ETIOLOGÍA

Pericarditis vírica

La causa primordial de pericarditis aguda es la infección vírica. En la mayoría de los casos el curso es benigno. Se pueden preceder de infecciones de vías respiratorias en las dos a tres semanas precedentes hasta en un 40-75 por ciento de los casos. A diferencia de las pericarditis purulentas no se suelen acompañar de fiebre ni de aspecto séptico. El curso clínico, los cambios ECG y ecocardiográficos son comunes a cualquier pericarditis aguda. No son frecuentes ni la presencia de derrames severos ni se suele asociar a taponamiento cardiaco El hemograma muestra leucocitosis leve. El diagnóstico etiológico de las pericarditis víricas se puede hacer detectando un aumento mayor a 4 veces en los títulos de anticuerpos neutralizantes contra distintos virus durante las 3 semanas iniciales de la enfermedad. Se pueden aislar virus de muestras de líquido pericárdico, sangre, heces y frotis nasofaríngeo aunque su rendimiento diagnóstico sea escaso. También se pueden utilizar técnicas de PCR y de hibridación in situ para el diagnóstico. Se puede sospechar pericarditis secundaria a mononucleosis infecciosa en casos de niños con fiebre elevada, síndrome mononucleósico y con anticuerpos heterófilos positivos y /o PCR+ para virus de Ebstein Barr.

Los virus históricamente asociados a las pericarditis víricas son Coxackie del grupo B y Echovirus tipo 8. Con menor frecuencia se han descrito adenovirus. También se han implicado coxackie del grupo A, virus de la mononucleosis infecciosa, micoplasma, virus de las paperas, varicela, polio, hepatitis B y herpes simple. Se ha documentado derrame pericárdico, entre otras alteraciones cardiológicas como miocarditis, disfunción ventricular izquierda, hasta en un 58 por ciento de los niños infectados por el virus del sida. El derrame severo en los casos de infección por VIH es poco frecuente y la clínica de taponamiento excepcional.

La pericarditis vírica produce inflamación del pericardio visceral y parietal con infiltración de polimorfonucleares y posteriormente de linfocitos alrededor de los vasos pericárdicos. En algunos casos la inflamación puede producir un derrame seroso, serofibrinoso, purulento o hemorrágico con predominio de linfocitos.

La evolución suele ser buena hacia la resolución en 3-4 semanas. Su evolución se puede complicar con miocarditis asociada, pericarditis recidivante, taponamiento cardiaco o por el desarrollo de pericarditis constrictiva. La pericarditis puede ser recidivante en un 15 a 20 por ciento de los casos pero las recurrencias se controlan con antinflamatorios y raramente se hacen dependientes de corticoides. Las recurrencias se deben a mecanismos inmunológicos y no a reinfecciones víricas.

Bacteriana

Las pericarditis bacterianas son muy poco frecuentes. Su curso clínico es mucho más grave y más de la mitad de los pacientes presentan un estado de shock séptico. Es más frecuente en niños pequeños, menores de 2 años. Los pacientes presentan los signos característicos de la pericarditis pero además tienen fiebre elevada y una taquicardia y taquipnea desproporcionada a su fiebre. La pericarditis bacteriana suele adquirirse por diseminación desde otro foco, bien por vía hematógena o por extensión local. El foco inicial normalmente es pulmonar siendo los microorganismos causantes el Hemophilus influenzae, el S. Aureus y el S. pneumoniae. El foco original puede ser artritis séptica, osteomielitis,
meningitis o infección de tejidos blandos. Normalmente se cultiva la bacteria en líquido pericárdico aunque en ocasiones los cultivos pueden ser negativos si el paciente ya estaba tratado con antibióticos. Los hemocultivos también pueden ser muy útiles para la identificación del organismo causal. El líquido pericárdico es purulento con aumento de polimorfonucleares aunque esto no lo diferencia de las fases iniciales de las pericarditis víricas ni las tuberculosas.
Previo a la era antibiótica los microorganismo más frecuentes eran el neumococo y el estreptococo. Actualmente el más frecuente es el S. Aureus y se asocia a neumonía, artritis séptica, osteomielitis e infecciones de tejidos blandos. También es el germen causal más frecuente cuando se diagnostica pericarditis purulenta en los 3 meses siguientes a cirugía cardiaca. En segundo lugar se aísla el Hemophilus influenzae tipo b aunque en la actualidad su incidencia ha descendido debido a la generalización de la vacunación en la lactancia.

Ante la sospecha de pericarditis bacteriana y antes de contar con los resultados del antibiograma se debe tratar con antibióticos que cubran el Estafilococo y el Hemophilus. Se debe emplear una penicilina resistente a penicilasa como la cloxacilina o vancomicina asociado a ciclosporina de 3ª generación, como cefotaxima o ceftiaxona. Si se da en el postoperatorio cardiovascular o a sospecha de infección genitourinaria se debe también asociar un aminoglucósido. La duración del tratamiento debe de ser de 4 a 6 semanas y se debe realizar drenaje quirúrgico para evitar adherencias entre ambas capas del pericardio y evolución a pericarditis constrictiva.

Tuberculosa

La etiología TBC es muy rara. Es más frecuente en algunas zonas del mundo y poco frecuente en países occidentales aunque en la actualidad es más frecuente la tuberculosis en pacientes infectados por VIH. La pericarditis puede ser aguda, en la que se caracteriza por ser de características efusivas o acompañadas de derrame, o subaguda que se caracteriza por presentar granulomas en el tejido pericárdico que producen reacciones de hipersensibilidad y tienen gran tendencia a manifestarse como una pericarditis constrictiva.

