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  • Lunes, 20 de Febrero de 2017

Así pensamos, así envejecemos

Mi experiencia profesional y mi contacto directo con las personas mayores me han enseñado que no existe un único modo de vivir la vejez. En realidad, el envejecimiento no es un mero declive, sino que supone tanto pérdidas como ganancias, es decir, existe efectivamente un declive, pero también posibilidad de desarrollo y mejora de habilidades. El llamado "Edadismo" es el mantenimiento de mitos, estereotipos, actitudes prejuiciosas, expectativas y creencias erróneas hacia una persona únicamente por el hecho de ser mayor

Así pensamos, así envejecemos

Hace unos meses tuve el placer de ser invitada a impartir una conferencia dentro de la XLI Semana de Humanidades de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao, centrada este año en el envejecimiento saludable.

En dicha semana se logró abordar el tema del envejecimiento desde diversas ópticas científicas y profesionales. Así, se inició el recorrido de la semana desde un interesante punto de vista biológico y genético con la conferencia "¿Hasta cuándo podemos vivir?" a cargo del Dr. Millet, pasando también por la óptica fisiológica y médica ("Actividad física saludable a cualquier edad" por el Dr. Gondra), sin olvidar el tan importante aspecto nutricional ("Buena alimentación, buen envejecimiento" a cargo de la Dra. Marín) y el campo social como cierre de este recorrido con la conferencia "Envejecimiento saludable y relaciones intergeneracionales" por parte de D. Ismael Arnaiz.

En mi caso, fui invitada a reflexionar sobre el envejecimiento saludable desde el punto de vista propio de mi formación y campo de desarrollo profesional: la Psicología. Mi experiencia profesional y mi contacto directo con las personas mayores me han enseñado que no existe un único modo de vivir la vejez. Ser mayor se puede ejercer de diferentes maneras. Cada cual debemos determinar, en la medida de nuestras posibilidades, la forma en la que deseamos envejecer, qué sentido y qué significado le queremos dar a este proceso del ciclo vital. "Así pensamos, así envejecemos" fue de esta manera el título de la conferencia que resumía mis reflexiones.

¿De qué premisa partimos? Mi tesis principal es que en la vida, las gafas que me ponga para mirar la realidad condicionan mi manera de pensar, sentir y actuar, es decir, mi modo de vivirla. Lo mismo ocurre con el proceso de envejecimiento: ¿lo miro como un problema o como una oportunidad? ¿Considero la vejez como un problema que supone un proceso de deterioro físico, psíquico y social inexorable? ¿Considero la vejez como una oportunidad de crecimiento y realización personal en el que puedo expresar todo mi potencial de bienestar físico, psíquico y emocional así como participar de la sociedad de acuerdo con mis deseos, necesidades y capacidades? En función de mi perspectiva, condicionaré mi manera de vivirlo. Podemos decidir qué gafas me pongo para mirar mi vejez, qué forma, qué sentido y qué significado le quiero dar.

En la actualidad el concepto de vejez está desvalorizado en una cultura de valores tales como la imagen, la fuerza y la belleza asociados a una idea de juventud como valor sine qua non. Pese a ello, lo cierto es que el envejecimiento es un proceso universal, heterogéneo e irreversible al que estamos expuestos desde que nacemos. Sin embargo, lejos de prepararnos para afrontar activamente la vejez, la sociedad transmite una imagen negativa de esta etapa a la que se asocia con vulnerabilidad y dependencia, manteniéndose así una imagen de las personas mayores como sujetos pasivos y pacientes en lugar de agentes activos y protagonistas de su propia vejez.

Mi pretensión es cuestionar estos estereotipos y vislumbrar pautas de pensamiento y acción para nuestra vida cotidiana, las cuales nos ayuden a un buen envejecer.

En realidad, el envejecimiento no es un mero declive, sino que supone tanto pérdidas como ganancias, es decir, existe efectivamente un declive, pero también posibilidad de desarrollo y mejora de habilidades. Se trata de desarrollar estrategias de afrontamiento para encarar esos "declives" o procesos de deterioro normales del envejecimiento a nivel físico y cognitivo, de tal manera que la persona sea capaz de fijar sus objetivos vitales, valore sus capacidades y busque cómo llegar a sus metas a pesar de las limitaciones y las mermas que pueda sufrir.

El envejecimiento es pues un fenómeno en el que el individuo puede hacer mucho para ser agente de su propio envejecimiento positivo y saludable. Envejecimiento activo, saludable, autonomía, independencia, calidad de vida, etc. son expresiones que cada vez más, afortunadamente, forman parte de nuestro lenguaje cotidiano. Su uso estos últimos años revela un cambio de sensibilidad respecto al envejecimiento, buscando su contemplación como un periodo de oportunidades y una experiencia positiva vinculada al ciclo vital.

