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La salud de las mujeres en Europa 

Actualmente, tanto en la Región Europea de la OMS como en los Estados de la UE se empieza a incorporar el enfoque de "género" en las políticas de salud pública. Un enfoque orientado a que las mujeres y los hombres lleguen a tener un acceso igualitario a los recursos de salud, de acuerdo a lo que cada uno necesite. El género es una categoría de análisis que es necesario tener en cuenta para obtener un diagnóstico acertado de la realidad, según la autora de este trabajo, así como para conseguir un impacto de las acciones que se emprendan con el fin de reducir las desigualdades en la atención a la salud.  

LUCÍA MASARRASA
Jefa de Sección de Salud y Desarrollo Internacional del Instituto de Salud Carlos III

 

La perspectiva de Género
y la Salud Pública

La salud pública actualmente está ligada al desarrollo comunitario, que significa reducir las desigualdades en salud, mejorar la accesibilidad a los servicios, crear ambientes saludables que permitan a la población vivir en bienestar, promover e instaurar procesos de participación social en salud y desarrollar políticas saludables.


El patrón de salud/enfermar, diferente entre hombres y mujeres, no sólo es debido a sus diferencias biológicas sino también a factores de riesgo asociados, derivados de su posición de género

La salud pública debe asegurar que las mujeres y los hombres tengan un acceso igualitario a los recursos de salud de acuerdo a lo que cada cual necesite para desarrollar toda su potencialidad de salud, sea cual sea ese potencial. Los recursos deben proporcionar alta calidad en la atención sanitaria y ser apropiados (Conferencia Europa Género y Salud Pública, Dublín 2000).

Actualmente, tanto en la Región Europea de la OMS como en los Estados de la Unión Europea se empieza a incorporar el enfoque de género en las políticas de salud pública, de acuerdo a las recomendaciones emanadas de las Conferencias Internacionales (ONU) de Población y Desarrollo (ICPD+5) y de la Mujer y Desarrollo (Beijing+5).

Concretamente, la Región Europea de la OMS ha elaborado un Plan Estratégico para la Salud de las Mujeres (EUR/01/5019540, febrero de 2001) en el contexto de Salud XXI que constituye un marco de referencia para la construcción de políticas sistemáticas y estrategias para mejorar la salud de las mujeres en Europa. Las mujeres por sus diferencias biológicas y su posición de discriminación estructural tienen menor estatus social y menos acceso al bienestar. El patrón de salud/enfermar, diferente entre hombres y mujeres, no sólo es debido a sus diferencias biológicas, sino a los patrones y estilos de vida y a los factores de riesgo asociados que se derivan de su posición de género.

Así, los principales problemas de salud que conciernen a las mujeres son:

-Aquéllos que contribuyen predominantemente a la mortalidad femenina, como son las enfermedades cardiovasculares y el cáncer (que también son prevalentes en los hombres).

-Aquéllos que afectan casi exclusivamente a las mujeres, como son los problemas de salud asociados a la reproducción: embarazo, parto y fertilidad, cánceres ginecológicos.

-Aquéllos que son más frecuentes en mujeres que en hombres, como la artritis reumatoide y la anemia. El dolor asociado a enfermedades músculo-esqueléticas es la primera causa de consulta en Atención Primaria: dolor en columna cervical, dorsal y lumbar, en articulaciones, en manos y pies.

Para las mujeres de raza caucásica, mayores de 50 años, el riesgo de sufrir fracturas relacionadas con la osteoporosis se sitúa entre el 30 y 40 por ciento. Este riesgo se multiplica por 20 al llegar a edades entre 60 y 90 años. Las fracturas son dolorosas, incapacitantes y costosas, tanto en términos económicos como de calidad de vida. Muchas pacientes con fractura de cadera nunca vuelven a gozar de buena salud o a desarrollar un nivel de actividad normal.

