RIESGO CARDIOVASCULAR
CAPÍTULO2-Antiagregación y anticoagulación: indicaciones y pautas actuales

ANTICOAGULACIóN

La hipótesis de la coagulación ha sido recientemente revisada y difiere del modelo clásico en cascada de doble vía al integrar a todos los factores de la coagulación en una única vía, en la que los factores de contacto no son requeridos para el inicio del proceso. En este modelo la coagulación se inicia con la activación del factor tisular (VIIa) y se consolida la hemostasia con la progresiva generación local de factor Xa y de trombina a través de las diversas interrelaciones entre factores e inhibidores. La vía intrinseca (fáctores XI, IX), activada por el factor tisular y la trombina, actúa como amplificadora de la activación del Xa. Los factores de la coagulación XII, XI, X, IX, VII y II son proenzimas que se convierten a su vez en enzimas proteolíticas (serín proteasas) al ser activadas por otros factores activados de la coagulación. Los factores Va y VIIIa son cofactores que incrementan la actividad de distintas serín proteasas (el Va es cofactor del Xa y el VIIIa del IXa). Los anticoagulantes constituyen la base terapéutica de la ETV y de las complicaciones tromboembólicas en la FA. A este grupo pertenecen fármacos con mecanismos de acción muy diferentes, pero que coinciden en un punto final común, la disminución en la formación de fibrina a partir de la inhibición previa en la generación de la trombina. La trombina ejerce un papel fundamental en el proceso de la coagulación no sólo a través de la formación de fibrina sino también por actuar en procesos de retroalimentación positiva y en la activación de las plaquetas.

FÁRMACOS ANTICOAGULANTES

De forma tradicional, la terapía anticoagulante se ha mantenido dentro del ámbito hospitalario, pero la aparición de las heparinas de bajo peso molecular (HBPM), la estandarización de la medición del tiempo de protrombina mediante el INR, la posibilidad de determinarlo en sangre capilar y la elevada prevalencia de las enfermedades en las que está indicado, son circunstancias que han permitido que la mayoría de las indicaciones y su control puedan ser realizadas en el ámbito de la AP de forma más cómoda para el paciente y a un menor coste. Los fármacos anticoagulantes de interés en AP son las HBPM y los antivitamina K (AVK), aunque una nueva generación de anticoagulantes orales se encuentra ya en una fase muy avanzada de investigación cercana a la comercialización.

Heparinas de bajo peso molecular (HBPM)

La forma tradicional de la heparina, denomina no fraccionada (HNF), es un polisacárido sulfatado con gran afinidad por las proteínas plasmáticas, que ejerce su acción biológica potenciando la inhibición que la antitrombina (ATT) realiza sobre diferentes proteasas de la coagulación, fundamentalmente sobre la trombina (IIa) y el factor X activado (Xa). La HNF, descubierta en 1916, ha sido el anticoagulante de elección hasta la aparición en los años 70-80 de las HBPM, moléculas de menor peso e igual eficacia, pero de manejo mucho más cómodo que la HNF.

Las HBPM mantienen el mismo efecto antitrombótico que las HNF con un menor riesgo de sangrado; no bloquean la acción de la trombina y por tanto no alteran los parámetros de la hemostasia. Por su menor tamaño presentan unas características farmacológicas especiales: escasa unión a proteínas, vida media plasmática más larga y biodisponibilidad por vía subcutánea constante y cercana al 100 por ciento. Son, por tanto, fármacos de cómoda administración (subcutánea cada 24 horas), seguros por su escasa capacidad para producir hemorragias, con escasa variación individual y utilizables en dosis fijas que no requieren monitorización del laboratorio, salvo en casos de insuficiencia renal crónica (su eliminación es renal) o en pacientes con un peso muy desviado de la media poblacional. En la actualidad no disponemos de suficientes estudios comparativos sobre eficacia entre las distintas HBPM, para poder establecer claras diferencias entre ellas (Tabla 5).

Su indicación en la ETV, tanto en la profilaxis primaria como en el tratamiento de la fase aguda, está avalada por los resultados de múltiples ensayos clínicos.

Se puede potenciar su efecto si se administran junto con otros fármacos que actúan sobre la hemostasia, tales como el AAS y otros antiagregantes, los AINEs, los corticoides sistémicos y los AVK.