A pesar del hecho de que el grupo de los mayores es en el que se encuentran los porcentajes más grandes de discapacidad y dependencia y de que es en esta etapa de la vida en la que se produce un mayor número de pérdidas y dificultades que afectan tanto a su salud como a su red de apoyo, la realidad es que la mayoría de las personas mayores envejecen de forma satisfactoria. Sin embargo, este hecho contrasta con la imagen social estereotipada que tenemos de los mayores.

Edadismo

El llamado Edadismo es el mantenimiento de mitos, estereotipos, actitudes prejuiciosas, expectativas y creencias erróneas hacia una persona únicamente por el hecho de ser mayor. Estos estereotipos están ampliamente extendidos en la sociedad, en nosotros mismos y en las mismas personas mayores.

Estas creencias condicionan nuestra actitud al valorar, acercarnos y relacionarnos con las personas de este grupo de edad, tanto desde el plano profesional como personal, lo cual, muchas veces hace que tengamos actitudes discriminatorias y no favorece que empoderemos a las personas mayores y propiciemos un envejecimiento en positivo, independiente y autónomo, donde la persona sea capaz de tomar sus propias decisiones y valerse por sí misma el mayor tiempo posible. Algunos de estos prejuicios son:

• Envejecimiento cronológico: se valora a la persona por su número de años, cuando la realidad es que existe una gran heterogeneidad en este grupo de edad.

• Improductividad: creer que la persona mayor es incapaz de ser productiva, cuando la realidad nos muestra personas mayores con gran capacidad de trabajo, creatividad y actividad.

• Inflexibilidad: creer que las personas mayores son incapaces de cambiar y adaptarse a situaciones nuevas cuando en realidad, nuestra capacidad de adaptación depende más de nuestra personalidad y de las experiencias vitales que nos haya tocado vivir.

• Falta de compromiso o desinterés por la vida, cuando los intereses y motivaciones vitales dependen de cada persona y no de su edad.

• Senilidad: creer que las personas mayores pierden capacidades mentales paulatinamente por cuestión de la edad, cuando se pueden compensar déficits normales con entrenamiento y se puede seguir aprendiendo.

• Envejecimiento es igual a enfermedad, cuando la realidad es que la mayoría de las personas mayores viven de forma independiente y autónoma.

Un asunto muy grave a mi modo de ver y del que hemos de ser conscientes es que estas creencias y estereotipos influyen negativamente en las mismas personas mayores, en la percepción que tienen sobre su propio proceso de envejecimiento, ya que, al tenerlos asumidos e interiorizados, infravalorando así sus capacidades físicas, mentales y relacionales, se produce una especie de "Profecía Autocumplida" debido a la falta de motivación y el desarrollo de actitudes y hábitos de vida consecuencia de ese sentimiento de indefensión por la creencia de un declinar inexorable. Asumir actitudes edadistas supone para los mismos mayores caminar hacia una peor salud funcional, cultivar emociones negativas y una baja autoestima, un sentimiento de indefensión y una peor calidad de vida.

Por otra parte, los sesgos edadistas favorecen una descripción de las personas mayores basada fundamentalmente en rasgos negativos por lo que puede fomentar la realización de prácticas personales y profesionales discriminatorias, aplicando por ejemplo diferentes pautas terapéuticas, infradiagnosticando, infratratando y utilizando un estilo de comunicación profesional-paciente que no reconoce el valor de la persona adulta que se tiene delante. En definitiva, una reprobable calidad en la atención, en la que no propiciamos un envejecimiento positivo, independiente y autónomo.

El primer paso para superar estos pensamientos estereotipados es reconocer que todos participamos de ellos en mayor o menor medida, informarnos y conocer realmente qué es el proceso de envejecimiento, qué cambios supone un envejecimiento normal a nivel físico, psicológico y social, qué es el envejecimiento patológico, qué factores influyen en el proceso de envejecimiento, etc.

En este punto me gustaría profundizar en un par de factores de índole psico-social que podríamos denominar "mediadores" presentes en el proceso de envejecimiento, en cuanto a su papel fundamental en la situación actual concreta de la persona mayor y que hemos de tener en cuenta a la hora de acercarnos a su realidad. Estos "mediadores psico-sociales" son:

• El estilo de vida: aunque un componente genético puede contribuir a la longevidad, la salud y la actividad durante la vejez son fundamentalmente un resultado y sumatorio de las experiencias y aprendizajes de una persona a lo largo de su vida. Los estilos de vida seguidos durante la infancia, la juventud y la vida adulta influyen negativa o positivamente en el logro de una vejez activa y saludable. Seamos conscientes de que la posible aceleración del declive funcional causado por los estilos de vida que se sigan, puede ser reversible a cualquier edad.

