso de calificación final del período de residencia. Para muchos profesionales que tienen responsabilidades directas en la formación como son los tutores y los jefes de estudios, se había perdido una ocasión magnífica para detectar y solucionar los problemas y conflictos que existen en la docencia. Por otra parte, también se había perdido la oportunidad de mejorar el propio sistema de formación, y con ambas pérdidas, se había conseguido dificultar la elaboración de un programa de control de calidad dentro del sistema formativo. 

A pesar de ello, lo que sí permitió esta orden ministerial es establecer un nuevo marco de relaciones entre todos los actores que intervienen en el proceso formativo. En las reuniones del foro de representantes y presidentes de las unidades de docencia, así como en los debates que han surgido en las comisiones de docencia, siempre han estado presente estos puntos de discusión. Las reflexiones sobre la calidad del sistema de formación de médicos especialistas, las dificultades en la supervisión del trabajo de los tutores y las limitaciones del propio sistema de evaluación, definen en gran medida el papel que debe jugar el tutor en el programa formativo. Al mismo tiempo, también define en cierta forma el eje sobre el que va a girar todo el sistema de formación del proceso MIR, junto a los problemas que existen en cuanto a capacidad operativa y de coordinación, tanto del tutor como de las comisiones de docencia.  
 

Concepto y valor de tutoría 

Un condicionante importante de los conflictos que surgen habitualmente en las estructuras docentes, deriva del distinto concepto que tienen los diferentes actores que intervienen en el proceso de formación de la figura del tutor. Una figura que por otra parte está totalmente consolidada dentro del sistema formativo. 

Si tuviéramos que definir esa figura, nos encontraríamos con que para cada uno de los actores tendría un significado diferente, muchas veces contradictorio entre ellos. A esto contribuye el no estar situado de una forma clara en el organigrama asistencial. Hay una dependencia del jefe de servicio en cuanto a la asistencia y una dependencia de la comisión de docencia en cuanto a la tutoría. Existe un fuerte componente de relación y lenguaje social, sobre todo en el caso de Medicina de Familia, así como una valoración subjetiva muy diferente entre los diversos profesionales que actúan con ellos. En numerosas ocasiones, esa valoración subjetiva depende de condicionantes locales, personales, profesionales, no siempre bien conocidos y en todo caso variables, y cada uno de ellos va a influir en el valor personal que se le asigna al tutor dentro de ese organigrama asistencial, condicionando así en gran medida su función, la capacidad para desarrollarla y la forma en que va a ser reconocida. 

Diversas encuestas realizadas con el fin de conocer el sentido y la representación que tiene el tutor para el residente dentro de las unidades de docencia, permiten afirmar que el elemento esencial en su relación profesional con el tutor es la confianza en el trabajo que llevan a cabo. Su significado alcanza diferentes aspectos de la relación entre ambos, referidos a la responsabilidad que el tutor ofrece al residente y a la confianza que deposita en él para que pueda tomar decisiones con autonomía y libertad. Es evidente la necesidad de sentir su presencia y su disposición de apoyo para colaborar en la solución de situaciones adversas. No es tanto una presencia física como una disposición y actitud que permitan al residente asumir sus decisiones de forma progresiva. Se manifiesta el temor a no encontrarlo cuando sea necesario. Por otra parte, destaca el malestar derivado de posibles conductas confusas, que originen sólo el beneficio de los tutores, a expensas del trabajo de los residentes.  

El intercambio de opiniones en condiciones de igualdad es considerado como un aspecto muy importante para establecer el estilo de relación entre tutor y residente. Éstos piden a sus responsables que atiendan sus necesidades de formación equitativamente, arrinconando sus opiniones previas y prestando verdadero interés en conocer sus puntos de vista. Solicitan expresamente que no se aproximen desde la frontera de las catego- rías profesionales, que rompan las barreras y que demuestren un interés sincero por las inquietudes y preocupaciones de formación. Además, solicitan oportunidad para expresar los propios puntos de vista y poder discutirlos libremente, sin gestos autoritarios ni descalificadores, que permitan consolidar la comunicación en el ámbito profesional. 