-Aquéllos que se manifiestan de forma diferente en las mujeres, como es el caso de los problemas de salud mental, en las mujeres predominan la depresión, ansiedad y trastornos de la conducta alimentaria (anorexia-bulimia). La tasa de depresión entre mujeres es dos veces más elevada que en los hombres. Las mujeres son más vulnerables por muchos motivos: dolencias físicas, factores psicológicos, los roles asignados socialmente y, en algunos casos, factores genéticos.

A menudo, la depresión no se trata, o se trata de forma inadecuada mediante tranquilizantes que sedan a las mujeres y no sirven de ayuda para que éstas se recuperen de la enfermedad. Esto supone una enorme carga para las mujeres, sus familias y la sociedad. La depresión supone un peso en última instancia para los servicios sanitarios y sociales, ya que las mujeres buscan ayuda para síntomas físicos que tienen profundas causas psicológicas.

Algunos conceptos sobre género

Género es una categoría de análisis que es necesario tener en cuenta para obtener un diagnóstico de la realidad acertado, e impacto de las acciones que se emprendan consecuentemente con el fin de reducir las desigualdades en la atención a la salud.

Según cifras de Naciones Unidas, entre un 25 y un 50 por ciento de mujeres de todo el mundo sufren maltrato físico por su pareja o por hombres de su entorno familiar

El término género en español se utiliza para clasificar la clase, el tipo o la especie a la que pertenecen seres y cosas y también para designar la manera, el modo o la forma de algo: género humano, género masculino y femenino, género literario o musical, etc. Son los angloparlantes quienes introducen el término género en las ciencias sociales con una nueva acepción de género sexual. Con "gender" se denominan las dos formas, masculina y femenina, en que biológicamente se configuran las personas, la mayoría de los animales y muchas plantas. De ahí la confusión del término cuando lo traducimos al castellano.

Los servicios sanitarios deben promover, en opinión de esta autora, la inclusión de los hombres en las tareas del cuidado al grupo familiar con el mismo nivel de responsabilidad

El término género en ciencias sociales y en el pensamiento feminista se utiliza para designar la desigualdad social entre hombres y mujeres. Desigualdad que tiene origen en una asignación cultural de los valores, roles, ritos, costumbres, normas, prescripciones y tareas que se asignan a cada uno de los sexos desde el nacimiento, incluso desde la concepción. Asignación que ha supuesto la exclusión social de las mujeres a lo largo de la Historia.
La teoría de género afirma que no se nace mujer u hombre, entendiendo estos dos conceptos en toda su globalidad, sino que se aprende a ser mujer o a ser hombre.

Así, mientras el sexo se refiere sólo a lo biológico, el género se refiere a la construcción social de los seres humanos en función de sus atributos sexuales.

El "rol de género" asigna funciones, actitudes, capacidades y limitaciones, que la normativa de la cultura vigente establece como propias de las personas según su sexo desde su concepción que implican riesgos para la salud específicos. En el caso de las mujeres los riesgos más evidentes están en relación con la propia identidad, la división sexual del trabajo, la reproducción biológica y la sexualidad.

Además de definir la asignación de papeles a hombres y mujeres, el análisis de género define también el tipo de relación que existe entre ambas categorías. El género constituye un principio básico en la organización de la sociedad actual, al igual que lo es la etnia, la clase, la raza, etc.

Este sistema de organización en función del género es jerárquico, establece una jerarquía de poder de un género sobre otro. De forma que aquellos rasgos o actividades asociadas a los hombres gozan de mayor valoración y reconocimiento social, frente a los asociados a las mujeres que carecen o tienen menos valor. De igual modo ocurre con la asignación en el control y administración de los recursos privados y públicos, mayor en los hombres y prácticamente inexistente en las mujeres, lo que les sumerge en una subordinación global. Este orden de cosas constituye lo que se denomina "patriarcado".

El orden patriarcal establece la división sexual del trabajo que conlleva la subordinación de la mujer, su relegación al ámbito doméstico y su exclusión de la vida pública y del poder político. En este contexto, las mujeres se ocupan de la atención a la salud de los miembros de la familia y del acondicionamiento del ambiente doméstico para vivir con bienestar y confort. Así la alimentación, la higiene personal y doméstica, la expresión y canalización de la afectividad, el cuidado de niños y niñas, personas ancianas, discapacitadas y moribundas recae en el ámbito de las responsabilidades adjudicadas; responsabilidades que no tienen un reconocimiento social ni económico al considerarse ajeno al sistema de producción de bienes y servicios.

