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Programa de Formación Continuada Acreditada para médicos de Atención Primaria desarrollado para la Revista EL MEDICO y EL MEDICO INTERACTIVO, diario electrónico de la sanidad

Elaborado en colaboración con la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria

 


EL MÉDICO DE FAMILIA Y EL ADOLESCENTE
La entrevista clínica

Qué entendemos
por adolescencia

La adolescencia es una etapa de la vida compleja y difícil, un período caracterizado por continuos cambios, en el que el joven tiene que afrontar nuevas decisiones y realizar un esfuerzo permanente de adaptación e integración. Además, a esta nueva experiencia vital a la que todos los adolescentes tienen que adaptarse, se añade la inevitable aparición de conflictos con el exterior. Son los conflictos derivados del continuo proceso de autoafirmación y búsqueda de la propia identidad en la que se ven envueltos los adolescentes. Los conflictos son el resultado de la etapa de cambio. De manera inesperada, los adultos que están alrededor observan como la conducta de los jóvenes cambia, se muestran diferentes, reivindican y solicitan nuevas demandas; en definitiva, se inicia un proceso de necesaria adaptación para poder mantener los patrones de convivencia.

Esta convivencia comienza a tener nuevos matices, nuevas particularidades, que en unas ocasiones se resuelven de manera satisfactoria, pero que en otras producen enfrentamiento y malestar. Esta polaridad, esta alternancia puede y debe identificarse como una situación de completa normalidad en la adolescencia. Una situación que podemos esperar como una parte del proceso de desarrollo. Por consiguiente, el primer elemento que hemos de tener en cuenta cuando realicemos una aproximación a los adolescentes desde los centros de salud es que nos encontramos en una etapa de cambio y de transición. La consecuencia de ello es que nos aparecen demandas en la consulta que son simplemente el resultado de los conflictos que los adolescentes entablan con sus padres, sus tutores o sus profesores.

Hemos de tener en consideración un segundo aspecto importante, cuando afrontamos la entrevista nos vamos a encontrar con un adolescente, no con la adolescencia. Si no tenemos clara esta situación estaremos condenados a cometer errores. La adolescencia es una etapa de la que los adultos hemos hecho una caricatura, de tal manera que con frecuencia nuestra aproximación a ella es con una considerable carga de tópicos y prejuicios. A los profesionales también nos sucede que entendemos y justificamos muchas de las situaciones que le ocurren a los jóvenes sencillamente porque las catalogamos como condicionadas por la etapa que están viviendo. Esta tendencia a calificar las conductas dentro de un estereotipo se suma a que en muchas ocasiones los adolescentes se nos muestran herméticos, con poca capacidad de comunicación y parcos en palabras. Esto puede llevarnos a caer en el error de interpretar su demanda con un criterio de sobregeneralización, propio de su condición de joven. Es decir, efectuamos una atribución de una historia personal de un joven como si se tratara de una circunstancia común para todos aquellos que tienen una edad y cerramos la entrevista con una frase latiguillo como "bueno, esto es lo típico de tu edad". Así podemos estar cerrando de manera definitiva la posibilidad de influir en las conductas de salud del adolescente (Tabla 1).


Etapas
de la adolescencia

Aunque se trata de una difícil línea de división, es necesario encontrar las diferencias entre la etapa de la adolescencia y el periodo de juventud. No hay un acuerdo rígido y definido sobre dónde se sitúa la línea de división entre ambos periodos, porque el desarrollo es un proceso continuo, de permanente cambio. Pero a pesar de ello, la mayor parte de los autores han encontrado un patrón común de división de la adolescencia, estableciendo tres etapas: temprana (10-13 años), media (14-17 años) y tardía (18-21 años). En esta clasificación hay que destacar algunas consideraciones importantes:

• No todos los adolescentes viven de igual manera estas etapas, ni en intensidad ni en duración. Dependiendo de sus vivencias y experiencia, y del contexto social y familiar en el que se desarrolle cada uno de los períodos tendrá una presencia diferente en su vida. La única manera de conocer dónde se encuentra el adolescente es mediante una entrevista con él.

• Las chicas tienen de forma habitual una mayor precocidad que los chicos en el comienzo de la adolescencia, de tal manera que es común observar que con diez años las jóvenes comienzan a tener los primeros comportamientos propios de la adolescencia precoz, mientras que los varones permanecen todavía en la infancia tardía.

