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El médico ante la seguridad vial del anciano

El automóvil representa un instrumento esencial para la autoestima e independencia del anciano, por lo tanto, laretirada del permiso de conducir constituye un evento traumático y estresante que puede acelerar todos los procesos de la "senescencia cerebrovascular". Por ello, hay que tener la mayor cautela y discreción en su evaluación. En definitiva, si se pretende proteger tanto a los pacientes como al resto de los ciudadanos, es preciso ser capaces de predecir qué factores permiten prever una pérdida de facultades para la conducción. Finalmente, la intervención del médico de familia, junto a la evaluación psicológica y la información de la familia van a ser determinantes en cuanto al seguimiento de la persona mayor en lo que se refiere a su capacidad para seguir al frente del "volante".

 

Prof. Dr. José Antonio Flórez Lozano
Catedrático de Ciencias de la Conducta. Departamento de Medicina. Universidad de Oviedo

 

Enfermedad de Alzheimer y seguridad vial
Está firmemente documentado que la incidencia y prevalencia de demencia y, en particular de EA, se incrementan de forma exponencial con el envejecimiento. La gran mayoría de personas mayores de 80 años y la casi totalidad de los centenarios presentan en su cerebro lesiones patológicas cardinales de esta enfermedad. El incremento casi exponencial de EA al menos hasta los 95 años, puede ser el resultado simplemente de un envejecimiento exagerado del cerebro… Sin embargo, según informaciones más recientes, personas que han superado los 120 años sin EA, han propiciado la opinión favorable a considerar ésta como una enfermedad distinta del envejecimiento exagerado.

Los pacientes con Alzheimer tienen una probabilidad de sufrir una tasa de accidentes de tráfico cinco veces más elevada que la de los ancianos sanos

En efecto, la aparición de esta patología supone la formación en el tejido cerebral, de depósitos extracelulares de proteina b-amiloide y de ovillos neurofibrilares intraneuronales. Las formas de inicio precoz se deben a una superproducción de proteina b-amiloide secundaria a mutaciones de los genes de la proteina precursora del amiloide (APP) o de las presinilinas 1 y 2, que modifican el metabolismo de la APP.

La patogenia de la enfermedad de Alzheimer de inicio tardío, en cambio no se comprende bien y sólo se han reconocido de forma unánime como factores de riesgo, la edad y la presencia del gen de la APO-E4. Esta patología se extiende progresivamente por todo el córtex cerebral, empezando primero por las regiones de asociación y luego por las sensoriales, como la corteza visual primaria. Esto nos explica también la mayor probabilidad de estas personas en cuanto a accidentalidad. Además, el rápido aumento del porcentaje de la población muy anciana (80 años y más) posibilita también un mayor número de personas con diversos tipos de demencia que interfieren peligrosamente en las tareas de conducción.

Se estima que el número de enfermos en Estados Unidos es de 7 millones, siendo la cuarta causa de muerte después de las enfermedades cardíacas, el cáncer y los accidentes cerebro-vasculares. El coste de la enfermedad en cuanto a pérdida de productividad y gastos médicos se estima en unos 100.000 millones de dólares por año. El gasto directo e indirecto durante la enfermedad es de unos 213.000 dólares por paciente. Se sabe que el 10 por ciento de la población mayor de 65 años sufre enfermedad de Alzheimer y que esta cifra asciende al 32-47 por ciento en la población mayor de 85 años, siendo esta franja de edad la que crece más rápidamente y la que supone, por lo tanto, un mayor porcentaje de enfermos.

Problema muy interesante que no podremos abordar aquí, es el "déficit cognitivo leve"; es decir, un grupo de personas que constituyen la frontera entre el envejecimiento normal y la enfermedad de Alzheimer y cuyo síntoma "estrella" es fundamentalmente "quejas de pérdida de memoria confirmadas" y un rendimiento mnésico anormal para su edad y cultura.

Estas personas evolucionan generalmente hacia la enfermedad de Alzheimer a una velocidad aproximada de 1-15 por ciento por año, mientras que la tasa anual de conversión en los ancianos de control es del 1-2 por ciento. Entre los factores predictivos a una evolución más rápida hacia la enfermedad de Alzheimer, se incluyen el hecho de ser portador del alelo apolipoproteína E e4, la relativa infrautilización de los índices semánticos y la atrofia del hipocampo.

