ATENCIÓN A LA MUJER
CAPÍTULO3-
La sexualidad de las mujeres, abordaje en Atención Primaria
Introducción
Uno de los elementos conceptuales que caracterizan
a la Atención Primaria de salud es su visión
integral de la salud, la consideración del ser humano
desde una perspectiva bio-psico-social, así como
la interdependencia de estas tres esferas.
El método para la atención integral a las
personas se apoya en el abordaje de las tres, es decir,
tener en cuenta a la persona como sujeto. El instrumento
a nuestro alcance es la propia relación del sanitario/a
con el paciente, a través de la cual, en una interacción
humana, podremos producir los efectos buscados. Sigue estando
vigente, como decía Balint que “la droga más
poderosa que el médico posee es él mismo”.
En la consulta, las personas expresan dolencias, malestares
y preocupaciones. A veces hacen referencia a problemas con
su vida sexual. La sexualidad, definida desde la antropología,
es una construcción humana psicosocial, porque no
se trata del ejercicio de un sexo instintivo animal que
sólo comprometa al cuerpo. La sexualidad humana es
una función de la que forman parte el deseo, la fantasía
y las representaciones psíquicas y, por tanto, según
Rubin, está culturalmente determinada. Cuando hablamos
de sexualidad, hablamos de conductas, de comportamientos,
de relaciones, de prácticas y de actos sexuales.
De una manera más amplia, la sexualidad puede definirse
como la construcción social de estos usos, su puesta
en práctica, que determina un conjunto de reglas
y de normas, variables según las épocas y
las sociedades.
Contexto social de la sexualidad
Lo social y lo individual no caminan por
separado. Las personas se construyen de acuerdo a los ideales
sociales del momento, a través de la socialización,
que va imprimiendo sus condicionantes tempranamente en el
desarrollo psíquico de cada persona. En las sociedades
occidentales contemporáneas, la sexualidad se puede
caracterizar por su autonomización de la reproducción
y la legitimización de su ejercicio fuera de la institución
del matrimonio, al mismo tiempo que se transforman las estructuras
familiares y hay un progresivo reconocimiento social y legal
de otros vínculos sexuales, como las relaciones homosexuales.
La utilización de métodos anticonceptivos,
ha modificado las posibilidades y la capacidad de decisión
de las mujeres acerca de la reproducción y su acceso
a otros proyectos vitales diferentes a la maternidad. La
visión de la sexualidad femenina ha cambiado empezando
por el reconocimiento de que existía. Las mujeres,
actualmente tienen mayores expectativas de un placer sexual
que ha dejado de ser patrimonio masculino.
Pero, los cambios paulatinos no son homogéneos y
cuentan hoy en día con multitud de situaciones intermedias
en una progresión de formas de relación. En
el estado español, la ‘revolución sexual’
llegó unas décadas más tarde que a
EUA y al resto de Europa por la represión social
y política. Todavía, la mayoría de
las generaciones que atendemos en las consultas de medicina
de familia han sido educadas en una cultura machista que
sigue dominando buena parte de la propaganda social y los
medios de comunicación.
La visión de género necesaria
El concepto de género puede
definirse como el conjunto de creencias, rasgos personales,
actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades
que diferencian a hombres y mujeres a través de un
proceso de construcción social que tiene varias características:
en primer lugar, es un proceso histórico que se desarrolla
a diferentes niveles tales como el estado, el mercado de
trabajo, la escuela, los medios de comunicación,
la ley, la familia y a través de las relaciones interpersonales.
En segundo lugar, este proceso supone la jerarquización
de estos rasgos y actividades de tal modo que a los que
se definen como masculinos se les atribuye mayor valor.
(Lourdes Benería).
Para poder detectar la asimetría entre los sexos,
las relaciones de poder y desigualdad y corregir sus efectos
adversos, no es sino a través de la perspectiva biopsicosocial
como podemos hacerlo pero con una visión de género,
que aporta otra manera de enfocar la cuestión.
