Atención a la familia
CAPÍTULO3- Manejo de las principales situaciones de transición del ciclo vital (y II)

LA DISOLUCIÓN DE LA PAREJA (LA FAMILIA EN LA VEJEZ)

La fase final del ciclo vital familiar suele comenzar con la jubilación de los miembros de la pareja que han tenido un trabajo remunerado. La pareja mayor debe encarar la época del retiro con el cambio de roles sociales y familiares que conlleva; debe aprender a convivir el uno con el otro mucho más tiempo cada día; lidiar con limitaciones económicas y limitaciones físicas derivadas del envejecimiento y de enfermedades crónicas; y, al final, afrontar la muerte del cónyuge.

Los primeros años, la pareja que entra en la fase del nido vacío puede vivir un periodo de relativa independencia al ‘liberarse’ de gran parte de las obligaciones con los hijos. Es una época de reencuentro de la pareja y de proyectos renovados. Sin embargo, la importancia de las relaciones familiares, posteriormente, aumenta con la edad. El deterioro físico y las dificultades económicas y sociales hacen que estas personas, a menudo, recurran a la familia. Es frecuente que muchos ancianos dependan casi totalmente de sus hijos o de otros familiares. Cada vez resulta más frecuente que las personas ‘relativamente’ de la tercera edad (entre 65 y 80 años) se hagan cargo de los verdaderamente ancianos; es decir, de los mayores de 80 años. Todo ello, a pesar del crecimiento de los servicios sociales dedicados a solventar las necesidades más perentorias de los ancianos como son el mantenimiento del hogar y el cuidado personal. Sea cual fuere quien cuida de estos ancianos, el hecho de tener que decidir dónde han de vivir los ancianos (en sus casa, en residencias o con alguno de los hijos) y qué asistencia sanitaria necesitan desencadena a menudo un proceso de fuerte impacto emocional en el que se ponen de manifiesto viejas dinámicas del funcionamiento de la familia, conflictos no resueltos, lealtades, obligaciones y responsabilidades. Por estas razones, la asistencia a los ancianos ha de enfocarse desde una perspectiva de atención familiar. Nos valdremos de un par de casos para mostrar algunas de las peculiaridades de la asistencia a las familias que presentan problemas de transición en los dos extremos de esta fase del ciclo vital familiar:

al inicio de la “fase de nido vacío” y cuando el anciano está solo.

CASO MATILDE Y ANTONIO

Antonio es un obrero de la construcción de 62 años que, hace aproximadamente un año, sufrió un infarto de miocardio extenso. Se sometió a una intervención quirúrgica, dejó de fumar, realizó un programa de ejercicios amplio, ha cambiado su dieta y ha tomado toda la medicación que le prescribieron. Actualmente, a tenor de la evaluación del cardiólogo (ecografía cardiaca y prueba de esfuerzo incluidas), se ha recuperado completamente. El inspector médico ya le ha adelantado que tendrá que coger pronto el alta médica porque ya está curado. Sin embargo, en el último mes viene sintiendo un deterioro progresivo de su estado general: ha abandonado los paseos diarios de varios kilómetros porque le cansan en exceso, no presta atención al cuidado de la huerta y no puede dejar de pensar que no va a poder trabajar de nuevo porque no es capaz de soportar el esfuerzo físico que requiere su labor. Hoy plantea a su médico de familia: “Tal como estoy, ¿usted cree que puedo coger el alta? ¡Usted no sabe lo duro que es mi trabajo!”.

Su médico conocía algunas cosas más sobre su familia, así que decidió hablar con el inspector para pedir ‘una prórroga’. Conocía algunos aspectos esenciales de esta familia (punto primero de la Tabla 1):

• Quienes eran los miembros más significativos de su familia: en su casa viven él y su mujer, Matilde, también de 62 años y su hija menor con su marido (no tienen hijos por el momento; trabajan los dos y están ahorrando para poder comprarse un piso). La hija mayor está casada y vive en otra ciudad.