La mayoría de los casos corresponden a un patrón de evolución "típico" con pérdida de memoria y deterioro intelectual "cortical" (trastornos afásicos, apráxicos, agnósicos) lentamente progresivo. Además, éstos pacientes padecen de trastornos de conducta y neuropsicológicos "focales" en los que el deterioro psíquico comienza, bien por trastornos de lenguaje aislados (afasia progresiva o sólo por alteraciones visuoespaciales). Después el trastorno se generaliza hasta el deterioro cognitivo integral.

Sin duda, el cuadro típico más frecuente se caracteriza por un deterioro cognitivo progresivo, manifestado inicialmente por una pérdida de la memoria lentamente evolutiva que afecta, principalmente, a la memoria de fijación, más tarde se extiende también a los recuerdos del pasado lejano. Pero es interesante recalcar que la pérdida de memoria inicial puede persistir relativamente inaparente durante más de una década. La personalidad suele estar bien conservada al principio; sin embargo, la depresión es frecuente en el transcurso de este padecimiento y alcanza un 20 por ciento como cifra media. Un discreto parkinsonismo, trastornos de la marcha y ciertas manifestaciones motoras pueden aparecer también en éstos primeros momentos, lo cual nos indica las tremendas dificultades en la conducción de un automóvil. Si nos fijamos, el ICD-10, el DSM-IV y el NINCDS-ADR-DA, organismos científicos que se han ocupado de su definición, ponen el énfasis en la alteración de la memoria y razonamiento con menoscabo de las actividades de la vida diaria y con déficits cognitivos múltiples.

La enfermedad de Alzheimer (EA) es la causa más frecuente entre las más de 55 entidades clínicas que pueden causar demencia. La forma más frecuente es un trastorno amnésico lentamente progresivo con afectación de la memoria "declarativa episódica". En esta forma evolutiva los pacientes fijan menos los distintos sucesos de la vida diaria y tras unos años de lenta progresión, la enfermedad empeora lentamente con mayor deterioro mnésico y aparición de déficits de tipo "cortical" con síntomas "afaso-apraxo-agnósicos".

En cualquier caso, los rasgos clínicos principales de la EA, recogidos en los criterios diagnósticos actuales, son los siguientes: inicio insidioso, evolución lentamente progresiva, defectos iniciales de memoria y posteriormente de orientación, y otras funciones corticales. Estos trastornos neuropsicológicos dan lugar a una pérdida progresiva del control cognitivo del paciente, que unida a un deterioro psicomotor impide realizar las habilidades de la conducción y permite, por lo tanto, una mayor vulnerabilidad frente a los accidentes.

Pero, además, hay que subrayar el deterioro de las funciones visuales en la enfermedad de Alzheimer; las dificultades en la lectura, en el reconocimiento de las formas, en los colores, en la orientación visuoespacial y en la percepción del movimiento, explican suficientemente la peligrosidad en la conducción de los automóviles, así como su propia inseguridad como peatones.

No es sorprendente, por lo tanto, que el hecho de que las personas ancianas con demencia sigan conduciendo sea un motivo de preocupación creciente. En este sentido, en nuestra investigación, hemos puesto de manifiesto que los pacientes con demencia tipo Alzheimer tienen una probabilidad de sufrir una tasa de accidentes de circulación cinco veces más elevada que la de los ancianos sanos de edades equiparables. En nuestro trabajo, también hemos constatado que la mitad de los pacientes con demencia habían tenido como mínimo un accidente antes de dejar de conducir.

El envejecimiento progresivo y la seguridad vial
De otro lado, los errores en los cruces y el cambiar de carril eran los defectos más importantes presentes en la mayoría de los accidentes de estas personas. Nuestro país está inmerso en un proceso crecimiento de envejecimiento, siendo el porcentaje de los individuos de 60 y más años del 20 por ciento de la población. Y, además, lo que es más importante por sus consecuencias sociales y sanitarias (accidentes de tráfico) es que el porcentaje de personas de 80 y más años se elevará sensiblemente. Este grupo superará largamente el medio millón de personas en el año 2010. Ese acontecer demográfico supone un dramático incremento de enfermedades asociadas al envejecimiento: arteriosclerosis, cáncer, enfermedades cardiovasculares y, especialmente, las demencias destacando sobremanera la EA.

