El dolor en la infancia
| LA EDAD INFANTIL REUNE CIERTAS
PARTICULARIDADES QUE VAN A CONFERIR AL MANEJO DEL DOLOR ALGUNOS ASPECTOS PROPIOS DE ESA
ETAPA DE LA VIDA, LO QUE OBLIGA A CONSIDERARLO POR SEPARADO DEL QUE AQUEJA A OTRAS EDADES |

|
Dr. José Ignacio de Arana Amurrio
Profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid
Resulta obvio decir que un niño puede, y de hecho así ocurre, padecer dolor ante
cualquier situación que lo provoque en el adulto. No obstante, la edad infantil reúne
ciertas particularidades que, al igual que en otros muchos procesos patológicos, van a
conferir al dolor algunos aspectos propios de esa época cronológica que nos obligan a
considerarlo por separado del que aqueja a otras edades.
En primer lugar, es bien conocido que en la vivencia dolorosa influyen tanto el hecho
objetivo que lo ocasiona como el subjetivo de la capacidad de tolerancia al mismo. En los
niños este segundo factor está menos desarrollado que en el adulto. El niño que sufre
un traumatismo mientras juega puede no manifestar queja alguna aun cuando la lesión
recibida sea "objetivamente" dolorosa; o, por el contrario, responder de forma
aparatosa y hasta preocupante a otras lesiones que consideraríamos nimias: un leve golpe,
una otitis de poca agresividad o los conocidos episodios de "cólicos del
lactante", con intenso dolor y debidos sencillamente a meteorismo intestinal. Por
otra parte, en la manifestación del dolor para ser estudiado y atendido es muy importante
la verbalización que el paciente haga del síntoma; algo que es poco eficaz en los niños
pequeños y
falta
por completo en los de menor edad. Por ello será necesario recurrir a la valoración
sintomática mediante otros criterios entre los que, como veremos, predominan las
variaciones en la expresividad corporal o la alteración de ciertos parámetros
biológicos.
En segundo lugar, la infancia va a presentar un amplio grupo de patologías en las que
el primordial, si no el único, dato con el que se enfrentará el médico es precisamente
el dolor más o menos intenso pero reiterado y de larga evolución, que obligará a
complicados procedimientos de diagnóstico diferencial. Son los más destacados el dolor
abdominal recurrente, los dolores de extremidades y las cefaleas continuas o
recidivantes.
Y una tercera cuestión a tener en cuenta es la de la medicación analgésica. No todos
los productos son adecuados para su utilización pediátrica, bien por sus
características farmacológicas o por su potencial toxicidad para un organismo en
desarrollo. Pero es que, además, y éste es un problema de la mayor importancia que exige
un detallado conocimiento, la dosificación de los medicamentos analgésicos no se rige en
la infancia por las pautas habituales de la Medicina del adulto sino que el ajuste de
dosis se ha de hacer en función de factores individuales como la edad, el peso o la
superficie corporal; y otro tanto cabe decir sobre la duración de estos
tratamientos.
Enumeradas, pues, las singularidades que la edad pediátrica otorga al dolor, pasemos
ahora a describir con detalle cada una de ellas.
Expresividad del dolor en la infancia
Ni siquiera en este apartado puede haber uniformidad pues los modos de expresar el
dolor van a ser muy diferentes entre niños de distintas edades.
La mayor dificultad se plantea en los niños de muy corta edad: recién nacidos y
lactantes con nula capacidad de verbalizar las sensaciones. Desde luego que la expresión
más habitual será el llanto, pero hemos de tener en cuenta que este signo aparece
también ante sensaciones de disconfort como el frío, el calor, la humedad derivada de la
incontinencia de esfínteres y, por supuesto con la mayor frecuencia, el hambre. Saber
distinguir el significado del llanto precisa de un aprendizaje en el que el más
importante factor es la experiencia; algo que casi instintivamente adquieren las madres
pero que no es a menudo tan fácil para otras personas incluyendo a los propios
médicos.
En un ya clásico y conocido trabajo, varios doctores de centros pediátricos del mayor
prestigio en los países nórdicos (O. Wasz-Hockert, J. Lind, V. Vuorenkoski, T. Partanen
y E. Valanne)1 realizaron un estudio del llanto en el lactante y en el recién nacido
mediante el registro sonoro que luego era sometido a un exhaustivo y meticuloso análisis
de espectrografía sónica. En él se analizaban detalles como la duración, el tono, la
variación, la voz, los plosivos glóticos, la fricación vocal, la nasalidad, la
tensión, el quiebro subarmónico y otros varios. El resultado fue una interesantísima
clasificación de los tipos de llanto: el vagido del nacimiento, el llanto de dolor, el de
hambre y varios llantos que caracterizan situaciones patológicas en el niño de los que
el más conocido es el síndrome del maullido de gato provocado por la delección del
brazo corto del cromosoma (5).
