Violencia doméstica
femenina, aspectos médicos y sociales
En España, anualmente, 170.000 españolas son objeto de agresiones verbales o
físicas por parte de sus parejas. La violencia doméstica ocasiona unas secuelas físicas
y sicológicas en las víctimas de gran relevancia, que pueden llegar a la muerte, bien
por asesinato o por suicidio. La actitud del médico en estas situaciones será la de
practicar un reconocimiento completo y exhaustivo que servirá, reflejado en el oportuno
parte, de prueba fehaciente pericial ante los tribunales de justicia.
Julio Cruz y Hermida
Profesor titular de Obstetricia y Ginecología de la Universidad Complutense de
Madrid
El fenómeno de la violencia hacia las mujeres es un problema conculcatorio de Derechos
Humanos y, por tanto, de competencia y responsabilidad de las instituciones y centros de
apoyo sociales, para contrarrestarlo. En la actualidad, los malos tratos domésticos
sufridos por las mujeres han rebasado el ámbito privado y personal del hogar, para
merecer ser considerados como un auténtico problema en las sociedades de todo el
mundo.
En España, en 1984, un grupo de mujeres, con distintas profesiones, bajo el
denominador común de una necesaria concienciación de esta triste realidad crearon la
"Asociación para la investigación de los malos tratos en las mujeres".
Posiblemente esta fecha marque el punto inicial que dará lugar en el futuro a prestar
importancia a este reprobable comportamiento del varón dentro del núcleo familiar y, con
ello, públicamente, romper el silencio que lo encubre.
En ese mismo año salieron a la luz, a través de los medios de comunicación, 16.070
denuncias en las comisarías españolas de malos tratos familiares que, en el fondo, sólo
representaban un 10 por ciento de la realidad, en función de diferentes circunstancias de
ocultación por parte de la víctima de la agresión. Hoy sabemos que, anualmente, más de
170.000 españolas son objeto de agresiones verbales o físicas por parte de su pareja,
dentro de la realidad que es la violencia doméstica. Además, dentro de esa desatada
espiral de la
violencia
doméstica surge la violencia indiscriminada, en que esa víctima pueden ser niños o
personas mayores que conviven en el seno familiar junto con el agresor.
Lo curioso es que, ciertamente, en muy contadas ocasiones se invierten los papeles y
quien se cobra el papel de víctima es el hombre
A finales de mayo del 99, se hizo realidad el Proyecto de Ley de modificación del Código
Penal y de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. A partir de tal fecha, el Código Penal
castigará, no sólo el maltrato físico doméstico, sino la violencia psíquica habitual
en el mismo ámbito (menosprecio, insultos, gritos, etc.) como delito tipificado. En dicho
texto jurídico se precisa que "las faltas de malos tratos se perseguirán de oficio
y que los careos entre los menores de edad y sus agresores serán excepcionales".
Importante es la prohibición de acercarse a su víctima, lo que facilita a ésta una
barrera de protección.
El ciclo de la violencia doméstica es una singular descripción
"autobiográfica" de Blian Nelson, a través de su propia y amarga experiencia
de víctima. Este ciclo de V.D. se debe contemplar como un conjunto de fases progresivas,
con implicación psico-física en sus diferentes secuencias.
Previa a la descripción del mismo, será conveniente exponer una serie de
consideraciones:
a) No todas las fases del ciclo hacen presencia en el mismo. En ciertos casos puede
haber ausencia de alguna por diferentes circunstancias.
b) La violencia no es estrictamente cíclica. Puede aparecer de repente tras estar
previamente dormida en un silencio temeroso. A veces, la víctima o el entorno familiar
pueden intuir su desencadenamiento por actitudes previas del agresor. No se encuentra
justificación aparente o causas que induzcan a su aparición. El ritmo de ésta no guarda
regularidad.
c) Las características del abuso agresivo pueden producir respuestas de indefensión o
temor que facilitan una mayor repetición, por lo que el ciclo, en clave de círculo
vicioso, se alimenta, en progresión, a sí mismo. Según Nelson, la mujer no es
claramente consciente de su paso inicial y, frecuentemente, el ciclo perdura hasta que
muere alguna de las partes: la víctima o el agresor. El alejamiento de éste no es medida
eficaz siempre, por su difícil cumplimiento.
d) La
autora de esta investigación, aún reconociendo que la víctima, minoritariamente, pueda
ser varón (escasez de casos conocidos), otorga prevalencia a la mujer, aunque sólo sea
por concluyentes datos estadísticos y de percepción social.
En el origen de este estudio (Estados Unidos), una mujer es maltratada físicamente por
su pareja cada nueve segundos, y hay constancia seria de que cerca de cuatro millones de
mujeres son sometidas a maltrato físico, sexual o psicológico, por su marido o
compañero.
