Atención a la familia
CAPÍTULO1- Identificación del ciclo vital familiar

EL CICLO VITAL FAMILIAR

Existen numerosos estudios sobre el ciclo vital familiar empezando por Duvall (1971) quien describe el desarrollo de la familia en ocho fases, tomando en cuenta las edades y el número de los hijos de la pareja (Tabla 2). Haley (1980) nombra de forma curiosa cada una de las seis etapas del ciclo vital familiar en su libro “Terapia no convencional” (Tabla 3). Medalie por su parte propone un modelo dividido también en seis etapas que tiene la ventaja de ser lo suficientemente descriptivo de lo que puede ser el ciclo vital familiar (Tabla 4).

Según Lauro Estrada (2003), la familia puede ser estudiada como un ciclo de seis etapas, no siendo necesario que toda familia pase por cada una de ellas (Estas etapas únicamente le sirven como mapa para su estudio y análisis). En cada una de ellas hay dos objetivos principales, resolver las tareas o crisis propias de cada etapa de desarrollo y aportar todo lo necesario a sus miembros para que estos puedan tener una satisfacción. Las etapas que Lauro Estrada propone se incluyen en la Tabla 5.

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 1978) también tiene su propia clasificación para lo que define un modelo dividido en seis etapas (Tabla 6), caracterizando cada una de ellas en función del incremento o de la disminución de los componentes del sistema familiar. Modelo que modifica Luis De la Revilla (1994) subdividiendo la etapa II en IIA y IIB (según que el primer hijo tenga menos o más de 11 años), “por considerar que la presencia de hijos en esta edad crítica plantea peculiares problemas en el funcionamiento familiar que deben ser tenidos en consideración”. (Tabla 7).

La OMS también propone un ciclo vital familiar centrado en la mujer y en su función materna, en el que se espera que la mujer esté presente no sólo en la formación de una nueva familia sino hasta la llegada de los bisnietos y el inicio de su crianza (Tabla 8).

A nosotros nos gusta el modelo propuesto por Carter y McGoldrick (1980, 1996) y desarrollado posteriormente por Rakel en 1990 (Tabla 9) que divide el ciclo vital familiar en seis etapas, con la ventaja a nuestro entender, de ser fácilmente identificables y sencillas de recordar por el médico de familia, lo que facilita su uso en la práctica diaria. En la Tabla 10 se muestran, de forma resumida, las tareas de cada etapa según estos autores, engranando el ciclo de la vida en sus dos componentes, el individual y el familiar.

De todas maneras, tomando en cuenta que este artículo propone un estudio profundo sobre el ciclo vital familiar, ofreceremos una visión global e integral del mismo a la vez que diseccionaremos al máximo cada momento evolutivo de la familia como pueden ser la iniciación o el galanteo, la formación de la pareja, el nacimiento de los hijos y su escolaridad, la adolescencia, la emancipación de los hijos y la familia en la vejez. Además de mencionar el proceso central de cada estadio comentaremos las tareas que es necesario superar para afrontar con éxito el paso de una etapa a otra, en base a la función dominante que se debe llevar a cabo en ese momento. En los capítulos siguientes hablaremos sobre el manejo de las principales situaciones de transición del ciclo vital familiar.

ADULTO JOVEN INDEPENDIENTE (SIN PAREJA)

La iniciación comienza con la búsqueda y selección de la futura pareja y culmina con la formación de la misma. Al inicio, el adolescente enfrenta un problema particular: su involucración simultánea con su familia y con sus pares. El modo en que debe comportarse para adaptarse a su familia tal vez impida su desarrollo normal respecto a la gente de su edad. Se trata, esencialmente, de un problema de destete, y éste último no es completo hasta que el joven abandona el hogar y establece vínculos íntimos fuera de la familia. En el ser humano la conducta del galanteo suele ser largo con una duración de unos 10 años, entre los 15 y los 30 aproximadamente. Es este el momento adecuado para poner en práctica el cortejo, para lo cual es necesario que el adolescente se relacione de manera simultánea con diferentes grupos; esta diversidad de amistades les aportará estímulos que les enriquecerán y ampliará su campo de elección.

Lamentablemente, algunas veces los padres dificultan este proceso de una manera directa o indirecta, poniendo trabas o boicoteando cualquier intento del hijo o de la hija por establecer nuevos vínculos. De cualquier forma, a partir de la adolescencia hay una tendencia natural a que chicos y chicas salgan juntos en grupo y se conozcan entre sí, lo que les permitirá poder elegir a largo plazo a la pareja definitiva.

Después de un período de galanteo, de ligue, de experiencias variadas, el adulto joven se enamora y elige a uno de sus pares para ensayar una relación más comprometida y estable. Y decimos se enamora… para ensayar a amar. En realidad, estar enamorado es diferente que amar. Enamorarse significa elegir a alguien por encima de cualquier otro y sentirlo como único e insustituible. Los enamorados desean poseerse uno al otro en exclusiva, sienten verdaderos deseos de fusionarse, de ser completados por el otro; se exigen plena disponibilidad, una entrega total y recíproca así como apoyo, seguridad y comprensión lo que les lleva a idealizar la relación. El enamoramiento no es un estado de realidad ni tampoco permanente, sino que necesariamente ha de pasar por una crisis para llegar a convertirse en un amor más maduro y auténtico. Amar, por otra parte, significa comprender, respetar y aceptar al otro como es, con sus virtudes y defectos, a la vez que supone compartir ideas, sentimientos y experiencias; en el amor, por el contrario, predominan la serenidad, la estabilidad y la comprensión.