Los principales efectos secundarios del tratamiento con heparinas son las hemorragias, la trombocitopenia (menos frecuente con las HBPM, especialmente la de tipo II, la más grave, de mecanismo inmune y que aparece a los 5-10 días de tratamiento) y la osteoporosis (menos frecuente con las HBPM y sólo en tratamientos prolongados), por lo que su empleo está contraindicado si existe hipersensibilidad a las HBPM y en las situaciones de hemorragia activa o elevado riesgo de sangrado: patología digestiva, ECBV hemorrágico, HTA severa no controlada, cirugía oftálmica o neurológica reciente, traumatismo importante y trombopenia grave. Los fármacos que actúan sobre la hemostasia (antiagregantes, AINEs, AVK) pueden potenciar su efecto, por lo que deberán ser empleados con mucha prudencia y en circunstancias muy concretas. En el embarazo las HBPM son fármacos seguros al no atravesar la barrera placentaria.

Relacionado con las heparinas se encuentra también el fondaparinux, un agente antitrombótico sintético que constituye el pentasacárido activó de ésta, y que actúa inhibiendo selectivamente al factor Xa tras su unión a la ATT. No se une a proteínas, su efecto anticoagulante es predecible y alcanza una biodisponobilidad del 100 por ciento, por lo que se administra en una única dosis subcutánea al día, sin necesidad de monitorización. Actualmente es el fármaco de elección para la prevención de la ETV en la cirugía ortopédica de alto riesgo.

Fármacos Antivitamina K (AVK)

Son fármacos que actúan en el hepatocito inhibiendo la activación de la vitamina K e impidiendo las carboxilaciones necesarias para activar los factores vitamina K dependientes (II, VII, IX, X, y las proteínas C y S, ambas inhibidoras de la coagulación). No tiene actividad anticoagulante per se, el efecto aparece con el descenso suficiente de los niveles de dichos factores. En la clínica se emplean fundamentalmente los derivados cumarínicos: el acenocumarol y la warfarina sódica.

Los cumarínicos, descritos en 1938 al investigar una enfermedad hemorrágica que afectaba al ganado vacuno, son utilizados en la ETV desde los años 40. El acenocumarol, de uso mayoritario en España, alcanza su acción terapeútica a las 48-72 horas de su administración. La warfarina, de mayor vida media, es el anticoagulante más utilizado en países anglosajones. Ambos se administran por vía oral una vez al día y atraviesan la barrera placentaria (son teratógenos), siendo mínima su excreción por la leche materna.

La respuesta a los AVK es individual, variable y se ve influida por múltiples factores (dieta, fármacos, otras enfermedades, etc.); además, su margen terapéutico es muy estrecho, por lo que precisan controles analíticos frecuentes. La prueba de laboratorio utilizada es el tiempo de protrombina (TP), sin embargo la variabilidad de los resultados de TP en relación con el reactivo usado, ha hecho necesaria la estandarización de la prueba, utilizándose actualmente en el control del tratamiento anticoagulante oral ambulatorio (TAO) el INR (Cociente Normalizado Internacional), que compara el TP del paciente con un TP control. El valor óptimo del INR dependerá de la patología que indicó el tratamiento, pero en la mayoría de las ocasiones se sitúa en un rango entre 2 y 3.

Los AVK han demostrado ser eficaces tanto en la profilaxis secundaria de la ETV (tratamiento a largo plazo), como en la prevención de eventos embólicos en la fibrilación auricular, incluida la de origen no valvular. El resto de indicaciones se resumen en la Tabla 6.

Los AVK se administran en dosis única, separado de las comidas y, preferentemente, al final del día por si fuera preciso realizar modificaciones en la dosificación tras el control de INR.

No se recomienda iniciar el tratamiento con dosis de carga, ya que sin acortar el tiempo para alcanzar el nivel terapéutico, aumenta el riesgo de hemorragia. La dosis diaria inicial de acenocumarol en menores de 65 años debe ser de 2 mg/dia y menor (1 mg/día) en mayores de 65 años, si existe comorbilidad asociada (insuficiencia cardiaca o hepática severa) o se requiere el empleo de fármacos que potencian el efecto anticoagulante. El primer control debe realizarse al 3º ó 4º día y el siguiente a la semana. En pacientes que presentan INR en rango y estable, los controles pueden realizarse cada 4-6 semanas.