Este método, con la correspondiente grabación, resulta muy útil para la enseñanza
práctica al alumnado de Medicina o de enfermería, pero desde luego no está al alcance
de la práctica cotidiana de estos profesionales.
Otro tipo de trabajos se han dirigido a intentar establecer una escala puntuable de
signos de dolor en niños pequeños sometidos a actuaciones quirúrgicas con el fin de
determinar la necesidad de una u otra medicación analgésica.
El más detallado de estos métodos quizá sea el denominado M.I.P.S. (escala
modificada del dolor en la infancia)(2) que recoge hasta trece criterios, unos de
comportamiento y expresividad corporal y otros fisiológicos más objetivables.
En cualquier caso, tanto este método como el anteriormente comentado del registro y
análisis sonoro del llanto no son, hay que repetirlo, prácticas habituales en el
ejercicio pediátrico. En ese día a día, momento a momento, que constituye la práctica
pediátrica, deberemos, pues, fiar nuestra apreciación del dolor a criterios un tanto
subjetivos del médico basados en su experiencia. A este respecto conviene tener en cuenta
algunos detalles.
En el niño pequeño existe lo que se denomina solidaridad funcional, que significa que
una patología de una determinada porción del organismo puede manifestarse con síntomas
generales o con otros muy alejados del punto exacto en el que asienta dicha patología.
Todo el organismo responde solidariamente y ello dificulta con harta frecuencia la
localización real de la enfermedad. En cuanto a la localización del dolor, las
metámeras nerviosas que lo reflejan en el córtex cerebral están escasamente
desarrolladas lo que condiciona que el niño no sea capaz de señalarse con exactitud el
lugar doloroso. Esto es especialmente manifiesto en el caso de los dolores abdominales: el
pequeño se señalará siempre la zona periumbilical tanto si el origen del dolor está en
el mesogastrio como si es en la zona apendicular, el hemiabdomen izquierdo o los
hipocondrios. Por esta circunstancia, cuando un niño en sus primeros años es capaz de
situar un dolor "a punta de dedo" este detalle adquiere una excepcional
importancia orientativa para el diagnóstico.
En el niño algo mayor, en edad escolar especialmente, hay dos factores que deberemos
tener siempre muy presentes a la hora de valorar una manifestación dolorosa.
Uno es la simulación. El dolor, cuando no se acompaña de otra sintomatología es
prácticamente indemostrable -y esto, claro, a cualquier edad-; no existe un aparato
medidor del dolor, un "algidómetro", y las más de las veces el médico debe
dar crédito a la manifestación del paciente. En los niños la simulación del dolor, o
la exageración de su auténtico grado, suele obedecer a la búsqueda de un beneficio
inmediato en forma de mayor atención y afectividad por parte de los padres, del logro de
un absentismo escolar en situaciones de rechazo, incluso en ocasiones de conseguir una
hospitalización que los aleje de un ambiente familiar conflictivo; son cada vez más
frecuentes los casos de hijos de familias desestructuradas o que viven trances de alta
tensión en la convivencia, que buscan un alejamiento aunque sea recurriendo a tener que
ser hospitalizados ante unas manifestaciones dolorosas alarmantes para el médico que los
recibe en el cuarto de guardia.
La situación contraria, pero también vista con frecuencia, es la del niño que
minimiza sus síntomas dolorosos por el temor a ser sometido a métodos exploratorios o
terapéuticos que él imagina, o conoce ya de experiencias anteriores, como altamente
molestos o dolorosos en sí mismos: venopunciones, exploraciones de faringe, oídos o
abdominales, etc.
El médico que explora a un niño de estas edades tiene que utilizar la observación de
signos indirectos de dolor, signos físicos, objetivables, que acompañan inexcusablemente
a la sensación dolorosa. Ante la manipulación de una zona supuestamente dolorosa, el
niño difícilmente podrá evitar la manifestación de signos como la contractura muscular
antiálgica, el rictus facial o, menos aún, la midriasis que se produce como un reflejo
ante un dolor intenso. Y, por el contrario, en los casos de simulación estos signos no
aparecerán sobre todo si durante la exploración se distrae la atención del paciente por
cualquier procedimiento: un juguete atractivo, la charla sobre temas escolares o de juego,
etc. También es importante a veces explorar al niño sin la presencia de los familiares a
los que tratará de impresionar con sus muestras álgicas.