Proceso central
y tareas específicas

En esta etapa, el proceso central familiar comprende que los padres acepten la separación progresiva de sus hijos, y que estos a su vez se desvinculen emocionalmente de sus padres, para lo cual es necesario llevar a cabo las siguientes tareas específicas:

• Diferenciación personal con relación a la familia de origen. Cada persona tiene que realizar su propio proyecto de vida, que no tiene por qué coincidir con el de los padres.
• Independencia económica a través del acceso al trabajo.
• Desarrollo de relaciones íntimas con iguales.
• Búsqueda de una pareja estable.
• Desarrollo de conductas sexuales adecuadas al momento evolutivo.


FORMACIÓN DE LA PAREJA (INCLUYE EL MATRIMONIO)

Comienza con el ritual de la ceremonia (sea ésta religiosa, civil o de cualquier otro tipo) y termina con el inicio del primer embarazo. Muchas veces, esta ceremonia ha ido precedida de un período de convivencia (más o menos formal) de la pareja. Y esta continuidad de la relación amorosa está condicionada por la capacidad de adaptación de los enamorados, así como el compromiso de llevar a cabo un proyecto en común, a la vez que se respetan los objetivos individuales. A partir de ahora empezarán a definirse las reglas y se pactarán implícita o explícitamente los diferentes aspectos de la vida en común. En este momento, lo que se busca es una complementariedad en el otro, esto es, que nuestra pareja nos complete y aporte lo que nos falta. Así, por ejemplo, una persona suele buscar en su compañero la seguridad que no tiene, y otra puede escoger a alguien divertido porque ella misma sea algo seria; en ocasiones puede ser que se elija pareja buscando rasgos que recuerden a la propia familia de origen, tal vez para continuar y perpetuar así las pautas de relación aprendidas.

La ceremonia es importante tanto para la pareja como para las dos familias de origen porque ayuda a todos a modificar las formas de relación existentes hasta el momento. El ritual ayuda a tomar conciencia del cambio, del compromiso, del paso que se está dando: en este caso, la transición del galanteo a la formación de la pareja, del noviazgo al matrimonio.

Según Whitaker (1992) “… el compromiso constituye un acuerdo de crecer verdaderamente más cerca uno del otro, de hacerse partícipes mutuamente de las inquietudes y de dar a las necesidades de la pareja la misma prioridad que a las propias. La idea de compromiso tiene por objeto contrarrestar el impulso de salir corriendo ante el primer signo de desilusión”.

De todas maneras es importante tener en cuenta que aunque hablemos de formación de la pareja, esta etapa no es simplemente la unión entre dos personas, sino la convergencia de dos familias que, indudablemente, ejercen su influencia y al mismo tiempo crean entre todos una compleja red de relaciones. Y aunque es cierto que el punto de vista de los padres influye sobre diferentes aspectos, la nueva pareja tiene que establecer su territorio con cierta independencia de ellos: han de cambiar su dependencia de los padres por una relación más adulta e independiente. La involucración paterna puede ser causa de desavenencia entre los miembros de la pareja, aunque a veces no se den cuentan del origen. Para evitar estos malestares es necesario encontrar los límites adecuados entre las generaciones, de forma que sea la nueva pareja quien maneje su relación y tome sus propias decisiones. Al mismo tiempo, es importante la aceptación y el respeto a la familia de cada cónyuge, por lo que conviene evitar las críticas excesivas a la conducta de los padres respectivos.

Por el contrario, algunas parejas delimitan su territorio de forma drástica por medio de la distancia física o psicológica, cortando toda relación con sus padres; en el fondo están fingiendo una autonomía, una falsa independencia que en realidad no funciona y desgasta a la pareja. Creemos que el arte en esta etapa consiste en alcanzar la independencia al tiempo que se conserva la vinculación emocional con los padres.

De todas maneras, la vida en común suele ser bastante diferente a las expectativas que sobre ella se habían depositado, por lo que pronto aparecen los primeros signos de desilusión y desencanto. Cuando se enamoran, la mayoría de las personas esperan, en el fondo, que su compañero o compañera satisfaga los anhelos y frustraciones de su infancia. Si bien a través de la relación de pareja se da una verdadera oportunidad para resolver aquellos conflictos de la infancia no resueltos, es obligación de uno mismo y no del otro hacerse cargo de todo ello. Así, comprender de qué modo el pasado afecta a la relación de pareja en el presente, libera y al mismo tiempo ayuda a superar las dificultades. Clarificar los sentimientos, las motivaciones inconscientes y las expectativas de cada uno; aceptar al otro como es y no como nos gustaría que fuera; y responsabilizarse de las propias necesidades y deseos forma parte del proceso de convertirse en una persona madura y una pareja sana y funcional.

