Atención a la familia
CAPÍTULO1-
Identificación del ciclo vital familiar
EL CICLO VITAL FAMILIAR
Existen numerosos estudios sobre el ciclo
vital familiar empezando por Duvall (1971) quien describe
el desarrollo de la familia en ocho fases, tomando en cuenta
las edades y el número de los hijos de la pareja
(Tabla
2). Haley (1980) nombra de forma curiosa cada una de
las seis etapas del ciclo vital familiar en su libro “Terapia
no convencional” (Tabla 3). Medalie por su parte propone
un modelo dividido también en seis etapas que tiene
la ventaja de ser lo suficientemente descriptivo de lo que
puede ser el ciclo vital familiar (Tabla
4).
Según Lauro Estrada (2003), la familia puede ser
estudiada como un ciclo de seis etapas, no siendo necesario
que toda familia pase por cada una de ellas (Estas etapas
únicamente le sirven como mapa para su estudio y
análisis). En cada una de ellas hay dos objetivos
principales, resolver las tareas o crisis propias de cada
etapa de desarrollo y aportar todo lo necesario a sus miembros
para que estos puedan tener una satisfacción. Las
etapas que Lauro Estrada propone se incluyen en la Tabla
5.
La Organización Mundial de la Salud (OMS, 1978) también
tiene su propia clasificación para lo que define
un modelo dividido en seis etapas (Tabla 6), caracterizando
cada una de ellas en función del incremento o de
la disminución de los componentes del sistema familiar.
Modelo que modifica Luis De la Revilla (1994) subdividiendo
la etapa II en IIA y IIB (según que el primer hijo
tenga menos o más de 11 años), “por
considerar que la presencia de hijos en esta edad crítica
plantea peculiares problemas en el funcionamiento familiar
que deben ser tenidos en consideración”. (Tabla
7).
La OMS también propone un ciclo vital familiar centrado
en la mujer y en su función materna, en el que se
espera que la mujer esté presente no sólo
en la formación de una nueva familia sino hasta la
llegada de los bisnietos y el inicio de su crianza (Tabla
8).
A nosotros nos gusta el modelo propuesto por Carter y McGoldrick
(1980, 1996) y desarrollado posteriormente por Rakel en
1990 (Tabla 9) que divide el ciclo vital familiar en seis
etapas, con la ventaja a nuestro entender, de ser fácilmente
identificables y sencillas de recordar por el médico
de familia, lo que facilita su uso en la práctica
diaria. En la Tabla 10 se muestran, de forma resumida, las
tareas de cada etapa según estos autores, engranando
el ciclo de la vida en sus dos componentes, el individual
y el familiar.
De todas maneras, tomando en cuenta que este artículo
propone un estudio profundo sobre el ciclo vital familiar,
ofreceremos una visión global e integral del mismo
a la vez que diseccionaremos al máximo cada momento
evolutivo de la familia como pueden ser la iniciación
o el galanteo, la formación de la pareja, el nacimiento
de los hijos y su escolaridad, la adolescencia, la emancipación
de los hijos y la familia en la vejez. Además de
mencionar el proceso central de cada estadio comentaremos
las tareas que es necesario superar para afrontar con éxito
el paso de una etapa a otra, en base a la función
dominante que se debe llevar a cabo en ese momento. En los
capítulos siguientes hablaremos sobre el manejo de
las principales situaciones de transición del ciclo
vital familiar.
ADULTO JOVEN INDEPENDIENTE (SIN PAREJA)
La iniciación comienza con la búsqueda
y selección de la futura pareja y culmina con la
formación de la misma. Al inicio, el adolescente
enfrenta un problema particular: su involucración
simultánea con su familia y con sus pares. El modo
en que debe comportarse para adaptarse a su familia tal
vez impida su desarrollo normal respecto a la gente de su
edad. Se trata, esencialmente, de un problema de destete,
y éste último no es completo hasta que el
joven abandona el hogar y establece vínculos íntimos
fuera de la familia. En el ser humano la conducta del galanteo
suele ser largo con una duración de unos 10 años,
entre los 15 y los 30 aproximadamente. Es este el momento
adecuado para poner en práctica el cortejo, para
lo cual es necesario que el adolescente se relacione de
manera simultánea con diferentes grupos; esta diversidad
de amistades les aportará estímulos que les
enriquecerán y ampliará su campo de elección.
Lamentablemente, algunas veces los padres dificultan este
proceso de una manera directa o indirecta, poniendo trabas
o boicoteando cualquier intento del hijo o de la hija por
establecer nuevos vínculos. De cualquier forma, a
partir de la adolescencia hay una tendencia natural a que
chicos y chicas salgan juntos en grupo y se conozcan entre
sí, lo que les permitirá poder elegir a largo
plazo a la pareja definitiva.
Después de un período de galanteo, de ligue,
de experiencias variadas, el adulto joven se enamora y elige
a uno de sus pares para ensayar una relación más
comprometida y estable. Y decimos se enamora… para
ensayar a amar. En realidad, estar enamorado es diferente
que amar. Enamorarse significa elegir a alguien por encima
de cualquier otro y sentirlo como único e insustituible.
Los enamorados desean poseerse uno al otro en exclusiva,
sienten verdaderos deseos de fusionarse, de ser completados
por el otro; se exigen plena disponibilidad, una entrega
total y recíproca así como apoyo, seguridad
y comprensión lo que les lleva a idealizar la relación.
