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El lenguaje de los médicos

La terminología médica, con más de 100.000 vocablos, es uno de los lenguajes especializados más importantes en todos los idiomas. Es un fiel reflejo del permanente progreso de la Medicina, que por otra parte, requiere un adecuado incremento del vocabulario para mantener una comunicación científica fluida. En este sentido, los Colegios Profesionales, las Sociedades Científicas y las Reales Academias pueden y deben realizar una labor de normalización de sus respectivos léxicos, ya que el idioma español, tal como explica el autor, es capaz de adaptarse a los cambios impuestos por el progreso sin menoscabo de su esencia.

Dr. Alfonso Ballesteros Fernández
Académico numerario de la Real Academia de Medicina de las Islas Baleares

Es muy probable que una de las características del siglo que ahora se inicia, y tal vez del milenio, sea el protagonismo abrumador que han adquirido las comunicaciones. Los progresos tecnológicos han hecho saltar por los aires fronteras milenarias y barreras que parecían inexpugnables. El crecimiento inusitado de los sistemas de comunicación más vanguardistas está alterando el equilibrio consuetudinario de todos los grupos sociales. El lenguaje, base esencial de toda comunicación, sufre de forma más llamativa esa influencia.

Aunque se denomina lenguaje a cualquier sistema de comunicación, a cualquier manera de expresarse, me referiré al lenguaje entendido como estilo o modo de hablar y escribir propio de un grupo; tiene un matiz más restrictivo que el de lengua o idioma que, con demasiada frecuencia, lleva incorporada una carga afectiva o política. A este respecto resulta curioso que el idioma de Cervantes tiene dos denominaciones unívocas a las que, a veces, se les da el matiz político. Comenzó, por su origen, llamándose castellano pero a partir del siglo XVI, coincidiendo con la expansión por América y Europa del imperio de Carlos I, el idioma predominante en la nación recién unificada comenzó a ser denominado internacionalmente español; el calificativo inicial de lengua castellana quedó para uso interno, al coexistir con otras lenguas españolas.

Nuestra constitución dice que el castellano es la lengua oficial del Estado, las constituciones de los países hispanoamericanos varían en la denominación de la lengua en la que están redactadas. En algunas no se especifica el idioma oficial del país, el resto, a partes iguales, denominan a su lengua español o castellano. Conviene recordar que hasta el año 1923 la Real Academia llamaba de la lengua castellana a su Diccionario y a la Gramática. Nuestro Nobel Cela recomienda, "al margen de malévolas eventualidades", que en España, para distinguirlo de otras lenguas también españolas, se llame castellano y en el extranjero español. La conveniencia de adoptar como sinónimas ambas denominaciones no es reciente, ya en 1611, Covarrubias tituló su célebre estudio lingüístico Tesoro de la lengua castellana o española.

Dentro de una misma lengua no sólo hay diferencias de denominación, también es posible apreciar marcadas diferencias de vocabulario, e, incluso, de sintaxis, asociadas a distintas actividades o circunstancias sociales. Cuando el estilo o modo de hablar o escribir está suficientemente diferenciado del lenguaje general se puede usar con propiedad el vocablo jerga. Aunque, en ocasiones, una jerga nace con intención de originalidad o marginación, las jergas profesionales responden a motivaciones de precisión.

El incremento de los conocimientos biomédicos es tan rápido que la utilización de numerosos tecnicismos es imprescindible. Las ciencias médicas han desarrollado un léxico tan extenso que supera con creces el número de vocablos de las lenguas modernas. Este aluvión de nuevos términos, incorporados precipitadamente, puede originar que la jerga de los galenos pase de ser un instrumento de precisión a un peligro para la comunicación científica.

El lenguaje médico muestra distintos matices de utilización. El de relación con otros colegas tiene todas las peculiaridades de una jerga. Las licencias del lenguaje clínico, hablado o escrito, se toleran en aras de la concisión. Un uso limitado de siglas o apócopes (ECO, Angio, etc.), la elipsis o supresión de palabras de una frase (v.g. no disnea, no adenomegalias) y otros vicios del lenguaje son aceptables mientras no alteren la claridad del mensaje. Por el contrario, para la comunicación entre el facultativo y el paciente, o su familia, es conveniente huir de la terminología excesivamente técnica; se puede conseguir transmitir una información precisa, dependiendo del nivel cultural de los interlocutores, con palabras sencillas. Sólo la bisoñería o la vanidad explican el uso extraprofesional de la jerga médica.