Continuando con la estadística, las dos terceras partes de las víctimas sufren agresión
por algún miembro o conocido de su entorno familiar y convivencial, y el 42 por ciento de
las mujeres asesinadas lo son por sus compañeros de pareja.
Comentemos seguidamente las diferentes fases que configuran este ciclo de violencia
doméstica.
Fase acumulativa de tensión. El abuso físico suele siempre ser precedido por el
verbal, que lo va preparando, potenciando la progresiva acumulación tensional en el seno
de la pareja. En un principio, cuando las vías de comunicación entre ambos no están
definitivamente rotas, si la futura víctima intenta razonadamente hablar a su pareja de
la problemática que los enfrenta, éste suele responder: "no tengo idea de lo que me
estás hablando y quieres decirme", con lo que se corta la comunicación deseada y
deseable.
La mujer se siente angustiada y no comprende la cerrazón de diálogo y los puntos de
vista de su oponente, preguntándose ingenuamente ¿qué es lo que está haciendo mal? El
hombre hablará con autoridad suficiente, acaparando la posesión de la verdad, con lo
que, psicológicamente (no hay que olvidar que en esta fase existe grave cerco psíquico a
la futura víctima), la va disminuyendo progresivamente.
El hombre empieza a distanciarse emocionalmente de la mujer, lo que genera en ésta un
serio temor a ser abandonada, tratando de contrarrestar ésta situación con un mayor
apego y muestras de cariño a esa persona, de la que va notando un progresivo y frío
alejamiento. Se trata de una evidente fase de desamor por parte del varón, que se traduce
en un permanente estado de agresión verbal, con algunos y esporádicos ademanes de
agresión física premonitorios de lo que va a suceder en fechas próximas. Se está dando
el paso definitivo hacia la segunda fase.
Fase de explosión violenta que, como su nombre indica, recoge la intensificación del
cuadro de violencia doméstica femenina, superando la agresividad física a la verbal,
que, ciertamente, tampoco desaparece.
La tensión anterior referida se ha incrementado hasta cotas peligrosas. Él va
perdiendo el control de sus actos y ella se muestra confusa y temerosa. La insulta, rompe
iracundamente objetos, o se los lanza; fuerza unas relaciones sexuales no deseadas, con
más animalidad que racionalidad; la avergüenza públicamente con palabras y hechos;
interfiere malévolamente en su descanso y sueño; la inmoviliza económicamente,
amenaza con apartarla de sus hijos, insinuando la posibilidad de internarla en un
manicomio, haciéndola ver que tiene perturbadas las facultades mentales. En definitiva,
la tiene sometida a un constante castigo físico y emocional.
La mujer, por su parte, dentro de la angustia dolorosa que vive, suele mostrarse
impotente y no recurre a
posibles
represalias porque la desigual balanza que se ha establecido en la pareja, a lo largo de
los años, la tiene paralizada en actitud de sumisión. Vive en un estado de indefensión
aprendida por el temor.
Dentro de este ciclo y antes de abocarse a una trágica catarsis, en ocasiones surge
una curiosa y paradójica fase de "armisticio", que Nelson la identifica como
Fase de luna de miel, en la que el varón decide cuando empieza y cuando debe terminar.
Tiempo confuso y difícil para la mujer, que piensa si será posible un camino de
reconciliación. En definitiva: una "manipulación afectiva".
El agresor muestra una cara de arrepentimiento (¿cínico?). Alguien puede pensar que
en el origen de este cambio subyace un deseo de contricción y apertura a un estado de
convivencia normal.
Para la mujer, el panorama ha cambiado radicalmente, de tal manera que cree sentirse de
nuevo querida y protegida, sepultando en el olvido la dolorosa situación pasada. La
pareja parece encontrarse en una "nube de luna de miel" que, en realidad, es
fugaz e inconsistente, y que acaba desembocando en la dura realidad de la última fase del
ciclo.
La escalada de la violencia doméstica. Comienza de nuevo la irritabilidad y los
antiguos vicios de conducta del varón, que pierde el control sobre ella, acabando con lo
que la mujer ilusoriamente pensaba como un pasado que no volvería a repetirse.
Esta etapa final conlleva tres niveles de gravedad:
a) Moderada: impedimentos de todo tipo, amenazas, empujones, desconsideración total
con permanentes vejaciones.
b) Grave: agresiones verbales y físicas; insultos; bofetadas; patadas; arrancamiento
de cabellos; contusiones en distintas zonas del cuerpo: cara, brazos y manos (3 por
ciento); cadera y espalda (8 por ciento); vientre (5 por ciento) y nalgas (7 por ciento);
que se intensifican en porcentajes cuando la mujer intenta abandonar la relación de la
pareja.
c) Superior gravedad: Se ha disparado la violencia hasta extremos trágicos,
violaciones y posterior maltrato psico-físico; palizas duras, con látigos y otros
artefactos, que conllevan secuelas de fracturas y traumatismos nasales, oculares, en zonas
músculo-esqueléticas y de piel; intentos manuales de estrangulamiento; uso de armas y
abrasión por ácidos o fuego; incluso el final de un asesinato o suicidio de la
víctima.