Proceso central y tareas específicas

En esta etapa, el proceso central familiar comprende la creación de un nuevo sistema. Y con un pensamiento sistémico dice Ferrari (2002): “El vínculo que se constituye en una relación de pareja es algo más que la suma de las características personales de cada uno de sus integrantes. Entre los miembros de una pareja se establece un espacio vincular único e inédito, derivado de la conjunción de la totalidad de los elementos que deben compartir y que se van especialmente a detectar en la clínica de las relaciones sexuales, de la vida cotidiana en común y de un proyecto compartido de futuro. Los emergentes provenientes de estas áreas suministrarán lo más significativo de la semiología del vínculo de pareja y hacia ellas debe dirigir el médico su escucha en la entrevista”. En la evolución de la pareja habrá momentos de tranquilidad y momentos de crisis. Para su persistencia en el tiempo es necesario llevar a cabo las siguientes tareas específicas:

• Formación del sistema marital con la negociación de los aspectos cotidianos de la convivencia.
• Modificación de las relaciones con la familia de origen y con lo amigos para incorporar al cónyuge.

EXPANSIÓN DE LA FAMILIA (LA FAMILIA GESTANTE Y EL NACIMIENTO DE LOS HIJOS)

Comienza, prácticamente, con la gestación y la llegada del primer hijo y se cierra con la llegada del último vástago a la familia. Y decimos que comienza con la familia gestante porque desde la primera etapa de la concepción del hijo “…ya está; y porque está todo será distinto en el futuro y nada será igual a lo que fue, ni los sueños, ni los proyectos, ni las esperanzas, ni siquiera los muebles ni la decoración de la casa” (Escardó, 1982). Nunca es demasiado enfatizar en que la paternidad y la maternidad son actos eminentemente culturales y que tener hijos debe ser fruto de una profunda meditación, de un conocimiento real y de una absoluta responsabilidad; es necesario que los hijos sean queridos, que vengan a un hogar en donde el papel que van a desempeñar haya sido valorado con toda objetividad, el sentir que se ha logrado efectivamente un ajuste que permita a los futuros hijos entrar en un ambiente de protección física, de seguridad emocional y de integración social adecuadas para que logren desarrollar al máximo las potencialidades hereditarias que tienen.

Desde la gestación el sistema de dos pasa a estructurarse de a tres pues ya desde el embarazo los padres van creando un espacio para este nuevo miembro, un espacio que primero es intrapsíquico (expectativas con respecto al sexo, búsqueda del nombre, elegir un lugar en la casa para él,…) y que después se traslada al espacio exterior y se concreta (comprar ropa, decoración del espacio elegido,…). Este nuevo triángulo (madre-padre-hijo) reactiva en la pareja experiencias propias anteriores vividas con su familia de origen. Aparecen nuevos roles (función materna y función paterna, las cuales se diferenciarán para poder brindarle al niño la atención y cuidados que necesita); y con ellos, los de la familia extensa: abuelos, tíos, primos,…

Lo ideal es que cuando los miembros de una pareja se conviertan en padres hayan conseguido establecer una buena relación de pareja previamente. El vínculo entre la madre y el padre es esencial para los hijos, puesto que los niños crecen en la calidad de la relación existente entre sus padres; así, lo fundamental no es tanto la relación del niño con su padre o con su madre, sino la que tiene con la relación de ellos dos. A pesar de esto, el paso a esta nueva etapa no siempre es fácil y es necesario un tiempo de adaptación a esta nueva situación vital. Todos sabemos que la llegada del primer hijo a la familia es un acontecimiento muy importante, y que a partir de ahora las circunstancias van a cambiar por completo para los miembros de la pareja que pasan, además, a ser padres.

A través del primer hijo los adultos descubren lo que significa el ser padre y madre. En efecto, el primogénito es el ‘ensayo’ de la capacidad de asumir el rol parental, por lo que el trato que recibe es diferente al de los demás hijos. Es necesario que ambos miembros de la pareja aprendan a ser padres, a estar unidos y a apoyarse en esta nueva etapa de la vida; han de aprender también a compartir la responsabilidad del bebé, disfrutar juntos de los momentos agradables y vivir unidos también los menos gratificantes.

Rol de padre

Compete al padre colaborar con la madre de forma complementaria en la enseñanza a los hijos de las distintas aptitudes, cuya finalidad es la defensa de la vida; ejercer el principio de autoridad en el cual también colabora la madre; y compartir con ella el cuidado del hogar, a la vez que proteger física y emocionalmente a su familia. Agregamos además, la función de refrendar y corroborar la autoridad materna, o sea, promoverla y respetarla en el ejercicio de su autoridad. El padre está siempre en situación de ejemplo y modelo, y tal vez en ello resida lo esencial de la función del padre. Por eso la eficacia de la conducta del padre con respecto a su hijo se asienta en la conducta del padre frente a sí mismo; el respeto que el padre puede pretender del hijo no puede ir mucho más allá que el respeto que el padre tenga consigo mismo, ni más allá de lo que el padre respete a su hijo. El respeto como función intrafamiliar es básico para la seguridad afectiva y emocional no sólo del niño, si no de la todos los integrantes del sistema familiar.

Rol de madre

En síntesis, las funciones de la madre son gestar, criar y educar a sus hijos; favorecer su relación con el padre y los hermanos velando por el mantenimiento de los vínculos cariñosos entre todos, dado que culturalmente suele ser ella la principal reguladora de las emociones en el hogar; refrendar la autoridad del padre; y compartir con él el cuidado y el bienestar del hogar.