Las publicaciones médicas, como cualquier lenguaje científico, deben caracterizarse por la precisión, huyendo de las frases largas, de la abundancia de adjetivos y de cualquier pomposidad. La claridad de la información que se desea transmitir debe ser la condicionante esencial de cualquier artículo científico. No obstante, la precisión y la concisión no están reñidas con el ingenio. La tradicional afición humanística de muchos médicos ha permitido que sesudas comunicaciones profesionales fueran enriquecidas con alusiones bíblicas, metáforas mitológicas o citas de la literatura universal. Los grandes clínicos franceses del siglo XIX aderezaban sus descripciones patológicas con símiles de la vida cotidiana que reforzaban el mensaje. Es difícil olvidar que "el cáncer del recto navega con la bandera de las hemorroides". Aunque la prosa médica actual es menos proclive a estas metáforas, el vocabulario de especialidades tan vanguardistas como la inmunología está salpicado de símiles bélicos, que en ocasiones son tan poco eufónicos como denominar asesinas a unas determinadas células.

Las raíces del lenguaje médico se hallan en la Grecia clásica, en el Corpus Hippocraticum, que compiló los conocimientos de los médicos griegos de los siglos IV y V antes de Cristo. Por su origen románico, la mayoría de las palabras del léxico general castellano, y gran parte del vocabulario médico, son de procedencia latina. Los árabes, con sus ocho siglos de permanencia, aportaron al español unas 4.000 palabras; entre ellas predominan las agrícolas, por ejemplo, alberca y aljibe, o las militares, como alcázar o alférez. Por razones que no llego a entender, su influencia en el vocabulario médico es casi imperceptible, alcohol o elixir son algunos de los pocos vestigios que dejó la desarrollada Medicina musulmana. Otro tanto sucede con las lenguas indígenas americanas y algunos idiomas románicos próximos, como el catalán, italiano o portugués, que han aportado abundantes voces al lenguaje común pero no al vocabulario médico.

Además de las raíces grecorromanas, nuestro vocabulario científico se ha ido nutriendo de extranjerismos provenientes de los países que han ido ostentando la hegemonía económica y cultural. En el transcurso de los siglos XVIII y XIX los intelectuales germanoparlantes ocuparon el lugar más destacado en la mayoría de las disciplinas médicas. Hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, el protagonismo de los países centroeuropeos fue total. Afortunadamente, los científicos de habla alemana comunicaron sus aportaciones creando neologismos de impecable raíz grecolatina.

Es oportuno recordar que el latín fue la lengua universitaria en los países germánicos hasta bien avanzado el siglo XIX. Citoplasma, fagocitosis, toxina, embolia y otros cientos de vocablos de apariencia clásica fueron neologismos creados por los investigadores centroeuropeos. La dificultad para conocer adecuadamente la lengua alemana contribuyó a evitar que traductores aficionados contaminaran la nuestra con traducciones inadecuadas.

Desde su nacimiento, el francés ejerció una influencia evidente en el castellano. Jardín o vinagre son ejemplos de galicismos que se adoptaron precozmente. Con el reinado de Felipe V esta influencia se acrecentó y mantuvo su hegemonía como lengua extranjera hasta el último tercio del siglo XX. Es muy significativo que D. Santiago Ramón y Cajal, que también hablaba el alemán, leyera en francés su discurso de recepción del premio Nobel. La lengua francesa ha aportado gran número de neologismos al léxico médico español. Su origen se muestra por la terminación age, que se castellanizó con jota como cerclaje, drenaje, y un sin número de galicismos totalmente adaptados a nuestro idioma.

El inglés tuvo una influencia mínima en la lengua castellana y en vocabulario médico hasta mediados del siglo que ahora ha concluido; el final de la Segunda Guerra Mundial catapulcó a los Estados Unidos de Norteamérica al liderazgo indiscutible de la mayoría de las actividades científicas y culturales. Los anglicismos colonizaron a todos los medios de comunicación y contaminaron a todos los idiomas del planeta. Resulta estremecedor que el inglés, en apenas medio siglo, haya introducido en nuestra lengua más palabras que el árabe en ocho centurias.

