ETIOPATOGENIA y ANATOMíA PATOLóGICA

No se conoce la etiología de la enfermedad en la actualidad. Sin embargo, por sus características clínicas se piensa que esta pueda tener un origen infeccioso: signos y síntomas semejantes a otras enfermedades infecciosas; incidencia estacional; enfermedad frecuente en niños de poca edad, pero rara en lactantes muy pequeños, posiblemente por inmunidad materna transferida; rara en niños mayores y adultos, posiblemente por adquisición de inmunidad permanente a través de formas oligosintomáticas; brotes epidémicos conocidos (Shulman et al). No obstante, hasta este momento no se ha podido identificar un agente causal concreto. En los primeros estudios se encontraron relaciones estadísticas con proximidad de la vivienda de los enfermos a ríos y pantanos y también con la limpieza reciente de alfombras en el medio familiar con la posible relación con ácaros u otros microorganismos semejantes. Sin embargo, nada de esto se ha podido demostrar. Posteriormente se han publicado posibles etiologías, como Propionibacterium acnes, infección por retrovirus, infección por diferentes virus de la familia herpes, por parvovirus, por rickettsia y otras diferentes microorganismos, sin que ninguno de estos agentes se haya confirmado. Muy recientemente ha surgido una nueva hipótesis etiopatogénica relacionada con S. aureus y la respuesta de superantígeno.

La enfermedad por superantígeno se describe por primera vez en el síndrome del shock tóxico causado por la toxina TSST-1 producida por una cepa especial de S. aureus. Los superantígenos son agentes infecciosos, frecuentemente toxinas bacterianas, cuyo mecanismo fisiopatológico se basa en estimular una vía anómala de la respuesta inmune (Shulman et al). El superantígeno se acopla por un lado a uno de los brazos del complejo mayor de histocompatibilidad, en lugar de situarse en el surco de dicho complejo mayor como un antígeno clásico, y por el otro a los linfocitos T portadores de la cadena lateral Vb, activándolos. Uno de cada 10 linfocitos totales presentan estas características por lo que se produce una hiperrespuesta inmunológica policlonal. Esta etiopatogenia ha sido perfectamente confirmada en algunas enfermedades infecciosas, como el síndrome del shock tóxico causado por la toxina estafilocócica o por la toxina estreptocócica, así como también es posible que se encuentre en el origen de algunas enfermedades reumatológicas o exantemáticas (escarlatina, escaldadura estafilocócica ). El hallazgo por algunos autores de un incremento de linfocitos Vb en la enfermedad de Kawasaki junto a su semejanza clínica con el síndrome del shock tóxico, condujo a algunos investigadores a considerar este origen como causa de la enfermedad (Leung et al). Sin embargo, no todos los autores encuentran este aumento de linfocitos Vb y tampoco se ha podido encontrar ningún superantígeno capaz de desencadenar la enfermedad, por lo que esta etiología se encuentra actualmente en entredicho. Incluso, recientemente se ha observado una expansión clonal de linfocitos T CD 8 en la fase aguda de la enfermedad, característica más propia de una respuesta a un antígeno convencional que a un superantígeno, lo que incrementa el confusionismo sobre el posible origen de la enfermedad (Rowley). Por lo tanto, en el momento actual tanto la etiología como la patogenia permanecen desconocidas

La lesión propia de la enfermedad es una vasculitis sistémica. En una primera fase existiría una activación de células mononucleares y plaquetas con expresión de diferentes moléculas de adhesión (ICAM-1, VCAM-1 y selectinas) en la superficie de las células endoteliales como respuesta a un estímulo inflamatorio en este momento desconocido, lo que provoca la adherencia al endotelio de macrófagos, plaquetas y neutrófilos y el aumento de la permeabilidad vascular con infiltrados de células inflamatorias en la pared del vaso (Burn y Glodé). La producción posterior de diferentes citoquinas y encimas proteolíticos por las células pro-inflamatorias en la capa muscular origina la destrucción de esta y el crecimiento de la íntima como respuesta, lo que produce la dilatación del vaso y la formación de ectasias o aneurismas arteriales y la obstrucción de este por la proliferación de la íntima y la agregación plaquetaria. No obstante, el engrosamiento de la íntima es la principal característica tardía de la lesión vascular aneurismática, independientemente de la formación o no de trombos. Este engrosamiento de la íntima puede normalizar la luz vascular y crear la falsa sensación de regresión de la dilatación o acompañarse de trombosis de diferentes grados, con organización y recanalización posterior, lo que si deja evidencia observacional. Existen aneurismáticas coronarios ya en el primer mes de comienzo de la enfermedad y graves estenosis a partir del día 40.

Se afirma habitualmente que la enfermedad es una vasculitis de arterías de mediano tamaño, especialmente las arterias coronarias. Sin embargo, en estudios necrópsicos la lesión arterial es de carácter sistémico, afectándose tanto capilares como grandes arterias, incluso venas de diferentes tamaños (Landing et al). Se piensa, por tanto, que la mayor participación de ciertas vasos, como arterias coronarias u otras arterias de tamaño intermedio, está más en relación a mecanismos de presión hemodinámicos sobre dichos vasos, que a razones de selectividad topográfica del agente causal.




 

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