Atención a la familia
CAPÍTULO1-
Identificación del ciclo vital familiar
ALGUNAS CUESTIONES PREVIAS
En general, cuando hablamos
de ciclo vital familiar nos referimos a la evolución
secuencial por la que atraviesan las familias, como si de
un ser vivo se tratara. Así, las familias se gestan
durante un periodo variable de galanteo, se inician con
la formación de una pareja estable, se desarrollan
y crecen con el nacimiento y/o la crianza de los hijos,
se contrae al despegar los hijos, para terminar cuando primero
uno y luego ambos miembros de la pareja fallecen. Esta travesía
de la familia a lo largo del tiempo no suele ser ‘un
camino de rosas’, o como con estas flores ocurre,
el camino puede estar lleno de espinas. La familia es el
refugio donde el individuo crece y se protege de las agresiones
del mundo exterior siendo también el grupo con más
alto grado de estrés, donde más vivamente
se representan las rivalidades y las tensiones entre los
sexos e intergeneracionalmente.
Un concepto inherente a todo crecimiento son los conceptos
de transición y cambio y el crecimiento de las familias,
por supuesto, no escapa a ninguno de los dos. El momento
de transición de una etapa a otra es un momento de
cambio, en el cual los miembros de la familia tienen la
clara percepción de que las reglas con las que han
funcionado hasta ahora ya no sirven y que necesitan otras
nuevas que las reemplacen; que los roles que han ejercitado
cada uno de ellos hasta el momento son insuficientes y que
es preciso asumir nuevas funciones; y que, a pesar de la
importancia de llevar a cabo todos estos cambios, también
es necesario mantener la estabilidad de la familia para
garantizar su unión y permanencia en el tiempo, en
un proceso de retroalimentación continuo. Por tanto
es fácil entender que el momento de transición
de una etapa a otra es, además de un momento de cambio,
un momento de crisis.
A lo largo de la vida, las familias atraviesan distintos
tipos de crisis, la mayoría de ellas evolutivas o
normativas o dicho de otra forma, predecibles. Las crisis
normativas son aquellos cambios esperables que hay que realizar
como parte del crecimiento funcional de una familia en cuanto
al tema de límites, normas, roles,…Ejemplo
de crisis normativas son el nacimiento de un hijo, la marcha
de éstos de casa y la enfermedad crónica en
un familiar anciano. También existen crisis accidentales,
inesperadas, no normativas, que desafían abiertamente,
y muchas veces de forma brutal, la estabilidad del sistema
familiar como pueden ser la muerte temprana de uno de los
progenitores o de un hijo, el diagnóstico de una
enfermedad seria en un niño, una situación
de paro repentina o la incapacidad crónica en uno
de los cónyuges, entre otras.
Por último, existen un número de situaciones
externas que en mayor o menor medida provocan estrés
y que fueron estudiadas por Holmes y Rahe como son encarcelación,
juicio y problemas legales; despido del trabajo, reajuste
del negocio o paro; cambio de residencia o de colegio, entre
otras. (Tabla
1). Cada uno de los eventos o acontecimientos tienen
una puntuación denominada “Unidades de Cambio
Vital” (LCU), que va de 100 en el acontecimiento más
grave (la muerte del cónyuge) a 11 en el menos relevante
(leves transgresiones de la ley). Holmes y Rahe denominan
pacientes de riesgo alto los que tienen una puntuación
superior a 300 puntos, de riesgo medio los que tienen una
puntuación entre 200-299 y de bajo riesgo los que
tienen menos de 200 puntos (150-199). En general, se puede
afirmar que cualquiera de las situaciones mencionadas en
la escala de Holmes y Rahe puede actuar como un estímulo
que provoca, tanto en el paciente como en la familia del
paciente, un sufrimiento o estrés que da origen a
un estado de ‘disconfort’ generando reacciones
de diferente tipo:
1. En el individuo ? respuestas de tipo motor, cognitivo
o psicofisiológico para adaptarse a la situación
estresante concreta pudiendo aparecer enfermedades orgánicas
o agravarse las ya existentes.
2. En la familia ? desestabilización en su funcionamiento
habitual originando una crisis la cual, si no es superada,
puede conducir a una situación de disfunción
familiar.
Dependiendo de los recursos y de las experiencias previas
que tengan en relación a la superación de
estas crisis en el pasado, o sea, dependiendo de la capacidad
de adaptación que tengan, las familias pueden pasar
por estos momentos de crisis con mayor facilidad. Sin embargo,
durante estas crisis también pueden aparecer síntomas
en algún miembro de la familia siendo en este caso
el síntoma, una señal de que el sistema familiar
afronta dificultades para superar la fase del ciclo por
la que atraviesa.
Por último, otro aspecto que va a resultar de especial
relevancia es el conocimiento de la dicotomía funcional
de la familia. “La paternidad consiste en dar a un
hijo primero raíces para crecer, y luego alas para
volar” (Adagio antiguo). La seguridad de una base
firme y la confianza en sí mismo para abandonarla.
Como señala Aiartzaguena (2003), la familia tiene
una doble funcionalidad. “Desde una perspectiva sistémica,
podemos hablar de dos tipos de funciones dentro de ella:
las funciones centrípetas y las funciones centrífugas.
Las funciones centrípetas son todas aquellas destinadas
a mantener el status quo familiar. Comprenden la protección
de los miembros de la familia, su alimentación, la
satisfacción de sus necesidades afectivas, el hacerles
partícipes de la solidaridad económica familiar,
facilitarles el descanso y la posibilidad de una vuelta
natural al sistema. En definitiva, se trata de la promoción
de la seguridad y previsibilidad mínima en el presente
y en el futuro.
Las funciones centrífugas van a ser aquellas que
favorecen la salida de los miembros del sistema. Comprenderían
la preparación de los niños y los adolescentes
para su futura emancipación, facilitando el desarrollo
de su propia competencia, favoreciendo su socialización
progresiva y fortificando su tolerancia a las separaciones.
Todo ello debe permitir a los padres reforzar su propia
autonomía afectiva, económica y social, tanto
en el plano conyugal como en el plano individual. También
comprende el mantenimiento de la mayor autonomía
posible en los mayores.
Es en este elemento de la salida y mantenimiento de los
miembros del sistema donde frecuentemente aparecen problemas
y conflictos, ya que suponen que se deben redefinir roles
y relaciones. Desde este punto de vista, prestaremos especial
atención a la desvinculación emocional de
los que se marchan y a la aceptación de la partida
de los que se quedan ya que, en ocasiones, se origina un
juego de lealtades que pueden originar culpa en los que
salen y resentimiento en los que se quedan. Nuestra misión
en estos casos será primero explorar para luego detectar,
normalizar y contextualizar estos sentimientos en el funcionamiento
de la vida y de los ciclos que en ella se producen”.
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