• Que la estabilidad familiar había sido puesta a prueba por una serie de sucesos graves (Holmes & Rahe, 1976): mientras Antonio permanecía ingresado debido a su infarto agudo de miocardio, Matilde sufrió un infarto cerebral que le ha dejado una ligera hemiparesia e intensos dolores como secuelas. Durante este tiempo, las dos hijas se han volcado en el cuidado de los padres: la hija mayor regresó al hogar paterno durante unos meses y la menor consiguió una reducción de su jornada laboral de forma temporal.

• Que la familia estaba encontrando dificultades para adaptarse a la nueva situación (tenían problemas de ajuste): el médico había observado que las medidas contra el dolor que le prescribía la Unidad del Dolor no lograban controlar los síntomas de Matilde; que Matilde rara vez era acompañada a la consulta por Antonio y, sin embargo, gran parte del tiempo lo empleaba en quejarse de “lo poco que se cuida este hombre; que come lo que le apetece, que no es capaz de hacer nada en la casa y que no es hombre ni es nada”. Antonio, por su parte, se queja de que Matilde no le deja en paz y que exagera en todo lo que dice. Ambos admiten que sus hijas tienen que atender a sus propios asuntos. Los síntomas indican que la pareja no ha conseguido alcanzar un nuevo equilibrio que sea satisfactorio para ambos en el largo plazo.

Los síntomas que presentaban se pueden entender en un contexto relacional: estaba claro que los dolores de Matilde y la astenia de Antonio no respondían a un tratamiento estándar y que tenían un significado más amplio en su contexto familiar y psicosocial. La impresión era que ambos trataban de monopolizar el rol de enfermo y estaban compitiendo por demostrar quién se encontraba peor; al mismo tiempo, ambos tenían una gran preocupación por la salud del otro, lo que les hacía ser exigentes con la forma en que llevaban el tratamiento cada uno de ellos; en consecuencia, aunque vivían juntos, se estaba abriendo una gran brecha entre el uno del otro y se estaba socavando su funcionamiento como familia y como pareja.

En su conversación con el inspector, el médico de familia se comprometió a explorar otros aspectos del funcionamiento familiar: su capacidad para crear un equilibrio flexible entre estabilidad y cambio. También se comprometió a evaluar la necesidad de realizar intervenciones sencillas o a solicitar un tratamiento especializado por el servicio de salud mental.

CASO DE LA SEÑORA PRIETO

La señora Prieto llamó de nuevo a su médico para que la visitara en su casa, tal como le habían recomendado en el servicio de urgencias del hospital de referencia la noche anterior. Los dolores abdominales habían sido tan intensos que no tuvo más remedio que llamar a uno de sus hijos para que la llevase al hospital. Ni los analgésicos ni los otros medicamentos que le recetaba su médico de familia eran capaces de solucionar su problema. Tenía un estreñimiento tan pertinaz que, indefectiblemente, se le producían impactaciones fecales. Esta era la cuarta vez que le ocurría lo mismo en seis semanas. Curiosamente, no dejaba de proclamar que ‘el único sitio en que le trataban bien era en el hospital’. Hoy, sin embargo, lucía una cara de cierta satisfacción. El médico se encontró, casualmente, con que dos de los hijos y una de sus nietas, a la que también acompañaba su pareja, estaban en la casa a la hora de la visita. Una vez que el médico revisó de nuevo los informes, de entre los familiares surgió ‘espontáneamente’ que el origen de todo estaba en que la nieta y su pareja, que llevaban viviendo 6 meses en la casa de la abuela, habían decidido trasladarse a su propio piso. Hasta el momento, la señora Prieto apenas había consultado, excepto por problemas rutinarios. La señora Prieto era una anciana de 81 años, de ‘mucho carácter’, que vivía sola desde que murió su marido hace 14 años y que tenía serias dificultades para desplazarse a causa de la artrosis. Aunque tenía 5 hijos vivos (todos ellos varones), solo uno de ellos, Jesús, la visitaba regularmente y cuidaba de llenar su despensa y atender a sus recados. Jesús estaba convencido de que “hacía lo que le daba la gana con los medicamentos”, que “no los tomaba como le habían mandado” y que, “cuando se enfadaba, no quedaba otro remedio que llevarla al hospital”. En cuanto era ingresada, sus hijos acudían a visitarla rápidamente, lo que constituía un gesto muy apreciado por la anciana.