Hasta el aluvión de los anglicismos, la importación de palabras foráneas se debía a razones culturales, científicas o sociales. La penetración se hacía sosegadamente a través de personas cultas, dotadas de suficientes conocimientos lingüísticos. Por el contrario, la avalancha inglesa se ha colado en el lenguaje común a través de medios audiovisuales, muchas veces manejados por gentes que desconocen ambos idiomas y emplean los vocablos extranjeros con la pretensión de incrementar su prestigio o dar lustre de modernidad a lo que designan.

lenguaje1.gif (1372 bytes)El léxico médico ha seguido una evolución histórica paralela a la del lenguaje común y ha tenido que recurrir a la importación de extranjerismos para suplir carencias semánticas. La terminología médica, con más de 100.000 vocablos, es uno de los lenguajes especializados más importantes en todos los idiomas. Es un fiel reflejo del permanente progreso de la Medicina, que requiere un adecuado incremento del vocabulario para mantener una comunicación científica fluida. Es imprescindible que cualquier lengua moderna tenga suficiente plasticidad para adaptarse al dinamismo de los continuos descubrimientos científicos.

La incuestionable hegemonía de la lengua inglesa en todas las actividades científicas, culturales e incluso sociales explica la implantación masiva de anglicismos en la jerga médica. La cuarta parte de los libros de Medicina editados en español son traducciones de esa lengua y más del 80 por ciento de las citas bibliográficas de las publicaciones que se editan en castellano provienen de revistas escritas en inglés, aunque sean de países no anglosajones.

La adopción de estos extranjerismos es respetable si es el resultado de una necesidad lingüística, gracias a ellos es posible convivir con el mundo actual. No existe ninguna lengua moderna que pueda permanecer pura, todas son el resultado de un mestizaje enriquecedor; lo que resulta inaceptable es la importación de palabras foráneas por razones de ignorancia, pereza o pedantería. En opinión de Lázaro Carreter "algunos extranjerismos obedecen más a la necedad que a la necesidad".

Cualquier vocablo nuevo será bien aceptado si cumple dos condiciones. La primera, esencial, es que sea necesario, por no existir ninguna palabra equivalente en nuestra lengua; la segunda es que se adapte a las normas lingüísticas del español. El aluvión de neologismos está ignorando estas premisas. Cada día son más frecuentes nuevas palabras innecesarias. Posicionar o posicionamiento son horribles ejemplos, este calco de positioning ha calado en el lenguaje común a pesar de disponer de suficientes voces que expresan la idea de situar o colocar.

La incorporación de un extranjerismo se puede realizar de varias formas. La directa es la simple adopción de la palabra original sin ninguna transformación, shock o test son ejemplos bien conocidos. El principal problema que crean es lograr plurales que se adapten a nuestra gramática y sean eufónicos. El plural de test, según la ortodoxia, sería testes que, obviamente, tiene un sentido muy diferente. Por desgracia, la mayoría de los anglicismos que tienen sinónimos españoles, en estos casos colapso y prueba, están completamente afincados en el lenguaje cotidiano, a pesar de que resultan extraños para nuestro sistema fonético.

El célebre air-bag de los vehículos es un ejemplo inaceptable. Resulta mucho más natural la castellanización del término; escáner, esnifar y estrés son muestra de anglicismos bien incorporados, que incluso ya figuran en el Diccionario de la Lengua Española. La búsqueda de un sinónimo español también es loable. By-pass equivale a la derivación o puente, score puede traducirse por marcador o puntuación. La poca facilidad del castellano para proporcionar vocablos breves, capaces de sustituir a un anglicismo es una seria dificultad; es evidente que stent es una expresión más ágil que prótesis endovascular. En la práctica hay tecnicismos de tan estricta especialización que no vale la pena tratar de hispanizarlos. Una forma más elegante de incorporar nuevas palabras es acuñar neologismos siguiendo las raíces grecolatinas. Hairy cell leukemia fue traducida literalmente como leucemia de células peludas, es de desear que se vaya sustituyendo por el neologismo tricoleucemia (del griego trikos, pelo), que es un prefijo médico clásico y más eufónico. La traducción de killer cell es, sin duda, célula asesina pero suena mucho mejor célula citocida (del verbo latino occido, matar), denominación que hubieran aceptado los investigadores centroeuropeos que desarrollaron el estudio de las células.