El enamoramiento no es un estado de realidad ni tampoco
permanente, sino que necesariamente ha de pasar por una
crisis para llegar a convertirse en un amor más maduro
y auténtico. Amar, por otra parte, significa comprender,
respetar y aceptar al otro como es, con sus virtudes y defectos,
a la vez que supone compartir ideas, sentimientos y experiencias;
en el amor, por el contrario, predominan la serenidad, la
estabilidad y la comprensión.
Proceso central
y tareas específicas
En esta etapa, el proceso central familiar
comprende que los padres acepten la separación progresiva
de sus hijos, y que estos a su vez se desvinculen emocionalmente
de sus padres, para lo cual es necesario llevar a cabo las
siguientes tareas específicas:
• Diferenciación personal con relación
a la familia de origen. Cada persona tiene que realizar
su propio proyecto de vida, que no tiene por qué
coincidir con el de los padres.
• Independencia económica a través del
acceso al trabajo.
• Desarrollo de relaciones íntimas con iguales.
• Búsqueda de una pareja estable.
• Desarrollo de conductas sexuales adecuadas al momento
evolutivo.
FORMACIÓN DE LA PAREJA (INCLUYE
EL MATRIMONIO)
Comienza con el ritual de la ceremonia (sea
ésta religiosa, civil o de cualquier otro tipo) y
termina con el inicio del primer embarazo. Muchas veces,
esta ceremonia ha ido precedida de un período de
convivencia (más o menos formal) de la pareja. Y
esta continuidad de la relación amorosa está
condicionada por la capacidad de adaptación de los
enamorados, así como el compromiso de llevar a cabo
un proyecto en común, a la vez que se respetan los
objetivos individuales. A partir de ahora empezarán
a definirse las reglas y se pactarán implícita
o explícitamente los diferentes aspectos de la vida
en común. En este momento, lo que se busca es una
complementariedad en el otro, esto es, que nuestra pareja
nos complete y aporte lo que nos falta. Así, por
ejemplo, una persona suele buscar en su compañero
la seguridad que no tiene, y otra puede escoger a alguien
divertido porque ella misma sea algo seria; en ocasiones
puede ser que se elija pareja buscando rasgos que recuerden
a la propia familia de origen, tal vez para continuar y
perpetuar así las pautas de relación aprendidas.
La ceremonia es importante tanto para la pareja como para
las dos familias de origen porque ayuda a todos a modificar
las formas de relación existentes hasta el momento.
El ritual ayuda a tomar conciencia del cambio, del compromiso,
del paso que se está dando: en este caso, la transición
del galanteo a la formación de la pareja, del noviazgo
al matrimonio.
Según Whitaker (1992) “… el compromiso
constituye un acuerdo de crecer verdaderamente más
cerca uno del otro, de hacerse partícipes mutuamente
de las inquietudes y de dar a las necesidades de la pareja
la misma prioridad que a las propias. La idea de compromiso
tiene por objeto contrarrestar el impulso de salir corriendo
ante el primer signo de desilusión”.
De todas maneras es importante tener en cuenta que aunque
hablemos de formación de la pareja, esta etapa no
es simplemente la unión entre dos personas, sino
la convergencia de dos familias que, indudablemente, ejercen
su influencia y al mismo tiempo crean entre todos una compleja
red de relaciones. Y aunque es cierto que el punto de vista
de los padres influye sobre diferentes aspectos, la nueva
pareja tiene que establecer su territorio con cierta independencia
de ellos: han de cambiar su dependencia de los padres por
una relación más adulta e independiente. La
involucración paterna puede ser causa de desavenencia
entre los miembros de la pareja, aunque a veces no se den
cuentan del origen. Para evitar estos malestares es necesario
encontrar los límites adecuados entre las generaciones,
de forma que sea la nueva pareja quien maneje su relación
y tome sus propias decisiones. Al mismo tiempo, es importante
la aceptación y el respeto a la familia de cada cónyuge,
por lo que conviene evitar las críticas excesivas
a la conducta de los padres respectivos.
Por el contrario, algunas parejas delimitan su territorio
de forma drástica por medio de la distancia física
o psicológica, cortando toda relación con
sus padres; en el fondo están fingiendo una autonomía,
una falsa independencia que en realidad no funciona y desgasta
a la pareja. Creemos que el arte en esta etapa consiste
en alcanzar la independencia al tiempo que se conserva la
vinculación emocional con los padres.
De todas maneras, la vida en común suele ser bastante
diferente a las expectativas que sobre ella se habían
depositado, por lo que pronto aparecen los primeros signos
de desilusión y desencanto. Cuando se enamoran, la
mayoría de las personas esperan, en el fondo, que
su compañero o compañera satisfaga los anhelos
y frustraciones de su infancia. Si bien a través
de la relación de pareja se da una verdadera oportunidad
para resolver aquellos conflictos de la infancia no resueltos,
es obligación de uno mismo y no del otro hacerse
cargo de todo ello. Así, comprender de qué
modo el pasado afecta a la relación de pareja en
el presente, libera y al mismo tiempo ayuda a superar las
dificultades. Clarificar los sentimientos, las motivaciones
inconscientes y las expectativas de cada uno; aceptar al
otro como es y no como nos gustaría que fuera; y
responsabilizarse de las propias necesidades y deseos forma
parte del proceso de convertirse en una persona madura y
una pareja sana y funcional.