La asunción de estos nuevos roles del subsistema parental (funciones normativas y nutricias, básicamente) lleva implícito la permanencia de los roles de la pareja como tal, esto es, en cuanto a subsistema conyugal se refiere. En cualquier caso es fundamental que se establezcan unos límites claros entre la generación de los padres y la de los hijos así como una diferenciación de las funciones y roles de los miembros de la familia, de manera que los padres sean padres y los hijos, hijos. Una de las claves más importantes para que las familias sean funcionales es excluir a los hijos de la díada conyugal; cuando un hijo se inmiscuye, o se le permite ocupar un lugar en la relación de pareja se coloca en una posición que no le corresponde, y es cuando surgen los problemas. Es necesario saber cuál es el espacio, tanto físico como psicológico, que corresponde a la pareja y preservarlo de intromisiones externas. En esta coexistencia de funciones que deben cumplirse íntegramente, la pareja tiene que conseguir que el niño respete en absoluto los límites de lo que dentro del juego familiar corresponde al ejercicio de la función conyugal; si no se está alerta al respecto, el niño tenderá inmediatamente a introducirse entre la pareja absorbiendo a uno de los progenitores.

Proceso central y tareas específicas

Tras el nacimiento del niño los padres dejan de ser dos y pasan a formar un grupo de tres siendo éste, precisamente, el proceso central de esta etapa, el incorporar al sistema al nuevo miembro, y posteriormente a los nuevos miembros. Las tareas específicas que se han de desarrollar aquí son:

• Adaptar el subsistema marital para incluir a los hijos (subsistema parental o parento filial).
• Asumir roles parentales (función nutricia y función normativa).
• Modificar las relaciones con la familia extensa para incluir los roles parental y de abuelo.

Es frecuente que en esta fase surjan dificultades con respecto al cuidado y educación del hijo. También es frecuente que el hijo quite tiempo a la pareja y que un cónyuge se sienta ‘excluido’. Por supuesto, cada parte de la pareja puede tener diferentes ideas de cómo ser padres, por lo que es importante el diálogo y el trabajo en equipo. Además, en esta fase pueden existir sentimientos de culpa relacionados con la idea de ser malos padres, de estar haciéndolo mal y de no ser capaces de soportar la responsabilidad.

LA DISPERSIÓN (FAMILIA CON HIJOS PEQUEÑOS)

La dispersión comienza en el momento en que un hijo, generalmente el primero, se separa del grupo familiar de una manera parcial y periódicamente para que agentes externos intervengan en el proceso de socialización. Una vez alcanzado el ajuste a un nuevo miembro, en la fase de dispersión se fragua la independencia y autonomía de ese miembro, fenómeno que se da solamente si la pareja ha logrado realizar una adecuada socialización para que él, por sí mismo, empiece a cubrir sus necesidades de una manera satisfactoria. Así el niño crece y al crecer, adquiere potencias de autosuficiencia. En esas circunstancias la función de la familia consistirá en permitir que el niño crezca y crecer ella misma para obtener que en su seno el niño se desarrolle adecuadamente; el niño además, al mismo tiempo que se diferencia, integra el cuadro familiar adquiriendo dentro de él funciones específicas y características, de modo que la familia se modifica perfeccionando su funcionamiento por la presencia del niño. Esta socialización familiar, que convencionalmente puede señalarse su inicio a los 18 meses, exige el reconocimiento de la personalidad del pequeño como un miembro peculiar y de más en más activo; pronto los estímulos caseros no bastan para proveer al niño de las reacciones adecuadas a su integración y la familia debe ‘abrirse’ permitiendo que el niño tome contacto con otros de su edad.

Esta es una etapa crucial en la evolución de la familia ya que es el primer desprendimiento del niño dentro del seno familiar. En cierta medida es la puesta a prueba de todo lo que la familia inculcó en los primeros años al niño (límites, relación con la autoridad y pares, incluso si es correcto preguntar o no,…). La red social del niño se amplía comenzándose a relacionar con otros adultos significativos, los maestros. También hay que tener en cuenta que a partir de ahora la escuela va a ocupar una buena parte de la vida del niño, que allí vivirá una vida emocional intensa y que todo ello dejará sus huellas en él.

A partir de los 7 u 8 años, el niño va estableciendo unos lazos y una red de relaciones con sus compañeros cada vez más sólida. Precisamente esta participación en el grupo le va a facilitar su integración; así, aprende a relacionarse con los demás, a dominar sus impulsos agresivos, a imitar a los que tienen éxito en el grupo y a respetar las reglas de la clase. Realmente, en determinados momentos, la vida escolar puede llegar a tener más importancia que la propia familia en la educación y el moldeamiento de la personalidad.

Rol de hijo

La función de los hijos es fundamentalmente la de aprender las innumerables aptitudes que la criatura humana se ve obligada a realizar para llegar al punto de poder cuidarse por sí misma. El aprendizaje está, por ende, encuadrado dentro de un modo de ser psicológico en consonancia con la cultura de la familia, que es trasmitido a los hijos por vía de la enseñanza. Vale decir aquí que el aprendizaje del niño lo va llevando desde el lenguaje no verbal, o sea, el corporal del juego hacia la comunicación verbal, el trabajo y la relación social y que a partir de la escuela primaria, el niño comienza a traer información al hogar, con lo cual inicia su función de enseñanza a los padres, muy esporádica al principio y cada vez más frecuente, hasta llegar a un equilibrio en la edad adulta en la cual el aprendizaje y la enseñanza se alternan entre padres e hijos, como lo corriente en toda vinculación humana.