Con demasiada frecuencia traductores aficionados pasan al español vocablos ingleses con grafía parecida pero de significado diferente. Estas palabras de traducción engañosa, también denominadas "falsos amigos", se han ido colando masivamente y han llegado a modificar el sentido genuino de la palabra castellana. Eventually significa finalmente, a la larga, no eventualmente. Disorder en español es trastorno o alteración pero en ningún caso es desorden. Una traducción engañosa y estúpida que ya se ha enquistado en el vocabulario médico es evidencia. Evidence debe traducirse como prueba o hallazgo pero no como evidencia, que en español se aplica a lo que no necesita demostración. Según esta desafortunada traducción, la expresión "Medicina basada en la evidencia" significa, en sentido estricto, Medicina que no necesita demostración, es decir, lo contrario del sentido de la expresión inglesa que debería haber sido traducida como "Medicina basada en pruebas", en datos objetivos.

Resulta obvio que, aunque debamos ser puristas ante la incontrolada llegada de extranjerismos, es preciso ser condescendientes con los neologismos que sean necesarios, aunque no estén aceptados por la Real Academia. Es casi imposible escribir un artículo científico respetando el diccionario de la docta institución, que por tratarse de un diccionario general sólo recoge los neo-logismos médicos que ya han trascendido al lenguaje popular. Lo que sanciona a un vocablo es el uso habitual por gran parte de la población o un grupo social importante. Lain Entralgo sostiene que "la abundancia de neologismos es el mejor índice de la vitalidad de una lengua".

Además de ser invadido de anglicismos, el castellano se ha contaminado de derivados insólitos e innecesarios. Situacional, muestral o poblacional son ejemplos de esos extraños vocablos terminados en al, que se emplean para impresionar o por ignorancia.

Las siglas y los acrónimos son un buen medio para agilizar un mensaje escrito. Aunque se emplean desde antiguo, recuérdese el INRI, todas las publicaciones actuales, sobre todo las científicas, abusan hasta el hartazgo de lo que para Dámaso Alonso son "un gris ejército esquelético". Ambas abreviaciones son recursos lingüísticos que permiten simplificar los escritos pero, si no se siguen convenciones establecidas, pueden ser fuente de errores y confusiones. Si su significado no es de conocimiento general es necesario indicarlo la primera vez que aparecen en el texto. En lo posible es conveniente su hispanización, no obstante láser se adoptó sin cambios, tal vez por ser eufónico, mientras que sida resultó de la traducción de AIDS, que es un sonido muy extraño para nuestros oídos. En las siglas y en los acrónimos no se leen las palabras que les dieron origen pero las abreviaturas, que suelen limitarse al mundo de la cortesía, deben leerse por completo para evitar posibles confusiones, es evidente que dr. Se lee doctor.

La contaminación inglesa no sólo ha afectado a las palabras, los malos traductores han contaminado la sintaxis, la estructura de la lengua. El vicio más evidente es el abuso de la voz pasiva. En español sólo se recurre a ella cuando se desconoce el sujeto de la acción, como cuando indicamos que un hospital fue inaugurado en determinada fecha. Igual sucede con el uso abusivo del gerundio, en castellano se usa sólo cuando se trata de una acción simultánea o inmediatamente anterior. Es habitual oír en nuestros hospitales que se practicó una exploración no encontrándose nada anormal, lo correcto es decir que no se encontró nada anormal.

Sin restarle importancia, esta contaminación de la sintaxis aparenta, al menos para el oído, una agresión al lenguaje más tolerante.

lenguaje2.gif (1151 bytes)Al tratarse de una jerga profesional, los vicios del lenguaje de los médicos se transmiten a la lengua general de forma muy limitada. Por el contrario, los políticos y los periodistas, contaminados con el idioma de Walt Disney, influyen decisivamente en la evolución de la lengua popular. Particular responsabilidad tienen los medios audiovisuales que, por la obligada improvisación, tienen mayor dificultad para cuidar las cuestiones lingüísticas.