Todo ello es el trágico final de este ciclo, estudiado por los americanos, pero de
fácil traspolación geográfica a todas las sociedades y culturas del mundo.
Según una investigación realizada por el Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD), la violencia doméstica y paradoméstica "causa tantas víctimas
mortales y minusvalías, entre las mujeres en edad procreativa, como el cáncer, y más
que los accidentes de tráfico y la malaria juntos".
Respecto al tema de la violencia doméstica, existen datos fidedignos que nos hablan
estadísticamente de un 16 a un 52 por ciento de mujeres que han sido agredidas por su
cónyuge, pareja o amigo, llegando el preocupante conocimiento de datos a establecer el 67
por ciento de mujeres víctimas de la violencia en Papúa (Nueva Guinea), en tanto que en
las "Villas miseria" de Thailandia (Bangkok), un 50 por ciento sufren duras
agresiones por sus maridos, y un 80 por ciento de mujeres aseguran sufrir violencia dentro
de su hogar.
El PNUD estima que unos 130 millones de mujeres jóvenes han sido sometidas a
mutilación sexual por sus parejas y dos millones mueren por esta causa, resaltando que el
90 por ciento de las niñas de Somalia, Yibuti, Eritrea y Abisinia sufren de diferentes
grados de mutilación en sus órganos genitales.
Como colofón a esta penosa estadística internacional, el propio PNUD denunció en
1991 la "falta de cien millones de mujeres en los datos estadísticos", de los
que se tienen elementos, más de certeza que de suposición, que murieron a causa de la
discriminación y agresión en el ámbito de la violencia doméstica.
En nuestro país, es notoria la actual escalada de víctimas de este tipo, pese a los
movimientos sociales, policiales y jurídicos que tratan de impedirla. Pudiera hablarse de
pandemia social, a nivel internacional.
Violencia doméstica femenina con maltrato psicológico
Este tipo de violencia doméstica se basa en el abuso emocional sobre la mujer, con el
denominador común de la vejación, exigencias de obediencia por parte del agresor,
desprecio, burlas verbales (insultos y gestos), intimidación, humillaciones en público,
manipulaciones y omisiones diversas, abandono físico y económico, sexualidad vejatoria;
todo ello dirigido hacia un aislamiento social y progresivo de su pareja, y una evidente
carga de afecciones futuras en la salud mental de estas mujeres, que acaban desembocando
en secuelas
psicosomáticas
de diversos grados: depresión, insomnio, ansiedad, trastornos múltiples de la
personalidad con baja autoestima, y estrés postraumático compulsivo-obsesivo.
Aunque la agresión no sea física y sí solamente verbal deja también cicatrices
profundas paracorporales de tipo psicosomático. Es tan grave como la física y se sitúa
dentro de la mayor peligrosidad de estrés psicosocial.
Cobo Plana diferencia dos opciones: a) "la violencia psíquica en el ámbito de la
persona como individuo", y b) "la violencia psíquica en el ámbito de la
familia como unidad de convivencia de individuos dentro del tradicional sistema de la
Sociedad". El primer apartado, numéricamente menor, es protagonizado por sujetos
extraños al marco doméstico (pederastas, maníacosexuales, violadores agresivos), con
desviaciones psicosexuales. El segundo, en nuestra experiencia clínica, es de mayor
importancia cuali-cuantitativa, cuyas víctimas llegan a las consultas, tras tiempo de la
agresión, aflorando vivencias de un pasado, un tanto lejano, pero que ha permanecido
potencialmente latente hasta que irrumpe con la sorprendente patología psicosomática
secuencial.
El estado psicopático que lleva aparejado la agresión psicológica continuada en el
ámbito familiar puede transformar a la mujer, conduciéndola, a veces, a ciertos grados
de enajenación mental que en ocasiones se hacen particularmente graves, y en los cuales
la intervención objetiva e imparcial de un profesional de la Psiquiatría no permite que
la obstinación calculada del agresor por ingresar a su víctima en un centro frenocomial
se lleve a cabo.
Ese mismo agresor, en su deseo de destrucción de la mujer, falsea situaciones que
hagan ver a los elementos del entorno familiar que su pareja ha perdido la cordura.
La repercusión psicosomática, ya comentada, crea una patología específica en estas
mujeres afectas de daño psicológico doméstico, tales como: trastornos de angustia,
claustrofobia/agarafobia, y demás fobias sociales, que también suelen darse en las
agredidas sexualmente.