Proceso central y tareas específicas
En esta etapa, el proceso central familiar
comprende la creación de un nuevo sistema. Y con
un pensamiento sistémico dice Ferrari (2002): “El
vínculo que se constituye en una relación
de pareja es algo más que la suma de las características
personales de cada uno de sus integrantes. Entre los miembros
de una pareja se establece un espacio vincular único
e inédito, derivado de la conjunción de la
totalidad de los elementos que deben compartir y que se
van especialmente a detectar en la clínica de las
relaciones sexuales, de la vida cotidiana en común
y de un proyecto compartido de futuro. Los emergentes provenientes
de estas áreas suministrarán lo más
significativo de la semiología del vínculo
de pareja y hacia ellas debe dirigir el médico su
escucha en la entrevista”. En la evolución
de la pareja habrá momentos de tranquilidad y momentos
de crisis. Para su persistencia en el tiempo es necesario
llevar a cabo las siguientes tareas específicas:
• Formación del sistema marital con la negociación
de los aspectos cotidianos de la convivencia.
• Modificación de las relaciones con la familia
de origen y con lo amigos para incorporar al cónyuge.
EXPANSIÓN DE LA FAMILIA (LA FAMILIA
GESTANTE Y EL NACIMIENTO DE LOS HIJOS)
Comienza, prácticamente, con la gestación
y la llegada del primer hijo y se cierra con la llegada
del último vástago a la familia. Y decimos
que comienza con la familia gestante porque desde la primera
etapa de la concepción del hijo “…ya
está; y porque está todo será distinto
en el futuro y nada será igual a lo que fue, ni los
sueños, ni los proyectos, ni las esperanzas, ni siquiera
los muebles ni la decoración de la casa” (Escardó,
1982). Nunca es demasiado enfatizar en que la paternidad
y la maternidad son actos eminentemente culturales y que
tener hijos debe ser fruto de una profunda meditación,
de un conocimiento real y de una absoluta responsabilidad;
es necesario que los hijos sean queridos, que vengan a un
hogar en donde el papel que van a desempeñar haya
sido valorado con toda objetividad, el sentir que se ha
logrado efectivamente un ajuste que permita a los futuros
hijos entrar en un ambiente de protección física,
de seguridad emocional y de integración social adecuadas
para que logren desarrollar al máximo las potencialidades
hereditarias que tienen.
Desde la gestación el sistema de dos pasa a estructurarse
de a tres pues ya desde el embarazo los padres van creando
un espacio para este nuevo miembro, un espacio que primero
es intrapsíquico (expectativas con respecto al sexo,
búsqueda del nombre, elegir un lugar en la casa para
él,…) y que después se traslada al espacio
exterior y se concreta (comprar ropa, decoración
del espacio elegido,…). Este nuevo triángulo
(madre-padre-hijo) reactiva en la pareja experiencias propias
anteriores vividas con su familia de origen. Aparecen nuevos
roles (función materna y función paterna,
las cuales se diferenciarán para poder brindarle
al niño la atención y cuidados que necesita);
y con ellos, los de la familia extensa: abuelos, tíos,
primos,…
Lo ideal es que cuando los miembros de una pareja se conviertan
en padres hayan conseguido establecer una buena relación
de pareja previamente. El vínculo entre la madre
y el padre es esencial para los hijos, puesto que los niños
crecen en la calidad de la relación existente entre
sus padres; así, lo fundamental no es tanto la relación
del niño con su padre o con su madre, sino la que
tiene con la relación de ellos dos. A pesar de esto,
el paso a esta nueva etapa no siempre es fácil y
es necesario un tiempo de adaptación a esta nueva
situación vital. Todos sabemos que la llegada del
primer hijo a la familia es un acontecimiento muy importante,
y que a partir de ahora las circunstancias van a cambiar
por completo para los miembros de la pareja que pasan, además,
a ser padres.
A través del primer hijo los adultos descubren lo
que significa el ser padre y madre. En efecto, el primogénito
es el ‘ensayo’ de la capacidad de asumir el
rol parental, por lo que el trato que recibe es diferente
al de los demás hijos. Es necesario que ambos miembros
de la pareja aprendan a ser padres, a estar unidos y a apoyarse
en esta nueva etapa de la vida; han de aprender también
a compartir la responsabilidad del bebé, disfrutar
juntos de los momentos agradables y vivir unidos también
los menos gratificantes.
Rol de padre
Compete al padre colaborar con la madre de
forma complementaria en la enseñanza a los hijos
de las distintas aptitudes, cuya finalidad es la defensa
de la vida; ejercer el principio de autoridad en el cual
también colabora la madre; y compartir con ella el
cuidado del hogar, a la vez que proteger física y
emocionalmente a su familia. Agregamos además, la
función de refrendar y corroborar la autoridad materna,
o sea, promoverla y respetarla en el ejercicio de su autoridad.
El padre está siempre en situación de ejemplo
y modelo, y tal vez en ello resida lo esencial de la función
del padre. Por eso la eficacia de la conducta del padre
con respecto a su hijo se asienta en la conducta del padre
frente a sí mismo; el respeto que el padre puede
pretender del hijo no puede ir mucho más allá
que el respeto que el padre tenga consigo mismo, ni más
allá de lo que el padre respete a su hijo. El respeto
como función intrafamiliar es básico para
la seguridad afectiva y emocional no sólo del niño,
si no de la todos los integrantes del sistema familiar.
Rol de madre
En síntesis, las funciones de la madre
son gestar, criar y educar a sus hijos; favorecer su relación
con el padre y los hermanos velando por el mantenimiento
de los vínculos cariñosos entre todos, dado
que culturalmente suele ser ella la principal reguladora
de las emociones en el hogar; refrendar la autoridad del
padre; y compartir con él el cuidado y el bienestar
del hogar.