Esta situación se mantiene a lo largo de la Historia y a medida que los sistemas de salud y de servicios sociales se han complejizado, no por ello han dejado de reclamar el concurso de familiares en prestación de cuidados básicos, ya sea en sus instituciones o en el domicilio (véase las nuevas formas de atención en el domicilio), siendo una constante la figura de la mujer como agente de salud informal.

Criterios para analizar los problemas de salud desde una perspectiva de género

Estos criterios se concretan en:

-Visibilización de los problemas de salud de las mujeres.
-Análisis de cómo es la cobertura de los servicios de salud.
-Análisis de cómo es el acceso de las mujeres a los mismos.
-Análisis de cuál es la capacidad de tomar decisiones de las mujeres sobre su salud y la de la comunidad. Así como la capacidad de poder que tienen para tomar decisiones en el ámbito de las políticas públicas que tienen efectos sobre la salud.

Estrategias de la Salud Pública y la perspectiva de género

- En relación a reducir la desigualdad en la atención a la salud.

La desigualdad está condicionada por la invisibilidad de los problemas de salud de las mujeres. Esta invisibilidad está determinada por varios factores.

Una definición limitada de la salud de las mujeres concebida como un estado modestamente negativo, caracterizado por la salud física más que por la mental y social, restringida aún al hecho de la reproducción biológica (embarazo, maternidad)


Indicadores inadecuados: los más frecuentemente utilizados son los de mortalidad y fertilidad, lo que refleja la definición limitada de la salud en las mujeres. El uso de los datos de mortalidad de la población adulta para investigar las diferencias de género revela que la mortalidad es más alta en los hombres en general, pero esta visión ignora los estudios que muestran que las mujeres tienen más problemas de salud en todos los rangos de edad, cultura y grupos socioeconómicos.

Las fuentes de información son muy limitadas en las áreas donde las necesidades son mayores. A veces, los datos hospitalarios son los únicos disponibles y la sola base a la hora de establecer prioridades para las acciones sanitarias. Y, sin embargo, en muchas zonas del mundo las mujeres utilizan muy poco estos servicios por falta de acceso a ellos. O bien los datos epidemiológicos no están segregados por sexo.

Las técnicas de medición son limitadas, aunque se van incorporando métodos que revelan los conocimientos, actitudes y prácticas de las mujeres respecto a su salud y los cuidados que ofertan a la salud están siendo cada vez más reconocidos.

(OMS, 1996, The Women's
Health and Development Programme).

Cuestiones a resolver:

*La subrepresentación de los problemas de salud de las mujeres:

Debido a que, en la investigación, los parámetros biológicos de referencia están estandarizados basándose en la biología masculina, como ocurre en los estudios de la enfermedad coronaria, donde últimamente empiezan a estudiarse a las mujeres. Éstas presentan más riesgos de sufrir arritmia ventricular que puede ser mortal cuando se administran determinados fármacos que bloquean el flujo de potasio, prolongan la repolarización cardíaca y el intervalo QT en el ECG (Elbert & co. Journal of Women's Health, nº 5 1998, pp 547-557).

*No se consideran problemas de salud que tienen que ser abordados desde los servicios sanitarios, tales como la violencia sexual, doméstica o laboral, o las violaciones de guerra, los malos tratos, la mutilación genital femenina.

Según las cifras de Naciones Unidas, entre un 25 y un 50 por ciento de las mujeres de todo el mundo sufren maltrato físico por hombres de su entorno familiar o por su pareja.

En España, la magnitud de los malos tratos domésticos según el estudio realizado por el Instituto de la Mujer en el año 2000 revela que el 14,2 por ciento de las mujeres declara haber sido víctima de malos tratos durante el último año por alguna persona que convive en el hogar, o por su novio, aunque no cohabite con la mujer, lo que representa 640.000 mujeres mayores de 17 años. El 12,4 por ciento mayores de 18 años son consideradas como "técnicamente maltratadas", lo que representa a 1.865.000 mujeres aproximadamente.