• Es necesario distinguir entre la pubertad y la adolescencia. En este aspecto nos podemos encontrar bastante confusión, y con la dificultad de establecer con claridad las diferencias. Como criterio para diferenciar ambos conceptos tomaremos las palabras de García-Tornel: "La pubertad se describe mejor como el periodo durante el cual el cuerpo adquiere las características adultas y la adolescencia, como el tiempo en el que la persona crece y se desarrolla psicológica, emocional y socialmente".

En un momento determinado el organismo en crecimiento acelera su ritmo: el niño comienza la pubertad. Hasta ese momento niño y niña crecían a la misma velocidad, pero ahora empieza a diferenciarse de manera notable. En la niña el proceso puberal empieza a los 9-10 años, mientras que en el niño sucede a 11 y 12 años.

Se ha dicho que la aparición de la pubertad es un acto de la naturaleza y la adolescencia es un acto del hombre. Pues algo así sucede, la pubertad es un proceso biológico inevitable y la adolescencia es una creación social. En definitiva, la diferencia está en que la adolescencia consiste en configurar y consolidar la propia identidad como persona única y madura.

• Estamos asistiendo en las últimas décadas al fenómeno de la adolescencia ampliada. Nos encontramos cómo muchos jóvenes que pasan la barrera de los 21 años, y entre los que es de esperar conducta de madurez y desarrollo propio de la época adulta joven, mantienen conductas propias de la adolescencia. Es frecuente observar cómo estos jóvenes actúan con inmadurez e irresponsabilidad, con excesiva dependencia y con dificultades para encontrar la propia identidad. Pero tal vez lo más llamativo es encontrar comportamientos mixtos, dependiendo del área de la conducta que se refiera, alternando momentos propios de la juventud con otros típicos de la adolescencia.

Este acontecimiento probablemente sea el resultado de la dependencia de los padres a la que se ven sometidos muchos jóvenes, dependencia fundamentalmente económica, además de unos patrones educativos que impiden el desarrollo madurativo de los jóvenes. Basta con recordar que en el año 2002, la edad media en la que los jóvenes abandonaban el domicilio de sus padres para independizarse eran los 27,7 años.

Una vez tenidas en cuenta estas consideraciones pasamos a describir las tres etapas de la adolescencia, siguiendo la clasificación del profesor Florenzano Urzúa (Tabla 2).

En la adolescencia temprana, de los diez a los 13 años, el pensamiento tiende aún a ser concreto, con fines muy inmediatos. La separación de los padres apenas comienza, con una actitud rebelde pero sin un distanciamiento real. Las amistades son fundamentalmente del mismo sexo; generalmente la vida la realizan con el grupo de amigos, con leves aproximaciones al sexo opuesto. Son frecuentes las demostraciones de mal genio, así como las rabietas que casi siempre van dirigidas a los padres. En casos extremos estas rabietas pueden transformarse en conductas antisociales, de violencia y delincuencia, tales como robos, destrozos de inmuebles urbanos o peleas callejeras. Así, pueden encontrar un gran atractivo por el robo de coches y motos. En otros casos se aprecia una retirada progresiva de sus actividades habituales, con un retraimiento emocional y la tendencia al aislamiento social. El joven se recluye en su habitación, limitando la comunicación y con la presencia de síntomas depresivos.

En la adolescencia media, entre los 14 y los 17 años, la separación de la familia comienza a hacerse más intensa, siendo una de sus características primordiales. Los amigos son mucho más selectivos y comienzan las relaciones en pareja.

Empieza a destacar la capacidad de pensamiento abstracto y a jugar con la ideas y pensamientos filosóficos; como resultado de ello, se inicia un periodo de selección y prueba de diferentes intereses y amistades. El centro de interés está en las relaciones interpersonales y en la elaboración de las ideas propias y en descubrir las ideas de los demás. Aunque en esta etapa disminuye el interés por el propio cuerpo, en esta época pueden aparecer síntomas patológicos sobre el propio cuerpo, que pueden condicionar los estilos de vida y las conductas de riesgo del futuro, tanto en el orden físico como psicológico. De esta manera, se aprecia una etapa en la que se definen las personalidades hipocondriacas y las narcisistas.

También es el momento en el que pueden desencadenarse síntomas de ansiedad o depresión, aunque de manera transitoria. Con menos frecuencia aparecen sentimientos de despersonalización o dudas acerca de la propia identidad sexual, que en ocasiones desencadena conductas destinadas a expresar de forma acentuada los rasgos de masculinidad o feminidad.

