ATENCIÓN A LA MUJER
CAPÍTULO3-
La sexualidad de las mujeres, abordaje en Atención Primaria
EL CICLO SEXUAL FEMENINO
En el conocimiento de la sexualidad de la
mujer hay un antes y después de los trabajos de Kaplan
y de Masters y Johnson. Los modelos propuestos representan
la respuesta sexual como una sucesión de fases –excitación,
meseta, orgasmo y resolución–. La excitación
se iniciaría con un estímulo suficiente, sea
contacto o fantasía. Si el estímulo se mantiene,
la excitación aumenta hasta una fase de meseta más
o menos larga que desemboca de forma involuntaria en un
orgasmo donde se producen los cambios fisiológicos
de mayor magnitud. Si la excitación se interrumpe,
el ciclo se interrumpe en cualquiera de sus fases. La gran
crítica que merece este modelo es que supone una
copia de la sexualidad masculina y que, en la mujer, las
fases no son secuenciales, no parten necesariamente del
deseo previo y las fases de excitación y deseo se
relacionan y complementan (Figura
1).
Los nuevos trabajos consideran la respuesta sexual femenina
como un proceso circular, con fases superpuestas. Estos
modelos han permitido avanzar en la conceptualización
de la sexualidad de las mujeres y en la clarificación
de las posibles disfunciones Los motivos que llevan a una
mujer a la práctica del sexo son complejos. Puede
darse en el momento inicial un deseo o necesidad de placer
sexual especialmente en nuevas parejas o en momentos concretos
del ciclo. Pero, sobre todo en parejas de larga duración,
la fase inicial puede partir desde una postura sexual neutral,
con una predisposición o interés de la mujer
a mostrarse activa sexualmente ante un estímulo en
el contexto adecuado, buscando, sobre todo, la intimidad
con la pareja. Si la estimulación es adecuada y la
atención de la mujer se focaliza en el sexo, se produce
un aumento del arousal, de la excitación sexual y
una respuesta sexual para buscar satisfacción. En
las mujeres, contrariamente a los hombres, existe una asociación
muy baja entre la excitación percibida y los cambios
fisiológicos de congestión genital y lubricación
que se suponen propios de la fase de excitación.
El mantenimiento y aumento de la excitación no parece
condicionado de forma predominante por el feed-back físico,
si no por aspectos subjetivos emocionales y contexto erótico.
Las fantasías sexuales pueden o no estar presentes
en cualquier fase de este proceso, incluso como herramienta
para focalizarse en la relación sexual. La satisfacción
buscada con la práctica del sexo puede ser tanto
de índole sexual, con orgasmo/s o sin él,
como de índole no sexual –bienestar emocional,
cercanía con la pareja, amor-. En cualquier caso,
alimenta la motivación y la predisposición
de la mujer a buscar posteriores relaciones sexuales
(Figura 2).
Factores socio-culturales que afectan la
respuesta sexual
La posición de la mujer respecto la
sociedad, su rol de género, el concepto de lo que
debe ser correcto o no y las expectativas que se tienen
afectan la vida sexual desde el inconsciente de manera muy
importante. La priorización del placer masculino,
la necesidad de agradar, los prejuicios para exigir placer
propio o para proporcionárselo una misma son ejemplos
de trabas en el camino al placer socialmente impuestas.
Especialmente grave es la imposición de la norma
heterosexual, que culpabiliza las fantasías homosexuales
y castiga el deseo de muchas mujeres lesbianas. En los últimos
años, además, se ha producido un aumento de
la inmigración desde países dónde existen
otros valores y este hecho amplía el panorama mucho
más porque, no sólo la primera sino también
la segunda generación, llevan una carga de cultura
‘sexual’ diferente a la que conocemos. Y no
podemos olvidar al enorme número de mujeres inmigrantes,
dedicadas a la prostitución, con las que se trafica,
para tener una visión de toda la dimensión
política de la sexualidad.
Factores contextuales, vitales y de relación
Para muchas mujeres, la relación sexual
no es sólo para conseguir placer sexual. Puede ser
tanto o más importante la búsqueda de intimidad,
complicidad y cercanía con la pareja, sentirse amada
y deseada, demostrar amor y deseo, satisfacer a su pareja,
liberar tensiones, solucionar conflictos o abrir otros canales
de comunicación.
Existe una asociación directa entre el disfrute del
sexo y las circunstancias vitales por las que está
pasando cada mujer, el día a día, la doble
jornada, conflictos laborales, cansancio por el cuidado
de mayores o criaturas, o también fricciones con
la pareja por problemas domésticos, familiares o
por dudas afectivas. Por otro lado, cuando la concepción
es un tema presente para la mujer o para la pareja, se puede
expresar como un elemento de estrés, sea el miedo
a un embarazo no deseado como por las expectativas y la
búsqueda de un embarazo en procesos de infertilidad.
La existencia de abusos sexuales o de agresiones en la infancia
pueden producir disfunción sexual en diversos grados
durante la vida adulta. Es una circunstancia difícil
de explorar porque pocas mujeres que han sido objeto de
agresiones cuando eran niñas lo explican de forma
espontánea y en algunos casos existe un bloqueo para
disminuir o anular el sufrimiento. La DSF también
aparece en casos de maltrato y abuso sexual en mujeres adultas
por parte de sus parejas que utilizan el sexo para dominar
a sus mujeres, y en casos de violación y acoso sexual
en el ámbito laboral o social.
Durante una relación, el miedo al fracaso de esa
relación sexual actúa inhibiendo el desarrollo
encaminado al placer.
Cuando ha aparecido dolor o anorgasmia, propias o de la
pareja, en anteriores relaciones existe un miedo a no cumplir
las expectativas de placer y repetir experiencias negativas.
Determinadas situaciones del ciclo vital femenino modifican
la respuesta sexual. Destacan el embarazo y la lactancia
donde se puede producir inhibición del deseo sexual
por un mecanismo evolutivo protector. Durante la menopausia,
existen circunstancias fisiológicas que pueden interferir
en la función sexual, como una mayor incidencia de
sequedad vaginal, sin embargo no es una situación
de riesgo por si misma y la actividad sexual en mujeres
de mediana edad se asocia básicamente a la vida sexual
previa, a factores contextuales vitales y a una buena higiene
mental más que a la edad en si misma.
Factores psicológicos personales
Se ha demostrado la asociación
entre una salud mental basal buena y una prevalencia menor
de distress respecto a las relaciones sexuales. De hecho,
en un estudio realizado sobre una muestra de 987 mujeres
en EUA, el mejor predictor de alto distress respecto al
sexo, tanto sobre la propia sexualidad como sobre la relación
sexual, fue la baja puntuación en la escala de calidad
de vida SF12) tanto en la subescala de salud física
como, sobre todo, en la de salud mental.
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