SÍndromes dolorosos recidivantes de la infancia
Todo niño presenta dolor en algún momento u otro, y en cualquier revisión de los
dolores recidivantes debe excluirse el dolor muy ocasional o trivial. Sin embargo, se ha
comprobado que los dolores que se presentan durante períodos considerablemente largos
(meses o años), y de intensidad suficiente para afectar el aspecto o las actividades del
niño son muy frecuentes. Es uno de los trastornos más corrientes de la infancia, y si no
se enfocan de forma comprensiva resulta a menudo desconcertante.
El dolor abdominal recidivante se presenta en 1 de cada 9 niños en edad escolar. El
dolor recidivante de las extremidades en 1 de cada 25. La cefalea recidivante, una de las
causas más frecuentes de repetidas ausencias
escolares en los niños mayores, se registra en 1 de
cada 7 niños, aunque sólo en una mínima proporción ese dolor se describe como
intenso.
Existen muchos nexos entre los niños con dolores recidivantes en las tres
localizaciones que acabo de enumerar. En la gran mayoría no existe ningún trastorno
físico que explique los dolores y sin embargo los trastornos de orden emocional son
frecuentes y a menudo similares. También sus familiares son propensos a presentar dolores
y alteraciones "nerviosas" similares aunque acomodadas a las peculiaridades del
adulto.
Ante este fondo puede sospecharse una causa común a los tres grupos. Esta posibilidad
es apoyada por algunas características de los propios dolores. Una historia detallada
demuestra que aunque los dolores casi siempre predominan en un sitio, en más de una
tercera parte de los casos también se presentan en otras localizaciones, bien sea en el
mismo momento o en momentos diferentes.
Debido a las semejanzas e interrelaciones entre los dolores, entre los niños que los
sufren y también entre sus familias, estos dolores recidivantes inorgánicos corrientes
en la niñez deben ser agrupados juntos. Constituyen expresiones de un tipo de reacción a
una tensión emocional que a menudo forma parte del patrón familiar(3). El diagnóstico
exacto es importante para un tratamiento adecuado y para evitar innecesarios ingresos
hospitalarios y exploraciones que suponen un grave quebranto económico y un auténtico
riesgo para el niño. Es también importante porque sin un apropiado tratamiento el
pronóstico es con frecuencia malo y muchos de estos niños no llegan a verse liberados de
los síntomas.
Dolor abdominal recidivante
Entre la gran cantidad de niños que presentan esta manifestación el número de casos
en los que se ha encontrado una causa orgánica ronda el 5-7 por ciento. Desde luego que
cuando exista una enfermedad orgánica es importante diagnosticarla cuanto antes. Pero las
investigaciones deben ser llevadas a cabo con criterios bien medidos. En muchas ocasiones
la solicitud y práctica de numerosas pruebas complementarias de forma indiscriminada
puede no hacer otra cosa sino perpetuar el síndrome.
Tradicionalmente, se han venido achacando estos dolores a diagnósticos que, según se
ha comprobado, no tienen ninguna justificación. Tal es el caso de la apendicitis
crónica, entidad inexistente; la parasitosis intestinal, enfermedad tan frecuente que se
puede comprobar cómo muchos niños que la padecen no aquejan en absoluto dolor abdominal;
o la adenitis mesentérica inespecífica, una entelequia no menor que la apendicitis
crónica.
Las enfermedades de las vías urinarias explican la mitad de las auténticas causas
orgánicas del dolor abdominal recidivante. Infecciones renales crónicas, pielonefritis,
hidronefrosis y las más raras calculosis deben buscarse desde un primer momento mediante
la práctica de urocultivos, ecografías y eventuales pruebas radiológicas con
contraste.
Entre los trastornos del aparato digestivo cada vez adquiere mayor importancia por el
progresivo aumento de casos detectados la enfermedad inflamatoria intestinal (EII) en sus
diversas manifestaciones como ileítis de Crohn, colitis ulcerosa, etc.; asimismo hay que
pensar en la posibilidad de una diverticulitis de Meckel, una esofagitis por reflujo o
incluso una úlcera péptica por colonización de helycobacter pylori fácil de detectar
con pruebas sencillas y no invasivas. El estreñimiento crónico, favorecido por malas
técnicas alimenticias y por el sedentarismo, es también una causa frecuente de dolor
abdominal que se detectará en una correcta y detenida anamnesis.
Algunos procesos extraabdominales pueden provocar el cuadro y entre ellos no se puede
olvidar el dolor abdominal como equivalente epiléptico, aunque aquí casi siempre existe
una historia de afectación transitoria de la conciencia o de convulsiones típicas.