La retirada del carnet de conducir constituye un evento muy estresante capaz de desencadenar o potenciar enfermedades asociadas al envejecimiento

Seguramente, el hábito de la conducción constituye una habilidad esencial en las personas mayores, a tal punto, que la retirada del carnet de conducir constituye un evento muy estresante capaz de desencadenar o potenciar algunas enfermedades asociadas al proceso del envejecimiento. Sin duda, el envejecimiento supone una reducción de las capacidades físicas y los rendimientos psicológicos también decrecen en la ancianidad, sobre todo en la ancianidad extrema por encima de los 80 u 85 años, esto es, en los "viejos-viejos". De hecho, cuando se compara el número de colisiones por grupos de edad, en función de los kilómetros recorridos o de la conducción diurna y nocturna, hemos podido comprobar que el número de colisiones nocturnas entre los conductores de 85 años o más se triplica respecto a los de 65 años o menos, a pesar de que el número absoluto de accidentes es mucho menor en el grupo de ancianos. En nuestro trabajo hemos podido constatar que la presencia de varias patologías crónicas se relacionan con una mayor siniestralidad y, además, el consumo de medicamentos se asocia a un mayor índice de accidentes, especialmente los antidepresivos. Los sujetos que tenían peores funciones cognitivas con un MMS (Mini Mental State) entre 23 y 25 han tenido más accidentes con un riesgo relativo multiplicado por 2. Asimismo, los ancianos que andan poco (menos de 100 o 200 metros por día) son los que han tenido más accidentes por causa de: presencia de patologías en los pies, dificultad para flexionar la rodilla izquierda y marcha enlentecida a más de 7 segundos por paso.

Es verdad, no obstante, que un contingente muy importante de ancianos puede presentar un aspecto muy saludable (envejecimiento exitoso) porque no padecen enfermedades o éstas son mínimas o subclínicas, pero parece cierto que existe el llamado envejecimiento "intrínseco" no motivado por noxas medioambientales, aunque éste sea de carácter leve, pero que puede tener una gran repercusión en los accidentes de tráfico y en la seguridad vial.

Este envejecimiento progresivo repercute ostensiblemente en los cinco componentes esenciales en la capacidad de conducción: capacidad cognitiva (normas de circulación y conocimiento de un vehículo), capacidad sensorial (agudeza visual), capacidad neuromuscular (fuerza motora, coordinación, tiempo de reacción), capacidad motora (destreza manual) y capacidad para integrar estas actividades independientes de manera dinámica en la carretera. Posiblemente, el problema geriátrico más importante para la conducción de vehículos afecta a los ancianos que no son capaces de valorar adecuadamente su capacidad, ya sea por el abuso de sustancias (generalmente alcohol) o por una demencia de naturaleza estable o progresiva.

La evaluación de la salud y la seguridad vial: papel del médico
Estos hechos parecen justificar cada vez más una evaluación de la salud que permita establecer con criterios científicos y clínicos la posibilidad de conducir. Y ello requiere, sobre todo en los ancianos, la eva-
luación de varios componentes o "ejes" de la salud: capacidad funcional, enfermedades (hipertensión, arteriosclerosis, cardiopatía isquémica, ictus, osteoporosis, diabetes, EA, etc.), fármacos que se ingieren, capacidades cognitivas y psicológicas, estado de ánimo, integración social, etc. Posiblemente, el elemento cognitivo más importante en un conductor anciano para valorar si puede o no continuar conduciendo es su propia "introspección" y juicio de su capacidad para conducir.

Un juicio poco realista en una persona que no conduce con seguridad, el rechazo a aceptar una restricción en la conducción (como la conducción con un acompañante) o la imposibilidad para diseñar un plan en caso de perderse conduciendo, sugieren que la capacidad de conducción es dudosa. Parece importante pues, que un conductor anciano sea consciente de sus capacidades reales, especialmente en lo que se refiere a vista, audición, vigilancia y reflejos.

Un elemento cognitivo importante en un anciano para considerar si puede o no continuar utilizando el vehículo es la propia valoración de su capacidad para conducir

Otro problema especialmente importante que incide en una mayor inseguridad en la conducción de automóviles en el anciano, es la "co-morbilidad"; un mismo individuo padece varias enfermedades que actúan entre sí y determinan situaciones de salud muy complicadas. Los trastornos cardiovasculares implican un mayor riesgo de accidentes de tráfico, igualmente, el consumo de alcohol (infravalorado en el anciano), el síndrome de apnea del sueño, el consumo de medicamentos (benzodiacepinas, hipnóticos, ansiolíticos, antidepresivos, antipsicóticos, antihistamínicos, hipoglucemiantes), etc. Además, es frecuente encontrar en nuestros estudios poblacionales que alrededor de la mitad de las personas mayores de 65 años sufran dos o más enfermedades. Tanto los trastornos de ansiedad como del sueño, producen en el anciano una importante disminución de su capacidad psicomotora, menoscabando su aptitud para conducir. Los barbitúricos e hipnóticos no barbitúricos, también tienen efectos nocivos sobre la función psicomotora; igualmente sucede con los antidepresivos tricíclicos y con los analgésicos. Anestésicos, antiepilépticos, antiinflamatorios, miorrelajantes, antihistamínicos y anticolinérgicos, pueden tener efectos secundarios muy importantes (alteraciones de la visión, cefaleas, somnolencia, vértigos, sedación, etc.) que perturban necesariamente la capacidad de conducir.

