Atención a la familia
CAPÍTULO2- Manejo de las principales situaciones de transición del ciclo vital (I)

LA DISPERSIÓN (FAMILIA CON HIJOS PEQUEÑOS)

Los padres consultan al pediatra o al médico de familia no solo cuando los niños tienen fiebre o se han hecho alguna herida sino también cuando advierten dificultades en su desarrollo y en su comportamiento. Si bien la mayoría de estos problemas no requieren una derivación a un profesional especializado, los pediatras de Atención Primaria o los médicos de familia que atienden niños necesitan un modelo de trabajo eficaz para colaborar con los padres en la solución de los problemas de sus hijos. (McDaniel, 2005). En la atención pediátrica con orientación familiar, el médico y los padres, junto con otras personas que intervienen en el cuidado de los niños, como los abuelos, colaboran para dar al niño la mejor atención posible.

Incluso los médicos de familia que solo atienden a personas adultas pueden ser consultados por padres o abuelos que presentan quejas cuyo origen se encuentra en dificultades de ajuste que ocurren en familias con hijos pequeños.

Recordemos que en esta fase del ciclo vital familiar, la familia se enfrenta a los retos derivados de la separación parcial de padres e hijos y de la incorporación de nuevos actores al proceso de socialización de los niños: otros niños ajenos a la familia, maestros…Se fomentan la autonomía del niño en la realización de tareas, la iniciativa personal, la laboriosidad…
Entre las tareas específicas que deben realizar las familias en esta fase de su ciclo vital (Carter y McGoldrick, 1980, 1996), están en la Tabla 3.

El abordaje adecuado de estas tareas implica que el equipo parental fortalezca su colaboración en la implantación de normas que favorezcan el desarrollo de los niños, al tiempo que permite y valida las normas con las que se deben desenvolver en otros ámbitos como son los espacios de juegos, las guarderías o las escuelas.

CASO DE MADRE CON DEPRESIÓN, 2 HIJOS (UNO DE ELLOS DISMINUIDO PSÍQUICO) Y PAREJA COLABORADORA: CUANDO LOS HIJOS NO PUEDEN ASUMIR RESPONSABILIDADES A RITMO NORMAL

Mª Carmen viene a pedirle a su médico de familia la baja laboral porque no puede soportar la tensión que vive en su trabajo. Ha discutido con algunos compañeros y ha recibido una reprimenda por parte de su jefe al no haber entregado un trabajo a tiempo. Ella reconoce que se exalta con facilidad y que no está centrada. Esta última semana no para de llorar, apenas puede dormir y tiene la sensación de que no vale para nada. Además, se encuentra muy cansada; es como si le fallara el cuerpo. Su médico le receta un ansiolítico a la vez que solicita unos análisis para comprobar que no padece anemia o una enfermedad tiroidea, entre otros; pero está convencido de que está de nuevo ante un episodio de origen psico-social porque conoce la situación familiar que está viviendo Mª Carmen. El hijo menor, de 4 años, padece un retraso psicomotor asociado a hiperactividad que está desbordando a la familia. Han realizado una serie de pruebas médicas que no han sido concluyentes y los médicos le han prescrito una medicación que deja al niño en un estado de hipoactividad excesivo a juicio de la madre, sin conseguir, por otra parte, ninguna mejora en su aprendizaje escolar. El marido de Mª Carmen trata de tranquilizarla y se ocupa de muchas de las tareas del hogar y del cuidado de los niños.

Hasta ahora, se han apoyado mutuamente, aunque, por alguna razón, Mª Carmen teme que su marido tampoco va a soportar su excesiva irritabilidad.

Mª Carmen reconoce que está pasando una mala temporada, que está siendo desbordada por la situación. Quiere aceptar la enfermedad de su hijo menor y dedicarle tiempo y paciencia; por supuesto, también quiere educar y dedicar tiempo a su otra hija; necesita seguir trabajando y rendir en la oficina; quiere seguir siendo una buena compañera y amante; quiere… Pero siente que... ¡no llega con suficiencia a ninguna de sus metas!

El médico de familia que valora la importancia que tiene para las madres ver que sus hijos se desarrollan adecuadamente, es capaz de reconocer la frustración en Mª Carmen, es capaz de mostrarse empático y es capaz de legitimar sus sentimientos.