Hay un concepto habitual que se hace preciso revisar en pro de una sana comprensión de lo que hemos de entender como familia. Se ha repetido desde siempre que es misión de los padres ayudar a los hijos, pero no se ha parado nunca en que, siendo en principio la familia una entidad funcional coherente, la ayuda no puede ser unidireccional y, en consecuencia, los hijos también tienen que ayudar a los padres a la consecución de un fin común hacia el bienestar de la familia. Así, por ejemplo, cuando haya que sufrir restricciones o privaciones los hijos deben asumirlas en igual proporción que los padres y como partes de un total; la común actitud del padre que se sacrifica "para que sus chicos no sufran" es, por noble que parezca, falsa en su fondo y dañina en sus consecuencias. Cuando a un miembro de la familia le va mal, le va mal a toda la familia (Escardó, 1982).

Rol de hermanos

Las relaciones entre los hermanos son muy significativas y marcan el desarrollo posterior de sus vidas. La familia es la primera escuela donde el niño empieza a relacionarse con personas de diferente sexo y edad y aprende a manejarse en el mundo. Todo aquello que aprendió en su familia quedará internalizado y definirá las pautas de relación y el comportamiento futuro de la persona. En efecto, los adultos se relacionan entre sí de manera parecida a como lo hacían con sus hermanos. Entre los hermanos se da una verdadera oportunidad para experimentar las relaciones entre iguales, esto es, ensayar las capacidades de competir, cooperar y negociar. Los padres se encuentran a menudo en un verdadero ‘campo de batalla’ en el que sus hijos gritan, se pelean, se insultan, habiendo también momentos agradables en los que juegan juntos, se apoyan y aprenden entre ellos. Todas estas experiencias forman parte de su aprendizaje, de ahí que no sea lo mismo tener un solo hermano, que cuatro, o ninguno. Esta necesidad de empezar a relacionarse con iguales cuanto antes de alguna manera se trata de ‘suplir’ o por lo menos de ‘cubrir’ con la incursión de los hijos desde muy temprana edad en las guarderías, para aprender jugando lo que luego se enseñará de manera más formal en el período de escolarización obligatorio.

Proceso central y tareas específicas

Los niños y las niñas necesitan unos límites claros y estables dentro de los cuales puedan desarrollar su actividad: han de saber a qué atenerse, qué es lo que pueden hacer y qué no, en fin, necesitan un marco en el que puedan desenvolverse con cierta seguridad. La interiorización de normas de conducta y la adaptación a una serie de reglas les ayuda a ser más responsables. Así, una disciplina es un apoyo que establece puntos de referencia, y sirve para estructurar la realidad, organizar la mente y a la vez socializar la conducta. No cabe duda de que la escuela desempeña un papel importante en el desarrollo integral del niño y su participación en la socialización de los hijos es justamente el proceso central de esta etapa, siendo sus tareas específicas para el desarrollo de la misma las siguientes (De la Revilla, 2000):

• El subsistema parental debe enviar mensajes claros y acordados previamente. Los niños deben sentir la existencia de un equipo parental.
• Realizar los cambios necesarios en las normas del sistema familiar para adaptarse al medio escolar.
• Asignación progresiva de responsabilidades a los hijos.
• Renegociación de la relación de pareja.
• Reformulación de las relaciones con las familias de origen.
• Establecer acuerdos para el desarrollo de las relaciones sociales.

LOS AÑOS MEDIOS (CONSOLIDACIÓN DE LA FAMILIA)

Esta etapa discurre con los hijos en edad escolar y en la preadolescencia. Tanto el hombre como la mujer han llegado a los años medios de sus ciclos vitales y, como pareja, lleva ya tiempo conviviendo, aproximadamente entre unos diez y quince años.

Para la mayoría de las personas este es un buen periodo de la vida: físicamente están sanos, tienen energía y cierta estabilidad económica; se encuentran en la plenitud de la vida. El hombre seguramente disfrute de reconocimiento en su trabajo y la mujer que trabaja fuera de casa continua con su vida profesional, pudiendo compartir ambos los éxitos respectivos después de tantos años de esfuerzos juntos. Indudablemente su particular visión de la vida ahora es más madura gracias a la experiencia de los años vividos.

También la mujer que se queda al cuidado de la casa cada vez dispone de más tiempo puesto que los niños le plantean menos exigencias. Cuando los niños hacen vida escolar la mujer tiene necesidad de reciclarse y de introducir algunos cambios en su vida; es entonces cuando muchas retoman sus carreras abandonadas por la crianza de los hijos, o bien se apuntan a cursos, se reúnen con otras mujeres,…

Este es un momento de estabilidad para la familia: la pareja ha encontrado las formas de resolver las situaciones que al principio generaban desacuerdos y, al mismo tiempo, se han acostumbrado el uno al otro. Las experiencias difíciles de las primeras épocas dan paso al disfrute de ver juntos como los hijos crecen y se desarrollan. Además, los padres ahora pueden (y deben) centrarse más en su relación conyugal; es una buena ocasión para profundizar en la relación de la pareja e intentar revitalizarla (si hiciera falta).