Especialmente interesante es también el tema de la demencia leve que permite la capacidad para la vida de forma independiente y para las actividades sociales y laborales, pero supone, al mismo tiempo, un declinar de funciones intelectivas que pueden interferir gravemente en las tareas de la conducción de automóviles.

En España, al igual que en otros países desarrollados, la población de conductores mayores de 65 años presenta un notable incremento y, al mismo tiempo, hay un constante aumento del número de kilómetros recorrridos por dichos conductores. La mejora de la calidad de vida de nuestros mayores, el papel que desempeñan los medios de transporte en la independencia individual y el mayor acceso a los mismos están en la base de este incremento. Ello supone igualmente un aumento de conductores mayores de 64 años implicados en accidentes con víctimas en carretera.

Mientras que la mortalidad debida a atropello alcanza su mayor magnitud a partir de los 60 años y tiene una característica forma en "U", el número de conductores fallecidos en accidente de tráfico alcanza un máximo entre 20 y 35 años, para descender considerablemente con el aumento de la edad. Sin duda, el grupo especialmente vulnerable en cuanto a mortalidad por accidente de tráfico sigue siendo el comprendido entre 15 y 24 años.
Según lo expuesto anteriormente, en cuanto a toda patología cerebral implícita al envejecimiento, no cabe duda de que hay una relación muy estrecha entre incremento de edad y riesgo de fallecer en accidente. Por ejemplo, un varón de 80 años de edad, tiene cuatro veces más probabilidades de fallecer en un accidente de tráfico que otro de 20 años e iguales circunstancias del accidente. Y, naturalmente, este problema es muy importante porque aproximadamente una cuarta parte de la población que conduce es mayor de 65 años. Los ancianos tienen más probabilidades de fallecer por accidentes de automóvil y si se incluyen a los peatones, los accidentes de circulación de los mayores constituyen la segunda causa más frecuente de ingreso en los servicios de urgencias.

Riesgos de la conducción del anciano
Pero, ¿hasta qué punto el envejecimiento influye en la pro-
babilidad de que el conductor cometa un error? Las denuncias de tráfico podrán darnos alguna clave: los conductores ancianos suelen ser denunciados por no respetar las señales, no ceder el paso y girar sin previo aviso. Generalmente, no existe exceso de velocidad, defectos del vehículo o graves violaciones del código de circulación.

Si tenemos en cuenta los kilómetros recorridos (exposición al riesgo), el conductor anciano es de los grupos de mayor riesgo de accidentalidad, únicamente superado por conductores de menos de 25 años. Entre los 30 y 60 años, parece registrarse el momento de menos riesgo y, además, en todos los grupos de edad, los varones tienen más accidentes que las mujeres. Pero a pesar del incremento de conductores mayores de 60-65 años y del número de kilómetros recorridos, se ha producido un menor aumento de lo esperado en cuanto a implicación en accidentes de tráfico.

Y ello, posiblemente, porque el conductor anciano utiliza estrategias en la conducción menos arriesgadas. Así, por ejemplo, no utiliza su automóvil en condiciones meteorológicas adversas, no conduce por la noche, suele evitar el tráfico denso, habitualmente no transita bajo la influencia del alcohol, suelen moderar la velocidad y recorrer, en general, menor número de kilómetros.

Es posible que estas estrategias de adaptación al medio reduzcan la implicación de ancianos en los accidentes. En definitiva, está claro que el anciano (conductor o peatón) reduce su movilidad para evitar el riesgo vial. El número de kilómetros, por ejemplo, en el anciano disminuye una quinta parte en relación a los 30 años. Se trata, en fin, de una cuestión de poca movilidad.

Pero aparte del deterioro cognitivo implícito al proceso del envejecimiento, el comportamiento psicomotor, como ya hemos avanzado, se va deteriorando progresivamente. La función visual (agudeza visual binocular, percepción de los colores, visión en la oscuridad, agudeza visual estática y agudeza visual dinámica) que permite obtener el mayor grado de información posible en la carretera o al atravesar una calle, se ve sensiblemente reducida y ésta es, sin duda, la fuente de información más relevante para la pericia del conductor.