Los efectos de la violencia de género sobre la salud de las mujeres son de orden físico, psíquico y social y producen, entre otras consecuencias, mortalidad, suicidio, traumatismos graves y leves, agresiones durante el embarazo, agresiones a las niñas y niños, violaciones (con consecuencias en embarazo indeseado), abuso sexual en niñas y niños (con la familia y en la prostitución), aumento de ETS y sida, incremento de la vulnerabilidad a las enfermedades, problemas mentales y desórdenes psíquicos (depresión, ansiedad, insomnio, fatiga crónica), aislamiento por rechazo social o por miedo al rechazo y efectos negativos sobre la salud de las personas que son testigos (los hijos e hijas, las madres, hermanas y hermanos,…).


La OMS ha puesto especial empeño para que la representación de mujeres en las distintas categorías de la propia institución se incremente hasta el 50 por ciento

*Por no atribuir ciertos problemas de salud a las mujeres, como ocurre con cierta morbilidad laboral o debida a las condiciones de trabajo (economía sumergida, informal, servicio doméstico), o relacionadas con el hábitat/vivienda. Por las tareas que realizan, accidentes domésticos,…

La actual división del trabajo segrega vertical y horizontalmente a las mujeres en los trabajos que resultan más repetitivos, con mayor sobrecarga física y estrés mental, sin control sobre lo que hacen, o sometidas a posiciones forzadas, debido a que el diseño ergonómico de la maquinaria o mobiliario de trabajo está adaptado, generalmente, a las medidas masculinas. A ello hay que añadir el trabajo doméstico y la sobrecarga que supone la compatibilización con el trabajo remunerado.

Por ejemplo, en relación con el personal sanitario los estudios epidemiológicos muestran una sobreabundancia de cuadros depresivos asociados a la situación de pérdidas dolorosas, al agotamiento emocional, aislamiento, al cambio brusco de los ritmos de trabajo. Arnet y colb. (1987) señalan que la tasa de suicidios en la mujer médica es más alta que en el hombre médico y superan en tres o cuatro veces el índice de suicidio que en la población general, mientras que los hombres sólo superan ligeramente la tasa general; también las mujeres de los médicos presentan un riesgo más alto de suicidio según Safinosky (1980).

La patología mental y las alteraciones del sueño constituyen la tercera causa de baja laboral del personal de enfermería en Francia. Cheng (1991) refiere que en el Reino Unido, un 80 por ciento de las enfermeras sufren un moderado o severo síndrome de sobrecarga en el trabajo en relación con pacientes terminales y en EE.UU. las enfermeras presentan una alta tasa de suicidios.

Las bajas laborales por depresión ocupan el quinto lugar en el personal de enfermería en España en el estudio la ILT de Álvarez Nebreda (1990).

Sin embargo, no se reconocen estos problemas como enfermedades profesionales, ni hay actuaciones preventivas en los lugares de trabajo.

*Por no tener en cuenta desde los servicios y programas de salud las condiciones de vida y trabajo de las mujeres cuando asumen los cuidados de salud familiar, ya que no se tiene en cuenta ni el tiempo y disposición de las mujeres, ni se incluye a los hombres en el cuidado de la salud familiar, perpetuando desde los servicios sanitarios el "rol cuidadora" de las mujeres con lo que supone de sobrecarga y los efectos negativos en su salud. No hay que olvidar que la mayoría de cuidadoras presentan cambios en su estado de salud, manifestando cansancio, fatiga, insomnio, dolores de espalda, ansiedad, depresión y aislamiento social. En España, hay 700.000 personas que dedican 40 horas semanales a cuidar a sus mayores, de los cuales la mayoría son mujeres (Fuente: CC.OO. y EULENI).