Sin embargo, como ya se avanzó, en la inmensa mayoría de los niños con dolor
abdominal recidivante la historia familiar y personal, junto con un examen clínico y una
mínima exploración, proporcionan importantes pruebas positivas y negativas de que el
trastorno subyacente es psicológico. La evidencia negativa la tenemos en la ausencia de
enfermedad orgánica demostrable; la evidencia positiva en el trastorno emocional. Pero ni
uno ni otro criterio bastan por sí mismos para justificar concluyentemente que el
síntoma es debido a un estado de tensión emocional, por lo que se debe mantener una
expectación diagnostica a lo largo del tiempo, eso sí, procurando diferir en lo posible
las investigaciones físicas más molestas.
A la hora de evidenciar la existencia de un trastorno emocional, el médico puede
reconocer distintos signos. La inteligencia media es igual a la de los niños sin dolores.
Algunos de los que presentan dolor pueden mostrar una apariencia externa engañosamente
plácida, pero en realidad son inquietos, tímidos y ansiosos. La mayoría son muy
concienzudos (al igual que sus padres), retraídos, pero casi nunca agresivos. Suelen
demostrarse otras expresiones de alteración emocional: fobias, dificultades escolares,
trastornos del sueño, problemas con la alimentación y carácter inquieto. En los niños
mayorcitos el dolor abdominal recidivante acompañado de miedos irracionales, trastornos
del estado de ánimo e inadaptación social puede indicar un serio proceso de depresión
infantil sobre el que habrá que intervenir rápida y enérgicamente(4).
Es más probable que exista una causa orgánica si el dolor no es central, si presenta
una localización clara y constante y si no aparece en otro lugar del cuerpo.
Evidentemente, la asociación con otros síntomas es altamente sugestiva de padecimiento
orgánico: fiebre, pérdida de peso, deterioro del estado general, palidez, hemorragias
digestivas, síndrome miccional, visceromegalia, etc. La intensidad del dolor, por el
contrario, no es un dato fiable e, incluso, puede ser desorientador. Desde luego de lo que
siempre ha de tener conciencia el médico es de que el dolor, sea cual sea su origen, es
un dolor real en la inmensa mayoría de las ocasiones y va a requerir, al margen o mejor
simultáneamente con el resto de los procedimientos asistenciales, la práctica de una
terapéutica analgésica por suave que sea, incluyendo a veces el placebo que también
puede ser un método de diagnóstico ex juvantibus.
Dolor recidivante de los miembros
Casi siempre este tipo de dolor es referido por el niño a las extremidades inferiores,
con una localización vaga en los muslos o alrededor de las rodillas y caderas. Sólo en
poco más de un 3 por ciento de los casos se encuentra patología orgánica.
Los diagnósticos que con más frecuencia se hacen son los de dolores de crecimiento,
de muy difícil explicación etiopatogénica, y el todavía menos justificable de
reumatismo subagudo. Sólo el dolor localizado en una o varias articulaciones y
acompañado o no de otros signos inflamatorios obligará a estudiar la posible existencia
de una patología de las incluidas en el amplísimo epígrafe de artritis de la infancia,
y más concretamente de las artritis crónicas como alguna de las múltiples formas de
artritis reumatoide que afectan a estas edades y que, efectivamente, cada día se detectan
con más frecuencia.
Otras veces serán defectos ortopédicos, quizá leves, en pies, rodillas o caderas,
los que se manifiesten como dolores recidivantes sin una localización precisa hasta que
se ha completado el estudio clínico y radiológico de esa parte del esqueleto infantil
muy proclive a estos padecimientos.
Los dolores de extremidades causados por estados de tensión emocional son, sin
embargo, los más habituales y para su diagnóstico valen igualmente los criterios citados
al hablar del dolor abdominal.
Cefalea recidivante
La mayoría de los niños presentan un cefalea en algún momento u otro, pero casi
siempre se asocia con una infección aguda de cualquier localización, aunque sea
extracraneal. La cefalea recidivante es, sin embargo, un problema corriente en la
infancia. Puede ser un síntoma aislado pero a menudo es únicamente uno entre varios.
Muchos de estos niños proceden de familias con adultos afectos de migrañas o cefaleas
crónicas.