Cuando la pareja ha llegado a estos años medios ha resuelto muchos conflictos y diferencias, y también ha elaborado unos modos repetitivos o incluso rígidos para resolverlos. Por otra parte, puede que uno de los miembros de la pareja (o ambos) se sientan insatisfechos con su carrera profesional, o sientan que muchas de sus ambiciones y sueños de juventud no se realicen jamás,… En este periodo puede aparecer la llamada “crisis de los 40”, la crisis de la edad media de la vida, momento que se aprovecha para hacer un balance del proyecto vital inicial, de lo vivido y compartido hasta ahora. Las personas al llegar a esta etapa toman conciencia de que se encuentran en la mitad de su vida, del transcurrir del tiempo y de la finitud de la existencia, y es como si de manera inconsciente se preguntaran: “¿Qué es lo que no he hecho que tendría que haber hecho?”. Indudablemente para algunos este planteamiento puede ser más angustioso que para otros. A veces, incluso, la evolución del hombre y la mujer no haya seguido caminos paralelos. En este sentido Whithaker (1992) afirma con rotundidad que “los miembros de la pareja crecen juntos o separados, no hay término medio”. Así, cuando la pareja ha ido por senderos muy dispares, la crisis que se vive al llegar a esta etapa puede acabar en la separación de la pareja. Si en cambio, la evolución madurativa de cada uno consigue despertar especialmente en cada cual cambios positivos -de modo que la pareja sigue creciendo como tal- la disolución para una nueva experiencia no se hace necesaria.

Todo esto puede formularse en términos menos fríos y más románticos: la pareja entraña una revalorización del amor, no del amor en las palabras vigorosas y pasionales de la literatura sino en el amor como forma de vida, como actitud vital consciente, como cotidiano ejercicio (Escardó, 1982). Aceptada la formulación, se comprende que este ‘nuevo amor’ no se gasta ni perece como el otro, porque la vida no se gasta sino que se renueva cada día. Además es inmortal porque revive en las familias que formarán los hijos.

Rol de tío

Los tíos pueden y deben ser la relación social privilegiada de la familia por cuanto derivan de una cultura similar, comparten un devenir en común, una historia similar. Tales características los convierten en figuras sustitutas de gran valor para los sobrinos vinculándose con éstos con una fuerza e intensidad peculiares. La función de los tíos es la de enseñanza, protección y amor, además de ayudar a los padres en su proceso de socialización.

Rol de primo

Los primos permiten una relación de amistad y compañerismo más fácil y fluida ya que, por lo general, la diferencia cultural con ellos es menor que la existente con otros niños o adolescentes.
Por supuesto, todas éstas otras entidades funcionales de la familia constituyen un valioso apoyo para la integración emocional del niño, siempre y cuando acepten la línea educativa de los padres y respeten en lo absoluto, los respectivos terrenos funcionales.

FAMILIA CON HIJOS ADOLESCENTES

Una de las características más notables que se dan en esta etapa del ciclo vital es el desarrollo físico y psicológico de los hijos e hijas, esto es, las trasformaciones psicológicas, intelectuales y sociales que siguen a las hormonales, todo ello necesario para dar lugar al tránsito de niño a adolescente. La adolescencia es un largo periodo de transición entre la infancia y la edad adulta que va desde los 13 años hasta algún momento entre los 17 y los 22 años. Desde un punto de vista psicológico, la adolescencia es la etapa de cambio, transformación y crisis por excelencia; de profundas dificultades emocionales, inestabilidad y desequilibrio anímico. Los hijos empiezan a ver a sus padres con sus defectos y limitaciones, encontrando ahora la seguridad y las referencias que antes obtenía en la familia en su grupo de amigos, situación ésta que con frecuencia desconcierta y confunde a los padres.

Ciertamente, la adolescencia de un miembro de la familia revuelve a todos: los padres reviven sus luchas y fantasías adolescentes, se cuestionan sus valores y se ven obligados a remodelar las pautas y reglas habituales. Los hijos desafían los roles de los padres e incluso les obligan de alguna manera a desechar metas que tenían para ellos. En definitiva, se respira un ambiente de gran tensión familiar ya que es un periodo de crisis para todos, padres e hijos. En efecto, todos los adolescentes se rebelan contra sus progenitores para hacerles tomar conciencia de que hay que modificar las reglas familiares a medida que ellos crecen y maduran. A través de la oposición y la rebeldía el adolescente fuerza a sus padres a que negocien con él las prioridades, algo por otra parte normal y necesario para aprender a autocontrolarse y empezar a abandonar el control parental.

Por otro lado, la construcción de la identidad personal es un aspecto esencial en la experiencia del adolescente. El joven necesita descubrir y afirmar su propia identidad, siendo esta la perspectiva y dirección fundamental que cada persona ha de forjarse a sí misma y en este proceso, la autoafirmación ocupa un lugar importante. El adolescente inicia su proceso de identidad a partir de un distanciamiento de su entorno familiar, aunque su búsqueda tiene lugar tanto en el contexto familiar como en el social. En el familiar se hace por medio de las negociaciones entre las generaciones en una relación de respeto mutuo, en lo social es mediante las relaciones con los amigos y otros adultos.