La informática, que en los últimos decenios ha crecido exponencialmente, ha necesitado la adopción masiva de vocablos nuevos para designar conceptos y funciones totalmente innovadores. La jerga informática anglosajona, criticada incluso en sus países de origen, resulta aún más deletérea al ser traducida improvisadamente al español por traductores de ocasión que desconocen ambos idiomas. Este cyber-spanglish se ha extendido de forma alarmante al socaire de la difusión del Internet, donde más del 75 por ciento de los contenidos están redactados en inglés, casi siempre poco ortodoxo. Se llama spanglish a un sublenguaje híbrido que resulta de retocar palabras inglesas para adaptarlas a la fonética castellana. Para Lázaro Carreter es una "mezcla de despojos castellanos y cascotes del inglés" que realizan los hispanohablantes incultos residentes en Norteamérica. Con frecuencia, el significado de la palabra resultante no tiene ninguna relación con el de la española original. Algunos ejemplos son muy demostrativos; aplicación es sinónimo de solicitud, por derivación de application; tinaja no designa al clásico recipiente, significa jovencita por transformación de teen-ager; carpeta es la denominación de moqueta, que en inglés se llama carpet. El número de estas palabras espurias es tan elevado que ya han aparecido algunos diccionarios. Por si fuera poco, la conjugación castellana de verbos ingleses es habitual; printear, mapear, etc. son verboides que van colándose en el vocabulario coloquial. El spanglish, que incluso ha encontrado hueco en algunos medios de comunicación americanos, podría ser una amenaza para la unidad de la lengua española, sobre todo teniendo en cuenta que los 32 millones de hispanoparlantes que hay en los Estados Unidos superarán los 100 millones a mediados del siglo que ahora se inicia. El recuerdo de lo sucedido con el latín parece traer presagios de fragmentación del idioma común. Afortunadamente, la Academia Norteamericana de la Lengua Española realiza una encomiable labor para mantener la unidad de nuestro sistema lingüístico.

Las previsiones de los expertos sobre el futuro del idioma castellano son muy halagüeñas. De las grandes lenguas mundiales, que superan los 400 millones de parlantes, sólo el inglés y el español tienen capacidad de ser universales. El chino mandarín, el hindi y el árabe utilizan alfabetos complicados que se adaptan mal a los sistemas informáticos. El inglés y el español, por el contrario, emplean el fácil alfabeto latino y se extienden por amplias regiones del planeta sin fronteras raciales, religiosas o políticas. Aunque el inglés supera al español en aportaciones científicas y técnicas, nuestra lengua tiene la ventaja de que se mantiene más homogénea por poseer una gramática y un diccionario universalmente aceptados. Además, dispone de una ortografía más sencilla, que está bien regulada, y su sistema fonético es simple y nítido, con vocales inequívocas y consonantes bien caracterizadas. Estas peculiaridades hacen del castellano una lengua especialmente idónea para poder ser dictada a los ordenadores. Un idioma oficial en 21 países, hablado por más de 400 millones de personas, no es sólo un bien cultural, representa un potencial comercial tan importante que en las Universidades norteamericanas reciben cursos de español el 60 por ciento de sus estudiantes.

Afortunadamente, cada día son más frecuentes las llamadas de atención sobre la necesidad de cuidar un bien tan preciado. La preocupación por el deterioro del lenguaje de la Medicina no es reciente, ya en 1958 Laín Entralgo escribía sobre lo que denominaba "patología del lenguaje médico". Es esperanzador el incremento del número de artículos que las revistas médicas publican sobre asuntos lingüísticos. Debo destacar la continua y documentada labor que, desde hace años, realiza el doctor Fernando Navarro, miembro de la comisión de traducciones de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y traductor médico de los Laboratorios Roche. Parte de sus magistrales artículos han sido recogidos en la monografía Traducción y lenguaje en Medicina. La prestigiosa revista Medicina Clínica celebró su cincuentenario con la publicación de un manual de estilo que ha marcado un hito en el cuidado del lenguaje de las publicaciones biomédicas.