Por último, la adolescencia tardía, de los 18 a los 21 años, es el momento en el que surgen las relaciones personales estables. Se caracteriza por un periodo de mayor compromiso y la consolidación de una autoimagen estable. La capacidad de abstracción está consolidada, lo que permite planificar mirando hacia el futuro. En las relaciones familiares suele ocurrir un nuevo acercamiento, imponiéndose una mayor tolerancia hacia la diferencia, con actitudes menos beligerantes con los padres.

Con esta descripción de las diferentes etapas de la adolescencia queremos alertar sobre la necesidad de atender a las particularidades del joven que tenemos delante de la consulta y de esta forma evitar los errores propios de asignar una concepto global, tópico, a un colectivo caracterizado por la diversidad.

Imagen social
de la adolescencia

La imagen social es un aspecto muy importante para entender los problemas, conflictos y dificultades que se presentan en torno a la adolescencia, y en consecuencia, para realizar una aproximación en la consulta a los adolescentes. En las sociedades occidentales estamos prestando una especial atención a las conductas que tienen los adolescentes y los jóvenes. Basta con seguir con un poco de atención los medios de comunicación para comprobar el alcance y el eco permanente de todos los acontecimientos en los que participan nuestros jóvenes. No hay una semana en la que los adolescentes no aparezcan como protagonistas en los medios de comunicación. En ocasiones, motivados por conductas o actitudes relacionadas con sus estilos de vida y, en otras, por algún aspecto que está relacionado con su salud.

El aspecto más interesante de este fenómeno es que los adolescentes son a la vez actores y espectadores de estas informaciones. Para ellos se trata de un polo de atención en el que se ven reflejados, satisfacen algunas necesidades de sentirse protagonistas, pero a su vez se convierten en pautas de modelado y de aprendizaje de su propia conducta. Como señalábamos una líneas más arriba, una de las características singulares de esta etapa es la inmadurez y la búsqueda de la propia identidad, por tanto una de las funciones esenciales de la adolescencia es alcanzar un equilibrio interno con la propia imagen e identidad. Pero además, los modelos de referencia más influyentes, en especial en la segunda etapa, son los iguales, el propio grupo. Esto hace que cuando un adolescente observa la imagen que tiene su grupo en la sociedad, además de contemplarse a sí mismo, lo que hace es buscar un modelo de conducta que le dé seguridad y tranquilidad, un modelo con el que sentirse cómodo y seguro. Por tanto, es fácil entender la aparente pérdida de la individualidad de los adolescentes y su permanente integración en el grupo, sea un grupo de iguales cercano, de contacto físico, o bien un grupo imaginario, virtual y colectivo, que se identifica con la imagen que se crea de los adolescentes en los medios de comunicación.

La imagen social de los adolescentes está estableciendo una perpetua relación con sus estilos de vida: el consumo de drogas, el tabaco, el alcohol y las intoxicaciones, el consumo de cannabis de forma bastante generalizada, los accidentes de tráfico, la violencia, los embarazos no deseados en las adolescentes, los problemas de integración en el mundo laboral, la prolongación de los periodos de adolescencia por ausencia de alternativas, los problemas derivados de la alimentación, las bajas tasas de actividad física en comparación con otros países, están todos referidos a su estado de salud.

Podemos apreciar cómo la sociedad está muy centrada en los aspectos relacionados con la salud de los jóvenes. Es tan intensa esta atención que un buen número de actividades de las instituciones públicas y muchos de sus recursos, están destinados a afrontar las situaciones de riesgo entre los adolescentes y los jóvenes. Atendemos a la conformación de planes de salud sectoriales dirigidos y adaptados a las necesidades y al contexto de los más jóvenes. Ejemplos de ello son el Plan Nacional sobre Drogas, que tiene uno equivalente en cada comunidad autónoma y en prácticamente todos los ayuntamientos con más de 20.000 habitantes; los planes de juventud en los que se incorporan acciones prioritarias sobre sus riesgos para la salud. Además, está la preocupación por los accidentes de tráfico y en especial por la utilización adecuada del casco en la conducción con motocicletas. Podríamos continuar enumerando múltiples actuaciones dirigidas a la intervención en la salud y desglosando las instituciones y administraciones que destinan sus recursos a intervenciones programadas a influir en los estilos de vida de los adolescentes.

En este sentido, es preciso entender que cualquier intervención dirigida a un adolescente que entra en nuestra consulta hay que situarla en su propio contexto. Por consiguiente, resulta necesario afrontar la aproximación en un marco global, conociendo las diferentes intervenciones que tienen a su alrededor. No nos debe extrañar cuando se produce una defensa de diferentes estrategias como la metodología óptima para afrontar los problemas de salud de los adolescentes, junto a las intervenciones en el marco de la relación médico-paciente.





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