La asunción de estos nuevos roles del subsistema
parental (funciones normativas y nutricias, básicamente)
lleva implícito la permanencia de los roles de la
pareja como tal, esto es, en cuanto a subsistema conyugal
se refiere. En cualquier caso es fundamental que se establezcan
unos límites claros entre la generación de
los padres y la de los hijos así como una diferenciación
de las funciones y roles de los miembros de la familia,
de manera que los padres sean padres y los hijos, hijos.
Una de las claves más importantes para que las familias
sean funcionales es excluir a los hijos de la díada
conyugal; cuando un hijo se inmiscuye, o se le permite ocupar
un lugar en la relación de pareja se coloca en una
posición que no le corresponde, y es cuando surgen
los problemas. Es necesario saber cuál es el espacio,
tanto físico como psicológico, que corresponde
a la pareja y preservarlo de intromisiones externas. En
esta coexistencia de funciones que deben cumplirse íntegramente,
la pareja tiene que conseguir que el niño respete
en absoluto los límites de lo que dentro del juego
familiar corresponde al ejercicio de la función conyugal;
si no se está alerta al respecto, el niño
tenderá inmediatamente a introducirse entre la pareja
absorbiendo a uno de los progenitores.
Proceso central y tareas específicas
Tras el nacimiento del niño los padres
dejan de ser dos y pasan a formar un grupo de tres siendo
éste, precisamente, el proceso central de esta etapa,
el incorporar al sistema al nuevo miembro, y posteriormente
a los nuevos miembros. Las tareas específicas que
se han de desarrollar aquí son:
• Adaptar el subsistema marital para incluir a los
hijos (subsistema parental o parento filial).
• Asumir roles parentales (función nutricia
y función normativa).
• Modificar las relaciones con la familia extensa
para incluir los roles parental y de abuelo.
Es frecuente que en esta fase surjan dificultades con respecto
al cuidado y educación del hijo. También es
frecuente que el hijo quite tiempo a la pareja y que un
cónyuge se sienta ‘excluido’. Por supuesto,
cada parte de la pareja puede tener diferentes ideas de
cómo ser padres, por lo que es importante el diálogo
y el trabajo en equipo. Además, en esta fase pueden
existir sentimientos de culpa relacionados con la idea de
ser malos padres, de estar haciéndolo mal y de no
ser capaces de soportar la responsabilidad.
LA DISPERSIÓN (FAMILIA CON HIJOS PEQUEÑOS)
La dispersión comienza en el momento
en que un hijo, generalmente el primero, se separa del grupo
familiar de una manera parcial y periódicamente para
que agentes externos intervengan en el proceso de socialización.
Una vez alcanzado el ajuste a un nuevo miembro, en la fase
de dispersión se fragua la independencia y autonomía
de ese miembro, fenómeno que se da solamente si la
pareja ha logrado realizar una adecuada socialización
para que él, por sí mismo, empiece a cubrir
sus necesidades de una manera satisfactoria. Así
el niño crece y al crecer, adquiere potencias de
autosuficiencia. En esas circunstancias la función
de la familia consistirá en permitir que el niño
crezca y crecer ella misma para obtener que en su seno el
niño se desarrolle adecuadamente; el niño
además, al mismo tiempo que se diferencia, integra
el cuadro familiar adquiriendo dentro de él funciones
específicas y características, de modo que
la familia se modifica perfeccionando su funcionamiento
por la presencia del niño. Esta socialización
familiar, que convencionalmente puede señalarse su
inicio a los 18 meses, exige el reconocimiento de la personalidad
del pequeño como un miembro peculiar y de más
en más activo; pronto los estímulos caseros
no bastan para proveer al niño de las reacciones
adecuadas a su integración y la familia debe ‘abrirse’
permitiendo que el niño tome contacto con otros de
su edad.
Esta es una etapa crucial en la evolución de la familia
ya que es el primer desprendimiento del niño dentro
del seno familiar. En cierta medida es la puesta a prueba
de todo lo que la familia inculcó en los primeros
años al niño (límites, relación
con la autoridad y pares, incluso si es correcto preguntar
o no,…). La red social del niño se amplía
comenzándose a relacionar con otros adultos significativos,
los maestros. También hay que tener en cuenta que
a partir de ahora la escuela va a ocupar una buena parte
de la vida del niño, que allí vivirá
una vida emocional intensa y que todo ello dejará
sus huellas en él.
A partir de los 7 u 8 años, el niño va estableciendo
unos lazos y una red de relaciones con sus compañeros
cada vez más sólida. Precisamente esta participación
en el grupo le va a facilitar su integración; así,
aprende a relacionarse con los demás, a dominar sus
impulsos agresivos, a imitar a los que tienen éxito
en el grupo y a respetar las reglas de la clase. Realmente,
en determinados momentos, la vida escolar puede llegar a
tener más importancia que la propia familia en la
educación y el moldeamiento de la personalidad.
Rol de hijo
La función de los hijos es fundamentalmente
la de aprender las innumerables aptitudes que la criatura
humana se ve obligada a realizar para llegar al punto de
poder cuidarse por sí misma. El aprendizaje está,
por ende, encuadrado dentro de un modo de ser psicológico
en consonancia con la cultura de la familia, que es trasmitido
a los hijos por vía de la enseñanza. Vale
decir aquí que el aprendizaje del niño lo
va llevando desde el lenguaje no verbal, o sea, el corporal
del juego hacia la comunicación verbal, el trabajo
y la relación social y que a partir de la escuela
primaria, el niño comienza a traer información
al hogar, con lo cual inicia su función de enseñanza
a los padres, muy esporádica al principio y cada
vez más frecuente, hasta llegar a un equilibrio en
la edad adulta en la cual el aprendizaje y la enseñanza
se alternan entre padres e hijos, como lo corriente en toda
vinculación humana.