En situaciones en las que el INR está fuera de rango se debe preguntar acerca de posibles errores en la posología, cambios en la dieta y uso de nuevos fármacos, y realizar posteriormente los ajustes con precaución y siempre en base a la dosis total semanal (DTS), en valores no superiores al 20 por ciento de ésta. La presencia de eventos hemorrágicos, su importancia o el riesgo de padecerlos, son también condicionantes de la DTS (Tabla 7).

La principal complicación de los AVK es la hemorragia. La necrosis cutánea en pacientes con déficit de proteína C o S (suele observarse la 1ª vez que se administra el fármaco) es un complicación grave pero de rara aparición.

En algunos pacientes se ha descrito una resistencia hereditaria a los AVK (receptor hepático con afinidad disminuida a los dicumarínicos o aumentada a la vitamina K) que precisan DTS muy por encima de los valores habituales, en estos casos se recomienda la derivación al Servicio de Hematología para su correcto control.

Las interacciones farmacológicas de los AVK son muy frecuentes (Tabla 8). Por lo general, no existen contraindicaciones formales del empleo de ningún fármaco; pero sí se recomienda emplear solo los verdaderamente necesarios y los que menos interaccionen dentro de cada grupo, y ajustar posteriormente la dosis del AVK.

En relación con la dieta, los dos aspectos más relevantes son el alcohol, cuyo consumo moderado no es necesario eliminar al iniciar el tratamiento pero sí debe evitarse la ingesta aguda de grandes cantidades, y los alimentos ricos en vitamina K (hortalizas de color verde: aguacate, espinacas, acelgas, guisantes, etc, y el hígado), de los que se aconseja un consumo moderado y, fundamentalmente, constante. El brócoli y las coles de Bruselas interaccionan con el citocromo p450 (metabolización hepática de los AVK) por lo que se debe tener especial precaución. Las plantas medicinales (ajo medicinal, ginkgo, uña de gato…) tampoco están exentas de interacciones.

Para la administración de inyectables y vacunas en pacientes que reciben AVK, se recomienda la vía subcutánea, a excepción de la vacuna antigripal en la que se considera que la administración intramuscular es más eficaz y segura.
Las recomendaciones ante extracciones dentales, cirugía menor y otros procedimientos invasivos quedan resumidas en la Tabla 9.

La contraindicaciones absolutas para el empleo de los AVK son: las diátesis hemorrágicas graves, la hemorragia digestiva activa, la hipertensión arterial grave no controlada, los ACV hemorrágicos recientes, la presencia de aneurismas intracraneales, el aneurisma disecante de aorta y la gestación. El riesgo de caídas, la mala cumplimentación terapéutica, la dificultad de realizar controles adecuados y la insuficiencia hepática, han de ser consideradas como contraindicaciones relativas, que requieren una especial e individualizada valoración.

Nuevos anticoagulantes orales

Nuevos fármacos con efecto anticoagulante y administración oral están actualmente en avanzado estado de desarrollo. Estos fármacos actúan inhibiendo directamente los factores fundamentales de la coagulación, la trombina o el FXa, con una eficacia similar a los actuales, pero de forma mucho más segura y cómoda ya que presentan un efecto anticoagulante predecible que permite una dosificación constante sin necesidad de realizar controles analíticos.

El primero en estudiarse fue el melagatran, un dipéptido sintético, hidrofílico con muy baja biodisponibilidad por vía oral, que fue comercializado en forma de profármaco activo por vía oral (ximegalatrán). Es un inhibidor directo, específico y reversible de la trombina, que inhibe tanto la trombina libre como la ligada al coágulo. A pesar de su eficacia probada en la profilaxis de las complicaciones embólicas de la FANV y en la profilaxis y el tratamiento de la ETV, y de su atractivo perfil farmacocinético (empleo oral, en una única dosis diaria, fija y no ajustada al peso) su comercialización e investigaciones tuvieron que ser suspendidas en 2006 a causa de una inexplicable e impredecible toxicidad hepática.

Actualmente están en desarrollo (fase 3) otros inhibidores directos de la trombina (dabigatran) y del FXa (rivaroxaban).