Importante es también consignar la aparición de somatización de sus problemas: cefaleas
crónicas, insomnio, exacerbación asmática, y alteraciones digestivas (colitis,
gastritis, diarreas y estreñimiento, colon irritable, ulcus duodenal, vómitos, etc.).
Algunas encuentran salida a su confusa situación anímica en el alcohol, incluso en las
drogas.
Este capítulo de la violencia psicológica, tiene tal importancia y trascendencia, que
ha movido recientemente a los legisladores a introducir en el Código Penal,
modificaciones en el sentido de la tipificación del delito de la violencia y maltrato
psíquico dentro del seno familiar.
Violencia doméstica femenina con maltrato sexual
Dentro de la violencia física doméstica tiene especial importancia la de componente
sexual, con producto de lesiones sobre el aparato genital externo de la mujer,
generalmente asociadas a otras repartidas por diferentes partes del cuerpo. Se trata,
pues, de una globalización de la violencia física, con marcada especificidad en el área
genital.
Deberá hablarse de violencia doméstica sexual siempre que el agresor imponga a su
cónyuge o pareja una relación de sexo contra su voluntad, usando de la intimidación y
la fuerza. Lo que en argot socio-jurídico se conoce como forzamiento. Si en el hecho
agresivo existe penetración de cualquier tipo, entramos de lleno en la figura de la
violación, unida semántica y etimológicamente a la de la violencia.
La actitud del médico (forense, ginecólogo, de Atención Primaria o guardia en centro
hospitalario de urgencias), ante el hecho consumado de agresión/violación doméstica,
será la de practicar un concienzudo y completo reconocimiento a la víctima, que
servirá, reflejado en el oportuno parte, de prueba fehaciente pericial ante los
Tribunales de Justicia.
Especial importancia y trascendencia tiene, en esta forma de violencia, cuando la
víctima es una niña o adolescente. Junto al maltrato físico genital se asocian una
serie de penosas secuelas de alteración psíquica, que marcan a estas niñas en su
futuro. Estimamos conveniente comentar lo que rodea a este tipo de agresión, por la
repercusión médica, física, psicopática, social, etc., que acompaña a esta modalidad
de violencia física.
Vaya por delante la triste constatación de que el agresor suele ser persona
directamente ligada al entorno doméstico de la víctima (padre, hermanos mayores, tíos,
abuelos, o personas de la intimidad de la familia, como padrinos, amigos íntimos de los
padres u otros familiares). Todos ellos aprovechan la fácil accesibilidad
a esa víctima, sometiéndola a
chantajes y severas amenazas si se decidiese a "hablar".
Las particularidades diferentes en los abusos sexuales son variadas: tocamientos de
zonas genitales, penetraciones vaginales y ano-bucales. Todo ello se almacena y clava en
el psiquismo y subconsciente de los niños, para despertar en el consciente en una mayor
edad favoreciendo conductas psicopatológicas de nefasta trascendencia como: rechazo a su
propio cuerpo (que lo estiman "sucio") y al sexo opuesto. Las mujeres agredidas
en la mujer presentan un amplio abanico de secuelas como: amenorreas funcionales,
frigidez, anorgasmia, esterilidad, dolores pélvicos "sine causa", vaginismo,
dismenorrea, incluso intentos de suicidio (generalmente no consumados). En las niñas
violentadas es frecuente la aparición y mantenimiento de enuresis, que tienen igual
explicación en su génesis.
La afectación psíquica (a veces auténtico trastorno mental), que persigue y marca a las
víctimas de agresión sexual en el ámbito doméstico, suele tener una relación directa
con el grado de daño sufrido. Influye en este fenómeno:
1) Antecedentes de graves conflictos conyugales de los padres, culminados con la
separación y el consiguiente abandono y dejación supervisora sobre los hijos.
2) Ciertos tipos de psicopatología familiar.
3) Situaciones vitales estresantes y problemas en las relaciones padres-hijos, como
factores predisponentes en éstos, de los que se aprovechan los "abusadores
oportunistas".
4) Serias secuelas de "trastornos de ansiedad", "angustia",
"depresión", "agarofobia/claustrofobia" y demás "fobias
sociales", como alteraciones obsesivo-compulsivas en fases ciclotímicas. Permanentes
estados estresantes son, igualmente, fenómenos secuenciales.
5) Los trastornos psicosomáticos o somatomorfos, ya comentados anteriormente, son
herencia del daño pasado. Como ejemplo de somatización en el aparato digestivo, cabe
mencionar, por su frecuencia, el ulcus duodenal y el colon irritable.
6) Aparición de secuelas como "trastornos disociativos" (personalidad
múltiple, trastornos de identidad sexual ya comentados).
7) Patologías del lenguaje como problemas del aprendizaje (dificultad para la lectura
y escritura, verbalización, tartamudez, dislexia, déficit de atención con
hiperactividad).