Hay un concepto habitual que se hace preciso revisar en
pro de una sana comprensión de lo que hemos de entender
como familia. Se ha repetido desde siempre que es misión
de los padres ayudar a los hijos, pero no se ha parado nunca
en que, siendo en principio la familia una entidad funcional
coherente, la ayuda no puede ser unidireccional y, en consecuencia,
los hijos también tienen que ayudar a los padres
a la consecución de un fin común hacia el
bienestar de la familia. Así, por ejemplo, cuando
haya que sufrir restricciones o privaciones los hijos deben
asumirlas en igual proporción que los padres y como
partes de un total; la común actitud del padre que
se sacrifica "para que sus chicos no sufran" es,
por noble que parezca, falsa en su fondo y dañina
en sus consecuencias. Cuando a un miembro de la familia
le va mal, le va mal a toda la familia (Escardó,
1982).
Rol de hermanos
Las relaciones entre los hermanos son muy
significativas y marcan el desarrollo posterior de sus vidas.
La familia es la primera escuela donde el niño empieza
a relacionarse con personas de diferente sexo y edad y aprende
a manejarse en el mundo. Todo aquello que aprendió
en su familia quedará internalizado y definirá
las pautas de relación y el comportamiento futuro
de la persona. En efecto, los adultos se relacionan entre
sí de manera parecida a como lo hacían con
sus hermanos. Entre los hermanos se da una verdadera oportunidad
para experimentar las relaciones entre iguales, esto es,
ensayar las capacidades de competir, cooperar y negociar.
Los padres se encuentran a menudo en un verdadero ‘campo
de batalla’ en el que sus hijos gritan, se pelean,
se insultan, habiendo también momentos agradables
en los que juegan juntos, se apoyan y aprenden entre ellos.
Todas estas experiencias forman parte de su aprendizaje,
de ahí que no sea lo mismo tener un solo hermano,
que cuatro, o ninguno. Esta necesidad de empezar a relacionarse
con iguales cuanto antes de alguna manera se trata de ‘suplir’
o por lo menos de ‘cubrir’ con la incursión
de los hijos desde muy temprana edad en las guarderías,
para aprender jugando lo que luego se enseñará
de manera más formal en el período de escolarización
obligatorio.
Proceso central y tareas específicas
Los niños y las niñas necesitan
unos límites claros y estables dentro de los cuales
puedan desarrollar su actividad: han de saber a qué
atenerse, qué es lo que pueden hacer y qué
no, en fin, necesitan un marco en el que puedan desenvolverse
con cierta seguridad. La interiorización de normas
de conducta y la adaptación a una serie de reglas
les ayuda a ser más responsables. Así, una
disciplina es un apoyo que establece puntos de referencia,
y sirve para estructurar la realidad, organizar la mente
y a la vez socializar la conducta. No cabe duda de que la
escuela desempeña un papel importante en el desarrollo
integral del niño y su participación en la
socialización de los hijos es justamente el proceso
central de esta etapa, siendo sus tareas específicas
para el desarrollo de la misma las siguientes (De la Revilla,
2000):
• El subsistema parental debe enviar mensajes claros
y acordados previamente. Los niños deben sentir la
existencia de un equipo parental.
• Realizar los cambios necesarios en las normas del
sistema familiar para adaptarse al medio escolar.
• Asignación progresiva de responsabilidades
a los hijos.
• Renegociación de la relación de pareja.
• Reformulación de las relaciones con las familias
de origen.
• Establecer acuerdos para el desarrollo de las relaciones
sociales.
LOS AÑOS MEDIOS (CONSOLIDACIÓN
DE LA FAMILIA)
Esta etapa discurre con los hijos en edad
escolar y en la preadolescencia. Tanto el hombre como la
mujer han llegado a los años medios de sus ciclos
vitales y, como pareja, lleva ya tiempo conviviendo, aproximadamente
entre unos diez y quince años.
Para la mayoría de las personas este es un buen periodo
de la vida: físicamente están sanos, tienen
energía y cierta estabilidad económica; se
encuentran en la plenitud de la vida. El hombre seguramente
disfrute de reconocimiento en su trabajo y la mujer que
trabaja fuera de casa continua con su vida profesional,
pudiendo compartir ambos los éxitos respectivos después
de tantos años de esfuerzos juntos. Indudablemente
su particular visión de la vida ahora es más
madura gracias a la experiencia de los años vividos.
También la mujer que se queda al cuidado de la casa
cada vez dispone de más tiempo puesto que los niños
le plantean menos exigencias. Cuando los niños hacen
vida escolar la mujer tiene necesidad de reciclarse y de
introducir algunos cambios en su vida; es entonces cuando
muchas retoman sus carreras abandonadas por la crianza de
los hijos, o bien se apuntan a cursos, se reúnen
con otras mujeres,…
Este es un momento de estabilidad para la familia: la pareja
ha encontrado las formas de resolver las situaciones que
al principio generaban desacuerdos y, al mismo tiempo, se
han acostumbrado el uno al otro. Las experiencias difíciles
de las primeras épocas dan paso al disfrute de ver
juntos como los hijos crecen y se desarrollan. Además,
los padres ahora pueden (y deben) centrarse más en
su relación conyugal; es una buena ocasión
para profundizar en la relación de la pareja e intentar
revitalizarla (si hiciera falta).