INDICACIONES

Son múltiples la indicaciones de la anticoagulación, pero es en la prevención de las complicaciones tromboembólicas de la FA y en la prevención y tratamiento de la ETV, donde el médico de AP ha de asumir un mayor grado de responsabilidad que incluya, no solo el seguimiento del paciente anticoagulado, sino la indicación del tratamiento en la mayoría de las ocasiones. A continuación se exponen las últimas evidencias publicadas en relación con las indicaciones de anticoagulación en ambas entidades.

Profilaxis
del tromboembolismo arterial en la FA

La FA constituye la forma más común de alteración del ritmo cardíaco. Su prevalencia se incrementa con la edad, situándose en los mayores de 45 años entre 3-3.5 por ciento y elevándose hasta el 5-9 por ciento en los mayores de 60 años. Se trata de una arritmia generalmente bien tolerada, pero que actúa en muchas ocasiones como marcador de mal pronóstico de una cardiopatía previa ya muy evolucionada; en este contexto, la presencia de una FA duplica la mortalidad del paciente e incrementa enormemente su morbilidad al multiplicar hasta por 6 veces la probabilidad de desarrollar una complicación tromboembólica. Su elevada prevalencia, asociada al envejecimiento de la población y a la elevada morbimortalidad de esta arritmia, la convierten en un problema de primera magnitud en nuestras consultas, siendo preciso un completo conocimiento de su abordaje terapéutico desde la AP.

Las últimas recomendaciones a este respecto se han publicado en 2006 y recogen puntos novedosos fundamentalmente en lo relacionado con dos aspectos: el control de la frecuencia cardiaca frente al mantenimiento del ritmo sinusal y las indicaciones de anticoagulación oral, ambas muy relacionadas

La recuperación del ritmo sinusal ha constituido el objetivo terapéutico fundamental en los pacientes con FA, quedando el control de la respuesta ventricular y la profilaxis embólica en pacientes de riesgo como objetivos secundarios para pacientes en los que no se conseguía restaurar el ritmo sinusal. Dos estudios recientes (RACE, AFFIRM) han comparado las dos estrategias y han demostrado que, en la población estudiada, no existen diferencias significativas entre ambas. La mayoría de los episodios embólicos ocurrieron en pacientes con INR subterapeútico y en aquellos en los que se había interrumpido la profilaxis, probablemente por recurrencias asintomáticas de la FA en pacientes cardiovertidos. Sí que se encontraron mayores tasas de hospitalización en el grupo de control del ritmo sinusal, en probable relación con los efectos adversos de los fármacos antiarrítmicos empleados. En definitiva, en la FA crónica, probablemente el control de la frecuencia cardiaca y la profilaxis antitrombótica constituyan la primera opción terapéutica en la mayoría de los pacientes.

El riesgo embólico de los pacientes con FA varía en función de la etiología, es mayor en las de origen valvular donde se incrementa el riesgo 17 veces, y aumenta en cada caso con la presencia de determinados factores de riesgo. En la última década del siglo pasado se publicaron una gran cantidad de ensayos clínicos que incluyeron a un gran número de pacientes (en torno a 20.000) en los que se valoró el riesgo embólico de las fibrilaciones auriculares no valvulares (FANV) y la eficacia de las distintas estrategias, demostrándose en un metaanálisis de cinco de estos estudios una reducción de riesgo de eventos embólicos del 68 por ciento con una incidencia de hemorragia grave del 1,3 por ciento en el grupo de pacientes anticoagulados frente al 1 por ciento del grupo control. Estudios posteriores han demostrado, además, la eficacia de mantener de forma indefinida la anticoagulación en pacientes de alto riesgo embolígeno, aun tras la restauración del ritmo sinusal.

La necesidad de profilaxis antitrombótica deberá ser, por tanto, valorada de forma individual en todos los pacientes con FA y se establecerá el tratamiento oportuno (nada, antiagregación o anticoagulación) en función del riesgo embolígeno individual del paciente (valoración de los distintos factores de riesgo), las contraindicaciones específicas de los fármacos empleados y del riesgo de sangrado de la terapia seleccionada.

Los pacientes jóvenes con FA aislada presentan un riesgo embolígeno similar al de la población general, por lo que no requieren tratamiento.