El examen físico de estos niños debe incluir un examen neurológico completo,
exploración O.R.L., oftalmológica con estudio de fondo de ojo, y control de la tensión
arterial. Los defectos de refracción ocular son acusados en demasiadas ocasiones de ser
los causantes del dolor de cabeza en los niños, sobre todo en los de edad escolar. Pero
estos defectos son muy frecuentes en la infancia y no obstante sólo una mínima
proporción de niños padecen cefalea recidivante por ello. Otro tanto sucede con las
afecciones O.R.L. como las hipertrofias adenoideas o las sinusitis catarrales, también
hechas responsables con demasiada ligereza del cuadro doloroso persistente.
Si en los adultos se describen multitud de casos de cefaleas de tensión o emocionales,
no debe extrañarnos que ésta sea la causa, asimismo, más habitual en los niños
sometidos, no lo olvidemos, a duros esfuerzos emocionales en su trabajo escolar, su vida
familiar y su progresiva y necesaria adaptación a la vida social.
Analgesia en la infancia
Recordando los detalles comentados al comienzo de este artículo sobre las
particularidades de la edad infantil en relación con los distintos productos
farmacológicos, publicamos un protocolo de analgesia pediátrica básico (ver Tabla II) y
otro más extenso y detallado que se aplicará de forma gradual según la intensidad del
dolor (ver Tabla III). Ambos proceden de la Sección de Oncohematología Pediátrica del
H.G.U. Gregorio Marañón de Madrid.
NOTA: Deseo manifestar mi agradecimiento a la Dra. M.ª Ángeles
Cantalejo, Jefe de la Sección de Oncohematología Pediátrica del Hospital General
Universitario Gregorio Marañón de Madrid y a la Dra. Rosa Rodríguez, de la Unidad de
Cuidados Paliativos del mismo Centro, por las facilidades que me han dado para la
elaboración de este artículo.
| Bibliografía
|
1 El llanto en el lactante y
su significación diagnóstica. Barcelona. Edit. Científico Médica. Edición para
laboratorios Beecham S.A. 1981.
2 Mrk Buchholz, Helen W. Karl, Maureen Pomietto, Anne Lynn: "Pain Scores in Infants:
a Modified Infant Pain Scale versus Visual Analogue. Journal of Pain and Symptom
Management. Vol. 15 n.º 2. February 1998.
3 John Apley, Ronald Mac Keith: El niño y sus síntomas. Barcelona. Salvat Editores.
1970.
4 Ibídem. |
TABLA
I ESCALA MODIFICADA DEL DOLOR EN LA INFANCIA |
| . |
0 |
1 |
2 |
1º Sueño durante la
hora precedente. |
Ninguno |
Cortos sueños (5-10 minutos) |
Sueños largos (más de 10
minutos) |
2º Expresión facial.
-alzar la frente.
-abrir los labios.
-temblor de barbilla.
-boca estirada
vertical.
-boca estirada
horizontal.
-surco o arruga
nasolabial.
-apretarse los ojos. |
Marcado |
Menos marcado |
Calma. |
| 3º Calidad del llanto. |
Chillando, doloroso, tono
alto. |
Modulado, puede ser
frenético. |
No llora. |
| 4ºActividad motora espontánea. |
Agitación incesante. |
Agitación moderada. |
Normal. |
| 5º Susceptibilidad, mayor sensibilidad a los
estímulos. |
Tembloroso, movimientos
clónicos, reflejo de Moro espontáneo. |
Excesiva reacción a cualquier
estímulo. |
Tranquilo. |
| 6ª Flexión de los dedos de mano y pies. |
Pronunciado, marcado y constante.
|
Menos marcado,
intermitente. |
Ausente. |
| 7ª Chupar, mamar. |
Ausente o desorganizado. |
Intermitente con paradas por
llanto. |
Fuerte, rítmico,
pacífico. |
| 8º Tono general. |
Fuerte hipertonicidad. |
Moderada hipertonicidad. |
Normal. |
| 9º Consuelo del llanto. |
Ninguno después de 2 minutos |
Tranquilo después de 1
minuto. |
Tranquilo antes del
minuto. |
10º Sociabilidad (contacto ocular) en
respuesta a la voz;
sonrisa, etc. |
Ausente. |
Difícil de obtener. |
Fácil y prolongada. |
| 11º Cambios fisiológicos. |
10% de aumento o disminución de
la frecuencia cardíaca. |
. |
No cambios en la
frecuencia cardíaca. |
| 12º Cambios fisiológicos. |
10% de aumento o disminución en
la tensión arterial. |
. |
No cambios en la tensión
arterial. |
| 13º Cambios fisiológicos. |
Caída de la saturación de O2
superior al 4%. |
. |
Sin cambios en
la saturación de O2. |
Puntuación total
(máxima puntuación
posible 26, significa
que no hay dolor). |
. |
. |
. |