8) Trastornos de la ingestión alimentaria (en la propia niñez), inapetencia,
vómitos, dispepsias, estreñimiento/diarreas, meteorismo. Algunos autores contemplan la
anorexia-bulimia nerviosa, identificada con maltratos sexuales domésticos en la niñez,
que afloran en el psiquismo de adolescente o mujer.
9) Se correlacionan con los hechos acaecidos en la niñez "trastornos disociales
de comportamiento", que favorecen la inclinación al consumo de substancias opiáceas
y anfetaminas.
10) La más grave secuela, como ya hemos apuntado anteriormente, es el intento de
suicidio (como amenaza al entorno) o su consecución, tras una potente depresión.
En especiales circunstancias, la niña o adolescente, sometida a permanentes vejaciones
sexuales, no demora la secuela para el futuro, sino que la hace presente, interpretando el
deseo íntimo de quitarse la vida como una postura de rendición ante lo que interpreta
como "obstáculo insalvable" para seguir viviendo dentro de un marco depresivo,
angustioso y de ansiedad, generándose una situación de autoestima en niveles ínfimos,
que hace despreciar la propia vida.
Todo lo anteriormente comentado nos lleva a la conclusión final de que el daño que
produce el impacto psicológico en los casos de agresión sexual doméstica, traumática
en la reiteración, es en ocasiones superior al daño físico sómato-genital, y que,
acaso requiera tratamiento psico-terápico, no sólo en el presente sino también en el
futuro.
Violencia doméstica física en la mujer embarazada
Un aspecto de la violencia doméstica femenina es la violencia física de la mujer
embarazada en el ámbito familiar. Un importante número de las mujeres que son agredidas
sufren la agresión siendo portadoras de una gestación. Parece ser que, para los
agresores, la preñez de su pareja puede ser un motivo especial de
ensañamiento, en ocasiones
acrecentado por el cínico discurso (las más de las veces proclamado en voz alta para
conocimiento del entorno familiar) de que lo que "está en el vientre de su mujer no
es un hijo deseado y querido", o tal vez, recurriendo al fácil subterfugio de
negación de la paternidad.
Un estudio realizado en México (Hospital Civil de Cuernavaca) sobre "La violencia
doméstica durante el embarazo y su relación con el peso del feto al nacer" (1996),
ilustra sobre la problemática que encierra esta parcela de la violencia doméstica. Los
datos allí expuestos pueden interpretarse como paradigma de lo que ocurre en el fenómeno
violencia y gestación. Entre sus conclusiones destacan:
1) El 41 por ciento de las mujeres denuncian ser maltratadas por sus parejas durante su
embarazo, lo que indica la alta prevalencia de la agresión física a mujeres gestantes,
corroborando nuestra apreciación anterior.
2) Mayor riesgo de aborto espontáneo.
3) Estas víctimas de violencia durante su preñez tienen tres veces más
complicaciones durante el parto y posparto que las mujeres no maltratadas. Los fetos de
estas madres, al nacer, tuvieron cuatro veces más riesgo de sufrir bajo peso que los
otros grupos (peso promedio de los fetos de M.M.: 2.485 gms. el de las M.N.M.: 3.150
gms.). Se observó incremento de la morbilidad y mortalidad perinatal (muerte fetal
prematura. 40 veces más riesgo de morir en el primer año de vida) y efectos deletéreos
en el desarrollo ulterior de las capacidades físicas, cognoscitivas y de relación de
estos fetos, que los limitarán seriamente en caso de sobrevivir.
4) Los golpes producidos por el agresor sobre el vientre materno pueden conducir a
desprendimientos prematuros de la placenta (abruptio traumático), con resultados de parto
prematuro, muerte fetal o muerte materna por grave hemorragia interna o rotura
uterina.
5) El inicio de los actos violentos se produjo en el primer trimestre gestacional del 2
al 7 por ciento. En el segundo trimestre del 7 al 10 por ciento. Y de un 4 por ciento en
el tercer trimestre.
6) Los estudios sobre el bajo peso al nacer (CIR) se explicaría en una hipótesis
patogénica: la liberación de neurotransmisores (catecolaminas), como producto de una
innegable depresión o estrés acompañante durante el embarazo agredido, pudiera tener
efectos negativos en el feto, con expresión de retardo en el crecimiento y discordancia
en peso (crecimiento fetal retardado intrauterino), a causa de una hipoperfusión
placentaria, o un parto prematuro, abuptio, etc.
Podríamos decir, pues, que el feto intraútero es también partícipe y, por tanto
víctima, de la violencia sufrida por la madre, lo que incrementa la peligrosidad del
maltrato, que en este tipo de casos se muestra ambivalente.
Posiblemente, para legisladores y juristas la agresión física a una embarazada,
dentro de su medio doméstico, deberá ser tipificada como agravante en un delito que
sufren dos vidas humanas a través de la violencia que gravita sobre la gestante.
| Perfil del hombre
agresor |
* Edad, entre 25 y 45 años.