La función visual se ve seriamente comprometida en aproximadamente el 25 por ciento de la población mayor de 65 años, como consecuencia de enfermedades propias del envejecimiento (hipertensión arterial, cataratas, glaucoma, diabetes, etc.). En efecto, el deterioro de la acomodación y de la adaptación visual a los cambios de luz, el estrechamiento del campo visual, la agudeza visual estática (fotópica y mesópica), la agudeza visual cinética, la percepción del contraste, etc., son manifestaciones muy serias que afloran durante el envejecimiento y que comprometen muy seriamente la seguridad de la persona mayor como conductor o peatón.

Asimismo, el deterioro en la capacidad auditiva (incapacidad para reconocer y discriminar los sonidos), el deterioro de la movilidad (marcha lenta y menos segura), la disminución de la atención a los estímulos que le rodean, la lentitud en la capacidad de respuesta, la disminución en la capacidad de aprendizaje, la sobrecarga de información (especialmente en la conducción urbana o en las autopistas) y las dificultades inherentes al procesamiento y decodificación de la información recibida explican también las enormes dificultades de una persona mayor en las tareas habituales de conducir o de pasear por las calles.

De otra parte, al igual que el anciano en muchos aspectos de la vida, se ve excluido o marginado, también sucede lo mismo en cuanto al entorno de la conducción y a la seguridad de los peatones. Digámoslo con sencillez, "el tráfico no está diseñado ni pensado para los conductores ancianos". En efecto, muchas veces, la persona mayor se encuentra con un ambiente adverso u hostil.

El incremento de edad se asocia a un mayor porcentaje de accidentes en las intersecciones y ello está condicionado, probablemente, por el deterioro del campo visual, por las dificultades en el movimiento de la cabeza-cuello, por las dificultades para procesar información acerca de distancias y velocidades, etc. La señalización horizontal y especialmente el grado de conservación se relaciona con la inseguridad del anciano, sobre todo cuando hay inclemencias atmosféricas; tampoco se tiene en cuenta las limitaciones de este grupo de edad en el diseño de la señalización vertical y en la sobrecarga de información (o deficiente información) que muestran algunas zonas.


Tampoco el diseño de los vehículos se ajusta siempre a las circunstancias del conductor anciano; por eso, podemos considerar que, muchas veces, la actitud a nuestros ancianos es injusta. Las situaciones nuevas, los cambios normativos, las modificaciones en la señalización, la infraestructura vial,... originan una mayor inseguridad en los conductores ancianos y ello justifica en nuestros mayores la necesidad de programas educativos e informativos que produzcan una mayor seguridad en la prevención de accidentes.

Principio de confidencialidad
No parece justificado, ni mucho menos, excluir a los individuos de edad, ya que existe una gran heterogeneidad en el proceso de envejecimiento, a pesar de su universalidad. Es decir, no existe ningún proceso de envejecimiento idéntico a los demás; por eso, es totalmente imprescindible un estudio absolutamente singular. En todo caso, la declaración de sospecha de un estado de salud inadecuado para conducir plantea, además, importantes problemas éticos relativos a la "confidencialidad". La mayoría de asociaciones médicas consideran que el "principio de confidencialidad" queda total o parcialmente contrarrestado por el del "bien común". En el Reino Unido, por ejemplo, el médico informa de forma directa a las autoridades de tráfico cuando no ha conseguido que el propio paciente sea el que se dirija a ellas ni ha podido comprometer a la familia en la decisión. En EE.UU., se exige a los médicos que informen a las autoridades locales de tráfico sobre todos los pacientes cuyos procesos psicofisiológicos podrían afectar su aptitud para conducir. En Canadá, esta información médica y psicológica es absolutamente obligatoria y ello puede suponer la pérdida del permiso de conducir.

Una mayor seguridad en la prevención de accidentes pasa por la necesidad de establecer programas educativos e informativos para los conductores ancianos

Pero, el automóvil representa un instrumento esencial para la "autoestima" e "independencia" del anciano y, por lo tanto, la retirada del permiso de conducir constituye un evento traumático y estresante para el anciano que puede acelerar todos los procesos de la "senescencia cerebrovascular". Por ello, debemos de tener la mayor cautela y discreción en esta evaluación. En definitiva, si queremos proteger tanto a nuestros pacientes como al resto de los ciudadanos, necesitamos saber si somos capaces de predecir qué factores de los que intervienen en la demencia permiten prever una pérdida de facultades para la conducción. Finalmente, la intervención del médico de familia, junto a la evaluación psicológica y la información de la familia van a ser determinantes en cuanto al seguimiento de la persona mayor en lo que se refiere a la renovación del permiso de conducción, a su seguridad y a la de los demás.

 

 

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