• Estado mental y psicológico: Aquí distinguimos lo siguiente:

•  Lo cognitivo: el concepto que tenemos sobre nuestras capacidades condiciona el uso que hacemos de éstas. Al envejecer, muchas personas dan por hecho que ya no son capaces de realizar grandes esfuerzos cognitivos o de aprender cosas nuevas. Sin embargo, tengamos claro que en la vejez el aprendizaje es posible y necesario. La mente debe permanecer activa a lo largo de la vida y adaptarse a los cambios e innovaciones del contexto. En este sentido, el desarrollo de intervenciones orientadas al entrenamiento cognitivo puede ser de gran utilidad.

• Pensamiento: el sistema de competencia personal es un factor clave en la preparación para una vejez saludable por su gran importancia en el sentimiento de bienestar personal y en la adquisición de hábitos saludables. Este sistema se refiere al grado en que una persona siente que puede controlar aspectos internos y externos que afectan a su vida. Estamos hablando de la percepción de cada cual acerca de su capacidad para lograr los objetivos que se propone. A edades avanzadas y ante los cambios vitales, es frecuente que la persona cambie de estrategia de control, tratando de acomodar sus necesidades y deseos a la situación, en lugar de cambiar la situación, produciéndose también una selección mayor de áreas de interés, ajustándolas a aquellas a las que mejor puedan enfrentarse y que proporcionen una mayor sensación de control.

• Emoción: es fundamental un buen ajuste emocional, ya que estados emocionales negativos, como la ansiedad o la depresión, pueden tener importantes consecuencias en la salud, si bien conviene no olvidar que se trata de una relación bidireccional, puesto que las enfermedades o condiciones físicas, como el dolor por ejemplo, también pueden afectar de modo complejo al estado emocional. Sin embargo, según diversos estudios, precisamente las emociones positivas parecen proteger en gran medida del deterioro físico producido por la edad, promoviendo la independencia funcional y la esperanza de vida, debido a que motivan a la persona a iniciar y mantener conductas saludables y amplían el repertorio de sus estrategias de afrontamiento.

Bienestar subjetivo en la vejez

El envejecimiento nos enfrenta a múltiples pérdidas que afectan sin duda al plano psicológico e influyen de manera directa en el sentimiento de bienestar. Al envejecer se da un fenómeno curioso: la llamada "paradoja del bienestar", que hace referencia a que las personas mayores manifiestan los mismos niveles de bienestar o felicidad que las jóvenes, aunque con la edad las personas se enfrentan a más problemas y situaciones adversas.

¿Por qué ocurre esto? Tal vez influya la forma diferencial con que se afrontan lo problemas según se envejece. Conforme se van cumpliendo años, las personas aprendemos a utilizar estrategias más centradas en la emoción, intentando dar significado al problema y entenderlo de forma más positiva para que no nos perturbe, en lugar de centrarse en la acción pretendiendo cambiar la situación. Es decir, las personas mayores se acomodan más a las circunstancias que les rodean. Esto explicaría por qué, aunque las personas mayores tienen que manejar situaciones mucho más difíciles que los jóvenes (muerte de un ser querido, enfermedad crónica, jubilación, problemas económicos, etc.), su forma de afrontar los problemas les ayuda a superarlos satisfactoriamente. Por otra parte, conforme la persona se va haciendo mayor, aprende a plantearse metas más realistas y más factibles, produciéndose así una menor discrepancia entre aspiraciones y logros.

Por otra parte, la felicidad o bienestar subjetivo también es producto de la actividad. Estar activo y especialmente ser activo, es decir, tener una inquietud personal por la mejora, el crecimiento, el conocimiento, la participación, el autocuidado, etc. durante la vejez es uno de los factores que mejor explica el bienestar subjetivo, porque, además de ejercer un efecto directo sobre la satisfacción con la vida, tener esta actitud y realizar actividades es positivo para la salud física, la salud mental, la percepción del propio proceso de envejecimiento y las relaciones sociales, variables todas ellas fundamentales para mejorar el sentimiento de felicidad.

Con otras palabras, ser consciente de mi Proyecto de Vida a medida que envejezco, dar valor y significado a mis experiencias pasadas y actuales, ser consciente de mis deseos y planificar objetivos y metas para hacerlos realidad y cultivar en todo momento mi desarrollo personal y social va a propiciar mi máximo bienestar subjetivo, una máxima autogestión y vida lo más autónoma e independiente posible.