No existen dudas acerca del mayor beneficio de la anticoagulación en el grupo de alto riesgo: FA valvular, prótesis cardiaca o FANV con antecedentes de ACVA o AIT previo (mayor predictor independiente de nuevos episodios), del mismo modo que en aquellos sin factores de riesgo el tratamiento antitrombótico indicado es la antiagregación. Los aspectos más controvertidos se refieren a los pacientes con FANV y factores considerados como de riesgo intermedio:

edad mayor de 75 años, hipertensión arterial, diabetes mellitus, insuficiencia cardiaca y fracción de eyección # 35 por ciento. Las guías actuales, al contrario que las previas, no consideran clara la indicación de anticoagular a este tipo de pacientes, sino que se acepta la elección de antiagregación o anticoagulación basándose en el riesgo de sangrado y las preferencias del paciente (Tabla 10).

Profilaxis primaria
de la ETV

En los últimos años se ha incrementado enormemente el interés por la profilaxis farmacológica extrahospitalaria de los pacientes con riesgo moderado o alto de ETV. Varios son los factores responsables; en primer término, las HBPM han demostrado ser seguras y eficaces en la prevención hospitalaria de la ETV, tanto en enfermos quirúrgicos como médicos y, en segundo lugar, son cada vez más numerosos los pacientes susceptibles de profilaxis. Esta mayor demanda viene determinada por un mejor conocimiento de los factores de riesgo, aunque también influyen el progresivo envejecimiento de la población, la mayor esperanza de vida de los pacientes neoplásicos, la cada vez más corta estancia hospitalaria de los pacientes sometidos a intervenciones quirúrgicas, que la edad avanzada ha dejado de ser una contraindicación para la cirugía mayor y la demostración del beneficio de la prevención en nuevas situaciones clínicas.

En algunas circunstancias, el riesgo de ETV en los pacientes ingresados no desaparece con el alta hospitalaria y la profilaxis debe mantenerse durante el tiempo en que aquel persista; pero en otras ocasiones, el riesgo puede estar presente aunque el paciente no requiera ingreso hospitalario, y corresponderá al médico de AP tomar la decisión de iniciar o no la profilaxis.

La relación entre cirugía y ETV está ampliamente documentada y cuantificada, tanto en lo que se refiere al riesgo de padecer una complicación trombótica como en la eficacia de la profilaxis. En función de distintas variables: tipo de cirugía, edad del paciente y la presencia de otros factores de riesgo, se cuantifica el riesgo de padecer una ETV y se establece la pauta más adecuada de profilaxis. Aún no se conoce con exactitud cuál debe ser la duración óptima de la profilaxis en el paciente postquirúrgico. Tradicionalmente, la profilaxis se ha mantenido hasta 7-10 días tras la cirugía, coincidiendo su cese con el alta del paciente. La reducción de las estancias hospitalarias y la demostración de complicaciones tromboembólicas más tardías, han evidenciado el hecho de que el riesgo de ETV no desaparece con el alta hospitalaria, por lo que la prevención deberá prolongarse de forma ambulatoria mientras perdure el riesgo.
También está plenamente demostrada la eficacia de la profilaxis primaria con HBPM (a dosis de alto riesgo quirúrgico) en pacientes ingresados por patologías médicas que obligan a encamamientos prolongados. La edad y las patologías médicas agudas que requieran reposo prolongado en cama, tales como las infecciones graves, reagudizaciones de la patología respiratoria crónica, las descompensaciones de la insuficiencia cardiaca, el infarto agudo de miocardio, los ACVAs y las enfermedades tumorales, son consideradas como factores de mayor riesgo de ETV y, de hecho, la 7ª conferencia ACCP recomienda la profilaxis 1ª de ETV con HBPM en dichos pacientes cuando ingresan por un proceso agudo.

Queda aún por determinar qué sucede con el paciente médico de similares características al descrito, pero encamado en su domicilio, ya que no existen ensayos clínicos realizados en este ámbito y los datos de los que disponemos proceden de extrapolaciones en pacientes ingresados. La indicación de profilaxis 1ª en el domicilio debe basarse por tanto en la cuantificación del riesgo total en función de los factores individuales. Para facilitar la toma de decisiones en AP y mientras no se disponga de datos propios, la actitud más correcta pasa por la cuantificación total del riesgo en función de la suma de los riesgos de los distintos factores individuales reconocidos, y la realización de profilaxis en función del riesgo total.