Frases como: “Entiendo cómo te sientes; tiene que ser muy difícil ver que tu hijo no va al ritmo que debiera”. O, “estoy seguro que quieres lo mejor para tu hijo; aunque, a veces, la medicación no sirva para curar, puede servir para obtener un tiempo de descanso necesario para atender a tu otra hija o para estar con tu marido”. Otras frases útiles para legitimar los sentimientos observados, en este caso, podrían ser: “Somos humanos; la rabia y la frustración forman parte de nuestros sentimientos. Sentir rabia y frustración no significa que no seas una buena madre”.

El médico de familia también puede actuar fortaleciendo la relación y la colaboración en el equipo parental: “Entonces, tu marido se ocupa de la atención a los niños y de algunas de las tareas de casa; dime, ¿qué es lo que más valoras de su dedicación?” También se le puede animar a empatizar con su marido: “Todo esto también tiene que estar afectando a tu marido: dime, ¿cómo lo vive el?”

Estos son ejemplos de actuaciones del tercer nivel de Doherty y Baird (1986). Para otro tipo de actuación más avanzado, lo más eficiente es convocar a más miembros de la familia y establecer acuerdos de actuación conjunta. Podríamos tener en cuenta uno de los temores más preocupantes de Mª Carmen: su marido, quizás, no va soportar su irritabilidad. Si la pareja se apoya mutuamente en su cometido como equipo parental, es posible que cada uno de ellos tenga más recursos para hacer frente al trabajo físico y emocional que requiere el cuidado de sus hijos. Tampoco sabemos nada de los abuelos y ni de su implicación en la solución (o el mantenimiento) de los problemas que está viviendo la familia.
Otro de los aspectos que se deben explorar en esta fase del ciclo vital son las relaciones con la familia de origen y su influencia en los síntomas que presentan los pacientes. En muchas ocasiones, la relación entre abuelos y nietos es muy intensa en esta etapa de familias con hijos pequeños. Actualmente, en nuestro país, por razones económicas, la figura de los “abuelos canguro” está muy extendida. Mientras los padres acuden a su trabajo, los abuelos cuidan de los nietos y tratan de educarles según sus directrices, lo que no siempre es concordante con las directrices de la nueva familia.

CASO DE SUSANA

Susana es una mujer de 33 años que sufrió gestosis durante su único embarazo y que, desde que tuvo a su hijo hace un año y medio, está en tratamiento por hipertensión arterial. En el último control refiere síntomas de astenia y su presión arterial se ha elevado. A la cita de evaluación médica acude con su padre (Julio), un trabajador de la construcción de 63 años, prejubilado por enfermedad. Julio comenta que “no puede ser bueno comer sin nada de sal” y que Susana “no come nada y por eso está tan delgada y tan débil”. El médico recuerda que Susana acudió sola a la mayor parte de las consultas durante el embarazo porque su marido, Javier, “no podía acompañarla” debido a su trabajo. Desde entonces, Susana ha perdido su propio trabajo por conflictos con la empresa, ha sufrido un embarazo y un parto complicados, ha tenido que perder los 23 kg que ganó durante la gestación (y alguno más), permanece bajo control médico periódico y está criando a su bebé. A su vez, la jubilación ha permitido a su padre, estar más cerca de su hija y del nieto.

Con estos datos, el médico de familia barrunta la hipótesis de que Susana se está sintiendo sometida a muchas presiones y necesita apoyo para superarlas. O lo que es lo mismo: ante la ‘ausencia de su marido’, Susana busca el apoyo de su padre y de la familia de origen; pero éstos tienen unas ideas sobre la salud que son contrapuestas a las que ella misma intenta seguir. Este conflicto añade nuevas presiones a su estado y, por ello, Susana se siente desbordada y a punto de claudicar ante las críticas familiares a su dieta y a su pérdida de peso. El médico de familia decide entonces que puede ser muy productiva una consulta en la que estén presentes Susana, Javier (su marido) y Julio. Como objetivo principal, se propone facilitar la “renegociación de las relaciones con la familia de origen” de forma que, en vez de añadir estrés a la situación que está viviendo Susana, puedan servir para proporcionarle apoyo.