Proceso central y tareas específicas

El proceso central familiar en el periodo de la adolescencia comprende flexibilizar los límites y las transacciones para hacer posible la independencia de los hijos, para lo cual se tendrán que desarrollar las siguientes tareas específicas:

• Modificar las relaciones padres/hijos para permitir al adolescente entrar/salir al sistema.
• Reacomodar la relación conyugal y laboral.
• Preocuparse por la generación precedente, por la familia de origen: los abuelos envejecen y enferman por lo que hay que cuidarlos. Frecuentemente se incorporan al domicilio familiar, en situaciones de minusvalía y necesitados de cuidados.

LA EMANCIPACIÓN DE LOS HIJOS (LA PLATAFORMA DE DESPEGUE)

Comienza cuando el primer hijo abandona el seno familiar y finaliza cuando lo hace el último. En su desarrollo evolutivo, todas las familias han de afrontar la separación que inevitablemente tiene lugar entre padres e hijos. El crecimiento de los hijos es tan rápido que muchas veces los padres no puede ‘digerir’ los cambios que conlleva el paso de una etapa del ciclo vital a otra y así, todavía no han acabado de asimilar una y ya se encuentran con que tienen que enfrentarse a otra nueva. En verdad, la emancipación de los hijos es una época de transformaciones en el seno de la familia, en la que los jóvenes han de conseguir una autonomía personal y abandonar el hogar familiar. Hay familias que cuando llegan a este periodo de su ciclo vital viven una profunda crisis ya que la emancipación trae consigo un profundo cambio de relación entre padres e hijos que es precisamente lo más difícil de asimilar, sobre todo para los padres.

Para describir este proceso Haley (1980) utiliza una excelente metáfora: “el destete de los padres”. Esta imagen da cuenta de una de las tareas propias de esta fase: los padres deberán no sólo aceptar, sino también facilitar, el difícil proceso de la desvinculación psicológica y material de sus hijos, aún sabiendo que la resolución adecuada de este reto les llevará de nuevo a encontrarse solos. Aún en los casos de los padres que se sienten orgullosos y viven con satisfacción el que los hijos hayan conseguido su independencia, así como la sensación de libertad y la oportunidad que ahora tienen para dedicarse a aquellas actividades que siempre dejaron por hacer, el hecho de que los hijos se emancipen y el consiguiente cambio en la organización familiar genera cierta perturbación.

La emancipación puede dar lugar a una profunda sensación de vacío y soledad en los progenitores, sobre todo en aquellas personas que se volcaron excesivamente en los hijos. Algunos padres, aunque especialmente las madres, experimentan un sentimiento de ausencia y desánimo cuando sus hijos se independizan (síndrome del ‘nido vacío’). Las personas que no siguen creciendo como personas, aquellas que cortan su desarrollo psicológico individual, aquellas que no desarrollaron una vida (social y/o profesional) fuera del sistema familiar se sienten de repente jubilados, por lo menos en cuanto a la función materna/paterna se refiere.

Por otra parte, el miembro de la pareja (generalmente el hombre) que ha seguido creciendo, que se ha entregado a su trabajo, que ha triunfado en su profesión y que está habituado a un ritmo de vida diferente, no puede entender el desasosiego y la soledad que ‘de repente’ siente su pareja. En estos casos, muchas veces la partida de los hijos pone de manifiesto un distanciamiento entre la pareja, que para algunos puede acabar en la disolución de la misma.

Proceso central y tareas específicas

El proceso central de esta fase es el despegue de los hijos. La familia tendrá que empezar a aceptar la existencia de un gran número de entradas y salidas en el sistema familiar. De este modo, hay una serie de tareas específicas a desarrollar:

• Reacomodar el sistema familiar a la díada marital.
• Desarrollar relaciones con los hijos de adulto a adulto.
• Modificar las relaciones para incluir a los miembros políticos y a los nietos.
• Enfrentarse a la incapacidad y a la muerte de los propios padres.

LA DISOLUCIÓN DE LA PAREJA (LA FAMILIA EN LA VEJEZ)

Comienza con la marcha de uno de los integrantes de la pareja, ya sea por abandono o por fallecimiento, y finaliza con la muerte de ambos cónyuges. También llamada fase de retiro y muerte. El entusiasmo que caracterizaba el inicio del ciclo vital familiar contrasta con la incertidumbre que se advierte al iniciar la fase final del ciclo. La pareja mayor debe encarar la jubilación; convivir el uno con el otro durante el día a día; lidiar con limitaciones económicas y físicas además de con enfermedades crónicas; y, al final, afrontar la muerte del cónyuge. Aunque en algunos casos la vejez sea más una cuestión de actitud mental que algo puramente fisiológico no se puede negar que la fuerza física va disminuyendo, las articulaciones se resienten y poco a poco va apareciendo cierto deterioro físico y psicológico. Las huellas que deja el paso del tiempo también en los amigos se reflejan en uno mismo, y cada vez se empieza a hablar más de cómo eran las cosas que de lo que está por venir. Todo ello conlleva (la jubilación, las disminución de las funciones físicas y cognitivas, la pérdida de los amigos y de la pareja) a una nueva adaptación aún cuando nos encontremos ya al final del desarrollo de la familia, y ya sabemos, la transición de una etapa es un momento de cambio y que éstos suelen desestabilizarnos.
Por otro lado, en estos momentos, los miembros de la pareja además de ser padres se han transformado en abuelos, quienes serán los encargados de transmitir la historia, ritos y costumbres a las nuevas generaciones, ayudando así a establecer su identidad individual y familiar. Esto los pone a ellos en un lugar privilegiado que hoy en día, todo hay que decirlo, es descuidado por la familia y la sociedad en general.