Los residentes consideran a sus tutores como modelos profesionales de aprendizaje, y valoran su experiencia como un gran recurso para la solución de problemas. Entre las cualidades de los responsables de formación, la mejor valorada en todos los grupos de discusión es la disposición y voluntad del tutor para trabajar, por delante de sus cualidades clínicas y de investigación. Es considerada como un estilo que el residente debe adquirir, y que facilita una mejor organización y el manejo de la consulta, además de garantizar la formación continuada. Por otra parte, los médicos residentes expresan la necesidad de participar en las decisiones clínicas y organizativas derivadas de la labor asistencial. La relación entre el tutor y el residente ha de facilitar que éste desarrolle su labor como si fuera el responsable último de cada uno de los enfermos, con la posibilidad de discutir e intervenir en el proceso clínico. Ambos actores del proceso formativo destacan la dificultad que experimentan los tutores para "desprenderse" de sus enfermos y permitir la implicación de un agente extraño en la relación médico paciente de lazos consolidados. Los residentes consideran que es su responsabilidad no pasar de largo de los problemas de los enfermos, evitando tomar decisiones comprometidas, pero es necesario que el tutor facilite la mayor implicación posible del residente con los pacientes. 

MEDICINA BASADA EN LA EVIDENCIA COMO MÉTODO DE FORMACIÓN DE ESPECIALISTAS 

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Aplicar la evidencia científica a la práctica clínica está suponiendo una revolución en la manera habitual de formar especialistas, que persigue mejorar la relación entre el médico y el paciente y por consiguiente la calidad de la atención prestada. Este método consiste en encontrar la mejor evidencia científica existente en el menor tiempo posible, con ayuda de herramientas informáticas, para aplicarla después a los problemas planteados en cada caso clínico. Su estudio y desarrollo es de gran interés no sólo como instrumento docente y de práctica clínica, sino también, como método de orientación del gasto sanitario. 

Según los partidarios de este método de formación, a pesar de que se está creando una red de profesionales sanitarios en nuestro país que está trabajando con estos criterios, es preciso una mayor sensibilización respecto a la implantación de esta nueva y revolucionaria metodología por parte de autoridades e instituciones sanitarias y de sociedades científicas. 

Este método tiene su origen en la Universidad de McMaster en Notario (Canadá), donde los especialistas en Medicina reciben una formación basada en la autoenseñanza distinta de la que se imparte en el resto de las facultades. El procedimiento lleva el mismo nombre que la Universidad, "Método McMaster", y consiste en trabajar en reducidos grupos de especialistas, huyendo de las habituales clases académicas, que, partiendo de un caso clínico real, intentan buscar la respuesta médica más adecuada, basándose en las experiencias, la literatura, y las bases de datos médicas de que dispone esta ciencia. Esta nueva forma de entender el aprendizaje de la Medicina confiere un valor añadido a cada especialista de forma individual, ya que los facultativos podrán realizar evaluaciones de las evidencias proporcionadas por los expertos.  


La opinión generalizada es que el mejor modelo de formación es el que se planifica de forma conjunta entre tutor y residente. Las imposiciones y las normas rígidas sólo llevan a la indiferencia y al desinterés, provocando el distanciamiento. Adquiere un valor añadido el hecho de establecer una estructura de comunicación entre el tutor y el residente que facilite el proceso formativo, y que ha de quedar consolidada desde la primera fase de relación. Esta estructura ha de modificarse y evolucionar conforme el residente va encontrando su espacio en el centro docente, y redefiniéndose en el curso del aprendizaje. Además de las anteriores afirmaciones, las encuestas al respecto permiten constatar cómo el actual sistema de formación de especialistas sanitarios cumple los objetivos planteados en cuanto a que es capaz de proporcionar profesionales que cumplan con su trabajo con gran competencia. Sin embargo, también existe la percepción de que el trabajo de los tutores está inadecuadamente valorado, desacoplado respecto a la organización asistencial, y por lo tanto, insuficientemente reconocido. El sistema actual de formación, según los actores implicados en él, funciona a base de un gran voluntarismo. 