* Contextura física, generalmente fuerte.
* Carácter violento y pendenciero, dentro y fuera del ámbito familiar.
* Bebedor habitual (muchas veces encaja como sujeto alcohólico crónico). Cuando entra en
fase de ebriedad, aumenta considerablemente su actitud violenta.
* No necesariamente drogadicto, aunque en ocasiones la droga se suma al alcoholismo.
* Antecedentes psicopáticos (tratado o sin tratamiento por psiquiatras) (subterfugio para
que sus abogados encuentren eximentes).
* Cambios caracterológicos: ciclotimias y fases depresivas-obsesivas.
* Sentido posesivo de su pareja, como si de mercancía propia se tratase. ("La maté
porque era mía
").
* Desapego del entorno familiar, que trasciende a los hijos, aunque en ocasiones hace
prevalecer su condición de padre para recuperación y sometimiento de su prole.
Reivindicativo de sus hijos, más para ejercer derechos que amor hacia ellos.
* Compulsivo en sus hábitos (alimentarios, de trabajo, etc.)
* Tendencias sexuales desviadas y aberrantes, y violencia en ese terreno, tanto sobre la
mujer como, incluso, con sus propias hijas.
* Poseedor de diferentes grados de agresividad física, que pueden llegar a la
consumación de la muerte de su pareja; unas veces involuntarias; otras consciente de que
es el medio o fin de eliminar a la mujer odiada.
* Cultura media o baja. Cuando esa cultura es de grado superior, incrementa su agresividad
psicológica sobre la víctima.
* Ofrece una serie de secuencias emocionales para con su mujer: amor, indiferencia,
desamor total, agresividad y violencia plena. Es "filógino" con las mujeres en
general, y "misógino" en su aversión permanente a la propia. Aunque no ame a
su mujer, siempre querrá ejercer sobre ella dominio y posesión. Es "celoso" en
el desamor.
* Exhibe, a lo largo del ciclo de violencia, muestras falsas de arrepentimiento
artificial, que da esperanza a la víctima, pero que adolece de insinceridad al proponerse
el sujeto una contrición que no entra en sus planes.
* Potencialmente, es "carne de prisión" y "mente" para el
psiquiatra. |
Actitud del médico ante la violencia doméstica
femenina
La heterogeneidad de las lesiones sufridas por la mujer maltratada obliga a plantearse
una actitud de asistencia multidisciplinaria, en cuanto a médicos y especialidades.
J. A. Cobo Plana, en su libro "Manual de actuación sanitaria, policial, legal y
social frente a la violencia doméstica", inserta, entre otros muchos cuadros,
formularios, como pauta orientativa ante el primer contacto con la mujer agredida, uno de
los cuales recogemos, por estimar pueden ser de gran utilidad para el facultativo que
inicia la investigación/exploración de la víctima (véase Árbol de Comunicaciones). El
médico forense conducirá su investigación en la "toma de muestras", indicios
o signos de agresión, con una visión de información y ayuda a la Policía e Instancias
Judiciales. Nada digamos cuando la agresión conduce a la muerte de la agredida, en la que
el forense, por conocimientos y Ley, tiene toda la responsabilidad y el derecho de
actuación. De la conjunción de los diferentes médicos especialistas se derivará una
repercusión favorable hacia la víctima y la Justicia.
Si la agresión es psicológica sus secuelas deben ser tratadas por el psicólogo
clínico/psiquiatra, la agresión física será enjuiciada y tratada por el ginecólogo o
forense.
En presencia de violencia doméstica con agresión sexual es conveniente tener presente
el Formulario de Cobo, que esquematiza ordenadamente los pasos a seguir en la exploración
y actuación médica.
En principio, el médico deberá describir las lesiones corporales con la mayor
minuciosidad, puesto que de este examen pericial se derivarán pruebas demostrativas, en
orden a la culpabilidad del agresor, en los procedimientos judiciales que se abrirán en
el futuro. De esta forma se comenzará por describir: a) la zona o zonas en que asientan
las lesiones; b) características de las mismas (número, aspecto, dimensiones y demás
precisiones), que serán, lógicamente, posterior pauta de conducta asistencial por el
profesional implicado en el caso.
El informe que se emita es aconsejable sea redactado con tecnología científica
(anatómica y funcional), tratando de buscar homogeneidad y analogía con la mayoría de
las pericias, para ser interpretado, en unidad, por los Tribunales de Justicia. "Se
tiende a aplicar lenguaje internacional codificado que permita a los profesionales, no
sólo entenderse, sino también recuperar los datos codificados y, a través de la
epidemiología, llegar a definir factores de riesgo y preventivos que permitan trabajar
con macrodatos" (Cobo Plana), con arreglo a la Codificación de la CIE-10
(Clarificación Internacional Estadística de Enfermedades relacionadas con la Salud de la
OMS).