Desde los servicios sanitarios seguimos pidiendo a las mujeres que se ocupen de las personas ancianas, del cuidado de los niños y niñas, de las personas incapacitadas, de una forma natural y gratuita y a veces culpabilizándolas si no lo hacen como suponemos que lo tienen que hacer y sin ofrecerles unos servicios de apoyo y asesoramiento para la realización de cuidados complejos, como resultan ser aquéllos que se dan a enfermos terminales en el domicilio o a enfermos mentales.

La no perpetuación de las mujeres como agentes únicos de la salud familiar significa que desde los servicios sanitarios tenemos que incluir a los hombres con el mismo nivel de responsabilidad en las tareas del cuidado al grupo familiar. Pedir en los servicios sanitarios, por ejemplo en los programas infantiles, que los padres acudan a las consultas con sus hijos e hijas, y no sólo las madres, estableciéndolo como criterio de calidad para el desarrollo de las criaturas. Que los programas de preparación a la maternidad tengan espacios para los hombres tratando el tema de la paternidad y su lugar y responsabilidad al respecto. Que el cuidado de las personas mayores o con minusvalías sea cuestión de los hombres de la familia también, incluyéndoles en las actividades de enseñanza para el cuidado.
Y, además, instaurar procesos de ayuda y descarga de las personas cuidadoras, que en un 80 por ciento son mujeres, ya sean amas de casa, paradas, trabajadoras asalariadas o por cuenta propia.

- En relación a mejorar la accesibilidad a los servicios sanitarios.
Hay que especificar que no sólo se refiere a la accesibilidad física y económica a los servicios sino también al tipo de información que proporcionamos desde los mismos, y a las prácticas de la ciencia médica.

En nuestro entorno se está comprobando cómo las mujeres tienen sólo la mitad de probabilidades que los hombres de ser sometidas a una prueba cardíaca cuando presentan síntomas que sugieren problemas de corazón.
La tasa de mortalidad por enfermedad coronaria se está reduciendo más lentamente en las mujeres que en los hombres en Europa (Khaw 1994), algunos estudios demuestran que la tasa de mortalidad por insuficiencia cardíaca es mayor en las mujeres que en los hombres; es más, en las mujeres sometidas a cirugía de by-pass coronario, la tasa de mortalidad casi se ha duplicado (Wenger 1996).

En Cataluña, en un estudio que hizo Marrugat sobre mortalidad post-infarto, se observa que ésta es más alta en las mujeres, 24,8 por ciento, que en los hombres, 10,5 por ciento; entre los factores de riesgo estudiados se vio una diferencia en la asistencia notable: las mujeres llegan de 3 a 4 horas más tarde al hospital y se les aplican menos técnicas trombolíticas. También se comprobó que éstas llegan más tarde a las urgencias hospitalarias, bien porque los médicos de cabecera o ellas mismas no relacionan sus síntomas con problemas cardíacos (el dolor se manifiesta de forma diferente que al descrito en hombres, presentándose dolor detrás del esternón que se irradian hacia el cuello y mandíbulas, en vez del "clásico" dolor precordial que se irradia hacia el brazo izquierdo en los hombres).

Esto es más conocido en la atención a los problemas mentales, los estudios epidemiológicos muestran que existen más mujeres que hombres sufriendo enfermedades mentales, sin embargo se trata más a los hombres.
Los estudios muestran cómo las mujeres en diálisis tienen menos posibilidades que los hombres de la misma edad de que se les ofrezca trasplantes renales (Held, Pauly, Bovberg, 1998 y Kjellstrand, 1988).

En cuanto a la accesibilidad a servicios fundamentales para la salud de las mujeres como son los de Salud Reproductiva, se pueden citar algunos ejemplos.

*Los programas de preparación al parto: si bien podemos hablar de una buena cobertura y oferta de servicios, el problema está en que las mujeres trabajadoras tienen dificultades para su utilización porque al no haber obligación de dar permiso por las empresas no pueden utilizarlos si no es como consulta médica. Las mujeres no tienen facilidades tampoco en los servicios sanitarios de adecuación de horarios a sus posibilidades.