Susana acudió a la entrevista familiar acompañada de Javier y Julio. El matrimonio estaba de acuerdo en que pasaban poco tiempo juntos y que Susana llevaba todo el peso de la casa y la crianza del bebé, mientras que Javier trabajaba demasiadas horas al día. Sin embargo, por el momento, no veían otra forma de afrontar las obligaciones económicas derivadas del pago de la hipoteca de la casa y del mantenimiento familiar. Julio reiteró su disposición a apoyar al matrimonio y a respetar las medidas terapéuticas que llevaba a cabo Susana, convencido por los análisis y por el consejo médico de que eran acertadas. Aunque no lo entendía muy bien, aceptaba que la situación era muy pesada para Susana. Julio, además, se comprometió a ‘facilitar las cosas’ con el resto de la familia. El médico y Susana concertaron una cita para hacer un seguimiento de la situación en el plazo de un mes.

En esta etapa del ciclo vital, los adultos suelen tener una vida muy ocupada; se ven sometidos a numerosas fuentes de estrés derivadas de sus múltiples responsabilidades familiares y sociales. Casi por definición, cualquiera que acude al médico, se encuentra en una posición de inferioridad, preocupado, vulnerable, forzado a reconocer que tiene un problema que no puede superar sin ayuda. Si el problema es de índole familiar, entonces este tipo de sentimientos se potencian bajo la perspectiva de que hay algo que no saben hacer bien y que deberían controlar; lo que constituye una amenaza a la autoestima de la persona. Por esta razón, es importante intentar respetar las ideas, las creencias y los valores que los pacientes nos transmiten al exponer sus problemas. Y más importante aún, es importante dar las explicaciones sobre su padecimiento y los planes de actuación en términos que sean compatibles con la imagen que el paciente y su familia tienen de sí mismos (Neighbour, 1998).

CASO DE MARÍA

María ha acudido a su médica por lo que parece un episodio de lumbalgia, tan dolorosa que no se ve capaz de afrontar sus tareas: las de un ama de casa de una familia tradicional que cuida de 2 niños y 3 adultos más. Es una mujer que se siente responsable de que los demás estén atendidos y se desvive por su trabajo. La médica pone mucho cuidado de no lastimarla con comentarios como: “¿Y tú tienes que hacer toda la casa sin ayuda? ¡Pues vaya!” A la hora de definir el problema, la médica hace señalamientos neutros; por ejemplo: “Tu trabajo consiste en hacer toda la casa,… Entiendo.” De esta forma, la médica no entra en valoraciones; tan sólo acepta lo que le dice la paciente. Si prescribe reposo, intenta evitar formularlo con frases como: “Ahora, y por unos días, los demás tendrán que hacer cada uno sus cosas porque tú debes descansar para poder curar ese lumbago.” Para ella es mucho más adecuado enfocarlo de la siguiente forma: “Para poder atender tu casa lo antes posible, lo mejor sería evitar los esfuerzos durante unos días; aunque quizás tengas que pedir ayuda para hacer las cosas, hasta que puedas hacerte cargo de nuevo”.

La primera forma de presentar el reposo tiende a aumentar la culpabilidad, la vergüenza, el desconcierto, la frustración y el resentimiento de la paciente. Es más probable que, a fin de restaurar su autoestima, la paciente no crea a la médica y pida una consulta con el especialista, o medicación más fuerte, o inyecciones, etc. En el segundo caso, el reposo relativo se ha presentado como la opción que más sintonizaba con el esquema de la paciente, y seguramente haya tenido una mejor aceptación.

En la etapa de “familia con hijos pequeños” el médico de familia debe tener en cuenta que si ambos crecimientos no se efectúan en conjunto (el de la familia y el del niño) y de acuerdo con un ritmo concordante, se producen distorsiones que repercuten nocivamente sobre la personalidad del niño. Por otra parte, el médico también puede ayudar:

• Analizando la adaptación de los diferentes miembros del sistema a los nuevos roles de esta etapa.
• Fomentando la autoestima de los diferentes miembros de la familia.
• Monitorizando el control de los padres sobre sus hijos en cuanto al control sobre sus deseos, fantasías e iniciativas que puedan bloquear su potencial.
• Valorando los problemas de salud por lo que consulta la familia con los cambios de comportamiento del escolar.



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