El objetivo central del enfoque ha sido desvelar aquellos
mecanismos que, a partir de la división social del
trabajo según sexo, crean o refuerzan desigualdades
intergenéricas y que se manifiestan en exposición
a riesgos y fundamentalmente en relaciones de poder con
respecto a los recursos para encarar dichos riesgos, proteger
la salud e influir en la dirección del proceso de
desarrollo sanitario.
“El problema es la jerarquía de género,
no son las mujeres” (Grupo de Especialistas en mainstreaming
de Género, del Consejo de Europa, 2001). Es ocuparse
tanto de las mujeres como de los hombres, pero teniendo
en cuenta qué lugar ocupa cada uno en su relación
con el otro sexo, como está establecida esa relación
socialmente determinada y se trata de incidir y cambiar
lo que daña la salud, las maneras subjetivas de afrontar
la vida.
Como se nos recuerda, desde la sociología, las relaciones
de género no son naturales ni inmutables sino que
son el producto de fuerzas socioculturales e históricas
que han sido creadas y son constantemente recreadas por
las estructuras y los seres humanos y así, potencialmente,
pueden ser cambiadas por la acción humana (Chafetz,
1988). No obstante, si observamos las características
de un modelo de género de las relaciones entre hombres
y mujeres, como el modelo tradicional, que establecía
como condiciones la relación de pertenencia y de
poder de hombres sobre mujeres (Sara Velasco, Relaciones
de género y subjetividad, 2002), vemos que muchos
de los comportamientos actuales, a pesar de los cambios
sociales, todavía no difieren en lo esencial a nivel
individual, siendo muchas las resistencias existentes.
Así, en parejas supuestamente igualitarias, la independencia
en la esfera social no asegura la ruptura de una posición
de subordinación de la mujer en la relación
íntima con el hombre, si no pasa por la interiorización
del sentimiento de autonomía y de la incorporación
de ideales propios. El mito de la supermujer ha incorporado
la liberación sexual, a veces como otra obligación,
la de practicar sexo ante cualquier demanda sin conseguir
necesariamente por ello mayor satisfacción sexual.
Muchas mujeres jóvenes, que han cambiado aprentemente
su forma de relacionarse con el otro sexo, siguen hipervalorando
la satisfacción masculina y esto explica en parte
sus conductas de riesgo.
La tiranía de un modelo de belleza de delgadez y
juventud y la falta de elaboración de una estética
de la vejez, produce insatisfacción cuando no vergüenza
propia en la mujer, dificultando las relaciones íntimas.
Según Anna Freixas (Universidad de Córdoba),
la disminución de la actividad sexual al hacernos
mayores tiene poco que ver con los cambios hormonales de
la menopausia, pero sí se relaciona con otros elementos,
como el significado cultural de ésta, la calidad
de relación con la pareja, la interiorización
de la heterosexualidad obligatoria, la asunción de
un único modelo de belleza,la libertad interior y
las prácticas de autoerotismo entre otras.
En esta línea, la New View Campaign para una nueva
visión de la sexualidad femenina, cuestiona el acercamiento
reducionista a los problemas sexuales de las mujeres, y
las fases de la resistencia activista son relatadas por
la Dra. Tiefer en su artículo DSF: un caso de estudio
de promoción de la enfermedad. La campaña
ha tenido dos componentes: por una parte, la elaboración
de un manifiesto de crítica a la clasificación
de disfunción sexual y por otra, una actividad de
vigilancia de las compañías farmacéuticas.
Porque, no nos engañemos, si ahora se está
hablando de la sexualidad de las mujeres es porque desde
la industria farmacéutica se esta vendiendo la disfunción
sexual femenina como una enfermedad de alta prevalencia
que puede y debe ser tratada desde las consultas médicas
con fármacos. Sin embargo esta situación es
una oportunidad de oro para dejar de ignorar la sexualidad
de las mujeres, para cuestionar normas y preconceptos, para
hablar de género y de deseos y para seguir avanzando
en la igualdad mostrando la diferencia.
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