Al conocer estos detalles, el médico, además de ajustar de nuevo la medicación para prevenir el estreñimiento y para aliviar el dolor, puso un gran énfasis en conseguir que la familia diseñase un plan de cuidados a corto y largo plazo que pudieran aceptar todos: la señora Prieto y sus hijos. Al cabo de unos días, la señora Prieto aceptó acudir regularmente al centro de día de la localidad y ser atendida por una persona externa a la familia en sus necesidades diarias; a su vez, los hijos se comprometieron con un esquema de visitas aceptable para ellos y para la anciana.

Este caso ilustra cómo podría carecer de sentido tratar insistentemente el estreñimiento de la señora Prieto mediante la prescripción de medidas farmacológicas que cuentan con pocas posibilidades de ser cumplidas por la paciente. El estreñimiento sólo es una parte del problema de la paciente. El estreñimiento produce la impactación fecal y el dolor abdominal que sufre la paciente, pero también afecta a la familia de la paciente y produce una respuesta del conjunto familiar: los hijos acuden a arropar a la madre y se preocupan por ella. Por otro lado, el estreñimiento se agrava a partir de una decisión de la nieta que implica cambios: entre otros, que la abuela vuelve a quedarse sola. El médico cuyo trabajo tiene una orientación familiar no descuida ‘los aspectos clínicos’ del problema (trata el estreñimiento) sino que, además, trata a la persona considerando su contexto familiar. Esto le lleva a elaborar planes de manejo contando, además de con ‘el paciente’, con otros miembros de la familia. El médico que ejerce con orientación familiar tiene una serie de razones fundadas que le hacen optar por este tipo de enfoque, Tabla 4 (McDaniel, 2005).

En el período de la vejez, la tarea prioritaria del médico de familia es poner en marcha el desarrollo de un sistema de ayuda y apoyo mutuo que permita a los ancianos afrontar la enfermedad, la desconexión generacional y los sentimientos de inutilidad. Es importante también el señalar que la relación con los hijos se invertirá y que será necesario aceptar ceder el rol directivo para que los hijos vayan asumiendo la pérdida de autonomía de los padres y una mayor dependencia de ellos. Por ejemplo, en cierta forma, la señora Prieto se servía del estreñimiento para ejercer su control sobre los hijos, mientras que éstos no habían asumido la responsabilidad de tomar decisiones (junto con la madre) sobre la asistencia a la anciana. Aunque nuestro trabajo en los centros de salud de Atención Primaria con ancianos y ancianas enfermos o deprimidos, cuadros que se verán agravados por la falta de soportes relacionales e institucionales, nos puede inducir a asimilar el envejecimiento a incapacidad y decrepitud, es importante que incorporemos una visión distinta de la vejez para poder brindarles muestras de sentimiento y apoyo también a nuestros pacientes en el final de sus días (Tercer nivel de Doherty y Baird). Por otra parte, el médico también puede ayudar (Aiartzaguena, 2003):

• Induciendo el valor personal y la capacidad de autonomía y libertad de las personas mayores, evitando las actitudes demasiado proteccionistas.
• Preparándoles para el día de su jubilación fantaseando sobre a qué quieren dedicar el tiempo libre llegado el momento.
• Promoviendo las nuevas oportunidades que presenta esta etapa, como por ejemplo, centrarse en ellos mismos y aprender a disfrutar más del tiempo.
• Fomentando el ejercicio físico y el mantenerse activos intelectualmente.
• Valorando la red de apoyo: la relación con los hijos y nietos, y con los amigos.
• Evaluando las pérdidas sufridas y su grado de significación, así como la reacción de duelo.


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