Rol de abuelo

Tradicionalmente la función de los abuelos tenía un papel relevante dentro de la familia y en la sociedad; ese papel se ha ido esfumando gradualmente, con un grave perjuicio para la educación de los niños. Comprenderemos fácilmente su valor inapreciable y el estado carencial que se produce cuando no están o cuando, como es dable observar actualmente, se los aparta erradamente. La relación abuelos-nietos es una vinculación muy particular, en la que el cariño predomina y la rivalidad se atenúa. En consecuencia, los abuelos cumplen una triple función en la familia. Por un lado, son los instructores de los padres, enseñando a éstos a llevar a cabo su delicada y compleja misión cual colaboradores. Además, desempeñan el papel de padres sustitutos que acuden toda vez que son necesarios. Y finalmente, y no menos importante, constituyen los compañeros privilegiados en los juegos y travesuras infantiles, a la vez que aparecen como interlocutores sagaces y serenos en la adolescencia y juventud. Esta dualidad entre sabiduría y capacidad de regresión, madurez y actitud infantil, es lo distintivo de la función de los abuelos: maestros y compañeros, ejemplo y modelo a la vez que amigos en una sucesión alternante y continua. También los padres pueden querer mostrarse y se ofrecen como maestros y compañeros, pero la intensidad de la función normativa que tienen que asumir no les permite la fluidez y alternancia que los abuelos pueden ejercitar con toda libertad, merced a su menor responsabilidad y compromiso. Hay otra peculiaridad más en la función de los abuelos, la noción de historia que representan en sí mismos, por haber recorrido una porción significativa del tiempo pasado y cercano de la humanidad, y en tal condición constituyen un texto hablado al servicio de los nietos, tanto en sus extensos razonamientos y consideraciones espontáneas sobre el tema, como en sus respuestas a las preguntas que éstos les formulan. Pero además, constituyen el modelo de la noción de cómo se envejece, cómo se hace para aceptar la gradual disminución de las capacidades físicas y psíquicas y, finalmente, cómo se enfrenta la muerte.

Proceso central y tareas específicas

El proceso central va a ser aceptar el cambio de roles generacionales. Para ello deberán desarrollarse una serie de tareas específicas:

• Mantener los intereses propios y de la pareja.
• Aceptar un rol directivo más centrado en la generación intermedia.
• Enfrentarse a la viudedad, el envejecimiento y a la enfermedad.
• Adaptarse a la pérdida de cónyuge, parientes y amigos.
• Prepararse para la propia muerte.

En el presente capítulo hemos visto como la familia en su desarrollo va pasando por sucesivas etapas evolutivas, en las que se imponen continuos cambios de reglas y de roles planteándose en cada una de ellas la necesidad de reestructurar las relaciones. Primero, los individuos tienen que ser adultos jóvenes independientes antes de formar una pareja;

después, los miembros de la pareja tienen que adaptarse uno al otro; más tarde tiene que afrontar las dificultades del nacimiento del primer hijo (y antes, según el propósito o la posibilidad de tenerlo) y su crianza; nuevas dificultades cuando nace cada niño, ya que todo recién llegado modifica correlativamente las relaciones de cada uno de los componentes de la familia y de ésta en cuanto sistema; luego llega la adolescencia, etapa centrífuga por excelencia, que encuentra a todos y cada uno de los miembros del sistema realizando arduas tareas evolutivas individuales; después los hijos se casan o se van y se queda la pareja otra vez sola, como al inicio de esta historia. De cualquier manera, no puede dudarse de que en todas esas etapas la familia requiere mantenerse como un gran centro de salud mental y de equilibrio psicosocial continuo y trascendente, subrayando la necesidad imperiosa de desarrollarse, de que a las fases evolutivas que transcurren en el ciclo vital familiar (desde su iniciación hasta la fase de extinción) deben corresponder etapas que señalen que el sistema familiar se expande y crece de forma dinámica, ya que a la familia estancada sólo le puede corresponder, como en el apólogo chino del niño criado dentro de un jarrón, una familia deformada.

Para todos aquellos que estén interesados en profundizar en el tema, no podemos terminar sin recomendar la lectura de “El ciclo de la vida. Una visión sistémica de la familia.” (Editorial Descleé de Brouwer, 1998). El libro, escrito por Ascensión Belart y María Ferrer (psicólogas ambas) ha sido el hilo conductor de mucho de lo expuesto aquí, y siendo de fácil lectura y ameno, aborda muchos aspectos importantes de la vida en familia siendo de gran utilidad diaria.

Como libro de consulta, único e indispensable para todos los médicos y residentes de Atención Primaria, sugerimos:

“Orientación Familiar en Atención Primaria. Manual para médicos de familia y otros profesionales de la salud”. McDaniel S, Campbell T y Seaburn D. Springer-Verlag Ibérica, Barcelona 1998.



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