Opción de elegir

Como he citado anteriormente, no existe un único modo de vivir la vejez y cada cual debemos preguntarnos y determinar en la medida de nuestras posibilidades, cómo queremos vivirla. Pero no hemos de ser ingenuos, puesto que además de la opción personal, en el proyecto vital influyen también tanto los contextos en los que envejecemos como las circunstancias que nos rodean. Es evidente que el factor "Salud" ocupa un puesto central en la dilucidación de las posibilidades vitales, pero no por ello debe dejarse de pensar el tiempo de vejez como un tiempo que ofrece posibilidades de crecimiento y desarrollo.

La autonomía o capacidad de autogobierno, ejercer la voluntad y tomar decisiones es lo que nos da la condición de posibilidad de determinar nuestro horizonte vital. En el desarrollo de la autonomía lo cotidiano cobra una gran importancia. En cada momento del día y en relación a cuestiones muy concretas (por ejemplo, en qué actividades empleo mi tiempo, con quién me relaciono, a dónde voy, etc.), así como en el contacto que establecemos con las personas con las que convivimos y compartimos ámbitos, es donde podemos ver facilitado o dificultado nuestro proyecto vital. El control de lo cotidiano tiene un papel central en el bienestar emocional y esta percepción de control se produce cuando la persona siente que sus acciones y decisiones tienen efecto en lo que le rodea.

Sin embargo, con frecuencia se identifica a los mayores como personas incompetentes y heterónomas sólo por cuestión de la edad, cuando la autonomía es un derecho a la garantía de que las personas, al margen de sus capacidades, puedan desarrollar un proyecto vital basado en su identidad personal y tener control sobre sí mismas. En el caso de personas con patología que comprometa su capacidad cognitiva y, por ende, la capacidad de toma de decisiones, el ejercicio del derecho a su autonomía suele ser indirecto, es decir, mediado por otros y a través de los apoyos precisos. La autodeterminación se hace entonces efectiva a través de los demás (familia, allegados, profesionales). Sin perjuicio de la complejidad de los problemas personales o de un futuro incierto, la autonomía es un derecho humano básico y su mantenimiento debe ser un valor ético central para la sociedad y para las intervenciones asistenciales sanitarias y sociales.

Y todo esto ¿cómo?

Al envejecer, si queremos hacerlo de una manera satisfactoria, hemos de evitar en lo posible, por un lado, los déficits normales que conlleva el proceso de envejecimiento y, por otro, procurar el mantenimiento una alta capacidad física, cognitiva, social y productiva. Para ello, algunas estrategias de afrontamiento que nos pueden ayudar son:

• Eliminar prejuicios y estereotipos. Tener un conocimiento realista sobre esta etapa vital en orden a reducir nuestras imágenes preconcebidas negativas y a poder adquirir hábitos y herramientas que nos ayuden a afrontar los acontecimientos y las posibles crisis vitales que aparezcan este periodo.

• Aceptar y adaptarse. La aceptación de los cambios que conlleva envejecer ha demostrado ser la mejor estrategia para afrontar las crisis del envejecimiento, ya que ésta pierde su estatus de crisis y, además, se favorece la puesta en marcha de mecanismos para alcanzar el envejecimiento óptimo.

• Estar/ser activo: tener la actitud y llevarla a la práctica. Autopercibirse y sentirse uno mismo como sujetos activos, participantes y transformadores de nuestra propia vida. Tener un proyecto de vida.

• Cuidar nuestra salud/ajuste funcional a través de la adquisición de hábitos de vida saludables.

• Cuidar nuestras capacidades cognitivas: el declive que ocurre en el funcionamiento cognitivo puede verse compensado por un entrenamiento y potenciarse a lo largo de la vejez.

• Cuidar nuestra afectividad y procesos de pensamiento: usar nuestra experiencia acumulada para mejorar nuestro sistema de competencia personal:

• Seleccionar nuestras metas de tal modo que sean adecuadas y alcanzables en función de nuestras necesidades y deseos junto con mis circunstancias personales.

• Optimizar o tratar de sentirnos a nuestro nivel máximo: acomodarnos a la situación según nuestras capacidades y posibilidades.

• Compensar nuestras limitaciones apoyándonos, por ejemplo, en nuestras relaciones interpersonales, productos de apoyo, nuevas tecnologías, entrenamiento y nuevas estrategias de afrontamiento, creatividad, actitud positiva, etc.

• Revisar nuestro estilo de afrontamiento: espíritu de lucha, juicio positivo, aceptación de la responsabilidad, planificación y búsqueda de autocontrol.

• Maximizar mi competencia social: participación y relaciones interpersonales.

• Revisar actitudes cotidianas: valorar las pequeñas cosas de cada día, reconocer nuestros logros y capacidades, cultivar el humor y las emociones positivas, etc.

Hoy por hoy, esto supone un reto como personas y como profesionales. ¿Apostamos por ello?.

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