Propuestas de mejora 

Tanto para tutores como para residentes, la docencia posgraduada debería constituir una oferta más en la cartera de servicios de la unidad asistencial, así como un objetivo adicional de dicha unidad, aunque diferenciada de ella de tal forma que se incluya en el trabajo asistencial diario del que participan los demás miembros de la plantilla, y con una estructura estable reconocida y adaptada por todo el personal. Para conseguirlo, hay que proporcionar cierta capacidad de independencia a la estructura docente, pues no debe estar supeditada a la labor asistencial. Esta estructura sería un compromiso que suscribiría dicha unidad con la docencia postgraduada, y debería partir de una valoración de la capacidad formativa de cada centro, teniendo siempre en cuenta las necesidades en cuanto a cargas de trabajo y fluctuaciones de demanda asistencial, junto a la capacidad de formar, porque sólo así se podría conseguir un entorno asistencial preocupado por la docencia y no supeditado a él. 

Todos los miembros de la plantilla deberían participar en el proceso de selección del responsable de formación, basándose tanto en méritos académicos o profesionales, como en méritos personales, sobre todo en lo que respecta a la comunicación y relación interpersonal. Por tanto, más que un baremo estricto, debería tenerse en cuenta para la selección un balance cualitativo y cuantitativo de los méritos del facultativo en cuestión. Por otra parte, la antigüedad es uno de los condicionantes más relevantes en este sentido, pues el tiempo de permanencia en un centro facilita la conexión con otras unidades docentes, la solución de problemas, y el profundo conocimiento del medio que le rodea. 

Una de las reclamaciones efectuadas con más ahínco y en mayor número de ocasiones desde hace algunos años en el sistema MIR es la del cambio del libro de residente, único para todas las especialidades, por una memoria anual de actividades en la que el residente registrara los datos de actividad clínica. Además, sería necesario elaborar un documento de adecuación docente por parte del tutor que estableciera antes de la incorporación de los primeros residentes los objetivos, planificación y recursos que se pueden dar. Esta memoria anual del tutor, que desarrollaría, por tanto, los planes individuales de formación y la colaboración formativa y organizativa con las unidades docentes y con la propia comisión de docencia, sería un documento homogéneo que reduciría el conflicto con la asistencia, al tiempo que detectaría desviaciones y diferencias formativas con el fin de reducirlas o eliminarlas. Con la memoria anual del tutor, la memoria de actividad del residente y la valoración del desarrollo formativo se podría elaborar un programa que sirviera a la comisión de docencia como guía para la evaluación de la calidad de la formación impartida en la unidad. Hasta el momento, esa calidad se presupone, pero no existen unos elementos específicos que permitan juzgarla con objetividad. Por otra parte, la comisión de docencia debería tener un papel mucho más activo, una capacidad de decisión y operativa más clara que la actual. 

En cuanto al reconocimiento de la labor del tutor, habría que diferenciar los recursos materiales y humanos que son necesarios para desarrollar su actividad -los cuales difícilmente pueden ser considerados como una retribución o recompensa-, de los méritos y de la auténtica valoración de su trabajo. Existe unanimidad entre todos los implicados en el proceso formativo en considerar que es necesario especificar un tiempo de dedicación docente, que debería estar en función del número de residentes con horas de actividad, y que debería realizarse en un horario "normal", además de ser reconocido y ejercitado por todos independientemente de la asistencia. La mayoría de los tutores se muestra reticente a introducir criterios económicos, pues prefiere una valoración similar a la jefatura de sección o una valoración específica en cuanto a baremo profesional o de modelo de carrera profesional. El mejor reconocimiento, según los tutores, sería la dotación de recursos suficientes -tiempo fundamentalmente- para poder desempeñar su función docente.  
 

 
 

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