Cuando la pareja ha llegado a estos años medios ha
resuelto muchos conflictos y diferencias, y también
ha elaborado unos modos repetitivos o incluso rígidos
para resolverlos. Por otra parte, puede que uno de los miembros
de la pareja (o ambos) se sientan insatisfechos con su carrera
profesional, o sientan que muchas de sus ambiciones y sueños
de juventud no se realicen jamás,… En este
periodo puede aparecer la llamada “crisis de los 40”,
la crisis de la edad media de la vida, momento que se aprovecha
para hacer un balance del proyecto vital inicial, de lo
vivido y compartido hasta ahora. Las personas al llegar
a esta etapa toman conciencia de que se encuentran en la
mitad de su vida, del transcurrir del tiempo y de la finitud
de la existencia, y es como si de manera inconsciente se
preguntaran: “¿Qué es lo que no he hecho
que tendría que haber hecho?”. Indudablemente
para algunos este planteamiento puede ser más angustioso
que para otros. A veces, incluso, la evolución del
hombre y la mujer no haya seguido caminos paralelos. En
este sentido Whithaker (1992) afirma con rotundidad que
“los miembros de la pareja crecen juntos o separados,
no hay término medio”. Así, cuando la
pareja ha ido por senderos muy dispares, la crisis que se
vive al llegar a esta etapa puede acabar en la separación
de la pareja. Si en cambio, la evolución madurativa
de cada uno consigue despertar especialmente en cada cual
cambios positivos -de modo que la pareja sigue creciendo
como tal- la disolución para una nueva experiencia
no se hace necesaria.
Todo esto puede formularse en términos menos fríos
y más románticos: la pareja entraña
una revalorización del amor, no del amor en las palabras
vigorosas y pasionales de la literatura sino en el amor
como forma de vida, como actitud vital consciente, como
cotidiano ejercicio (Escardó, 1982). Aceptada la
formulación, se comprende que este ‘nuevo amor’
no se gasta ni perece como el otro, porque la vida no se
gasta sino que se renueva cada día. Además
es inmortal porque revive en las familias que formarán
los hijos.
Rol de tío
Los tíos pueden y deben ser la relación
social privilegiada de la familia por cuanto derivan de
una cultura similar, comparten un devenir en común,
una historia similar. Tales características los convierten
en figuras sustitutas de gran valor para los sobrinos vinculándose
con éstos con una fuerza e intensidad peculiares.
La función de los tíos es la de enseñanza,
protección y amor, además de ayudar a los
padres en su proceso de socialización.
Rol de primo
Los primos permiten una relación de
amistad y compañerismo más fácil y
fluida ya que, por lo general, la diferencia cultural con
ellos es menor que la existente con otros niños o
adolescentes.
Por supuesto, todas éstas otras entidades funcionales
de la familia constituyen un valioso apoyo para la integración
emocional del niño, siempre y cuando acepten la línea
educativa de los padres y respeten en lo absoluto, los respectivos
terrenos funcionales.
FAMILIA CON HIJOS ADOLESCENTES
Una de las características más
notables que se dan en esta etapa del ciclo vital es el
desarrollo físico y psicológico de los hijos
e hijas, esto es, las trasformaciones psicológicas,
intelectuales y sociales que siguen a las hormonales, todo
ello necesario para dar lugar al tránsito de niño
a adolescente. La adolescencia es un largo periodo de transición
entre la infancia y la edad adulta que va desde los 13 años
hasta algún momento entre los 17 y los 22 años.
Desde un punto de vista psicológico, la adolescencia
es la etapa de cambio, transformación y crisis por
excelencia; de profundas dificultades emocionales, inestabilidad
y desequilibrio anímico. Los hijos empiezan a ver
a sus padres con sus defectos y limitaciones, encontrando
ahora la seguridad y las referencias que antes obtenía
en la familia en su grupo de amigos, situación ésta
que con frecuencia desconcierta y confunde a los padres.
Ciertamente, la adolescencia de un miembro de la familia
revuelve a todos: los padres reviven sus luchas y fantasías
adolescentes, se cuestionan sus valores y se ven obligados
a remodelar las pautas y reglas habituales. Los hijos desafían
los roles de los padres e incluso les obligan de alguna
manera a desechar metas que tenían para ellos. En
definitiva, se respira un ambiente de gran tensión
familiar ya que es un periodo de crisis para todos, padres
e hijos. En efecto, todos los adolescentes se rebelan contra
sus progenitores para hacerles tomar conciencia de que hay
que modificar las reglas familiares a medida que ellos crecen
y maduran. A través de la oposición y la rebeldía
el adolescente fuerza a sus padres a que negocien con él
las prioridades, algo por otra parte normal y necesario
para aprender a autocontrolarse y empezar a abandonar el
control parental.
Por otro lado, la construcción de la identidad personal
es un aspecto esencial en la experiencia del adolescente.
El joven necesita descubrir y afirmar su propia identidad,
siendo esta la perspectiva y dirección fundamental
que cada persona ha de forjarse a sí misma y en este
proceso, la autoafirmación ocupa un lugar importante.
El adolescente inicia su proceso de identidad a partir de
un distanciamiento de su entorno familiar, aunque su búsqueda
tiene lugar tanto en el contexto familiar como en el social.
En el familiar se hace por medio de las negociaciones entre
las generaciones en una relación de respeto mutuo,
en lo social es mediante las relaciones con los amigos y
otros adultos.