Una aceptable aproximación a este problema, aun no resuelto, lo constituye la guía PRETEMED, desarrollada por internistas y médicos de familia españoles e incluida en la National Guideline Clearinghouse americana. Esta guía, de fácil aplicación, está diseñada específicamente para pacientes no quirúrgicos encamados en su domicilio y basa sus recomendaciones en una exhaustiva revisión de la bibliografía existente (Tabla 11).

El inicio de la tromboprofilaxis debe ser precoz e instaurado en las primeras 48 horas; pero no está totalmente definida la duración óptima de la profilaxis en los pacientes ingresados. Nuevos datos apuntan a que ésta debería ser más prolongada en los pacientes quirúrgicos y hay en marcha estudios para determinar la duración más adecuada en los pacientes ingresados por problemas médicos.

Tratamiento de la fase aguda de la ETV

Las HBPM son el tratamiento de elección, deben administrarse inmediatamente tras el diagnóstico, vía subcutánea y en relación con el peso del paciente (Tabla 5). En las primeras 24-48 horas debe asociarse el AVK, sin dosis de carga y con un solapamiento entre ambos fármacos de al menos 4-5 días. Pasado este tiempo y siempre que el rango de INR sea el óptimo se puede suspender la HBPM.

En pacientes seleccionados, podría asumirse desde la AP el tratamiento domiciliario inicial de la TVP, aunque todavía no hay estudios que avalen el tratamiento domiciliario del EP.

Tratamiento a largo plazo: profilaxis secundaria

La necesidad de mantener el tratamiento anticoagulante deriva del hecho de que un gran número de pacientes con una ETV presentan con el tiempo recurrencias. En pacientes con TVP no secundaria a un factor de riesgo transitorio la tasa de recurrencia es muy elevada y las recidivas comportan un peor pronóstico. Por desgracia, las ventajas de mantener una profilaxis más prolongada se contrarresta por la presencia de hemorragias inducidas por el tratamiento anticoagulante (incidencia anual de hemorragia mayor: 1,1-2,7 por ciento, letales: 0,25-0,64 por ciento). Los AVK, salvo que existan contraindicaciones, son el tratamiento de elección. En la ETV, el margen óptimo de anticoagualción se corresponde con un INR entre 2 y 3, rango para el que están cuantificadas las tasas de recurrencia de la enfermedad y de aparición de complicaciones hemorrágicas. El riesgo de recurrencia depende fundamentalmente de la presencia o no de factores de riesgo transitorios, y el riesgo hemorrágico está influenciado por otros factores como la edad, la co-morbilidad, el empleo concomitante de antiagregantes plaquetarios, o la calidad del propio control del AVK; desgraciadamente, tras la supresión del fármaco, la tasa de recurrencias evoluciona de forma paralela con independencia del tiempo inicial que se haya mantenido la anticoagulación.

La recurrencia de la ETV en pacientes tratados y sin factores de riesgo transitorio, evoluciona en tres fases: en la primera, fase de tratamiento activo, se reduce de forma drástica; en los 6-12 meses posteriores a la retirada del AVK tiene lugar una segunda fase con un riesgo de recurrencia en torno al 5-10 por ciento, que es independiente de la duración del tratamiento, por lo que la prolongación de la profilaxis sólo consigue retrasar la aparición de esta fase. Tras esta segunda fase el riesgo se mantiene estable, con una tasa de recurrencia del 1-2 por ciento anual. Para las TVP distales sintomáticas, con menor capacidad de recurrencia, la profilaxis corta de 6 semanas es la pauta más correcta. En los pacientes con un FR transitorio, la incidencia de recurrencias es también baja, por lo que se ha sugerido tratamientos cortos de 12-24 semanas. En las TVP idiopáticas, la profilaxis prolongada (> 6 meses) ha demostrado ser claramente más eficaz que la pauta más corta de 3 meses.

En la ETV recurrente y en la secundaria a determinadas trombofilias, la tasa de recurrencias cuando se suspende el AC es muy elevada, por lo que se recomiendan tratamientos indefinidos (Tabla 12).

En pacientes con ETV y cáncer, la profilaxis 2ª con HBPM en los primeros 3-6 meses de tratamiento ha demostrado ser más efectiva y segura que con AVK.





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