Las lesiones van desde la nimiedad (empujón, arañazo) hasta la pérdida de la vida
causada por las mismas (maltrato continuado conducente a la biolisis de la mujer), pasando
por una heterogénea gama de traumatismos profundos. Convendrá interpretarlas como daño
"de efecto inmediato" o daño "físico a largo plazo", según
pronóstico establecido (sobre todo en la violencia con embarazo en curso), tratando de
discernir si la lesión es traumáticamente voluntaria o por accidente ocasional (muchas
veces motivo de encubrimiento por el agresor, o la propia víctima que, paradójicamente,
se autoinculpa).
La prueba documental fotográfica es aconsejable e incluso imperativa como constancia
del hecho presente, así como los signos que puedan aparecer en las ropas de la víctima.
La imagen de las lesiones se describirá a través de medios convencionales, esquemas
topográficos o dibujos corporales.
Resulta importante y conveniente valorar el "nivel de gravedad" de las
lesiones, en sus diferentes modalidades (física, sexual, psíquica y mixta). En
"grados máximos" (con resultado de supervivencia o muerte), que no lleven a
engaño con un suicidio. Cabe recordar que el "homicidio es una parte integrante de
la violencia doméstica desatada".
La valoración pronóstica de la gravedad se establecerá, salvo complicaciones que
puedan surgir a posteriori,
en "menos graves", "grave", de "riesgo vital" o
"reservada". Será conveniente definir el pronóstico a "través de aquello
que queramos valorar".
La descripción de las lesiones físicas debe hacerse con relación al servicio que nos
puedan prestar ?desde un punto de vista médico-forense? y encaminada a la posterior
reconstrucción de los hechos, a partir de la contemplación de las mismas.
Este tipo de lesiones, producto de la violencia física doméstica, pueden clasificarse en
dos amplios grupos, con trascendencia judicial presente y futura:
a) Lesiones comunes a cualquier tipo de agresión: Las más habituales suelen radicarse
en las zonas del cuerpo más expuestas a la violencia exterior, principalmente las del
rostro y cabeza (fracturas nasales y orbitarias, contusiones malares y de labios, y
contusiones de cuello). Las de espalda, glúteos y extremidades inferiores aparecen en
menor porcentaje, posiblemente, porque sean zonas de menor accesibilidad al hecho
violento.
b) Lesiones de superior importancia y trascendencia: tanto en el orden médico como
mero signo para posterior investigación judicial, por la especificidad de la propia
lesión, que no permite confundirse, con traumatismos fortuitos y no intencionados.
Contemplamos en este apartado, "lesiones por armas blancas". Independientemente
de la gravedad que puedan entrañar, son intrínsecamente ejemplo de clara violencia
intimidadora e intencional. "Lesiones por armas de fuego" no siempre mortales, y
que precisarán, a veces, de estudio balístico. "Lesiones contusivas
violentas": empujones, seguidos por caídas, con posterior suerte en las mismas.
"Lesiones de máxima violencia": empujones por escaleras y lanzamientos al
vacío desde terrazas y ventanas. "Lesiones traumáticas en forcejeo":
"agarramientos" forzados de cuello (las más lesivas, ya que pueden llegar a
provocar roturas musculares, esguinces cervicales con interrupción del flujo sanguíneo
cerebral, e incluso muerte por fractura vertebral del atlas y el axis). No hay que olvidar
los intentos de estrangulamiento o su consumación total. Estos "agarramientos"
se pueden trasladar a muñecas, tobillos y cuello, bien manualmente o por medio de
cuerdas, cinturones, cables de acero, etc.
Si la víctima ofrece resistencia y se defiende generalmente sufre daños en la zona
del cuerpo que más se opone a la agresión: brazos, antebrazos y manos, exhibiendo en
ocasiones heridas a nivel de la cara palmar de los dedos, lesiones superficiales o
profundas en muñecas y resto de las extremidades superiores.
Dentro del amplio apartado general de lesiones merecen una especial consideración las
agresiones sexuales con violencia, que ya hemos comentado anteriormente, y que pueden
darse en el ámbito doméstico, bien por la pareja de la víctima o por otras personas del
entorno. Son agresiones que también pueden producirse en niñas/adolescentes.
Para fijar la localización precisa de las lesiones son útiles los esquemas o
diagramas del área genital, anobucal, muslos y nalgas, en los que se puede pormenorizar
el tipo de traumatismo, localización y extensión; así como el Formulario de
"Recogida de Muestras" (Cobo). Topográficamente, y valiéndose de cuadrantes
para marcar la situación, las situaremos en las siguientes zonas:
- Muslos, generalmente ubicadas en caras ántero-internas del tercio superior y
medio.