Además, la orientación de estos programas es muy restrictiva, reduciendo la educación al hecho del control del embarazo y preparación al parto, sin tener en cuenta que la maternidad es mucho más que eso. Siendo necesario orientar estos programas a una educación maternal en la que los padres y parejas deben tomar sus responsabilidades en el cuidado de los hijos e hijas y en el cuidado de la compañera (masajes, cuidado de las mamas, episiotomía, apoyo a la mujer, cuidados al recién nacido/a, relaciones sexuales, etc.).

* En lo referente a la atención de la mujer durante el parto, en los centros hospitalarios resulta asombroso cómo la normativa vigente sigue sin ser tenida en cuenta en muchos centros, aunque hay que reconocer que algunas CC.AA. han avanzado en el reconocimiento de los derechos de las mujeres en las normativas (Navarra, País Vasco,…). Altas tasas de cesáreas e instrumentalización del parto, no oferta de otras modalidades de parto (en el domicilio, posturas adaptadas,…).

*Los métodos anticonceptivos no están cubiertos por el sistema sanitario público, se los tienen que costear las/los usuarias/os: preservativos, diafragma, DIUS, y anticonceptivos orales de última generación.

*Las trabas reales para la prescripción de la RU: no hay normalización para la prescripción en los hospitales públicos, aunque sí ha comenzado a incluirse esta opción en los centros privados.

Con respecto a anticoncepción de emergencia la respuesta del sistema sanitario es desigual, sin que por el momento se haya incorporado mayoritariamente esta práctica en los protocolos de anticoncepción, dándose la paradoja de que, al final, las mujeres tienen que acudir a las ONG para conseguir información de dónde ser atendidas, lo que supone el consiguiente retraso.

Y el ejemplo más grave es lo que ocurre con la I.V.E.: las dificultades que tenemos las mujeres para
realizar la I.V.E. en la red sanitaria pública (sólo un 3 por ciento se realiza en la red pública, el resto en la privada, costeándoselo la propia mujer), lo que constituye la mayor inequidad de nuestro sistema sanitario, dejando la atención en el sector privado al que muchas mujeres no tienen acceso económico, a excepción de alguna CC.AA. como es Andalucía. A eso hay que añadir la insuficiencia de los criterios de la despenalización actuales, que realmente no garantizan el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad tal y como preconizan las Conferencias de la ONU, de Población y Desarrollo de El Cairo, y la de Mujeres de Beijing suscritas por el Gobierno español.

El aumento de I.V.E. en la adolescencia, que pasó del 3,11, en 1990, al 5,71, en 1998, sirve como ejemplo ante la carencia de servicios de planificación familiar y su inadecuación actual para atajar este problema.

Por otra parte, considero que la objeción de conciencia de las/los profesionales se antepone a los derechos sexuales y reproductivos reconocidos en las Conferencias Internacionales de El Cairo y Pekín antes mencionadas, con lo que los compromisos adquiridos tanto por el Gobierno actual como el de la anterior legislatura se quedan en el papel. Esta preferencia por salvaguardar los intereses profesionales supone una clara vulneración de estos derechos. Todas estas situaciones suponen una vulneración de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

La accesibilidad a los servicios de salud ha empeorado por los efectos de las políticas neoliberales que suponen recortes en los servicios sanitarios, afectando a las mujeres desde tres aspectos:

a) Como usuarias de los servicios públicos, dejándolos en manos privadas a las que muchas mujeres
no tienen acceso ni económico ni geográfico.

Insuficiencia de servicios de atención a domicilio a pacientes crónicos, a mujeres mayores, sin apoyo a las cuidadoras informales, etc.

En este momento, la situación española con respecto a los servicios necesarios para el cuidado de las personas mayores dependientes es totalmente inaceptable.