La adopción de manuales de estilo, en lo que la agencia EFE fue pionera, es un medio eficaz de reducir el deterioro de la lengua. La evolución de los idiomas está en manos de los medios de comunicación; el lenguaje que emplean, sobre todo en los programas televisivos más populares, es el modelo principal para el pueblo llano. Sería deseable que una buena cultura lingüística fuera una exigencia esencial para todos los que tienen tan influyente labor. La diversidad coloquial, derivada de los diferentes ámbitos geográficos y socioculturales, puede compensarse por la beneficiosa función integradora que ejercen los medios de comunicación.

Una ventaja derivada de la inevitable globalización será la progresiva desaparición de los localismos, surgiendo un neoespañol o lengua panhispánica, que, a comienzos del siglo pasado, ya defendía D. Miguel de Unamuno. El rector de Salamanca se preguntaba "¿con qué derecho se ha de arrogar Castilla o España el cacicato lingüístico? El futuro lenguaje hispánico no puede ni debe ser una mera expansión del castizo castellano, sino una integración de hablas diferenciadas". Los españoles, desde nuestro exiguo peso demográfico, debemos aceptar complacidos las formas de expresión utilizadas por los otros hispanoparlantes. Aunque nos recuerden a las denostadas series televisivas, habitualmente son vocablos de recia raigambre castellana. Hablar una misma lengua no significa emplear idénticos vocablos; hay muchas expresiones del otro lado del Atlántico que tienen raíces de gran solera. La piscina española (del latín piscis, pez) tiene su equivalente en la alberca mexicana (del árabe al-birka, estanque) y en la pileta argentina, diminutivo de pila.

Las 22 Academias de la Lengua Española, con su Diccionario y la Ortografía, recogen las coincidencias a que han llegado, a lo largo de los siglos, los diferentes pueblos que se expresan en español. Registran lo que está ampliamente aceptado, sin que sea una moda pasajera, y ha dejado huella en escritos de autores prestigiosos. Su principal misión es aunar las distintas variedades cultas de la lengua común, para mantener su unidad dentro de la enriquecedora diversidad. Las Academias realizan esta incomiable labor, reconocida por el reciente Premio Príncipe de Asturial, sin disponer de autoridad ejecutiva. Las lenguas no se pueden modificar por decreto. Países tan distintos como Francia y Cuba han intentado defender con leyes la pureza del idioma obteniendo unos resultados desalentadores.

La ignorancia lingüística y despreocupación institucional son las causas más importantes de la degeneración del léxico. La enseñanza de las materias relacionadas con el correcto uso del lenguaje (ortografía, redacción, etc.) es la forma más eficaz de mejorar la calidad de la lengua usada por el pueblo llano. Resulta sintomático que el mayor deterioro del lenguaje, tanto general como médico, ha coincidido con la devaluación o anulación, de las enseñanzas humanísticas en todos los niveles educativos. A diferencia de lo que sucede en nuestras Facultades, los planes de estudio de las escuelas de Medicina norteamericanas ofrecen asignaturas opcionales sobre el correcto uso del lenguaje médico.

Algo puede estar cambiando cuando la Fundación de Ciencias de la Salud y la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria ha iniciado un programa, llamado "Formación en comunicación y salud", orientado a divulgar los principios básicos de la comunicación oral en la práctica clínica. Un miembro de la Real Academia de Medicina de Baleares, el Dr. Tolosa es uno de los coordinadores del curso sobre Llenguatge mèdic que la Universitat de les Illes Balears desarrolla anualmente; es ejemplar el tradicional cuidado que los intelectuales de lengua catalana prestan a su léxico científico. También es muy positivo que las revistas científicas más prestigiosas realicen la selección de sus artículos atendiendo, además de a su contenido científico, a una mínima calidad literaria.

Los colegios profesionales, las sociedades científicas y, de forma muy especial, las Reales Academias, pueden y deben realizar una labor de normalización de sus respectivos léxicos. El español, que es el principal bien cultural del mundo hispánico, es capaz de adaptarse a los cambios impuestos por el progreso sin menoscabo de su esencia pues, como señalaba Fray Luis de León, "nuestra lengua es de cera para los que saben tratarla".
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Ponencia presentada en la Sesión inaugural del Curso académico 2001 de la Real Academia de Medicina de las Islas Baleares

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