Proceso central y tareas específicas
El proceso central familiar en el periodo
de la adolescencia comprende flexibilizar los límites
y las transacciones para hacer posible la independencia
de los hijos, para lo cual se tendrán que desarrollar
las siguientes tareas específicas:
• Modificar las relaciones padres/hijos para permitir
al adolescente entrar/salir al sistema.
• Reacomodar la relación conyugal y laboral.
• Preocuparse por la generación precedente,
por la familia de origen: los abuelos envejecen y enferman
por lo que hay que cuidarlos. Frecuentemente se incorporan
al domicilio familiar, en situaciones de minusvalía
y necesitados de cuidados.
LA EMANCIPACIÓN DE LOS HIJOS (LA PLATAFORMA
DE DESPEGUE)
Comienza cuando el primer hijo abandona el
seno familiar y finaliza cuando lo hace el último.
En su desarrollo evolutivo, todas las familias han de afrontar
la separación que inevitablemente tiene lugar entre
padres e hijos. El crecimiento de los hijos es tan rápido
que muchas veces los padres no puede ‘digerir’
los cambios que conlleva el paso de una etapa del ciclo
vital a otra y así, todavía no han acabado
de asimilar una y ya se encuentran con que tienen que enfrentarse
a otra nueva. En verdad, la emancipación de los hijos
es una época de transformaciones en el seno de la
familia, en la que los jóvenes han de conseguir una
autonomía personal y abandonar el hogar familiar.
Hay familias que cuando llegan a este periodo de su ciclo
vital viven una profunda crisis ya que la emancipación
trae consigo un profundo cambio de relación entre
padres e hijos que es precisamente lo más difícil
de asimilar, sobre todo para los padres.
Para describir este proceso Haley (1980) utiliza una excelente
metáfora: “el destete de los padres”.
Esta imagen da cuenta de una de las tareas propias de esta
fase: los padres deberán no sólo aceptar,
sino también facilitar, el difícil proceso
de la desvinculación psicológica y material
de sus hijos, aún sabiendo que la resolución
adecuada de este reto les llevará de nuevo a encontrarse
solos. Aún en los casos de los padres que se sienten
orgullosos y viven con satisfacción el que los hijos
hayan conseguido su independencia, así como la sensación
de libertad y la oportunidad que ahora tienen para dedicarse
a aquellas actividades que siempre dejaron por hacer, el
hecho de que los hijos se emancipen y el consiguiente cambio
en la organización familiar genera cierta perturbación.
La emancipación puede dar lugar a una profunda sensación
de vacío y soledad en los progenitores, sobre todo
en aquellas personas que se volcaron excesivamente en los
hijos. Algunos padres, aunque especialmente las madres,
experimentan un sentimiento de ausencia y desánimo
cuando sus hijos se independizan (síndrome del ‘nido
vacío’). Las personas que no siguen creciendo
como personas, aquellas que cortan su desarrollo psicológico
individual, aquellas que no desarrollaron una vida (social
y/o profesional) fuera del sistema familiar se sienten de
repente jubilados, por lo menos en cuanto a la función
materna/paterna se refiere.
Por otra parte, el miembro de la pareja (generalmente el
hombre) que ha seguido creciendo, que se ha entregado a
su trabajo, que ha triunfado en su profesión y que
está habituado a un ritmo de vida diferente, no puede
entender el desasosiego y la soledad que ‘de repente’
siente su pareja. En estos casos, muchas veces la partida
de los hijos pone de manifiesto un distanciamiento entre
la pareja, que para algunos puede acabar en la disolución
de la misma.
Proceso central y tareas específicas
El proceso central de esta fase es el despegue
de los hijos. La familia tendrá que empezar a aceptar
la existencia de un gran número de entradas y salidas
en el sistema familiar. De este modo, hay una serie de tareas
específicas a desarrollar:
• Reacomodar el sistema familiar a la díada
marital.
• Desarrollar relaciones con los hijos de adulto a
adulto.
• Modificar las relaciones para incluir a los miembros
políticos y a los nietos.
• Enfrentarse a la incapacidad y a la muerte de los
propios padres.
LA DISOLUCIÓN DE LA PAREJA (LA FAMILIA
EN LA VEJEZ)
Comienza con la marcha de uno de los integrantes
de la pareja, ya sea por abandono o por fallecimiento, y
finaliza con la muerte de ambos cónyuges. También
llamada fase de retiro y muerte. El entusiasmo que caracterizaba
el inicio del ciclo vital familiar contrasta con la incertidumbre
que se advierte al iniciar la fase final del ciclo. La pareja
mayor debe encarar la jubilación; convivir el uno
con el otro durante el día a día; lidiar con
limitaciones económicas y físicas además
de con enfermedades crónicas; y, al final, afrontar
la muerte del cónyuge. Aunque en algunos casos la
vejez sea más una cuestión de actitud mental
que algo puramente fisiológico no se puede negar
que la fuerza física va disminuyendo, las articulaciones
se resienten y poco a poco va apareciendo cierto deterioro
físico y psicológico. Las huellas que deja
el paso del tiempo también en los amigos se reflejan
en uno mismo, y cada vez se empieza a hablar más
de cómo eran las cosas que de lo que está
por venir. Todo ello conlleva (la jubilación, las
disminución de las funciones físicas y cognitivas,
la pérdida de los amigos y de la pareja) a una nueva
adaptación aún cuando nos encontremos ya al
final del desarrollo de la familia, y ya sabemos, la transición
de una etapa es un momento de cambio y que éstos
suelen desestabilizarnos.