En general el diagnóstico de pericarditis tuberculosa se hace en el contexto de pacientes con pericarditis a los que se diagnostica TBC activa y se aisla el bacilo fuera del pericardio(esputo, aspirado gástrico). El diagnóstico definitivo requiere aislar el bacilo en líquido pericárdico o biopsia pericárdica. El diagnóstico de presunción se realiza en el caso de pacientes severamente enfermos, con derrames pericárdicos severos y hemorrágicos, test de tuberculina + y síntomas sistémicos. Se debe tener muy presente que un test aislado + de tuberculina no es diagnóstico de pericarditis tuberculosa ya que puede tener hasta un 30 por ciento de falsos negativos en casos de pacientes con pericarditis tuberculosa comprobada y además puede ser positivo en un porcentaje amplio de pacientes con pericarditis de otra etiología que por razones geográficas o vacunales hayan tenido contacto con el bacilo TBC. La existencia de títulos altos de ADA en líquido son muy sugerentes de pericarditis TBC.

El desarrollo de pericarditis sucede como complicación de una tuberculosis por invasión directa o por extensión a partir de ganglios mediastínicos. Actualmente se recomiendan en estos casos un régimen de tratamiento con tres o cuatro drogas, que incluya isoniacida, rifampicina, pirazinamida y estreptomicina durante periodos de 9 a 18 meses. Los esteroides son eficaces para reducir la inflamación en la fase aguda de la enfermedad.

Mientras sea posible, se debe retrasar el tratamiento quirúrgico hasta 6 a 12 semanas después de comenzar el tratamiento para que sea más fácil ya que se suele acompañar de una reacción caseosa extensa que dificulta la cirugía en las fases tempranas de la enfermedad.

Pericarditis fúngicas y parasitarias. En la Tabla 6 se especifican otras causas de pericarditis secundarias a otras infecciones

Pericarditis agudas no infecciosas

Postcirugía cardiaca. Es relativamente frecuente (30-70 por ciento) la presencia de derrame pericárdico en los primeros días después de una cirugía cardiaca y suele reflejar una leve inflamación pericárdica, así como acúmulo de sangre en la cavidad pericárdica. El síndrome postpericardiotomía se refiere a la presencia de derrame pericárdico más tardío y que se puede acompañar de malestar, irritabilidad y fiebre. Es preciso tenerlo en mente en cualquier postoperatorio cardiovascular. Se puede producir después de cualquier tipo de cirugía cardiaca pero es más frecuente en la cirugía de la comunicación interauricular, comunicación interventricular y la tetralogía de Fallot. En muchas ocasiones el paciente ha sido dado de alta y si no se hace una revisión precoz a los 15-20 días de la cirugía puede dar lugar a cuadros de empeoramiento progresivo que puede llegar al taponamiento cardiaco.

Mucho más infrecuente en el postoperatorio es el quilopericardio, que se produce por rotura de los capilares linfáticos y que se manifiesta por acúmulo de un líquido de aspecto lechoso en el pericardio con alto contenido en colesterol y triglicéridos. En estos casos el tratamiento médico es inútil y el cuadro se agrava progresivamente y no se resuelve hasta que se diagnostica y se suspende la alimentación enteral. El tratamiento médico consiste en alimentación parenteral o alimentación enteral con una dieta exenta de grasas o que únicamente contenga triglicéridos de cadena media.

Insuficiencia renal. La pericarditis se asocia con gran frecuencia a la insuficiencia renal severa. Sucede tanto antes de la diálisis como después de la misma. Su frecuencia se ha estimado en un 5-18 por ciento de los pacientes en diálisis. El tratamiento fundamental es un mejor control de la diálisis y se puede controlar así hasta en un 60 por ciento de los casos. Se puede añadir antiinflamatorios al tratamiento dialítico.

Hipotiroidismo. Se han descrito derrames pericárdicos asintomáticos hasta en un 88 por ciento de los adultos, un 72 por ciento de los niño y un 47 por ciento de los lactantes diagnosticados de hipotiroidismo. Se suele controlar una vez controlado el cuadro metabólico con hormonas tiroideas.

Neoplasias. La mayoría de los derrames tumorales no son por tumores primarios pericárdicos que son muy infrecuentes sino por tumores metastáticos sobre todo linfomas Hodgkin y no Hodgkin, leucemia, neuroblastoma, tumor de Wilms. También se ha detectado pericarditis después de tratamientos con antimitóticos. Se puede producir asimismo pericarditis postirradiación que se relaciona con la dosis y que puede suceder en un 3-7 por ciento de los pacientes que reciben radioterapia torácica y se puede producir entre 2 meses y 2 años después del tratamiento.

Traumatismos. Los traumatismos cerrados torácicos pueden producir contusión miocárdica y derrames pericárdicos.

También se puede producir un derrame pericárdico hemático por lesiones de arma blanca o lesiones por arma de fuego.

Más frecuentes en nuestro medio son lesiones iatrogénicas que pueden suceder por perforación de cámaras cardiacas tras la introducción de catéteres centrales o después de cateterismos diagnósticos o terapéuticos. También es relativamente frecuente la presencia de neumopericardio en enfermos críticos en la sala de cuidados intensivos, especialmente tras cirugía cardiaca. El neumopericardio (Fig. 8) normalmente es leve y se resuelve por sí mismo pero en casos masivos puede llegar a producir taponamiento cardiaco.


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