- Nalgas, la lesión puede adoptar la forma de "puzzle", indiciaria de
arrastre de la víctima sobre terreno pedregoso. También se podrán objetivar frecuentes
y múltiples hematomas contusionales por la extensión de la zona, producto de golpes y
patadas.
- Mamas, hematomas distribuidos por los diferentes cuadrantes. A veces se objetivan
señales de mordedura; o contusiones en el espacio intermamario por arrancamiento violento
del sujetador. El mordisco sobre el área del pezón y la aerola conlleva, en casos de
extrema violencia, su arrancamiento. Todas estas lesiones deberán ser ubicadas en los
cuadrantes respectivos.
- Himen. Las lesiones pueden ser hematomas en las carúnculas o dislaceración
sangrante (casos recientes) sobre sus bordes y escotaduras. Son más significativas en
mujeres vírgenes o nulíparas y, sobre todo, en niñas.
- Horquilla posterior. Más acusadas en la fosa navicular.
- Introito vestibular. Lesiones patognomónicas de traumatismos originados por
introducción forzada del pene; o artefactos susceptibles de introducción violenta.
- Ano y zona ano-rectal y perineal. El mecanismo lesional es similar al que se produce
en el introito vestibular. Cuando ello ocurre pueden apreciarse lesiones en el esfínter
externo e interno del ano, que conducen a dislaceraciones y dehiscencias capaces de
afectar el tejido cutáneo-mucoso rectal, dejando posteriores secuelas, en ocasiones, de
incontinencia y fistulaciones. En la zona perianal son frecuentes las heridas y hematomas
difusos. En algunos casos desgarros perineales a partir de la horquilla.
- Zona buco-peribucal. En penetraciones orales pueden observarse lesiones contusivas en
labios y sus comisuras (mucosa interna), lengua y encías. Procede en estas situaciones
llevar a cabo una minuciosa revisión de los pliegues mucosos interalveolares y dentarios,
así como "toma" de posibles depósitos de semen. Todo ello como importante
fuente de datos periciales.
Los contactos y penetraciones en las zonas comentadas del área genital pueden
conllevar infecciones de transmisión sexual, con clara génesis de la acción violenta.
Estos contactos de un pene infectado con las superficies dérmicas y mucoso-cutáneas de
la zona pueden devenir en afecciones de todo tipo: "micológicas" (aftas y
prúrigos bucales); "protozoarias" (trichomonas vaginales, Giardias-lamblias)
con asentamiento vulvar y vaginal; "parasitarias" (phitirus pubis) -vulgo
ladillas-, ácaros -sarna- y liendres en el vello; "víricas" (V.I.H. -sida-,
virus herpes simple, V.P.H. -papilomavirus- condilomas -hepatitis B);
"bacterianas" (gonorrea-Neisseria-, sífilis -Treponema pallidum)-, chlamydias,
y otras infestaciones de contacto sexual directo como las producidas por el Mycoplasma H,
el Haemofillus (Gardnerellas), o el Ureoplasma vaginalis, entre otras.'
Algunas secuelas provinientes de la agresión son aquellas que pueden desembocar en un
cáncer ginecológico, producto de una infección primaria por Papilomavirus
condilomatoso, herpes genital, o chlamidia trachomatis. Agentes vírico-bacterianos pueden
ser igualmente culpables de la E.I.P. (Enfermedad Inflamatoria Pélvica), asentada en
útero, parametrios, trompas y ovarios, como proceso esencialmente flogósico, generador
de diferentes grados de dolor en la zona abdominopélvica.
No podemos omitir la posibilidad, escasa, pero cierta (sobre un cinco por ciento) de
embarazos, productos de la violación forzada y violenta con penetración vaginal. Los
medios inmunológicos (ADN) para confirmar o descartar una paternidad del agresor, ayudan
a la identificación de éste.
Figura
1: Árbol de comunicaciones |

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Bástenos reincidir, finalmente, en el mantenimiento de problemas tras la agresión
sexual como depresión, sentimientos de rabia, y humillación, de baja autoestima, de
rechazo social y rechazo generalizado hacia el sexo masculino (aún en casos de un
posterior matrimonio con persona ajena al agresor, que es foco involuntario del rechazo de
sexo), insomnio, cambios caracterológicos, como elementos de una grave psicopatología
provinente de la brutal agresión física (aislada o continuada) padecida en su día, y
que, como apuntamos en su momento, la corrección terapéutica de su seria problemática,
debe encomendarse a psicólogos clínicos o psiquiatras.
Las víctimas de estas agresiones domésticas o paradomésticas deberán ser
tratadas con ambivalencia, tras la agresión, de sus lesiones físicas. A medio y largo
plazo, de las secuelas psicológicas, que pueden acompañarla de por vida.
Texto reducido del artículo "Violencia doméstica en la mujer. Actitud del
médico".
Fotos cedidas por la Agencia Efe
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