Por otro lado, en estos momentos, los miembros de la pareja
además de ser padres se han transformado en abuelos,
quienes serán los encargados de transmitir la historia,
ritos y costumbres a las nuevas generaciones, ayudando así
a establecer su identidad individual y familiar. Esto los
pone a ellos en un lugar privilegiado que hoy en día,
todo hay que decirlo, es descuidado por la familia y la
sociedad en general.
Rol de abuelo
Tradicionalmente la función de los
abuelos tenía un papel relevante dentro de la familia
y en la sociedad; ese papel se ha ido esfumando gradualmente,
con un grave perjuicio para la educación de los niños.
Comprenderemos fácilmente su valor inapreciable y
el estado carencial que se produce cuando no están
o cuando, como es dable observar actualmente, se los aparta
erradamente. La relación abuelos-nietos es una vinculación
muy particular, en la que el cariño predomina y la
rivalidad se atenúa. En consecuencia, los abuelos
cumplen una triple función en la familia. Por un
lado, son los instructores de los padres, enseñando
a éstos a llevar a cabo su delicada y compleja misión
cual colaboradores. Además, desempeñan el
papel de padres sustitutos que acuden toda vez que son necesarios.
Y finalmente, y no menos importante, constituyen los compañeros
privilegiados en los juegos y travesuras infantiles, a la
vez que aparecen como interlocutores sagaces y serenos en
la adolescencia y juventud. Esta dualidad entre sabiduría
y capacidad de regresión, madurez y actitud infantil,
es lo distintivo de la función de los abuelos: maestros
y compañeros, ejemplo y modelo a la vez que amigos
en una sucesión alternante y continua. También
los padres pueden querer mostrarse y se ofrecen como maestros
y compañeros, pero la intensidad de la función
normativa que tienen que asumir no les permite la fluidez
y alternancia que los abuelos pueden ejercitar con toda
libertad, merced a su menor responsabilidad y compromiso.
Hay otra peculiaridad más en la función de
los abuelos, la noción de historia que representan
en sí mismos, por haber recorrido una porción
significativa del tiempo pasado y cercano de la humanidad,
y en tal condición constituyen un texto hablado al
servicio de los nietos, tanto en sus extensos razonamientos
y consideraciones espontáneas sobre el tema, como
en sus respuestas a las preguntas que éstos les formulan.
Pero además, constituyen el modelo de la noción
de cómo se envejece, cómo se hace para aceptar
la gradual disminución de las capacidades físicas
y psíquicas y, finalmente, cómo se enfrenta
la muerte.
Proceso central y tareas específicas
El proceso central va a ser aceptar el cambio
de roles generacionales. Para ello deberán desarrollarse
una serie de tareas específicas:
• Mantener los intereses propios y de la pareja.
• Aceptar un rol directivo más centrado en
la generación intermedia.
• Enfrentarse a la viudedad, el envejecimiento y a
la enfermedad.
• Adaptarse a la pérdida de cónyuge,
parientes y amigos.
• Prepararse para la propia muerte.
En el presente capítulo hemos visto como la familia
en su desarrollo va pasando por sucesivas etapas evolutivas,
en las que se imponen continuos cambios de reglas y de roles
planteándose en cada una de ellas la necesidad de
reestructurar las relaciones. Primero, los individuos tienen
que ser adultos jóvenes independientes antes de formar
una pareja;
después, los miembros de la pareja tienen que adaptarse
uno al otro; más tarde tiene que afrontar las dificultades
del nacimiento del primer hijo (y antes, según el
propósito o la posibilidad de tenerlo) y su crianza;
nuevas dificultades cuando nace cada niño, ya que
todo recién llegado modifica correlativamente las
relaciones de cada uno de los componentes de la familia
y de ésta en cuanto sistema; luego llega la adolescencia,
etapa centrífuga por excelencia, que encuentra a
todos y cada uno de los miembros del sistema realizando
arduas tareas evolutivas individuales; después los
hijos se casan o se van y se queda la pareja otra vez sola,
como al inicio de esta historia. De cualquier manera, no
puede dudarse de que en todas esas etapas la familia requiere
mantenerse como un gran centro de salud mental y de equilibrio
psicosocial continuo y trascendente, subrayando la necesidad
imperiosa de desarrollarse, de que a las fases evolutivas
que transcurren en el ciclo vital familiar (desde su iniciación
hasta la fase de extinción) deben corresponder etapas
que señalen que el sistema familiar se expande y
crece de forma dinámica, ya que a la familia estancada
sólo le puede corresponder, como en el apólogo
chino del niño criado dentro de un jarrón,
una familia deformada.
Para todos aquellos que estén interesados en profundizar
en el tema, no podemos terminar sin recomendar la lectura
de “El ciclo de la vida. Una visión sistémica
de la familia.” (Editorial Descleé de Brouwer,
1998). El libro, escrito por Ascensión Belart y María
Ferrer (psicólogas ambas) ha sido el hilo conductor
de mucho de lo expuesto aquí, y siendo de fácil
lectura y ameno, aborda muchos aspectos importantes de la
vida en familia siendo de gran utilidad diaria.
Como libro de consulta, único e indispensable para
todos los médicos y residentes de Atención
Primaria, sugerimos:
“Orientación Familiar en Atención Primaria.
Manual para médicos de familia y otros profesionales
de la salud”. McDaniel S, Campbell T y Seaburn D.
Springer-Verlag Ibérica, Barcelona 1998.
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