Solamente hay servicios de teleasistencia que cubren al 1,15 por ciento de personas mayores de 65 años frente al 8 por ciento en la UE; a las ayudas a domicilio acceden sólo el 1,72 por ciento frente al 12 por ciento de media en la UE; los centros de día cubren sólo el 0,14 por ciento frente al 1 por ciento de la UE y las plazas en residencias alcanzan a cubrir sólo al 2,8 por ciento frente al 6,5 por ciento de la UE.

b) Como cuidadoras de salud, ya que les supone un recargo al no tener posibilidades de que sus familiares sean atendidos por los servicios de salud.

c) Como trabajadoras de los servicios sanitarios públicos debido a que los recortes presupuestarios prescinden del personal con menor capacitación que precisamente está feminizado (auxiliares de enfermería, enfermería, trabajadoras sociales,…).

Solamente el cuidado a personas dependientes requiere una gran inversión en creación de puestos de trabajo, que no se está haciendo.

A esto hay que añadir los prejuicios sexistas que permanecen y que dificultan la carrera profesional de las mujeres (investigadoras, docentes, segregación laboral en especialidades médicas). La OMS, en cumplimiento de los acuerdos de la Conferencia Mundial sobre las mujeres, de Pekin, hizo un llamamiento para que la representación de mujeres en las categorías profesionales se aumentase hasta el 50 por ciento en la propia institución e instó a todos los Estados miembros para incrementar el porcentaje de mujeres en las categorías profesionales y que se eleven los límites inferiores en la contratación de mujeres (8ª sesión Plenaria 12 de mayo 1997). En la Unión Europea sólo hay cinco mujeres ministras de salud, únicamente el 15 por ciento de los altos cargos en la Administración de salud son mujeres, y sólo el 20 por ciento de los miembros de los comités consultivos y asesores de salud de la UE son mujeres (1999). A pesar de que las mujeres son mayoría en las Facultades de Medicina en Europa, los cargos de toma de decisiones son ocupados en el 90 por ciento por hombres.

- En relación con la creación de ambientes saludables.
Especialmente ambientes exentos de violencia, (tolerancia cero) tanto en lo público como es la prevención de agresiones sexuales en el trabajo; como la prevención de la violencia doméstica: malos tratos, violencia sexual y muertes.

- En relación con la promoción de procesos de participación social.
Significa tener en cuenta la falta de poder de las mujeres sobre su salud, motivado por su posición de subordinación en la sociedad que conlleva su relegación al ámbito privado y doméstico y su exclusión de la vida pública y del poder político. Esto supone que su capacidad de tomar decisiones sobre su propia salud, la de su familia y la de la comunidad está limitada o es prácticamente inexistente en muchos lugares.

Por tanto, la salud pública tiene que centrarse en crear circunstancias que favorezcan la confianza en una misma, la autonomía y la dignidad, y la capacidad de enfrentamiento colectivo para el cambio en lo personal con una proyección en lo público, en lo social, de forma que las mujeres alcancen un óptimo nivel de salud y calidad de vida.

Las conferencias internacionales de promoción de la salud, desde Otawa a Yakarta, vienen insistiendo en que las políticas de salud potencien y se enfoquen a empoderar a las mujeres, de forma que ellas y los profesionales de salud tomen conciencia de sus derechos a la salud.

Los aspectos que describen estas conferencias se pueden resumir en cuatro puntos:
-Concienciación de las mujeres sobre su derecho a decidir sobre su salud.
-Participación real de las mujeres en la toma de decisiones sobre las prácticas que son favorables a la salud de la población general y suya propia.
-Compartir equitativamente con los hombres las tareas del cuidado a la salud en la familia.
-Invertir en recursos e infraestructuras adecuadas a las necesidades y percepciones de salud de las mujeres.

Las políticas de salud no son suficientes si no hay una transformación de las mujeres que las haga desarrollar sus plenos derechos. Esto quiere decir que las acciones de promoción de la salud de las mujeres tienen que desarrollar la concienciación de sus derechos.

Asimismo, tienen que incorporarlas a una acción colectiva, en la que, socializando su experiencia, puedan participar activamente en la toma de decisiones políticas que afectan a cambios ambientales y de los servicios de salud.

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Ponencia presentada en las XIV Jornadas de Debate de la Federación para la Defensa de la Sanidad Pública, bajo el título "Globalizar la salud en un mundo global. Defendiendo la salud en un mundo polarizado", celebradas en Palma de Mallorca.

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